Voy a plantearla como novela de ficción social y política, utilizando como punto de partida la situación de Ceuta que describes, pero sin presentar como hechos las afirmaciones no verificadas sobre que los migrantes sean delincuentes, policías disfrazados o menores secuestradas. La realidad reciente sí incluye una fuerte tensión migratoria, asentamientos en El Trampolín y episodios de violencia, así como el ataque del 20 de septiembre de 2026 contra el vehículo en el que viajaban una diputada de Ceuta Ya! y dos activistas. (El País) También consta que Todo es mentira emitió especiales desde Ceuta y que Risto Mejide rechazó públicamente criminalizar a todos los migrantes. (Mediaset Infinity)

Para que la novela tenga fuerza narrativa, convertiré las afirmaciones más polémicas en hipótesis, rumores, acusaciones y conflictos entre personajes, no en verdades establecidas.

UCRANIANOS VERSUS MOROS

Una novela sobre Ceuta, la inmigración, la percepción y dos maneras de mirar al ser humano


CAPÍTULO I

LA NOCHE EN QUE CEUTA DEJÓ DE RECONOCERSE

La televisión estaba encendida.

Luis permanecía sentado en el sofá, con las piernas ligeramente separadas y los brazos cruzados sobre el pecho. No miraba el programa como quien ve un entretenimiento más. Lo miraba con la atención de quien, después de muchos años, vuelve a encontrarse delante de una vieja discusión que creía resuelta.

En la pantalla aparecía Ceuta.

Ceuta.

Aquella ciudad española al otro lado del Estrecho que tantas veces había contemplado en fotografías, reportajes y mapas y que, de repente, parecía haberse convertido en el escenario de una película imposible.

Una ciudad pequeña.

Una frontera.

Un territorio español rodeado por un país africano.

Y ahora, según las imágenes que mostraba la televisión, un lugar sometido a una presión extraordinaria.

En las playas había tiendas improvisadas.

Personas durmiendo al aire libre.

Colas.

Policías.

Militares.

Periodistas.

Vecinos.

Activistas.

Migrantes.

Y, por encima de todo, una enorme confusión.

Luis subió un poco el volumen.

No tardó en sentirse incómodo.

No era la presencia de aquellos hombres y mujeres lo que le producía aquella sensación. Lo que le molestaba era otra cosa.

Era el relato.

La forma de contar las cosas.

La sensación de que existían dos C eutas distintas dependiendo de dónde se colocara la cámara.

Una Ceuta contemplada desde la playa.

Y otra Ceuta contemplada desde las ventanas de quienes vivían allí.

—¿Pero de verdad dicen que se sienten más seguros aquí que en el centro? —murmuró.

En el programa se hablaba de una agresión sufrida por personas vinculadas a organizaciones humanitarias y de la tensión que se respiraba en la ciudad.

La agresión había sido real.

Eso no admitía discusión.

El coche había sido atacado.

Había habido piedras, huevos, golpes y una situación que los ocupantes describieron como aterradora.

Luis no justificaba aquello.

En absoluto.

Una cosa era estar en desacuerdo.

Otra, muy distinta, atacar a una persona.

Pero después llegaron las declaraciones que le hicieron levantarse del sofá.

—Eso es lo que no entiendo —dijo.

No estaba hablando con nadie.

O quizá sí.

Quizá hablaba con todos aquellos que durante años habían discutido con él sobre inmigración, fronteras, integración y seguridad.

La pantalla mostraba la playa del Trampolín.

Allí había personas que intentaban vivir.

Algunos vendían ropa.

Otros ofrecían comida.

Otros cortaban el pelo.

La imagen era extraña.

Casi surrealista.

Una especie de barrio improvisado nacido de la desesperación.

Pero Luis no podía quitarse de la cabeza una pregunta.

¿Quién estaba pensando en los habitantes de Ceuta?

No solamente en los migrantes.

No solamente en los activistas.

No solamente en los políticos.

En los vecinos.

En las familias.

En los comerciantes.

En los niños que iban al colegio.

En los ancianos.

En quienes llevaban toda su vida allí.

En quienes habían visto cambiar su ciudad.

En quienes quizá tenían miedo.

En quienes quizá no lo tenían.

Porque una ciudad no podía convertirse en una fotografía.

Y una crisis tampoco.

Apagó el televisor.

Durante unos segundos permaneció completamente quieto.

Entonces recordó a los ucranianos.

Y fue precisamente aquella memoria la que le hizo comprender que el verdadero problema de aquella noche no era Ucrania.

Ni Marruecos.

Ni Ceuta.

Ni siquiera la inmigración.

El problema era una pregunta mucho más incómoda:

¿Hasta qué punto tratamos de manera diferente a las personas porque esperamos cosas diferentes de ellas?

Luis había conocido refugiados ucranianos.

No a través de una tertulia.

No a través de Twitter.

No a través de una estadística.

Los había conocido en su propia casa.

Había abierto las puertas de su alojamiento a personas que habían huido de una guerra.

Y aquella experiencia le había enseñado algo sencillo.

Eran personas.

Ni héroes.

Ni santos.

Ni delincuentes.

Personas.

Hombres.

Mujeres.

Niños.

Gente que tenía hambre.

Gente que tenía miedo.

Gente que quería vivir.

Gente que agradecía un gesto.

Gente que discutía.

Gente que reía.

Gente que, como cualquier grupo humano, era diferente entre sí.

Recordó una tarde concreta.

Había llegado un grupo numeroso de refugiados ucranianos que vivían en Roquetes, en Sant Pere de Ribes.

Le habían preguntado si podían organizar una comida tradicional ucraniana en el jardín.

Luis había aceptado.

Quince personas aproximadamente.

Hombres.

Mujeres.

Niños.

Había comida.

Música.

Conversaciones.

Risas.

Los niños corriendo.

Los adultos intentando explicar platos cuyos nombres Luis apenas podía pronunciar.

La escena tenía algo profundamente normal.

Eso era precisamente lo que más le había impresionado.

No parecían personajes de una noticia.

Eran vecinos.

Al cabo de dos meses le pidieron repetir la experiencia.

Y la repitieron.

Luis sonrió al recordarlo.

Después pensó:

—¿Por qué esto resulta tan fácil de entender cuando son ucranianos y tan difícil cuando vienen de Marruecos?

La pregunta se quedó flotando en el salón.

Y aquella noche nació una historia.

No una historia sobre buenos y malos.

No una historia sobre blancos y moros.

Sino una historia sobre dos grupos de seres humanos que una sociedad había aprendido a mirar de manera diferente.

Una historia que comenzaría en Ceuta.

Pero que acabaría mucho más lejos.


CAPÍTULO II

DOS PLAYAS, DOS EUROPEOS, DOS MIRADAS

La protagonista de la novela se llamaba Clara.

Tenía treinta y nueve años.

Era voluntaria de una organización humanitaria y había trabajado en distintos lugares del Mediterráneo.

Había visto campos de refugiados.

Había visto pateras.

Había visto familias separadas.

Había visto personas que llegaban sin zapatos.

Había visto también abusos, delincuencia y violencia.

Por eso no soportaba las explicaciones demasiado sencillas.

Una tarde, sentada frente al mar, Clara escuchó a un periodista preguntarle:

—¿Se siente segura aquí?

Miró alrededor.

La playa estaba llena de personas.

Hombres jóvenes.

Algunos adolescentes.

Un anciano sentado sobre una manta.

Varias mujeres.

Niños.

Voluntarios.

Policías a cierta distancia.

—Aquí sí —contestó.

El periodista arqueó las cejas.

—¿Más que en el centro?

Clara pensó unos segundos.

—Ahora mismo, sí.

Aquella frase provocó una tormenta.

Porque cada persona la interpretó de una manera diferente.

Para Clara significaba una cosa muy concreta: en aquel momento, dentro de su experiencia particular, había establecido relaciones de confianza con algunas personas del asentamiento.

Para muchos ceutíes significaba otra.

Parecía decirles:

Vosotros sois el problema.

Y ahí comenzó el conflicto.

La frase recorrió las redes sociales.

Fue recortada.

Comentada.

Compartida.

Insultada.

Defendida.

Convertida en titular.

Y finalmente transformada en una especie de declaración de guerra.

Luis contempló aquel fenómeno desde Cataluña.

—Esto es precisamente lo peligroso —dijo.

Su amigo Antonio estaba sentado enfrente.

—¿El qué?

—Que una frase pueda convertirse en una identidad.

—No te entiendo.

—Que alguien diga “me siento más seguro allí” y automáticamente otro entienda “los ceutíes son peligrosos”.

Antonio permaneció callado.

—Y después alguien responde que los inmigrantes son peligrosos.

—¿Y no pueden serlo algunos?

—Claro.

—Entonces…

—Entonces también algunos españoles pueden serlo. Y algunos franceses. Y algunos ucranianos. Y algunos marroquíes. Eso no resuelve nada.

Antonio sonrió.

—Te estás metiendo en un jardín.

—Precisamente.

Luis se levantó.

Fue hasta una estantería y sacó una carpeta.

Dentro había algunas fotografías.

Las colocó encima de la mesa.

Una fotografía mostraba el jardín.

Otra, una mesa llena de comida.

Otra, varios niños.

Otra, un grupo de adultos sonrientes.

—Estos son los ucranianos que estuvieron aquí.

Antonio observó las imágenes.

—¿Cuántos eran?

—Unos quince.

—¿Y qué pasó?

—Nada.

—¿Nada?

—Eso es lo extraordinario. Nada. Comieron, bebieron, hablaron, los niños jugaron y se marcharon.

—¿Volvieron?

—Dos meses después.

—¿Y?

—Lo mismo.

Antonio señaló una fotografía.

—¿Y eso qué demuestra?

Luis tardó en responder.

—Que cuando conoces personalmente a alguien, resulta mucho más difícil convertirlo en una categoría.

Aquella frase sería importante.

Mucho más adelante.

Porque la novela no trataría realmente de ucranianos contra marroquíes.

Trataría de categorías.

De etiquetas.

De palabras que sustituyen a las personas.

Ucranianos.

Moros.

Españoles.

Progresistas.

Conservadores.

Inmigrantes.

Ceutíes.

Palabras que parecían explicar algo.

Pero que, utilizadas sin cuidado, podían ocultarlo todo.


CAPÍTULO III

EL HOTEL Y LA PLAYA

El hotel era elegante.

Demasiado elegante, según algunos.

Tenía recepción de mármol.

Cristaleras.

Aire acondicionado.

Camas impecables.

Agua caliente.

Desayuno.

Seguridad.

Y una habitación desde cuya ventana podía verse el Mediterráneo.

El grupo de voluntarios había terminado su jornada.

Habían estado varias horas trabajando en la zona del Trampolín.

Algunos regresaron exhaustos.

Uno de ellos se quitó los zapatos en el ascensor.

—Estoy muerto.

—Yo también.

—Mañana volvemos.

—A las ocho.

Cuando llegaron al hotel, alguien hizo una fotografía.

La imagen circuló por las redes.

Y apareció el comentario:

“Si tan bien están con ellos, ¿por qué no duermen en la playa?”

Clara leyó el comentario.

No supo qué responder.

Porque la pregunta era injusta y, al mismo tiempo, comprensible.

No era obligatorio dormir en una playa para demostrar solidaridad.

Un médico no tenía que enfermar para tratar a un paciente.

Un bombero no tenía que incendiar su casa para demostrar que comprende el fuego.

Pero también era cierto que existía una distancia entre quienes acudían unas horas a ayudar y quienes vivían allí todos los días.

La distancia entre la solidaridad profesional y la vida cotidiana.

La distancia entre una visita y una residencia.

La distancia entre observar una situación y sufrir sus consecuencias.

Y esa distancia podía producir incomprensión.

Clara comprendió algo aquella noche.

Había estado tan concentrada en proteger a los migrantes que quizá no había escuchado suficientemente a los vecinos.

No porque los vecinos tuvieran razón en todo.

No porque los migrantes tuvieran razón en todo.

Sino porque una ciudad tenía muchas voces.

Y si solamente escuchabas una, terminabas fabricando una realidad incompleta.

Mientras tanto, en otra parte de Ceuta, un hombre llamado Manuel cerraba su pequeño comercio.

Tenía sesenta y tres años.

Había nacido allí.

Su padre también.

Su abuelo había vivido allí.

Para él, Ceuta no era una frontera.

Era su casa.

Y aquella casa había cambiado.

No podía caminar por algunos lugares de la misma manera.

Había dejado de llevar a su nieta a ciertas zonas.

Había modificado horarios.

Había aprendido a mirar alrededor.

Pero Manuel tampoco odiaba a los migrantes.

Eso era algo que nadie parecía querer escuchar.

—Yo no quiero que se vaya nadie al mar —decía.

—¿Entonces?

—Quiero que esto tenga una solución.

—¿Cuál?

Manuel se encogía de hombros.

—No soy político.

Aquella frase se repetía en miles de hogares.

No soy político.

Pero la política había entrado en sus vidas.


CAPÍTULO IV

EL NOMBRE QUE NADIE QUERÍA PRONUNCIAR

En una tertulia improvisada apareció la palabra.

—Moros.

Silencio.

Uno de los asistentes miró al hombre que la había pronunciado.

—¿No crees que deberías decir marroquíes?

—Yo digo como habla la gente.

—Precisamente por eso.

El debate se volvió áspero.

El término tenía una historia compleja.

Para algunos era una palabra coloquial.

Para otros, un insulto.

Para otros, una denominación histórica.

Pero en aquella conversación se había convertido en algo más peligroso.

En una categoría moral.

El moro delincuente.

El moro invasor.

El moro pobre.

El moro violento.

Una palabra estaba haciendo el trabajo que deberían hacer miles de nombres individuales.

Y eso era precisamente lo que Luis quería combatir.

Pero no quería caer en el extremo contrario.

No quería decir que todos los migrantes fueran buenos.

Porque tampoco era verdad.

Los hechos recientes habían demostrado que había habido incidentes violentos en Ceuta, incluyendo agresiones contra militares y detenciones relacionadas con hechos delictivos. (EFE Noticias)

Negarlo sería absurdo.

Pero convertir esos hechos en una descripción de todos los marroquíes sería igualmente absurdo.

Luis lo explicó así:

—Si un hombre marroquí comete un delito, tenemos un delincuente marroquí.

—¿Y?

—Pues eso.

—¿Y qué cambia?

—Que no tenemos “a los moros”.

Su interlocutor guardó silencio.

—Una persona responde por sus actos.

Aquella frase comenzó a repetirse.

Una persona responde por sus actos.

No por su pasaporte.

No por su religión.

No por su color.

No por el país de nacimiento.

Por sus actos.

Pero también existía otro problema.

¿Quién decidía quién era refugiado?

¿Quién era migrante?

¿Quién era víctima?

¿Quién era delincuente?

¿Quién era menor?

¿Quién tenía derecho a permanecer?

¿Quién debía ser devuelto?

Las respuestas no podían depender de las emociones de una tertulia.

Tenían que depender de leyes, procedimientos y pruebas.

Y ahí apareció una cuestión todavía más incómoda.

Luis había escuchado rumores.

Historias de policías marroquíes infiltrados.

De personas enviadas deliberadamente.

De menores que supuestamente habrían sido trasladadas desde instituciones.

De delincuentes que Marruecos no quería.

Las historias circulaban.

Pero nadie podía demostrarle cuáles eran verdaderas.

—Eso es exactamente lo que hay que investigar —dijo.

—¿No te las crees?

—No he dicho eso.

—Entonces…

—Digo que no lo sé.

Era una respuesta poco popular.

Pero era una respuesta honrada.

No lo sé.

En tiempos de polarización, admitir no saber se había convertido casi en una provocación.


CAPÍTULO V

LA FIESTA DE ROQUETES

La historia regresó a Roquetes.

Era domingo.

El jardín estaba preparado.

Una mesa larga ocupaba casi todo el espacio.

Había niños jugando.

Las mujeres preparaban comida.

Los hombres colocaban sillas.

La música comenzó.

Luis observaba.

Una mujer se acercó.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por dejarnos hacer esto.

Luis sonrió.

—Es mi jardín.

—Precisamente.

Ella lo miró.

—Para nosotros significa mucho.

Luis no respondió.

A veces las palabras sobraban.

La fiesta avanzó.

Uno de los niños comenzó a bailar.

Todos rieron.

Después se incorporaron otros.

Luis terminó participando.

—¡Vamos, Luis!

—Yo no sé bailar eso.

—¡No importa!

Y bailó.

Aquella tarde comprendió algo que ninguna estadística podía enseñarle.

La integración no comenzaba con grandes discursos.

Comenzaba con cosas pequeñas.

Una mesa.

Una comida.

Una conversación.

Un jardín.

Un niño jugando.

Un vecino preguntando:

—¿Cómo estás?

Y alguien respondiendo:

—Bien.

Dos meses después, cuando volvieron a pedirle repetir la fiesta, Luis entendió que algo había funcionado.

No había sido una política pública.

No había sido un tratado internacional.

No había sido una conferencia.

Había sido una experiencia humana.

Y entonces se preguntó:

¿Por qué no podía suceder algo parecido con otras comunidades?

¿Por qué la sociedad parecía capaz de imaginar al ucraniano como vecino, pero al marroquí como problema?

La respuesta no era sencilla.

Había diferencias culturales.

Religiosas.

Históricas.

Económicas.

Geográficas.

Había experiencias migratorias distintas.

Había delincuencia.

Había integración.

Había problemas reales.

Pero también había prejuicios.

Y los prejuicios podían ser tan peligrosos como la ingenuidad.

La ingenuidad decía:

Todos son buenos.

El prejuicio decía:

Todos son malos.

La realidad era mucho más complicada:

Cada persona es diferente.

Aquella tarde Luis decidió escribir un libro.

No sabía todavía el título.

Pero tenía claro que quería hablar de aquella comparación que tanta polémica había provocado.

Ucranianos frente a marroquíes.

Europa frente a África.

Refugiados frente a migrantes.

Blancos frente a morenos.

Pero quería desmontar la comparación precisamente desde dentro.

Porque quizá la pregunta correcta no era:

¿Por qué tratamos mejor a unos que a otros?

Quizá era:

¿Qué esperamos de cada uno antes siquiera de conocerlo?


CAPÍTULO VI

EL COCHE

El 20 de septiembre llegó como llegan las tragedias.

De repente.

El coche avanzaba por Ceuta.

Dentro viajaban tres personas.

No sabían que en unos minutos serían protagonistas de una situación que acabaría apareciendo en todos los medios.

Fuera había tensión.

Gritos.

Personas congregadas.

El ambiente se volvió hostil.

Después llegaron los primeros objetos.

Un golpe.

Otro.

Una piedra.

Un cristal.

El conductor aceleró.

Alguien gritó.

El coche quedó atrapado.

Aquello ya no era una discusión política.

Era violencia.

Y la violencia cambia las reglas.

Quienes habían participado en la protesta quizá pensaban estar defendiendo Ceuta.

Pero una defensa que golpea inocentes deja de defender aquello que dice proteger.

La Policía intervino.

Hubo detenciones.

El incidente generó condenas.

La ciudad volvió a dividirse.

Y entonces ocurrió algo paradójico.

Cada bando utilizó la agresión para confirmar aquello que ya pensaba.

Unos dijeron:

—¿Veis? Esto demuestra la intolerancia de los ceutíes.

Otros respondieron:

—¿Veis? Esto demuestra que están provocando a la población.

Y Luis volvió a apagar la televisión.

—No —dijo.

Antonio lo miró.

—¿No qué?

—No demuestra eso.

—¿Entonces qué demuestra?

—Que alguien atacó un coche.

—¿Y?

—Y que esos agresores tienen que responder por lo que hicieron.

—¿Y políticamente?

—Eso ya es otra cosa.

Luis había aprendido algo durante aquellos días.

Una agresión no era una metáfora.

Era una agresión.

Un delito no era una estadística.

Era un delito.

Un migrante no era una estadística.

Era una persona.

Un ceutí tampoco era una estadística.

Era una persona.

Y detrás de cada categoría había individuos.

Aquella noche Luis comenzó a escribir:

“La primera obligación de cualquier sociedad civilizada es no convertir a sus ciudadanos en enemigos.”

Se quedó mirando la frase.

Después añadió:

“Ni tampoco convertir a los recién llegados en una masa humana sin rostro.”

Aquello le pareció más importante todavía.


CAPÍTULO VII

UCRANIANOS VERSUS MOROS

Finalmente apareció el título.

Luis lo escribió en una hoja.

UCRANIANOS VERSUS MOROS

Lo miró.

Era provocador.

Demasiado provocador.

Pero precisamente por eso podía servir.

Porque el lector esperaría encontrar una defensa de unos frente a otros.

Y encontraría algo diferente.

La historia de un hombre que había conocido personalmente a refugiados ucranianos.

La historia de una ciudad española situada frente a África.

La historia de personas que huían de guerras.

La historia de personas que cruzaban fronteras.

La historia de vecinos preocupados.

La historia de activistas.

La historia de policías.

La historia de políticos.

La historia de personas que tenían miedo.

Y, sobre todo, la historia de una pregunta.

¿Somos capaces de distinguir entre una persona y el grupo al que pertenece?

Luis comenzó el último capítulo de su manuscrito:


“Yo he conocido ucranianos.

He compartido mi casa con ellos.

He visto cómo organizaban comidas.

He visto a sus niños jugar.

He visto su gratitud.

Y por eso puedo decir que eran personas normales.

Pero precisamente por eso no puedo utilizar mi experiencia para afirmar que todos los ucranianos son iguales.

Sería absurdo.

También puedo decir que los marroquíes que conozco son diferentes unos de otros.

Unos serán trabajadores.

Otros delincuentes.

Unos religiosos.

Otros no.

Unos generosos.

Otros egoístas.

Unos pacíficos.

Otros violentos.

Exactamente igual que nosotros.

El problema empieza cuando dejamos de decir ‘ese hombre’ y empezamos a decir ‘ellos’.

Ellos.

Los otros.

Los de fuera.

Los moros.

Los progres.

Los fachas.

Los inmigrantes.

Los españoles.

Los ucranianos.

Los catalanes.

Los andaluces.

Los ceutíes.

Palabras que pueden servir para describir.

Pero que también pueden servir para deshumanizar.”

Luis dejó de escribir.

Miró por la ventana.

Pensó en Ceuta.

Pensó en Roquetes.

Pensó en su jardín.

Pensó en aquella fiesta ucraniana.

Pensó también en las familias ceutíes que quizá habían pasado miedo.

No quería decirles que sus preocupaciones eran imaginarias.

Pero tampoco quería decirles que todos los migrantes eran delincuentes.

Quería algo mucho más difícil.

Quería reconocer las dos cosas:

que una crisis migratoria puede generar problemas reales y que esos problemas no convierten a todos los migrantes en criminales.

Que una ciudad puede estar desbordada.

Y que una persona migrante puede ser inocente.

Que un policía puede estar agotado.

Y que un refugiado puede estar desesperado.

Que un activista puede ayudar.

Y que un activista puede equivocarse.

Que un vecino puede tener miedo.

Y que ese miedo merece ser escuchado.

Pero que el miedo no puede convertirse automáticamente en permiso para atacar.

Escribió una última frase:

“La convivencia no consiste en que todos pensemos igual. Consiste en que podamos pensar diferente sin convertir al otro en enemigo.”

Y cerró el ordenador.


EPÍLOGO FINAL

LA MESA

Un año después, Luis volvió a organizar una comida.

Esta vez había más gente.

Ucranianos.

Marroquíes.

Españoles.

Vecinos.

Personas que habían llegado hacía años.

Personas que habían llegado hacía meses.

Personas nacidas allí.

Personas que apenas hablaban español.

En una esquina del jardín había una bandera de Ucrania.

En otra, una pequeña bandera de Marruecos.

Y en el centro, la bandera española.

No estaban allí para decidir cuál era superior.

Estaban allí porque las personas podían compartir una mesa.

Luis observaba la escena.

Un hombre marroquí hablaba con una mujer ucraniana.

Un niño español jugaba con otro niño marroquí.

Una anciana preguntaba cómo se preparaba determinado plato.

Alguien puso música.

Todos rieron.

Entonces Antonio se acercó.

—¿Te acuerdas de aquella noche viendo la televisión?

—Perfectamente.

—¿Y todo este tiempo escribiendo para llegar a esto?

Luis miró alrededor.

—Quizá.

—¿Y cuál es la conclusión?

Luis tardó unos segundos.

—Que el título era equivocado.

Antonio sonrió.

—¿Entonces por qué lo dejaste?

Luis señaló el libro que estaba encima de la mesa.

—Porque a veces hay que empezar una historia con una pregunta equivocada para terminar encontrando la correcta.

Antonio abrió el libro.

En la primera página había una dedicatoria:

“A todos los que alguna vez tuvieron miedo del que venía de fuera.
Y a todos los que alguna vez fueron el que venía de fuera.
Que nunca olvidemos que detrás de una etiqueta hay una persona.”

Antonio cerró el libro.

—¿Y cuál es la pregunta correcta?

Luis miró a los invitados.

Después respondió:

—No es “¿ucranianos o moros?”.

Hizo una pausa.

—Es “¿qué clase de sociedad queremos ser cuando el otro llama a nuestra puerta?”.

En aquel momento alguien llamó a Luis desde el jardín.

—¡Luis! ¡Ven, que falta una silla!

—¡Ya voy!

Se levantó.

Cogió una silla.

La llevó hasta la mesa.

Y se sentó con todos los demás.

Porque quizá la historia de la inmigración no podía resolverse en una tertulia.

Ni en una manifestación.

Ni en un discurso.

Ni en una frontera.

Pero sí podía comenzar con algo mucho más sencillo.

Una silla vacía.

Una mesa.

Y la decisión de dejar que alguien se sentara.

FIN

Esta novela ha sido creada por ChatGPT con el siguiente Prompt:

Crea una novela con título “Ucranianos versus moros” de unas 7000 palabras y de 7 Capítulos y un Epílogo Final basado en lo siguiente:

Acabo de ver la entrevista de Risto Mejide, “Todo es Mentira” en el programa de la Cuatro, de la ONG que ha sido agredida en el coche de “Ceuta Ya” en Ceuta y no me han gustado las acusaciones y la “falsa percepción” de seguridad al decir los 2 colaboradores de la ONG que se sentían más seguros en la playa del Trampolín que en el centro, donde se encuentran la mayoría de los ceutís, culpándoles a ellos del malestar en la ciudad y que se encontraban “de puta madre” con los inmigrantes de la playa del Trampolín. ¿Por qué no se han quedado a dormir con ellos en vez de ir a dormir a un Hotel de lujo para progres?

Tampoco me ha gustado que se comparara a los ucranianos que fueron muy bien atendidos, por ser blancos, como dicen los de la CUP catalana, a los moros. Y yo lo puedo decir porque acogí a varios refugiados ucranianos a través de mi Airbnb y comprobé que eran como nosotros, es decir, gente normal. Había un grupo más numerosos de refugiados ucranianos en un barrio de Sant Pere que se llama Roquetes y me pidieron si podían organizar una comida y fiesta de tradición ucraniana en el jardín de mi casa y les dije que si. Vinieron unas 15 personas, hombres, mujeres y niños y lo pasaron muy bien.

Tanto es así que, pasados 2 meses me pidieron repetir la experiencia y la repitieron y lo pasaron muy bien. Los ucranianos son gente agradecida y parecida a nuestras normas y costumbres. Y referente a los moros, pues seguramente la gran mayoría de los moros que viven en Marruecos serán buenas personas y se comportan bien allí. Ahora el problema es que los moros que han venido a Ceuta gran parte son delincuentes que el rey de Marruecos no los quiere en su país y policías y militares disfrazados de ciudadanos y hasta niñas secuestradas de orfanatos y traerlas a Ceuta para dar pena y ahorrarse el dinero de la manutención.


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