El Hantavirus se instala en Canarias

Capítulo 1: La primera mordedura
Santa Cruz de Tenerife, una noche de febrero que olía a salitre y a basura quemada. Luis “El Lobo” Santana, expolicía de la Guardia Civil reconvertido en detective de tres al cuarto, estaba en el bar de siempre, apurando un ron miel que ya no le sabía a nada. El teléfono vibró. Un ganadero de La Esperanza, voz rota por el miedo:
—Lobo, los ratones… salen de las paredes. Miles. Y mi hermano se ha muerto tosiendo sangre.

Al amanecer, Santana llegó a la finca. El suelo crujía bajo una alfombra viva de roedores grises, ojos rojos como brasas. El cadáver del hermano estaba hinchado, pulmones convertidos en esponjas negras. El forense susurró: “Hantavirus. Nunca había visto tanto en una sola autopsia”. Las autoridades hablaron de “roedores invasores por el cambio climático”. Santana sabía que la mentira olía peor que los muertos.

Capítulo 2: La fiebre se come Tenerife
En cuarenta y ocho horas, el Hospital Universitario de Canarias se convirtió en un matadero. Pacientes entraban caminando y salían en bolsas. Los ratones bajaban por los desagües del mercado de Nuestra Señora de África y trepaban por las patas de las camas. El Lobo siguió el rastro hasta un contenedor abandonado en el puerto: jaulas vacías con etiquetas chinas y restos de un laboratorio privado. Alguien había soltado la plaga. O alguien la había dejado escapar.

El consejero de Sanidad apareció en televisión: “Todo bajo control”. Esa misma noche, dos guardias civiles le pegaron un tiro en la nuca a Santana en un callejón de La Laguna. Fallaron. Él no.

Capítulo 3: La Gomera y El Hierro se tiñen de negro
Los ferrys seguían saliendo. Nadie quería perder la temporada. En Valle Gran Rey, un turista alemán empezó a toser en la piscina del hotel y al día siguiente escupía coágulos. Los ratones cruzaron en las bodegas de los barcos. En El Hierro, la isla más pequeña, la luz se fue y nunca volvió: los roedores habían roído los cables. Santana llegó en un velero clandestino. Encontró pueblos enteros vacíos, solo el ruido de miles de patitas sobre los tejados de uralita. Un viejo pastor le dijo antes de morir:
—Los ratones no vinieron solos. Los trajeron.

Capítulo 4: Gran Canaria, la capital del miedo
Las Palmas despertó con ratones en los ascensores de Triana y en los camerinos del teatro Pérez Galdós. El aeropuerto de Gando cerró “por mantenimiento”. Mentira. Los aviones seguían despegando hacia Tenerife y Madrid. Santana se coló en una reunión de crisis en el Cabildo. Allí estaba el director de Iberia Canarias, sonriendo mientras firmaba autorizaciones de vuelo.
—Los turistas pagan. Los muertos no hablan.

Esa noche, el Lobo grabó la conversación. Al día siguiente, su contacto en la Policía Nacional apareció flotando en la playa de Las Canteras, con los pulmones llenos de líquido negro.

Capítulo 5: La Palma arde en silencio
La Cumbre Vieja ya no escupía lava; escupía ratones. Los evacuados de 2021 nunca volvieron. Ahora huían de nuevo, pero esta vez no había donde ir. Santana llegó en helicóptero robado. En Los Llanos, una madre le entregó a su hijo muerto envuelto en una sábana:
—Dile al mundo que nos han vendido.

Los roedores habían aprendido a viajar en maletas. En los controles de seguridad ya no revisaban equipajes; solo pasaportes. El virus viajaba en primera clase.

Capítulo 6: Lanzarote y Fuerteventura, islas de ceniza
Los jameos se llenaron de cuerpos. En Corralejo, los ratones salían del mar como si hubieran cruzado nadando desde África. Santana, con fiebre ya, se escondió en un hotel abandonado de Playa Blanca. Desde la terraza vio aterrizar el último vuelo de Iberia procedente de Tenerife: 189 pasajeros. Solo 23 bajaron caminando. Los demás fueron sacados en camillas tapadas con banderas de España. El piloto, antes de morir, le susurró:
—Nos dijeron que era gripe.

Capítulo 7: El último vuelo
Aeropuerto de Los Rodeos, Tenerife Norte. Noche cerrada. Santana, tosiendo sangre, se coló en la cabina de un Airbus A320 de Iberia con destino Madrid. El comandante lo miró con ojos amarillos.
—Lobo, ¿vienes a matarme o a salvarme?
—Ni una cosa ni otra. Vengo a que el mundo sepa.

El avión despegó con 178 pasajeros y 14 tripulantes. A mitad de vuelo, los primeros empezaron a ahogarse en sus propios pulmones. El piloto consiguió aterrizar en Barajas. Cuando abrieron las puertas, solo salieron ratones.

Epílogo: Madrid, tres semanas después
El virus ya no era canario. Era español. En el Palacio de la Moncloa, un ministro quemaba documentos mientras los roedores corrían por los pasillos de mármol. En la Puerta del Sol, una pancarta improvisada rezaba: “IBERIA NOS TRAJO LA MUERTE”.

Santana, desde una cama de hospital en La Paz, grabó un último audio con la voz rota:
—Dijeron que era un roedor. Era un negocio.
Y apagó el teléfono. Afuera, la ciudad entera tosía al unísono, mientras miles de patitas grises conquistaban las alcantarillas de una España que ya nunca volvería a ser la misma.

Fin.


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