La caza del gamusino
Yo tenía once años recién cumplidos cuando los Hermanos Maristas nos llevaron a aquel campamento de verano en la montaña de Montserrat, en el verano de 1972. El autocar de línea olía a gasolina quemada y a bocadillos de chorizo envueltos en papel de estraza. Íbamos treinta y pico chavales de la escuela de la calle Valencia, de Barcelona, todos con el uniforme de excursión: pantalón corto gris, camisa blanca de manga corta y la medalla de la Virgen del Carmen colgando del cuello. Yo me llamaba Luis, como siempre me llamaron en casa, y era el tercero de cuatro hermanos. Mi padre, empleado de La Maquinista Terrestre y Marítima, me había dado cinco duros «para imprevistos» y mi madre me había metido en la mochila un jersey de lana gruesa porque «en la montaña refresca aunque sea julio».
El Hermano Director, que se llamaba Eusebio pero todos le decíamos «el Gordo» a sus espaldas (aunque nunca delante, claro), iba sentado en el primer asiento del autocar con su sotana remangada hasta las rodillas y un rosario de madera grande como un collar de perro. A su lado, el Hermano Julián, el más joven, con cara de haber dormido poco y una guitarra que llevaba atada con una cuerda al respaldo del asiento. Detrás, los pequeños como yo, y al fondo los de catorce y quince años, que ya se creían hombres y fumaban a escondidas cigarrillos de picadura cuando los hermanos miraban para otro lado.
Llegamos al campamento al atardecer. Se llamaba «La Abadía del Silencio», aunque nadie callaba nunca. Eran cuatro barracones de madera pintados de verde militar, un comedor con techo de uralita, una capilla diminuta con un Cristo de escayola que parecía mirarte con reproche y un campo de fútbol lleno de piedras. El bosque empezaba justo detrás de las letrinas: pinos altos, encinas, matorrales de romero y un riachuelo que bajaba frío como el hielo incluso en agosto. Olía a resina, a tierra húmeda y a aquel perfume especial que tienen los campamentos católicos: una mezcla de sudor infantil, jabón de Marsella y incienso de la misa de la mañana.
Los primeros días fueron de rutina bendita. Nos levantábamos a las siete con el toque de corneta del Hermano Julián. Misa, desayuno de leche con cacao y pan con tomate y aceite, y luego marchas por los senderos de Montserrat. Aprendíamos nudos marineros, canciones de scout y el catecismo en versión campestre. Por la tarde jugábamos al fútbol o al ajedrez bajo los pinos (yo siempre llevaba mi pequeño tablero de viaje que me había regalado mi tío Paco, el del bar de la esquina). Por la noche, después de la oración, nos metían en los sacos de dormir y el Hermano Eusebio nos contaba historias de santos o de la Guerra Civil, según le diera el cuerpo.
Pero la tercera noche cambió todo.
Fue después de la cena. Habíamos comido sopa de fideos, tortilla de patatas fría y una manzana por cabeza. Estábamos sentados en círculo alrededor de la hoguera que el Hermano Julián había encendido con ramas secas. Las chispas subían hacia el cielo negro como estrellas fugaces. El Hermano Eusebio se puso de pie, se aclaró la garganta y nos miró con aquellos ojos pequeños y brillantes que tenía.
—Muchachos —dijo con voz grave—, esta noche os voy a hablar de algo muy serio. En estos montes vive una criatura que pocos han visto. Se llama el gamusino.
Se hizo un silencio absoluto. Solo se oía el crepitar de la leña y el lejano ulular de un búho.
—El gamusino —continuó— es un animalito muy especial. No es grande como un jabalí ni feroz como un lobo. Es pequeño, del tamaño de un conejo, pero más astuto que un zorro. Tiene el pelaje gris-plateado que brilla bajo la luna y unos ojos que parecen dos luciérnagas. Solo sale de noche, cuando la luna está en cuarto creciente, como hoy. Se alimenta de bayas y de la miel de las abejas silvestres. Y lo más importante… —aquí hizo una pausa dramática— solo se deja cazar por niños puros de corazón que llevan una linterna y saben hacer la llamada secreta.
Los mayores del fondo empezaron a sonreír con malicia, pero nosotros, los pequeños, estábamos embobados. Yo sentía el corazón latiéndome en la garganta.
—¿Y cómo se caza, Hermano? —preguntó Pepito, mi compañero de litera, que tenía la voz aguda y siempre quería ser el primero en todo.
El Hermano Eusebio sonrió con aquella sonrisa de quien sabe más de lo que dice.
—Con paciencia y con astucia. Tenéis que salir en grupos de tres, cada uno con su linterna. Camináis despacio, sin hacer ruido, y cada cien pasos hacéis la llamada: «¡Gamu-siiiinooo! ¡Gamu-siiiinooo!». Si lo hacéis bien, él responderá con un silbido corto, como un pajarito. Entonces os quedáis quietos, apagáis las linternas un momento y esperáis. Cuando veáis dos lucecitas verdes en la oscuridad… ¡ese es él! Entonces, muy despacio, uno de vosotros se acerca con un saco y los otros dos iluminan el camino para que no escape. Pero ojo: si hacéis ruido o os reís, desaparece como por arte de magia.
El Hermano Julián, que estaba sentado a su lado, asintió con la cabeza como si fuera la cosa más seria del mundo.
—Y recordad —añadió Eusebio—, el que consiga traer un gamusino vivo al campamento ganará un premio especial: un día entero sin hacer faenas y una tableta de chocolate Nestlé grande para él solo.
Aquello fue el remate. Los ojos de todos brillaban más que las brasas. Yo ya me imaginaba llegando a casa con el gamusino en una jaula hecha con ramas y contándoselo a mis hermanos. Mi madre se iba a quedar muerta.
Nos dieron veinte minutos para prepararnos. Cada grupo de tres tenía que llevar una linterna de las que el campamento guardaba en una caja de madera (las nuestras eran de pilas Ever Ready, grandes y pesadas, con el mango de baquelita). Yo me junté con Pepito y con Manolo, un chico flaco de la clase de al lado que era bueno en ajedrez pero malo para correr. Los mayores se quedaron en el campamento «para vigilar», dijeron. Ya me extrañó, pero en aquel momento no le di importancia.
Salimos al bosque a las once y media de la noche. La luna estaba exactamente como había dicho el Hermano: un cuarto creciente perfecto que pintaba todo de plata. El aire olía a pino mojado y a miedo infantil. Nuestras linternas dibujaban círculos temblorosos en el suelo lleno de piñas y agujas secas. Íbamos en fila india, yo en medio, Pepito delante y Manolo cerrando.
—Gamu-siiiinooo… —susurró Pepito al principio, casi sin voz.
—¡Más fuerte, coño! —le dije yo, que ya me sentía explorador de verdad—. Que no nos oye.
—¡GAMU-SIIIIINOOO! —gritamos los tres a coro.
El eco se perdió entre los árboles. Nada. Solo el viento moviendo las ramas altas.
Seguimos caminando. El sendero se estrechaba. Las raíces parecían dedos que intentaban agarrarnos los tobillos. Cada vez que una rama crujía, Pepito pegaba un salto y yo sentía que el corazón se me salía por la boca. Manolo iba callado, pero yo veía que la linterna le temblaba en la mano.
Al cabo de media hora ya estábamos lejos del campamento. La luz de la hoguera se había convertido en un punto naranja lejano. Nos sentamos en un claro a descansar. Teníamos sed y las piernas nos pesaban como si fueran de plomo.
—¿Y si el gamusino no existe? —preguntó Manolo de repente, con voz muy baja.
Pepito le dio un codazo.
—Cállate, hereje. Los hermanos no mienten.
Pero yo empecé a dudar. Recordé que el año anterior, en el campamento de los salesianos, nos habían mandado a buscar «el pájaro bobo» y nunca apareció nadie. ¿Sería lo mismo?
De pronto, desde la oscuridad, se oyó un silbido corto. ¡Piiiii!
Los tres nos quedamos petrificados.
—¿Lo habéis oído? —susurré.
—¡Sí! ¡Es él! —Pepito casi gritó de la emoción.
Apagamos las linternas tal como nos habían dicho. La oscuridad se nos echó encima como una manta negra. Solo se veía la luna entre las copas de los pinos. Otro silbido. Más cerca. Luego otro. Y otro. Parecían venir de todas partes.
—¡Allí! —gritó Manolo señalando con el dedo.
Dos lucecitas verdes brillaron entre los matorrales, a unos veinte metros. Exactamente como había dicho el Hermano Eusebio.
Corrimos como locos, tropezando con todo. Las linternas se encendieron de nuevo y bailaban como locas. Las lucecitas verdes se movían, se escondían, aparecían más lejos. Yo iba delante, el saco en la mano, sudando a chorros a pesar del frío.
—¡Gamusino, ven aquí, gamusino! —gritaba Pepito como un poseso.
De repente, las lucecitas desaparecieron. Y entonces oímos risas. Risotadas adultas que venían de detrás de unos arbustos.
El Hermano Julián salió de la oscuridad con una linterna en una mano y dos trozos de madera fosforescente en la otra. Detrás de él aparecieron tres de los mayores del campamento, doblados de la risa.
—¡Os han cazado, pringaos! —gritó uno de ellos, el hijo del carnicero de la calle Mallorca.
El Hermano Julián no podía parar de reír.
—Tranquilos, tranquilos. El gamusino existe… pero solo en la imaginación de los niños buenos. Es una tradición de los Maristas desde hace más de cincuenta años. Se llama «la caza del gamusino» y sirve para que aprendáis a caminar de noche por el bosque sin tener miedo y, sobre todo, para que os canséis y durmáis como angelitos.
Pepito se quedó con la boca abierta. Manolo se sentó en el suelo, derrotado. Yo sentí una mezcla de rabia, vergüenza y… una extraña felicidad. Porque, aunque nos habían engañado, había sido la aventura más grande de mi vida hasta entonces.
Volvimos al campamento en silencio, pero con las caras iluminadas. Cuando llegamos, el Hermano Eusebio nos esperaba con chocolate caliente y galletas. Nos sentamos otra vez alrededor de la hoguera, ahora más baja, y nos contó la historia completa: cómo su propio maestro marista le había hecho lo mismo en 1935, en plena República, y cómo la tradición se había mantenido incluso durante la guerra. Nos explicó que el gamusino era un símbolo: algo que persigues con ilusión y que al final descubres que estaba dentro de ti: la valentía, la amistad, la capacidad de creer aunque parezca imposible.
Aquella noche dormí como nunca. Pero no fue la última vez que salimos a cazar gamusinos.
Las noches siguientes se convirtió en una obsesión. Los hermanos nos mandaban salir cada vez más lejos, con instrucciones más complicadas. Una noche había que caminar de espaldas y hacer la llamada al revés. Otra noche había que llevar un huevo crudo en el bolsillo «para atraer al gamusino hembra». Los mayores ya no se reían tanto porque los hermanos también les mandaban a ellos, y más de uno volvió con las rodillas peladas y la dignidad por los suelos.
Yo, en una de aquellas salidas, me separé un momento del grupo para hacer pis detrás de un pino. De repente oí un ruido de verdad. No era silbido de madera. Era un crujido lento, como si algo grande se moviera entre los matorrales. Apunté la linterna. Dos ojos brillaron. Pero no eran verdes. Eran amarillos. Y grandes. Un jabalí pequeño, creo, o quizá un zorro grande. El corazón me dio un vuelco. Corrí como alma que lleva el diablo y me reuní con los demás sin decir nada. Aquella noche aprendí que en el bosque hay cosas reales que dan más miedo que cualquier gamusino inventado.
El último día del campamento, antes de subir al autocar, el Hermano Eusebio nos reunió a todos. Nos entregó a cada uno una medalla pequeña de latón con un gamusino grabado (un animalito raro, mitad conejo mitad dragón). «Para que nunca olvidéis —dijo— que la vida está llena de gamusinos: cosas que perseguimos con ilusión y que a veces no existen, pero que nos hacen crecer.»
Volví a Barcelona con las rodillas llenas de costras, el jersey lleno de agujas de pino y el alma llena de historias. Mi madre me preguntó si había sido bueno. Le dije que sí. Mi padre me preguntó si había aprendido algo. Le dije que había aprendido a cazar gamusinos. Se rio sin entender.
Han pasado más de cincuenta años. Ya soy un viejo ingeniero industrial, CQP en Matemáticas, guionista frustrado y director de cine de pacotilla. Vivo en el mismo barrio de entonces, aunque la Barcelona de los años setenta ya no existe. A veces, cuando no puedo dormir, me levanto, cojo una linterna del cajón y salgo a la terraza. Apago la luz y miro hacia la montaña lejana, hacia Montserrat, que se ve como una sombra recortada contra el cielo naranja de la ciudad.
Y susurro, muy bajito para que nadie me oiga:
—Gamu-siiiinooo…
Nunca responde. Pero yo sonrío igual. Porque sé que sigue ahí, escondido entre los recuerdos, esperando a que un niño de once años salga a buscarlo con el corazón limpio y la linterna temblando en la mano.
Y mientras haya Maristas, y campamentos, y niños que crean en lo imposible, el gamusino nunca morirá.
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