La casa de Sant Pere de Ribes
En el año 1973 ocurrió algo importante en nuestra familia.
No fue un viaje. Ni una herencia. Ni un golpe de suerte inesperado.
Fue algo mucho más típico de aquella España trabajadora que empezaba lentamente a prosperar: mis padres, junto con mis tíos Manolo y Pepe, compraron un terreno en Sant Pere de Ribes para construir una casa donde pasar los fines de semana, los veranos y todas las fiestas posibles.
Aquello cambió nuestras vidas.
Hoy cuarenta kilómetros parecen poca cosa. Se hacen en un suspiro. Pero en aquellos años Sant Pere de Ribes era casi “irse al pueblo”. Era salir de Barcelona. Respirar otro aire. Escuchar grillos por la noche. Ver estrellas de verdad.
Era libertad.
La casa empezó siendo casi un sueño lleno de polvo y ladrillos.
Yo tenía trece años y todavía recuerdo perfectamente el terreno vacío. Tierra seca. Algunas piedras. Matorrales. El sol cayendo fuerte sobre aquella parcela donde los adultos hablaban mirando planos que yo no entendía.
Mi padre caminaba por el solar con las manos en la cintura.
Mi tío Manolo discutía medidas.
Mi tío Pepe calculaba gastos.
Y mientras tanto nosotros imaginábamos habitaciones inexistentes, terrazas imposibles y barbacoas futuras.
La casa se construyó poco a poco, como se hacían las cosas entonces.
Sin prisas.
Sin hipotecas gigantescas.
Sin decoradores.
Con esfuerzo.
Cada fin de semana aparecía una mejora nueva.
Un tabique.
Una puerta.
Una ventana.
Una persiana.
Los hombres hablaban continuamente de cemento, ladrillos, vigas y presupuestos.
Y aun así todo parecía una fiesta.
Porque aquella casa representaba algo muy importante para aquella generación: haber progresado.
Mis padres venían de una España mucho más dura.
Una España donde mucha gente apenas había tenido vacaciones, ni coche, ni segunda residencia, ni nada parecido.
Por eso aquella casa no era lujo.
Era un triunfo.
Un triunfo humilde, trabajado y profundamente merecido.
Y para mí se convirtió en el escenario más importante de mi adolescencia.
Allí transcurrieron años decisivos.
Séptimo y octavo de EGB.
Primero, segundo y tercero de BUP.
COU.
La Selectividad.
Y finalmente el acceso a la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Barcelona, la ETSEIB.
Pero entonces yo todavía no pensaba en el futuro.
Pensaba en bicicletas.
En motos.
En libertad.
Y en escapar de Barcelona cada viernes por la tarde.
Aquellos viajes empezaban casi siempre igual.
Mi padre cargando el coche.
Mi madre preparando comida.
Mi hermana protestando porque no cabía todo.
Y yo mirando constantemente el reloj.
Porque en cuanto llegábamos a Sant Pere de Ribes empezaba otra vida completamente distinta.
La vida de verdad.
Barcelona significaba colegio, tráfico, deberes y normas.
Ribes significaba polvo, caminos, amigos, aventuras y horas infinitas al aire libre.
Los primeros años yo iba a todas partes con una BH plegable.
Aquella bicicleta era mi caballo.
Hoy los niños tienen bicicletas carísimas llenas de suspensiones y cambios imposibles, pero entonces una BH plegable bastaba para conquistar el mundo.
Recuerdo perfectamente el tacto del sillín caliente bajo el sol de verano.
El ruido metálico del cierre de la bicicleta.
Las manos negras de grasa.
Las rodillas llenas de heridas.
Y aquella sensación maravillosa de autonomía.
Podía pasarme horas recorriendo caminos de tierra.
Entre viñas.
Entre pinos.
Descubriendo casas abandonadas, descampados y senderos que parecían secretos.
A los trece o catorce años uno todavía es medio niño.
Pero encima de una bicicleta ya empieza a sentirse libre.
En Sant Pere de Ribes todos los días parecían más largos.
Las mañanas olían a pan tostado y humedad.
Los mediodías eran abrasadores.
Y las tardes parecían eternas.
Había partidos de fútbol improvisados.
Construcciones absurdas con maderas encontradas.
Exploraciones.
Primeros cigarrillos clandestinos de algunos amigos.
Primeras conversaciones sobre chicas.
Primeras ganas de crecer deprisa.
Y luego estaba la moto de mi hermana.
Una Montesa Cota 49.
Aquello ya era otro nivel.
Cuando me la dejaba sentía algo difícil de explicar.
La bicicleta daba libertad.
La moto daba poder.
Todavía recuerdo la primera vez que aceleré aquella pequeña Montesa por un camino de tierra.
El ruido del motor de dos tiempos.
El olor a mezcla.
La vibración constante.
Y sobre todo aquella sensación de que el mundo se hacía más grande y más rápido de repente.
Las motos de entonces tenían personalidad.
No eran electrodomésticos sofisticados llenos de electrónica como ahora.
Eran máquinas simples, ruidosas y vivas.
Y además podías entenderlas.
Abrirlas.
Tocarlas.
Modificarlas.
Aprender.
Las motos enseñaban mecánica sin darte cuenta.
Con quince años yo ya empezaba a interesarme muchísimo por todo aquello.
Carburadores.
Bujías.
Compresión.
Escape.
Cilindrada.
Pasaba horas leyendo revistas de motos y mirando motores desmontados.
La tecnología todavía era visible.
No estaba escondida detrás de ordenadores.
Y eso despertaba curiosidad.
Quizá ahí empezó realmente mi vocación de ingeniero.
No en las matemáticas del colegio.
Ni en los libros.
Sino desmontando motores de dos tiempos.
En aquella época sacar el carnet de moto era casi un rito iniciático.
Y yo tenía clarísimo que me lo sacaría el mismo día que cumpliera dieciséis años.
Así fue.
El carnet A1.
Por libre.
Hoy eso parece imposible.
Pero entonces muchísima gente se examinaba por libre.
Estudiabas.
Te presentabas.
Y listo.
Nada de academias sofisticadas ni procesos interminables.
Cuando aprobé sentí un orgullo inmenso.
Ya no era un niño con bicicleta.
Era un motorista.
Y mi padre, fiel a su palabra, me compró una Montesa Cota 74.
Aquello sí que fue un acontecimiento.
La recuerdo perfectamente.
El depósito.
El olor.
El brillo metálico.
La palanca de arranque.
La sensación de sentarme encima por primera vez.
Me parecía la moto más extraordinaria del universo.
Aunque duró poco tiempo completamente original.
Porque entonces ocurría algo maravilloso: los jóvenes modificábamos nuestras motos constantemente.
No había dinero para comprar grandes cilindradas.
Así que transformábamos lo que teníamos.
Y aquello formaba parte de la diversión.
En menos de un mes desmonté completamente la Cota 74.
Hoy muchos chicos de dieciséis años apenas saben cambiar una rueda de bicicleta.
Entonces desmontábamos motores enteros.
Yo llevé el cilindro y la culata a rectificar.
Pasó de 74 a 123 centímetros cúbicos.
Solo aquello ya cambiaba completamente la moto.
Pero además sustituí el chiclé del carburador.
Creo recordar que llevaba un Amal 25.
También cambié el escape de trial por un tubarro inferior mucho más deportivo.
El resultado fue espectacular.
La moto prácticamente duplicó la potencia.
Aceleraba muchísimo más.
Sonaba como una bestia.
Y corría bastante más de lo que debía correr para un chico de dieciséis años.
Todo aquello me costó unas dos mil pesetas.
Y lo monté yo solo.
Eso hoy parece increíble.
Pero los motores de dos tiempos eran sencillísimos.
Todo estaba al alcance de las manos.
No hacía falta electrónica.
Ni ordenadores.
Ni herramientas imposibles.
Solo paciencia, curiosidad y ganas.
Todavía recuerdo la primera vez que arranqué la moto después de modificarla.
El motor sonó diferente inmediatamente.
Más grave.
Más agresivo.
Más vivo.
Yo estaba nervioso.
La dejé calentar unos minutos y luego salí disparado por un camino de tierra detrás de la casa.
Aquella moto volaba.
La rueda delantera casi se levantaba al acelerar.
Y yo sentía una mezcla perfecta de miedo, orgullo y felicidad.
En Sant Pere de Ribes había muchos chicos con motos.
Bultaco.
Montesa.
Ossa.
Derbi.
Aquello era territorio español puro.
La industria motociclista española vivía una época gloriosa.
Y cada moto tenía su personalidad.
Nos reuníamos en descampados.
Comparábamos escapes.
Probábamos carburadores.
Discutíamos velocidades máximas que probablemente eran exageradas.
Y hablábamos de motos durante horas interminables.
La moto se convirtió rápidamente en el centro de mi vida adolescente.
Me daba independencia absoluta.
Podía moverme solo.
Ir a Sitges.
A Vilanova.
Explorar carreteras secundarias.
Subir por caminos de montaña.
O simplemente conducir sin rumbo durante horas.
Hoy resulta difícil explicar la sensación de libertad que daba aquello.
No existían móviles.
Ni localizadores.
Ni GPS.
Desaparecías toda una tarde y nadie sabía exactamente dónde estabas.
Y eso producía una sensación maravillosa de aventura.
Claro que también había peligro.
Mucho peligro.
Las carreteras eran peores.
Las motos frenaban peor.
Los cascos eran bastante rudimentarios.
Y nosotros éramos jóvenes.
Muy jóvenes.
La velocidad parecía divertida, no peligrosa.
Recuerdo una tarde de verano especialmente intensa.
Habíamos quedado varios amigos para subir por unos caminos cerca del Garraf.
El calor era brutal.
Las motos levantaban nubes enormes de polvo.
Íbamos completamente convencidos de que éramos pilotos profesionales.
Hasta que uno de los chicos cayó en una curva.
Nada grave.
Pero la moto quedó destrozada.
Y entonces ocurrió algo muy típico de aquella época.
Entre todos desmontamos media moto allí mismo.
Herramientas improvisadas.
Piezas compartidas.
Manos llenas de grasa.
Y conseguimos hacerla arrancar de nuevo.
Hoy probablemente habría terminado en una grúa.
Entonces la mecánica formaba parte natural de la vida.
Y además nos encantaba.
Mientras tanto los estudios avanzaban.
Séptimo y octavo de EGB dieron paso al BUP.
Primero.
Segundo.
Tercero.
Y poco a poco la vida empezó a ponerse más seria.
Las matemáticas se complicaban.
La física aparecía con fuerza.
La Selectividad comenzaba a asomar en el horizonte.
Pero aun así Sant Pere de Ribes seguía siendo nuestro refugio.
Los fines de semana allí tenían un ritmo completamente distinto.
Por las mañanas mi padre hacía pequeñas reparaciones en la casa.
Siempre había algo pendiente.
Una persiana.
Una tubería.
Una fuga.
Y yo muchas veces lo ayudaba.
Sin saberlo, aprendí muchísimo observándolo.
Mi padre no era ingeniero.
Pero pertenecía a esa generación de hombres capaces de arreglar casi cualquier cosa.
Electricidad básica.
Fontanería.
Mecánica.
Carpintería.
Un poco de todo.
La España de entonces obligaba a ser práctico.
Y aquella mentalidad terminó influyéndome muchísimo.
Porque la ingeniería, en el fondo, también consiste en eso: entender cómo funcionan las cosas.
Las noches de verano en Ribes eran otra historia.
Cenábamos tarde.
Con las ventanas abiertas.
Escuchando grillos.
A veces hacíamos barbacoas enormes con mis tíos Manolo y Pepe.
Las conversaciones duraban horas.
Política.
Trabajo.
Coches.
Fútbol.
La vida.
Y nosotros, los jóvenes, escuchábamos medio aburridos sin entender que aquellos momentos serían algún día recuerdos irrepetibles.
Después llegaban las fiestas del pueblo.
Las verbenas.
Las primeras miradas a chicas.
Las primeras inseguridades.
Las primeras sensaciones adultas.
Todo parecía intensísimo a los dieciséis años.
Una simple conversación podía ocupar tu cabeza durante semanas.
Y mientras tanto la Montesa seguía rugiendo.
Cada vez más modificada.
Cada vez más rápida.
Recuerdo perfectamente una madrugada volviendo desde Sitges.
La carretera estaba prácticamente vacía.
El aire olía a mar.
Y la moto avanzaba fuerte bajo el cielo oscuro del verano.
En aquel instante sentí algo parecido a la felicidad absoluta.
No pensaba en el futuro.
Ni en carreras universitarias.
Ni en responsabilidades.
Solo existían la carretera, el motor y la noche.
Quizá la juventud sea exactamente eso.
La capacidad de vivir el presente con una intensidad salvaje.
Con dieciocho años llegó otra etapa.
El carnet A2.
También por libre.
Y poco después el carnet de coche.
La teórica por libre y únicamente tres clases prácticas.
Tres.
Hoy parece ciencia ficción.
Pero entonces la conducción era mucho menos burocrática.
Y además muchos chicos ya llevábamos años manejando motos, coches por descampados y todo tipo de vehículos.
Conducir era algo natural.
No un proceso hiperregulado como ahora.
Aprobar el carnet de coche significó otro cambio importante.
Porque de repente podía conducir el coche familiar.
Y eso, en una familia de clase media de finales de los setenta, era casi un símbolo de entrada definitiva en la vida adulta.
Recuerdo perfectamente la primera vez que conduje solo hacia Sant Pere de Ribes.
Mi padre me entregó las llaves con una mezcla de confianza y preocupación.
Yo intenté aparentar tranquilidad.
Pero estaba nerviosísimo.
Aquel trayecto tuvo algo simbólico.
La carretera que durante años había recorrido como niño, luego como adolescente soñador en el asiento trasero y más tarde como motorista, ahora la hacía conduciendo.
Era como cerrar una etapa.
Al llegar a la casa aparqué lentamente y me quedé unos segundos dentro del coche.
Mirando la fachada.
La terraza.
Los árboles.
Y comprendí hasta qué punto aquella casa había formado mi vida.
Allí había aprendido libertad.
Mecánica.
Independencia.
Responsabilidad.
Amistad.
Y también algo muy importante: la relación entre esfuerzo y recompensa.
Porque aquella casa no cayó del cielo.
La construyeron poco a poco cuatro hombres trabajadores y sus familias.
Con sacrificio.
Con ilusión.
Con paciencia.
La España de entonces tenía muchas limitaciones, claro.
Pero también tenía una enorme capacidad de ilusión colectiva.
Comprar un terreno.
Levantar una casa.
Modificar una moto con tus propias manos.
Sacarte los carnets por libre.
Todo parecía posible si estabas dispuesto a esforzarte.
Y quizá por eso recuerdo aquellos años con tanto cariño.
No porque fueran perfectos.
No lo eran.
Había menos comodidades.
Menos dinero.
Más incertidumbre.
Pero también había una sensación continua de descubrimiento.
Todo estaba empezando.
La democracia.
Las carreteras modernas.
La universidad masificada.
La tecnología doméstica.
La movilidad.
Incluso la juventud moderna española estaba naciendo en aquellos años.
Y nosotros crecimos justo en medio de ese cambio.
Con un pie todavía en la España antigua y otro ya en algo completamente nuevo.
A veces pienso que mi verdadera universidad empezó mucho antes de entrar en la ETSEIB.
Empezó desmontando carburadores Amal sobre una mesa llena de grasa.
Escuchando motores de dos tiempos.
Intentando comprender por qué una moto corría más cambiando un escape.
Observando a mi padre arreglar cosas.
Conduciendo por caminos de tierra alrededor de Sant Pere de Ribes.
Porque la curiosidad técnica nace muchas veces así.
No en los libros.
Sino tocando.
Probando.
Rompiendo.
Volviendo a montar.
Y disfrutando enormemente del proceso.
Hoy Sant Pere de Ribes ha cambiado muchísimo.
También Barcelona.
También yo.
La casa seguramente parece más pequeña de lo que recuerdo.
Los caminos están asfaltados.
Las motos modernas ya parecen ordenadores con ruedas.
Y un chico de dieciséis años probablemente no desmontaría un motor entero en el garaje de casa.
Pero cada vez que huelo aceite de mezcla de dos tiempos ocurre algo extraño.
Vuelvo inmediatamente allí.
A aquellos veranos.
A las tardes interminables.
A la BH plegable.
A la Montesa rugiendo entre pinos.
A mis tíos hablando de obras.
A mi padre entregándome unas llaves con confianza silenciosa.
Y entonces comprendo algo importante.
No era solamente una casa de fin de semana.
Era el lugar donde dejé de ser un niño.
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