Título: El Progresismo convierte a Canarias en el wáter del mundo
Una novela negra en 7 capítulos y epílogo
Capítulo 1: La llamada de los intocables
Madrid, medianoche. El Palacio de la Moncloa olía a café recalentado y a miedo. Pedro Saunez, presidente progresista de España, estaba solo en su despacho, con la corbata floja y los ojos hundidos por las causas judiciales que le pisaban los talones como perros rabiosos. El teléfono encriptado vibró sobre la mesa de caoba. Solo tres personas tenían ese número.
—Señor presidente —dijo una voz con acento centroeuropeo, suave como un cuchillo en la seda—. Somos los que nunca aparecen en las fotos. Los sorosianos nos llaman “amigos”. Usted ya sabe quiénes somos.
Saunez tragó saliva. Sabía. Eran las élites que movían los hilos desde Davos hasta las islas Caimán. Las que habían convertido el mundo en un casino privado.
—Tenemos un barco —continuó la voz—. Se llama Eternal Dawn. Viene de un puerto que no existe en los mapas. Lleva un cargamento… especial. Hantavirus. Pero no es el virus lo que nos preocupa. Son las ratas. Miles. Hambrientas. Cuando toque puerto en Canarias, bajarán las primeras. Sin avisar. Sin cuarentena. Usted solo tiene que mirar para otro lado. A cambio: doscientos millones en una cuenta en Nassau y un sobre con inmunidad judicial firmada por quien usted ya imagina. Todo desaparece. Sus causas, sus jueces, sus pesadillas.
Saunez miró la foto de su familia en la mesa. Luego miró el vacío.
—¿Y si digo que no?
La risa al otro lado fue breve y fría.
—Entonces mañana sus cuentas estarán congeladas y su nombre será sinónimo de traidor. Elige, Pedro. El progresismo siempre elige el futuro.
Capítulo 2: El pacto con el diablo
Tres días después, en una suite del hotel Villa Magna, Saunez firmó. No había papeles. Solo una tablet que se autodestruyó después. El sorosiano, un tipo delgado con gafas sin montura, le entregó una carpeta negra.
—Canarias es perfecta —dijo—. Puerto de Las Palmas. Nadie mira. Los migrantes ya lo usan de coladero. Un barco más… ¿qué importa? Cuando las ratas lleguen a tierra, se multiplicarán. Subirán a los aviones de Iberia como pasajeros de tercera. En dos semanas, Madrid, Barcelona, Bilbao. Peor que el coronavirus. Mucho peor. Hemorragias, insuficiencia renal, pánico. Y usted estará lejos.
Saunez se sirvió un whisky.
—¿Y el pueblo?
—El pueblo —repitió el hombre con desprecio—. Siempre ha sido el wáter del mundo. Ustedes los progresistas lo saben mejor que nadie. Lo llaman solidaridad. Nosotros lo llamamos negocio.
Capítulo 3: El barco de la muerte
El Eternal Dawn atracó en Las Palmas una noche de lluvia negra. Capitán griego, tripulación fantasma, bandera liberiana. Las autoridades portuarias recibieron órdenes directas de Moncloa: “Inspección mínima. Cuestión humanitaria”.
Nadie vio las jaulas rotas en la bodega. Nadie olió el miedo animal que salía de las grietas. Las primeras ratas bajaron por las maromas como soldados de élite. Grises, gordas, ojos rojos. Llevaban el virus en la saliva, en las heces, en la sangre. Canarias era un paraíso para ellas: calor, basura, palmeras y turistas despistados.
Un vigilante nocturno, Manolo “el Canario”, vio una sombra correr por el muelle. Pensó que era un gato. Mañana estaría muerto.
Capítulo 4: Las ratas no piden permiso
En cuarenta y ocho horas las ratas ya estaban en las alcantarillas de Las Palmas, en los contenedores de Teguise, en los campos de plátanos de La Palma. Se subían a los camiones de la basura. Se colaban en los hoteles todo incluido. Una turista alemana despertó con una mordedura en el tobillo. “Un ratoncito simpático”, dijo el médico de urgencias antes de vomitar sangre tres días después.
Los medios progresistas hablaron de “cambio climático” y “desigualdad”. Nadie mencionó el barco. Nadie mencionó el presidente.
En Tenerife, un biólogo de la universidad encontró un ratón muerto con hemorragias internas. Mandó la muestra a Madrid. La muestra desapareció. El biólogo también.
Capítulo 5: La isla se pudre
La primera muerte oficial fue un niño de Arguineguín. Luego vinieron las hemorragias masivas. Los hospitales colapsaron. Los progresistas locales gritaban “¡racismo!” cuando alguien señalaba el barco. “Es una pandemia natural”, decían. Mientras tanto, las ratas viajaban en las bodegas de los aviones de Iberia hacia Barajas. Una sola rata bastaba. Una sola mordedura.
Saunez seguía en Moncloa, sonriendo en las ruedas de prensa. “España es un país solidario”. Sus ojos ya miraban hacia el Caribe.
Capítulo 6: La península arde
Dos semanas. Madrid despertó con cadáveres en el metro. Barcelona con barricadas. Sevilla con hogueras. El virus era más letal que el coronavirus: mataba en siete días y dejaba a los supervivientes con los riñones hechos papilla. La gente moría escupiendo sangre en las terrazas de Malasaña. Los mismos que habían aplaudido la “acogida” ahora maldecían al gobierno.
Saunez ya tenía el jet privado preparado. Su última rueda de prensa fue un espectáculo: “La extrema derecha quiere aprovechar la crisis”. Detrás de él, en la pantalla, un mapa de Canarias en rojo. El wáter del mundo.
Capítulo 7: El vuelo del cobarde
Aeropuerto de Barajas, 3:17 a.m. Un Gulfstream con matrícula dominicana esperaba con motores encendidos. Saunez subió solo, sin esposa, sin hijos, sin dignidad. Llevaba una maleta con los doscientos millones en cripto y el pasaporte nuevo.
El piloto era de confianza. Destino: Punta Cana. Allí le esperaba su amigo JB, el hombre fuerte de la República Dominicana, con una mansión blindada y playas privadas. “Allí el virus no llega”, le habían prometido. “Allí sigues siendo presidente… de tu propia vida”.
Mientras el avión despegaba, Saunez miró por la ventanilla. Abajo, Madrid era un incendio de luces y sirenas. Sonrió por primera vez en semanas.
Epílogo: El wáter del mundo
Tres meses después.
Canarias era una isla fantasma. Las ratas habían ganado. La península agonizaba. Los progresistas supervivientes seguían diciendo que era “culpa del capitalismo”. Los cementerios estaban llenos. Los vivos, enloquecidos.
En Punta Cana, Pedro Saunez tomaba ron en una terraza con vistas al mar. JB le palmeaba la espalda.
—Bienvenido al club, compadre. Aquí nadie pregunta por el pasado.
Saunez levantó la copa.
—Por el progresismo —brindó—. Que convirtió a Canarias en el wáter del mundo… y a mí en el hombre más rico del cementerio.
Abajo, en la arena blanca, una rata gris cruzaba la playa. Nadie la vio. Aún.
Fin.
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