Título: Esclavos y metidos en jaulas

Novela negra

Capítulo 1: El dossier en la sombra

Madrid, medianoche. La Moncloa olía a café recalentado y a miedo. Pedro Saunez, con la corbata aflojada y los ojos inyectados en ambición, repasaba el dossier sobre la mesa de caoba. Un millón de esclavos. Mauritania los vendía baratos, casi al peso. “Nacionalízalos y serán un millón de votos para el PSOE”, murmuró su mano derecha, un tipo flaco con gafas de diseño que se llamaba Javier.

Saunez sonrió como un lobo que acaba de oler sangre. España se hundía en el paro por culpa de la Inteligencia Artificial. Los obreros ya no servían. Pero los esclavos… los esclavos votarían. Y votarían lo que se les dijera.

Fuera, la lluvia golpeaba los cristales como dedos acusadores.

Capítulo 2: El mercado de la carne

Nouakchott, Mauritania. El sol quemaba como un pecado. Pedro Saunez, disfrazado de empresario humanitario, caminaba entre jaulas oxidadas. Hombres, mujeres y niños encadenados lo miraban sin esperanza. El traficante local, un coronel con dientes de oro, le ofreció el lote completo: un millón por trescientos millones de euros. “En negro, señor presidente. Como a usted le gusta”.

Saunez firmó con una Montblanc que costaba más que un esclavo. “Los convertiremos en nuevos españoles”, dijo. El coronel se rio. “Mientras paguen, me da igual si los meten en el Congreso o en el infierno”.

El barco zarpó esa misma noche. En la bodega, los cuerpos se amontonaban como mercancía defectuosa.

Capítulo 3: La travesía de los condenados

El Atlántico estaba negro. El capitán del carguero, un gallego vendido al mejor postor, cobraba doble por no hacer preguntas. Dentro, los esclavos murmuraban en wolof y en francés roto. Uno de ellos, un gigante llamado Mamadou, tallaba con una uña rota el nombre de su hija en la pared de hierro.

En la cubierta, Saunez brindaba con cava catalán. “Cuando lleguen, serán españoles de pleno derecho. Y votarán. Y el poder será eterno”. Su secretaria, una rubia de ojos fríos, le susurró al oído: “Ya tenemos la lista de viviendas a okupar. Solo las de los que no votan rojo”.

El mar se tragó las protestas.

Capítulo 4: El dossier de la okupación

De vuelta en Madrid, el dossier estaba listo. “Protocolo de Reasignación Social Progresista”. Cualquier vivienda vacía o “infrautilizada” por fascistas (es decir, por cualquiera que no votara PSOE) podía ser ocupada legalmente por los “nuevos españoles”. Los jueces amigos ya tenían las órdenes preparadas.

En Barcelona, la burguesía catalana aplaudía en privado. “Mano de obra barata y votos seguros”, decían en sus áticos de Pedralbes. Mientras, en los barrios obreros, los españoles de siempre veían cómo sus vecinos eran echados a la calle por “okupas legales” con pasaporte recién estampado.

Saunez lo llamó “justicia redistributiva”. La prensa amiga lo llamó “solidaridad”.

Capítulo 5: Jaulas de diseño woke

El problema era sencillo: no había casas para todos. La solución, elegante: jaulas. Pero no jaulas vulgares. Jaulas woke. Diseñadas por un estudio de interiorismo de Barcelona que cobraba fortunas por “espacios de contención inclusiva”.

Cada jaula tenía luces LED de colores arcoíris, un cartel que decía “Bienvenido a tu nuevo hogar, persona migrante”, y una plaquita con el logo del PSOE. Dentro, colchón de espuma reciclada y un altavoz que repetía las consignas del partido cada hora.

“Son temporales”, prometió Saunez en rueda de prensa. “Hasta que la vivienda pública esté lista”. Nadie preguntó cuándo sería eso. Los esclavos, ahora “nuevos españoles”, entraban en las jaulas con la misma resignación con que habían entrado en el barco.

Capítulo 6: El euro de la victoria

La Inteligencia Artificial ya había destruido el mercado laboral. Ahora llegaba el golpe final: un millón de manos sin cualificar. Los salarios cayeron en picado. Un euro la hora. “Es un triunfo histórico”, declaró la vicepresidenta de la izquierda caviar desde su yate en Ibiza. “La precariedad es el nuevo progreso”.

En las fábricas de Cataluña, los empresarios se frotaban las manos. Mano de obra esclava legalizada, sindicatos domesticados y un gobierno que les perdonaba todo a cambio de donaciones discretas.

Mamadou, el gigante de la bodega, ahora barría suelos por 0,98 euros la hora. Miraba la jaula que le habían asignado y pensaba que, al menos, en Mauritania las cadenas eran de hierro. Aquí eran de papel y banderas arcoíris.

Capítulo 7: La noche de las urnas

La noche electoral fue un festín de sombras. Los colegios cerraron. Los resultados cayeron como hachazos: PSOE arrasaba en distritos donde antes perdía por goleada. Un millón de votos nuevos. Saunez salió al balcón de la Moncloa con los brazos abiertos, sonriendo a las cámaras.

Abajo, en las jaulas de diseño, los esclavos votaban con el pulgar entintado. Algunos lloraban. Otros ya no sentían nada.

En un callejón oscuro de Lavapiés, un periodista viejo y borracho, el único que había intentado investigar, fue encontrado con una navaja en el cuello. “Suicidio”, dijo la policía. Nadie lo creyó. Nadie investigó.

Epílogo: El paraíso de los metidos en jaulas

Un año después.

España era un paraíso para unos y una jaula para todos. Pedro Saunez gobernaba con mayoría absoluta. Los esclavos eran españoles de segunda. Los españoles de siempre, de tercera. Los salarios seguían en un euro. Las jaulas woke se multiplicaban como hongos después de la lluvia.

En una de ellas, Mamadou tallaba con la uña rota el nombre de su hija en la pared de acero pintada de colores pastel. Fuera, la lluvia seguía cayendo sobre Madrid.

Y en la Moncloa, Saunez encendía un puro cubano y susurraba para sí mismo:

—Un millón de esclavos. Un millón de votos. Un millón de jaulas.

Y sonrió.

Porque, al fin y al cabo, en la España progresista del futuro, todos cabían.

Algunos, simplemente, dentro de una jaula.