Churro, mediamanga, mangotero, ¿adivina lo que tengo en el puchero?

Novela distópica

Capítulo 1: La foto prohibida

En el año 2078, Barcelona ya no era una ciudad. Era el Distrito Armonía-7, una extensión de hormigón gris y torres de vigilancia donde el mar había engullido el paseo marítimo y las ratas comían mejor que los humanos. El Régimen de la Armonía había borrado los recuerdos: nada de calles, nada de juegos, nada de infancia. Los niños nacían en cápsulas de educación neural y salían a los doce años convertidos en “ciudadanos productivos”.

Marc tenía catorce y un secreto que pesaba más que las mochilas de racionamiento: una fotografía arrugada que su abuela le pasó antes de que la llevaran al Centro de Reeducación. En ella se veía un grupo de niños delante de un Hipercor derruido, en lo que fue San Andrés. No era la foto oficial del Régimen. Era de cuando aún jugaban en la calle.

Marc la escondía dentro de la suela de su bota izquierda. Cada noche la sacaba y la miraba a la luz de la linterna solar robada. Aquellos niños no tenían chips de control en la nuca. Corrían. Saltaban. Se caían. Y reían.

Una tarde de agosto, con el termómetro marcando 48 grados y los drones de vigilancia en modo bajo consumo, Marc cruzó la zona roja y llegó al esqueleto del viejo Hipercor. Allí, entre escombros y grafitis borrados por la lluvia ácida, encontró a otros cuatro: Laia, el Chino, la Ratona y el Búfalo. Todos habían oído la misma historia prohibida.

—Existe un juego —susurró Marc—. Uno que los abuelos jugaban antes de que el Régimen declarara ilegal cualquier cosa que no estuviera programada. Se llama Churro, mediamanga, mangotero.

Los ojos de los demás brillaron como cristales rotos bajo el sol tóxico.

Capítulo 2: Reglas de los condenados

Se reunieron en el patio trasero del Hipercor, donde las cámaras habían sido destrozadas por vandalismo de los años veinte. Marc explicó las reglas como si recitara un conjuro antiguo.

—Dos equipos. Cinco contra cinco, o menos si no hay. El que para se pone en hilera, agachado, cabeza entre las piernas del de delante. El primero es el burro. La madre es el que se queda de pie, espalda contra la pared, tapándole los ojos al burro y haciendo de almohadón.

Los saltadores cogen carrerilla y se lanzan a horcajadas sobre las espaldas. El más fuerte va primero para dejar sitio. Cuando están todos arriba, el que saltó primero grita:

—Churro, mediamanga, mangotero, ¿adivina lo que tengo en el puchero?

Y señala con el dedo las falanges de otro dedo: churro (primera), mediamanga (segunda), mangotero (tercera). El burro tiene que adivinar. Si acierta, cambian los equipos. Si falla, siguen parando.

Si la hilera se hunde por el peso, vuelven a parar. Si un saltador cae al suelo, pierden el turno.

—Es bestia —dijo Laia—. Por eso lo prohibieron. Porque duele. Porque duele de verdad y nadie se queja.

El Chino sonrió con los dientes partidos.
—Perfecto para lo que viene.

Capítulo 3: La primera partida

Jugaron al atardecer, cuando los drones regresaban a recargar. El suelo era grava y cristales. El Búfalo fue burro. Laia, madre. Marc y los demás saltaron. El dolor era real: rodillas clavándose en costillas, peso aplastando vértebras. Nadie gritó.

Cuando estuvieron todos arriba, Marc, el primero en saltar, señaló las falanges de su dedo índice y gritó la pregunta sagrada.

El Búfalo, con la voz ahogada entre piernas, eligió:
—Mangotero.

Falló.

Volvieron a parar. Y otra vez. Y otra. Cada caída era un entrenamiento. Cada “puchero” que no adivinaban era un mensaje cifrado que solo ellos entendían: el puchero era la comida que el Régimen guardaba en los silos mientras la gente se moría de hambre en las calles.

Al final de la tarde, sudados, magullados y vivos, se miraron. Por primera vez en años, nadie llevaba chip activado. Habían jugado sin permiso.

Capítulo 4: El código en el puchero

El juego se convirtió en su iglesia secreta. Cada partida tenía doble sentido.

—Churro —decía Marc cuando señalaba la primera falange— significa “ataque a la torre norte”.
—Mediamanga —segunda falange— “robar el cargamento de la semana”.
—Mangotero —tercera— “el puchero está lleno: tenemos armas”.

El burro adivinaba y el equipo que fallaba pagaba con dolor físico. Así aprendían a resistir. Así se comunicaban sin que los algoritmos de vigilancia pudieran traducir una sola palabra.

En el Distrito Armonía-7, el “puchero” era literal: los silos de comida estaban custodiados. Si conseguían vaciar uno, la revuelta empezaría de verdad.

Capítulo 5: La madre vigilante

Un dron averiado los grabó por casualidad. El Régimen tardó tres días en analizar la anomalía: “Actividad lúdica no autorizada. Posible contagio memético pre-2040”.

Llegaron los agentes de Reeducación con sus cascos negros y sus porras eléctricas. Capturaron al Chino. Lo interrogaron. Le preguntaron qué significaba “mangotero”.

Él, con la cara hinchada, sonrió:
—Es solo un juego de niños, señor.

Lo enviaron al Centro de Reeducación. Nunca volvió.

Capítulo 6: El salto imposible

Quedaban cuatro. Decidieron la partida final antes de que cerraran el barrio entero.

Esta vez no eran cinco contra cinco. Eran ellos contra el sistema.

Formaron la hilera más larga que jamás habían hecho: diez chicos y chicas de otros barrios que habían oído el rumor. El burro era el Búfalo, que pesaba como un tanque. La madre era Laia, espalda contra la pared del Hipercor derruido.

Saltaron uno tras otro. El peso era insoportable. Las rodillas temblaban. El sudor se mezclaba con sangre.

Marc, último en saltar, se colocó encima de todos y gritó con toda la fuerza que le quedaba:

—¡Churro, mediamanga, mangotero, ¿adivina lo que tengo en el puchero?!

Señaló tres veces seguidas la tercera falange.

El Búfalo, casi sin aire, respondió:
—Mangotero.

Acertó.

El equipo que saltaba ganó. La hilera aguantó.

En ese momento, los drones llegaron en masa. Pero ya era tarde. El mensaje había salido: el puchero estaba lleno. Las armas estaban listas.

Capítulo 7: El hundimiento

La revuelta comenzó esa misma noche.

Los “burros” del Distrito Armonía-7 se levantaron. Ya no eran niños jugando. Eran miles de espaldas que habían aprendido a soportar peso y a derribarlo.

El Régimen mandó tanques. Los tanques se atascaron en las calles estrechas que los niños conocían de memoria.

Marc y Laia dirigían desde el tejado del Hipercor. Cada orden la daban con la vieja pregunta, ahora gritada por altavoces robados:

—¡Churro, mediamanga, mangotero, ¿adivina lo que tengo en el puchero?!

La ciudad respondió con fuego y con risas.

Al amanecer, la torre principal de vigilancia se derrumbó como una hilera de niños que ya no podía más.

Epílogo

Veinte años después, en el barrio que volvió a llamarse San Andrés, los niños juegan otra vez en la calle.

Ya no hay drones. Ya no hay chips.

Un viejo Marc, con la espalda llena de cicatrices, mira desde un banco cómo un grupo de críos forma la hilera. Una niña salta la primera, se coloca encima y grita con voz clara:

—Churro, mediamanga, mangotero, ¿adivina lo que tengo en el puchero?

El burro, riendo, responde:
—Libertad.

Y esta vez acierta siempre.

Porque el puchero ya no es secreto.

Es para todos.

A ver, GROK, hazme una novela del género de la distopía, con título “Churro, mediamanga, mangotero, ¿adivina lo que tengo en el puchero?” de 7 capítulos y un epílogo final según el siguiente relato:

La fotografía no es del barrio de San Andrés en Barcelona, delante del Hipercor, pero sí que debe ser de cuando los niños aún jugábamos todos en la calle, a una variedad enorme de juegos traídos desde todos los puntos de donde provenían nuestros padres.

Al juego normalmente jugaban sólo niños, porque era bastante bestia. De todas formas nunca me enteré de que hubiese pasado algo.

Los niños se dividían en dos grupos de unos cinco, aunque a veces si no había niños, como por ejemplo ahora en agosto, se podía jugar entre muchos menos.

Los niños del equipo que le toca “parar” se colocarán agachados, de forma que cada uno pondrá la cabeza entre las piernas del de delante. El primero de la hilera, llamado “el burro” se apoyará en las manos de un jugador de su equipo que, además de taparle los ojos, permanecerá erguido haciendo las funciones de soporte o almohadón. Es “la madre” y acostumbraba a estar con la espalda pegada a una pared.

En este momento comienza la primera parte del juego. El segundo equipo tratará de colocar a todos sus jugadores sobre los del primero. Para ello deberán coger carrerilla, saltar, y caer a horcajadas sobre la espalda de los que paran. El jugador que tenga más fuerza y habilidad será el primero en hacerlo, puesto que deberá intentar saltar lo más lejos posible con el fin de dejar espacio para que vayan colocándose, en sus saltos, sus compañeros.

Una vez logrado lo anterior, el primer jugador que saltó deberá pronunciar la pregunta al otro equipo: “Churro, mediamanga, mangotero, adivina lo que tengo en el puchero”. Y, al tiempo que pronuncia estas palabras, deberá señalar sobre las falanges de un dedo las posiciones de churro, mediamanga o mangotero de modo que lo vea “la madre”. “El burro” deberá escoger una de las opciones. Si la adivina, pasará a “parar” el equipo que en esta ocasión había saltado; y si no, volverá a “parar” su equipo.

En caso de que, mientras dura toda esta operación, los que están agachados “parando” se hunden, al no resistir el peso de los que saltan, el equipo vuelve a “parar”. En cambio, si uno de los jugadores, al efectuar su salto, se cae al suelo, se interrumpe el turno, y su equipo “parará” en el siguiente.


0 comentarios

Deja una respuesta

Marcador de posición del avatar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Abrir chat
¿Necesitas ayuda?
Hola, amigo:
¿En qué podemos ayudarte?