El Autódromo de Terramar y la conservación de la Naturaleza al estilo Félix Rodríguez de la Fuente
En las suaves colinas que descienden hacia el Mediterráneo, donde el viento de Sitges aún susurra historias antiguas, se levanta un ser vivo que pocos reconocen como tal: el Autódromo de Terramar. No es un simple trozo de asfalto olvidado. Es un circuito con alma, un relicto de la pasión humana que, paradójicamente, se ha fundido con la naturaleza como lo hace el musgo sobre una roca centenaria. Y hoy, como antaño lo hiciera Félix Rodríguez de la Fuente con los últimos lobos de la Península, debemos alzar la voz para defenderlo.
Imaginadlo al amanecer. El sol naciente tiñe de oro las curvas que en 1923 vieron rugir los motores de los pioneros del automovilismo europeo. Aquel trazado audaz, trazado sobre la tierra misma de Terramar, no fue impuesto a la naturaleza: se adaptó a ella. Sus peraltes respetan el relieve de las dunas, sus escapatorias se abren entre pinos y romeros, y sus tribunas derruidas hoy son nidos de gaviotas y refugio de lagartijas. El circuito respira. Sus grietas son surcos por donde crecen flores silvestres; sus cunetas, pequeños oasis donde beben los conejos al atardecer. Es un diálogo perfecto entre la obra del hombre y la obra de la Creación.
Pero, como siempre, acecha el depredador sin instinto: la especulación. Hombres de traje y calculadora, ajenos al latido de la historia y al perfume de la salina, ven en Terramar solo un “suelo urbanizable”. Hablan de hoteles, de bloques de apartamentos, de “aprovechar el potencial turístico”. Lo mismo que se dijo de tantos valles, de tantos bosques, de tantas marismas que Félix defendió con uñas y dientes. Quieren borrar el rugido de los Bugatti y Alfa Romeo que aquí compitieron para sustituirlo por el zumbido monótono de las excavadoras. Quieren vender la memoria por metros cuadrados.
Félix nos enseñó que la verdadera riqueza no se mide en beneficios contables, sino en la continuidad de la vida. Conservar el Autódromo de Terramar no es nostalgia romántica: es ecología inteligente. Preservarlo significa mantener un corredor biológico entre el mar y la montaña, un pulmón verde para Sitges, un aula viva donde las nuevas generaciones puedan tocar la historia con las manos y sentir, bajo sus pies, el pulso de la tierra. Es defender que no todo tiene precio. Que hay lugares sagrados —por su belleza natural y por lo que en ellos ocurrió— que merecen ser intocables.
Si permitimos que caiga Terramar, ¿qué será lo siguiente? ¿La última colonia de flamencos de la Albufera? ¿El último hayedo donde aún aúlla el lobo ibérico? La batalla es la misma: la del respeto frente a la avaricia.
Por eso hoy, como Félix en sus documentales, grito con el corazón en la garganta: ¡No toquéis Terramar! Dejad que sus curvas sigan siendo el escenario donde el hombre y la naturaleza se funden en una sola historia. Dejad que sus tribunas derruidas sigan siendo testigos mudos de que la pasión puede convivir con la belleza salvaje. Dejad que las nuevas generaciones, en lugar de bloques de hormigón, encuentren aquí un legado vivo: un autódromo que late, un pedazo de Cataluña que respira, un monumento a la memoria y a la tierra que no se vende.
Porque conservar no es retroceder. Conservar es ser dignos herederos de quienes, como Félix Rodríguez de la Fuente, supieron ver en cada rincón de nuestra tierra un tesoro que debemos legar intacto.
El Autódromo de Terramar no es solo un circuito.
Es un lobo viejo que aún sabe correr.
Y los lobos, amigos míos, no se extinguen mientras haya voces que los defiendan.
Félix Rodríguez de la Fuente: el hombre que despertó a una nación ante la naturaleza
Félix Samuel Rodríguez de la Fuente (Poza de la Sal, Burgos, 14 de marzo de 1928 – Shaktoolik, Alaska, 14 de marzo de 1980) no fue solo un naturalista o un presentador de televisión. Fue el agitador de conciencias que transformó para siempre la relación de los españoles con el mundo salvaje. En una España de los años 60 y 70 todavía marcada por la posguerra, donde lobos, águilas y buitres eran considerados “alimañas” a exterminar con estricnina y recompensas oficiales, Félix irrumpió como un lobo alfa: carismático, apasionado y con una voz que retumbaba como un tambor ancestral. Su legado no es solo documental; es un antes y un después en la conciencia ecológica española.
De médico a “amigo de los lobos”: una vocación forjada en la tierra
Hijo de una familia humilde de la Castilla profunda, Félix creció corriendo por los campos de Poza de la Sal. Allí, entre salinas y páramos, aprendió a observar. Estudió Medicina en Valladolid, pero la biología, la etología y la cetrería las aprendió por sí mismo, como autodidacta feroz. Crió lobeznos que salvó de ser apaleados, se convirtió en el “alfa” de varias manadas en el barranco del río Dulce y convivió con ellos como pocos humanos han hecho. No los domesticó: los respetó en su esencia salvaje. Esa experiencia fue el germen de su famosa “verdad del lobo”: un animal que durante 100.000 años compartió con el hombre la cima de la cadena trófica, hasta que la domesticación de herbívoros en el Neolítico lo convirtió en enemigo.
“El hombre y la Tierra”: la serie que cambió España
Su gran obra maestra fue la serie El hombre y la Tierra (1974-1980), emitida en TVE. Tres ciclos —venezolano, ibérico y canadiense— que llevaban la naturaleza salvaje a los hogares de un país que apenas salía del gris franquista. Con la mítica sintonía de Antón García Abril y su voz grave y dramática, Félix no hacía “documentales científicos” fríos: narraba epopeyas. Mostraba el comportamiento de lobos, linces, águilas imperiales, buitres leonados y osos como protagonistas de una gran tragedia griega donde el hombre era, a la vez, héroe y villano.
Paralelamente, en radio (La aventura de la vida, Objetivo: salvar la naturaleza) y en artículos de Blanco y Negro y La Actualidad Española, construyó el llamado “fenómeno Félix”. Millones de niños y adultos se enamoraron de la fauna ibérica. Sus programas se emitieron en decenas de países y se calcula que han sido vistos por cientos de millones de personas.
El activista que movió montañas (y leyes)
Félix no se limitó a mostrar: actuó. Como vicepresidente de ADENA (la delegación española del WWF, que ayudó a fundar en 1968), libró batallas épicas:
- Acabó con las Juntas de Extinción de Animales Dañinos, que masacraban rapaces, nutrias y lobos por orden gubernamental.
- Influyó directamente en la Ley de Caza de 1970, que por primera vez introdujo el concepto de “especie protegida”.
- Logró la protección legal del halcón peregrino y del lobo ibérico, que en los años 70 estaba al borde de la extinción (apenas 400-500 ejemplares).
- Creó en 1975 el Refugio de Rapaces de Montejo de la Vega (Segovia), hoy el mayor núcleo de buitres leonados de Europa, donde organizó campamentos infantiles para cientos de niños.
- Defendió espacios emblemáticos: Doñana, Tablas de Daimiel, El Saler, la laguna de Gallocanta…
Cambió la política del ICONA (Instituto para la Conservación de la Naturaleza) y sembró la semilla del ecologismo moderno en España. Como dijo él mismo: la verdadera riqueza no se mide en beneficios, sino en la continuidad de la vida.
Su filosofía: el hombre como parte, no como dueño
Félix no era un ecologista radical que demonizaba al ser humano. Era un humanista de la naturaleza. Veía al hombre como un depredador más dentro del ecosistema, pero con la responsabilidad única de ser consciente. Defendía la convivencia inteligente: el lobo no es malo ni bueno, es lobo. El hombre, en cambio, puede elegir ser digno heredero o destructor ciego. Su mensaje era claro: conservar no es nostalgia; es supervivencia. La naturaleza no es un decorado; es nuestra casa y nuestra historia.
Muerte en Alaska y legado inmortal
El 14 de marzo de 1980, el día que cumplía 52 años, murió en un accidente de avioneta mientras filmaba una carrera de trineos con perros en Alaska. Con él fallecieron dos colaboradores y el piloto. Su muerte, paradójicamente, en plena naturaleza que tanto amó, no apagó su voz. Al contrario: se convirtió en mito.
Hoy, 46 años después (en 2026), su legado sigue vivo. Sus series se reemiten, sus libros se reeditan y su ejemplo inspira a nuevas generaciones de naturalistas, activistas y comunicadores. Fue el primer gran divulgador ambiental de España y uno de los más influyentes del mundo, junto a Cousteau o Attenborough.
Volviendo al Autódromo de Terramar…
Por eso, cuando defendemos circuitos con historia como el de Terramar frente a la especulación urbanística, lo hacemos al estilo Félix. Porque él nos enseñó que un lugar no es solo suelo: es memoria, es ecosistema, es diálogo entre el hombre y la tierra. Conservar Terramar es conservar el rugido de los motores que se fundió con el canto de los pájaros; es decir, como él gritaba con el corazón en la garganta, que hay tesoros que no se venden.
Félix Rodríguez de la Fuente no nos dejó solo imágenes bellas. Nos dejó una llamada urgente y hermosa: mirad la naturaleza con los ojos del alma, defendedla con uñas y dientes, y legadla intacta. Mientras haya voces que repitan su mensaje, los lobos seguirán corriendo, las águilas volando… y lugares como Terramar seguirán latiendo.
Porque, como él decía: la aventura de la vida continúa. Y nosotros somos sus herederos.
0 comentarios