¿ Lo hará o no lo hará?

El consultorio olía a incienso barato y a papel viejo. Elena Valls cerró la carpeta con un gesto deliberadamente lento.

—No es una terapia convencional —dijo—. Lo sé. Nació para un paciente con esquizofrenia paranoide que odiaba a su madre con una intensidad que ya no cabía en las palabras. La idea era simple y extrema: ir a Montserrat, yo me pongo en el borde de un precipicio haciendo de ella, y él me empuja. Solo para comprobar que no es capaz de hacerlo.

Adrián no contestó. Llevaba tres meses sentado en aquel sofá hablando de su madre como si fuera un fantasma que todavía le cobraba alquiler. Jonathan Andic, que había insistido en estar presente “como observador interesado”, se inclinó hacia delante.

—Quiero verlo in situ —dijo—. Si de verdad funciona, quiero estar allí.

Elena lo miró un segundo más de lo necesario.

—No es un espectáculo.

—Tampoco es una metáfora inofensiva —replicó Jonathan—. Usted misma lo ha dicho.

El silencio que siguió pesaba más que las palabras. Adrián acabó asintiendo. No porque estuviera convencido, sino porque ya no soportaba otra sesión más de “matar al padre” y “emancipación emocional” sin que algo concreto ocurriera.

Quedaron un sábado de septiembre. El cielo sobre Montserrat no prometía piedad.

El funicular subía con un ruido metálico que parecía quejarse. Abajo, el monasterio se iba haciendo pequeño, irreal. Elena iba delante, con una mochila mínima. Adrián no hablaba. Jonathan no dejaba de mirar el vacío que se abría a ambos lados del camino.

—¿Por qué Montserrat? —preguntó Jonathan cuando pararon a beber agua.

—Porque aquí el vacío no es abstracto —respondió Elena—. Aquí el vacío tiene metros. Y metros.

Siguieron por un sendero que se estrechaba. El viento empezó a empujar de lado. A lo lejos se oían voces de excursionistas, pero cada vez más lejanas, como si el monte las fuera tragando.

El lugar elegido no tenía barandilla. Solo una losa de piedra que se acababa de golpe y, después, trescientos metros de aire y roca. Elena se quitó la chaqueta y la dejó a un lado, como quien se prepara para una función.

—Yo soy tu madre ahora —le dijo a Adrián, plantándose a menos de un metro del borde—. La que no te dejó crecer. La que todavía te habla desde dentro. Acércate.

Adrián dio dos pasos. El viento le despeinaba el pelo contra la frente. Jonathan se quedó tres metros atrás, las manos en los bolsillos, la mirada fija en la línea exacta donde terminaba la piedra.

Elena alzó la voz para que se oyera por encima del viento:

—Empújame.

Adrián no se movió.

—Empújame para que veas que no puedes. Esa es la prueba. Si no eres capaz de hacerlo, entonces ya no te pertenece. Se acaba.

El silencio se llenó de viento. Adrián levantó las manos. Las dejó a la altura del pecho de Elena, sin tocarla todavía. Los dedos le temblaban.

Jonathan dio un paso involuntario hacia delante.

Elena no se giró. Seguí hablando hacia el vacío:

—Si me empujas y no lo haces del todo, seguirás siendo el niño. Si no me empujas, también. Solo hay una forma de saberlo.

Adrián tragó saliva. El borde estaba tan cerca que el vértigo ya no era una idea: era una presión física en las rodillas.

Jonathan habló por primera vez desde que habían llegado:

—No lo hagas.

Nadie le hizo caso.

Adrián avanzó otro medio metro. Sus palmas casi rozaban la espalda de Elena. Ella permanecía inmóvil, de perfil al abismo, como si de verdad creyera que el gesto simbólico podía curar décadas de rencor.

El viento cambió de dirección. Una ráfaga más fuerte. Elena se balanceó apenas, casi imperceptible. Adrián retiró las manos de golpe, como si se hubiera quemado.

—No puedo —dijo.

Elena tardó tres segundos en volverse. En su cara no había alivio ni decepción. Solo una extraña satisfacción profesional.

—Entonces ya lo sabes —murmuró.

Jonathan no dijo nada. Se había quedado mirando el mismo punto del precipicio, como si todavía estuviera esperando el empujón que no había ocurrido.

Bajaron en silencio. El funicular esta vez parecía más lento. En el aparcamiento, Elena guardó la chaqueta en la mochila con movimientos precisos.

—La próxima sesión la hacemos en consulta —anunció—. Ya no hace falta el monte.

Adrián asintió, agotado. Jonathan se quedó un momento apoyado en el coche, mirando hacia arriba, hacia los picos que ya empezaban a cubrirse de nubes.

Nadie habló del padre de Jonathan durante todo el trayecto de vuelta. Nadie mencionó que Isak Andic había muerto despeñado en aquella misma montaña, en una ruta que una colaboradora de Elena le había enseñado a Jonathan siete días antes.

En el coche, Jonathan encendió la radio y la apagó al segundo. Luego, sin mirar a nadie, preguntó en voz baja:

—¿Y si la próxima vez no es ella quien se pone en el borde?

Elena lo miró por el retrovisor. Adrián fingió dormir.

Nadie contestó.

Esa noche Jonathan soñó que él era quien estaba en el precipicio. No sabía si alguien iba a empujarlo. Tampoco sabía si quería que lo hicieran.

Se despertó con la misma pregunta que había llevado a Montserrat y que todavía no tenía respuesta:

¿Lo hará o no lo hará?


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