El verano interminable de Vallirana

En el verano de 1970, cuando las cigarras cantaban desde el amanecer hasta bien entrada la tarde y el polvo de los caminos se pegaba a las alpargatas como si quisiera acompañar a todo el mundo a casa, la familia Toribio Troyano vivió uno de esos veranos que terminan convirtiéndose en leyenda familiar.

Luis Toribio tenía entonces diez años y una energía imposible de contener. Su hermana mayor, Paquita, con trece, empezaba a sentirse demasiado mayor para algunas cosas y demasiado pequeña para otras. La pequeña María José apenas tenía cuatro años y seguía a sus hermanos como un pollito detrás de una gallina, aunque muchas veces acababa llorando porque no podía correr tan rápido como ellos.

Su madre, Paquita Troyano, tenía cuarenta y cuatro años y una paciencia que parecía inagotable. Su padre, Luis Toribio, también de cuarenta y cuatro, trabajaba en Barcelona y sólo podía subir a Vallirana los fines de semana, excepto en agosto, cuando disfrutaba del mes entero con la familia.

Aquella casa de verano estaba situada en una calle de tierra, rodeada de pinos, higueras y descampados donde el calor hacía temblar el aire. No era una casa lujosa. Tenía las persianas verdes, una terraza fresca y un comedor donde siempre olía un poco a tomate, café y madera antigua. Pero para los niños era un castillo.

El primer día de junio, cuando llegaron cargados con maletas, sandías, cazuelas y mantas, Luis sintió la misma emoción que cada año: la sensación de que durante tres meses el mundo iba a pertenecerles.

—No quiero volver nunca a Barcelona —dijo nada más bajar del coche.

—Eso dices siempre —respondió su hermana Paquita, poniendo los ojos en blanco.

—Porque es verdad.

La madre sonrió mientras abría la puerta.

—Entrad y dejad de discutir. Y tú, Luisito, no empieces ya con las mariposas antes de deshacer las maletas.

Pero era imposible pedirle paciencia.

Detrás de la casa había un campo enorme lleno de flores amarillas, amapolas y hierba seca. Y donde había flores, había mariposas.

En aquella época Vallirana estaba llena de ellas.

Las había blancas, amarillas, azules y algunas enormes, oscuras, con manchas naranjas que parecían ojos. Luis las perseguía con una red hecha por él mismo utilizando una caña, un alambre y una vieja cortina rota.

Corría detrás de ellas durante horas.

A veces lograba atraparlas.

A veces no.

Y cuando conseguía capturar alguna especialmente bonita, corría a enseñársela a su hermana.

—¡Mira esta! ¡Mira qué alas!

Paquita fingía aburrimiento.

—Sí, muy bonita.

—No la mires así. Parece de terciopelo.

—Pues suéltala ya, pobrecita.

Y Luis siempre terminaba soltándola.

Porque le gustaba cazarlas, sí, pero aún más le gustaba verlas escapar.

Las mañanas tenían una rutina casi sagrada.

La madre se levantaba temprano y abría las ventanas antes de que el calor apretara. Luego preparaba leche con cacao y pan con mantequilla o sobrasada.

María José aparecía despeinada y aún medio dormida.

—Tengo hambre…

—Pues siéntate bien —decía la madre.

Después del desayuno empezaba la verdadera vida.

Los niños salían disparados.

A veces iban al bosque cercano. Otras veces al descampado donde había piedras enormes que imaginaban montañas del oeste americano. Allí jugaban a pistoleros, exploradores o soldados.

Paquita siempre quería mandar.

—Yo soy la jefa de la expedición.

—¿Por qué tú?

—Porque soy la mayor.

—Eso no vale.

—Claro que vale.

Entonces discutían cinco minutos y acababan jugando igualmente.

María José normalmente hacía de prisionera, princesa o enferma porque era demasiado pequeña para correr colina arriba.

Pero lo que más esperaban todos era la piscina municipal.

La piscina de Vallirana era para ellos como un paraíso.

Tenía el agua fría, un trampolín algo oxidado y un bar donde vendían gaseosa, polos de limón y bolsas de patatas.

Ir hasta allí era toda una excursión.

La madre preparaba las toallas, el protector solar —que entonces olía casi a petróleo— y un sombrero ridículo para María José.

—No quiero el sombrero.

—Pues te lo pones igual.

—Parezco un bebé.

—Porque eres un bebé.

Luis y Paquita se reían.

El camino hasta la piscina atravesaba calles tranquilas donde apenas pasaban coches. El calor subía desde el suelo y las chicharras parecían gritar desde todos los árboles.

Al llegar, los niños corrían sin esperar siquiera a que la madre terminara de pagar la entrada.

El agua era libertad.

Luis se lanzaba haciendo bombas gigantes.

Paquita nadaba mejor que todos.

Y María José se agarraba al borde con un flotador amarillo mientras pataleaba furiosamente.

Allí hicieron amigos de verano.

Niños que sólo existían durante aquellos meses y desaparecían en septiembre como si nunca hubieran estado.

Estaba Manolo, que sabía tirarse de cabeza desde cualquier sitio.

Estaba Pili, que siempre llevaba un bañador rojo.

Y estaba el Flaco, un chico moreno y larguirucho que decía conocer túneles secretos bajo Vallirana.

—Mi abuelo los vio durante la guerra —aseguraba.

—Mentira —respondía Paquita.

—Que sí.

—Pues enséñalos.

—No puedo. Son secretos.

Aquello bastaba para despertar la imaginación de todos.

Una tarde decidieron explorar los alrededores buscando la entrada de aquellos supuestos túneles.

Salieron después de comer, aprovechando que la madre dormía la siesta.

—No os vayáis lejos —había advertido antes de acostarse.

Pero para un niño de diez años “no muy lejos” era un concepto bastante flexible.

El Flaco los condujo hasta una zona de pinos donde el terreno descendía entre piedras y matorrales.

—Por aquí.

—No veo nada —dijo Luis.

—Porque no sabes mirar.

Anduvieron durante casi una hora.

El calor era sofocante.

Las cigarras hacían tanto ruido que parecía que el bosque entero estuviera hirviendo.

Y entonces María José empezó a llorar.

—Estoy cansada…

—Calla, que nos descubrirán —susurró el Flaco misteriosamente.

—¿Quiénes?

—Los hombres del túnel.

Paquita soltó una carcajada.

—Estás loco.

Pero incluso ella miró alrededor con cierta inquietud.

Finalmente encontraron una abertura entre unas rocas.

No era un túnel secreto.

Era sólo una pequeña cueva.

Pero para ellos bastó.

Entraron despacio.

Dentro hacía fresco y olía a tierra húmeda.

Luis sintió un escalofrío de emoción.

—¿Y si hay murciélagos?

—¿Y si hay tesoros? —dijo el Flaco.

María José se agarró a la pierna de su hermana.

Avanzaron unos metros.

Entonces algo se movió.

Un ruido seco.

Un aleteo.

Y de pronto una nube de murciélagos salió disparada hacia ellos.

Los cuatro niños gritaron al mismo tiempo y salieron corriendo colina arriba como si el mismísimo diablo los persiguiera.

María José lloraba.

Paquita reía y gritaba a la vez.

Luis tropezó dos veces.

Y el Flaco perdió una zapatilla.

Cuando llegaron jadeando a la carretera, se quedaron mirándose unos segundos… y terminaron estallando en carcajadas.

Aquella noche, durante la cena, la madre sospechó algo.

—¿Dónde habéis estado?

—Por ahí —respondió Paquita.

—¿Qué “por ahí”?

—Jugando.

La madre observó los arañazos, el polvo y las caras agotadas.

—Más vale que no os hayáis metido en problemas.

Luis bajó la cabeza para ocultar la sonrisa.

Las noches en Vallirana eran otro mundo.

El calor seguía pegado a las paredes incluso después de cenar. Las ventanas permanecían abiertas y desde fuera llegaban olores de pino, tierra caliente y jazmín.

Y entonces aparecían ellas.

Las libélulas gigantes.

No eran simples insectos.

Para los niños eran monstruos voladores.

Entraban atraídas por la luz y comenzaban a golpear las paredes y las lámparas con un ruido seco y frenético.

BRRRRRRRR.

BRRRR.

BRRRRRRR.

María José chillaba inmediatamente.

—¡Está entrando una!

Luis también les tenía miedo, aunque jamás lo reconocería.

Aquellas alas enormes y transparentes, el zumbido violento y la manera torpe en que chocaban contra todo les daba auténtico pánico.

La madre intentaba echarlas con una escoba.

—¡Abrid más la ventana!

—¡No, que entrarán más! —gritaba Paquita.

Una noche entró una especialmente enorme.

Parecía un helicóptero.

Se golpeó contra el techo varias veces antes de caer sobre la mesa del comedor.

Los cuatro se quedaron paralizados.

El insecto volvió a alzar el vuelo.

Directamente hacia Luis.

El niño pegó un salto tan grande que volcó una silla.

—¡Quítamela! ¡Quítamela!

La madre no podía contener la risa.

—¡Pero si no hace nada!

—¡Hace ruido!

Finalmente lograron echarla apagando las luces interiores y dejando sólo la terraza iluminada.

Cuando el insecto salió por fin, todos respiraron aliviados.

—Parecía un avión —dijo Luis.

—Parecía tu cara cuando ha venido hacia ti —respondió Paquita riéndose.

Los fines de semana eran especiales porque llegaba el padre.

Los viernes por la tarde todos esperaban el sonido del coche subiendo la calle.

Cuando finalmente aparecía, cubierto de polvo del camino, María José corría hacia él.

—¡Papá!

Luis padre bajaba cansado pero sonriendo.

Traía pan recién comprado, alguna tableta de chocolate y noticias de Barcelona.

—La ciudad está insoportable de calor.

—Aquí también hace calor —decía Paquita madre.

—Sí, pero aquí se puede respirar.

El padre se sentaba entonces en la terraza, se aflojaba la camisa y parecía rejuvenecer.

Durante agosto, cuando pudo quedarse todo el mes, la felicidad fue completa.

Con él llegaban las excursiones.

Un domingo decidieron ir caminando hasta una fuente escondida que alguien le había recomendado.

Salieron temprano.

El padre llevaba una gorra y una cantimplora.

La madre cargaba con tortilla de patatas y melocotones.

Luis iba atento a las mariposas.

Y Paquita protestaba continuamente.

—¿Falta mucho?

—Acabamos de salir —respondía el padre.

El camino atravesaba senderos llenos de pinos y piedras blancas.

El aire olía a resina.

De vez en cuando se escuchaba el canto lejano de algún perro o el silbido de un tren.

Tras casi una hora encontraron la fuente.

El agua salía helada entre las rocas.

Los niños bebieron como si llevaran días perdidos en el desierto.

Luego comieron sentados bajo los árboles.

Fue uno de esos días sencillos que terminan quedándose grabados para siempre.

Pero el verano también traía pequeñas aventuras peligrosas.

Una tarde, Luis decidió construir una trampa para atrapar “insectos gigantes”.

Usó una caja de fruta, cuerdas y restos de pan.

—¿Qué piensas cazar con eso? —preguntó su hermana.

—Lo que sea.

—Pues como captures a María José, te la puedes quedar.

La pequeña se enfadó.

—¡Mala!

Instalaron la trampa detrás de la casa.

Y al día siguiente encontraron algo dentro.

No era una libélula gigante.

Era un erizo.

El animal estaba aterrorizado.

Luis se quedó inmóvil mirándolo.

Nunca había visto uno tan cerca.

El pequeño hocico temblaba.

—Pobrecillo… —dijo Paquita.

El padre apareció detrás de ellos.

—¿Qué habéis hecho?

Les explicó que debían soltarlo inmediatamente.

Y así lo hicieron.

El erizo desapareció entre los matorrales dejando a los niños fascinados.

Aquella noche, Luis decidió que quizá prefería observar animales antes que atraparlos.

El verano avanzaba lentamente, como si el tiempo en Vallirana funcionara de otra manera.

En Barcelona los días corrían.

Allí se estiraban.

Las tardes parecían eternas.

Después de comer, mientras la madre descansaba y las persianas mantenían la casa medio oscura, Luis escuchaba el zumbido lejano de las moscas y sentía que el verano jamás terminaría.

A veces hojeaba tebeos.

Otras veces simplemente miraba por la ventana.

Entonces veía las montañas secas bajo el sol y pensaba que el mundo entero era aquel lugar.

En agosto llegaron las fiestas del pueblo.

Aquello fue extraordinario.

Había música, puestos, luces y olor a churros.

Los niños podían acostarse tarde.

La plaza estaba llena de gente riendo y bailando.

Luis contemplaba fascinado las bombillas de colores.

Paquita quería parecer mayor y caminaba intentando imitar a las chicas adolescentes.

El padre compró algodón de azúcar para todos.

Y por la noche hubo fuegos artificiales.

María José se asustó al principio.

—No me gustan.

Pero luego terminó aplaudiendo.

Los colores iluminaban las montañas oscuras y durante unos minutos Vallirana pareció el centro del universo.

Aquella misma semana ocurrió algo que Luis recordaría toda su vida.

Una madrugada se despertó por un ruido extraño.

BRRRRRRRRR.

Abrió los ojos.

Había una sombra enorme sobre la pared.

Una libélula gigantesca revoloteaba dentro de la habitación.

Mucho más grande que cualquiera de las anteriores.

El insecto chocaba contra el armario una y otra vez.

Luis despertó a su hermana.

—Paquita… Paquita…

—¿Qué?

—Mira.

La hermana abrió los ojos… y pegó un grito.

La libélula pasó rozándole el pelo.

Los dos saltaron de la cama.

María José comenzó a llorar en la habitación contigua.

Los padres acudieron medio dormidos.

El padre encendió la luz y aquello empeoró todo.

El insecto empezó a volar frenéticamente por toda la habitación.

BRRRRRRR.

BRRRRRRRR.

La madre reía.

El padre intentaba atraparla con una toalla.

Paquita se escondía detrás de una silla.

Luis no sabía si correr o quedarse quieto.

Finalmente el padre logró abrir completamente las ventanas y apagar las luces.

La libélula salió hacia la noche.

Durante unos segundos sólo se escuchó el canto lejano de los grillos.

Entonces el padre empezó a reírse.

Y todos acabaron riendo también.

Incluso María José.

—Parecía un avión militar —dijo el padre.

—Parecía un monstruo —corrigió Luis.

Septiembre llegó demasiado deprisa.

Siempre ocurría igual.

Un día parecía que el verano acababa de empezar y al siguiente las tardes eran algo más frescas y los adultos comenzaban a hablar del regreso.

La madre empezó a guardar ropa.

Las mochilas escolares reaparecieron.

Y Luis sintió esa tristeza extraña que sólo conocen los niños cuando descubren que algo maravilloso está terminando.

El último fin de semana decidieron hacer una cena especial en la terraza.

Había tortilla, embutidos, pan con tomate y gaseosa.

El cielo estaba lleno de estrellas.

Mucho más lleno que en Barcelona.

El padre fumaba lentamente mirando la oscuridad.

—El año que viene volveremos —dijo.

Luis observó el jardín, las sombras de los árboles y la ventana por donde tantas veces habían entrado las temidas libélulas.

Pensó en las mariposas.

En la piscina.

En la cueva.

En los murciélagos.

En los amigos de verano.

Y comprendió algo por primera vez.

Aquel lugar no era simplemente unas vacaciones.

Era un mundo entero que sólo existía durante tres meses.

Un mundo donde el tiempo era distinto.

Donde las aventuras podían aparecer detrás de cualquier árbol.

Donde los adultos parecían menos cansados y los niños podían pasar horas persiguiendo mariposas sin preocuparse por nada más.

Aquella noche se acostó tarde.

Escuchó los grillos desde la cama.

El aire olía a pino caliente.

Y antes de dormirse creyó escuchar de nuevo el zumbido lejano de una libélula.

Pero esta vez no sintió miedo.

Sólo nostalgia anticipada.

A la mañana siguiente cargaron el coche.

La madre revisó la casa por última vez.

Paquita protestaba porque no encontraba una sandalia.

María José abrazaba una muñeca sucia de polvo.

Y Luis permanecía quieto mirando el campo detrás de la casa.

Todavía revoloteaban algunas mariposas entre las flores secas.

El padre puso el motor en marcha.

—Vamos, Luis.

El niño subió lentamente al coche.

Mientras descendían por las carreteras de Vallirana, miró atrás varias veces.

Las montañas se alejaban poco a poco.

Los pinos se convertían en manchas verdes.

Y finalmente la casa desapareció.

Muchos años después, Luis seguiría recordando aquel verano de 1970 como el mejor de su infancia.

No porque ocurrieran cosas extraordinarias.

Ni porque hubiera grandes héroes o aventuras increíbles.

Sino porque durante aquellos tres meses el mundo pareció perfecto.

Había mariposas en los campos.

Piscinas llenas de risas.

Excursiones bajo el sol.

Noches de terror con libélulas gigantes.

Y una familia compartiendo el verano en una pequeña casa de Vallirana.

Y al final, eso era la verdadera aventura.


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