Título: La secta de los 61 perroflautas

Capítulo 1: El reclamo del perro

La noche era fría y húmeda en las afueras de Barcelona. Javier Garrido, el mismo periodista que ya cargaba cicatrices de otras sombras, recibió un mensaje encriptado en una app que se autodestruía. “ZP y P. S. buscan un nuevo perroflauta. Si quieres defender de verdad los valores progresistas —igualdad entre especies, liberación de los cuerpos, fin del antropocentrismo— ven esta noche. Trae curiosidad y nada más.”

Sabía que era una trampa. Después de su paso por la secta anterior, debería haber huido. Pero la curiosidad, el vacío y esa promesa oscura de pertenencia lo arrastraron. Llegó a una nave industrial abandonada de Martorell. Dentro, dos figuras enmascaradas lo esperaban: una con máscara de lobo plateado (ZP), otra con máscara de perro negro (P. S.).

—Para entrar en la manada de los 61 perroflautas —dijo ZP con voz grave— primero debes llevar nuestra marca. En la nalga derecha: “ZP”. En la izquierda: “P. S.”. Es el sello de obediencia a los dos líderes. Después vendrán las pruebas para convertirte en un perro real. Obediente. Sumiso. Como un therian que ha encontrado su verdadera forma: un perro al servicio de la manada y de los valores que el mundo necesita.

Javier dudó dos segundos. Luego asintió. Ya estaba enganchado.

Capítulo 2: La doble marca

El estudio clandestino olía a desinfectante y a cuero. Javier se bajó los pantalones y se tumbó boca abajo. El tatuador, un miembro de la secta, trabajó en silencio.

Primero la nalga derecha: “ZP” en letra gótica negra, grande, que abarcaba la curva. El dolor era constante, ardiente. Luego la izquierda: “P. S.” justo al lado de la marca anterior que aún recordaba. Dos líderes. Dos dueños. La piel se hinchó, sangró un poco, se limpió. Al final, vendajes y ungüento.

—Ahora ya eres propiedad de ZP y de P. S. —dijo el tatuador—. El perroflauta nace con la marca. Lo que viene después es solo entrenamiento.

Javier se miró en el espejo. Dos tatuajes negros y definitivos en las nalgas. ZP a la derecha. P. S. a la izquierda. Sintió una mezcla de vergüenza, excitación y rendición. Ya no era completamente humano. Era un perro en proceso.

Esa misma noche le entregaron el primer collar: negro, grueso, con hebilla de metal y una placa que decía “Perroflauta 47 – Propiedad de ZP y P. S.”.

Capítulo 3: Primera prueba — El collar y los comandos básicos

En una sala alfombrada con luces rojas bajas, ZP y P. S. (ya sin máscaras, pero aún imponentes) lo rodearon. Le colocaron el collar. Lo ajustaron hasta que notó la presión constante en el cuello.

—Desde ahora eres un perro —dijo P. S.—. Perros no hablan. Perros obedecen. Prueba uno: siéntate.

Javier dudó. P. S. tiró de la correa con fuerza. Cayó de rodillas.

—Más bajo. Como un perro. ¡Siéntate!

Se sentó sobre los talones, manos en el suelo. ZP le dio una galleta para perros.

—Bien. Come.

La metió en la boca. Sabor a carne seca. Humillante. Excitante.

Luego: “Quieto”. “Ven”. “Abajo”. Cada orden venía con tirón de correa o palmada en el culo marcado. Cuando fallaba, le obligaban a repetir hasta que lo hacía bien. Al final de la sesión, sudando, con las rodillas doloridas, le ordenaron ladrar.

—Ladra, perro.

Javier ladró. Primero bajo, avergonzado. Luego más fuerte. Los dos líderes sonrieron.

—Buen chico. Has pasado la primera prueba. Mañana, más.

Capítulo 4: Segunda prueba — Gatear y caminar con correa

La segunda noche fue más intensa. Le pusieron rodilleras y coderas. Lo obligaron a moverse a cuatro patas todo el tiempo. No podía ponerse de pie.

—Perros no caminan erguidos —dijo ZP.

Lo pasearon por la nave con correa. “Junto”. “Al lado”. “Detrás”. Cada vez que se levantaba un poco, tirón fuerte y azote con la correa en las nalgas tatuadas.

Le enseñaron a “rodar”. A “dar la pata”. A “buscar” objetos que le lanzaban. Cada obediencia correcta recibía caricia en la cabeza o una golosina. Cada fallo, más tiempo a cuatro patas, más tirones, más órdenes repetidas.

Al final, lo ataron a un poste con la correa corta. Tuvo que permanecer quieto durante una hora mientras los dos líderes lo observaban, lo tocaban, le hablaban como a un animal.

—Eres nuestro perroflauta. Defiendes los valores progresistas convirtiéndote en lo que el sistema odia: un ser libre de la tiranía humana, reducido a tu esencia animal. Obediente. Sumiso.

Javier ladró de nuevo. Esta vez sin dudar.

Capítulo 5: Tercera prueba — Alimentación y cuidado como perro

La tercera sesión fue de degradación pura. Le quitaron la ropa completamente. Lo llevaron a un rincón con un cuenco de metal en el suelo. Dentro, comida para perros mezclada con algo más.

—Perros comen del suelo. No usan manos. No usan cubiertos.

Javier se arrodilló a cuatro patas y metió la cara en el cuenco. Comió. El sabor era horrible, pero obedeció. Mientras comía, P. S. le puso una cola postiza (plug anal con cola) y orejas de perro. ZP le acarició la cabeza.

—Buen perro. Come todo.

Después del “almuerzo”, lo llevaron al “patio” (otra sala). Le pusieron una correa larga y lo pasearon mientras hacía sus “necesidades” en un rincón designado. Le limpiaron después con toallitas, como a un animal doméstico.

La prueba terminó con él lamiendo las manos de los dos líderes en señal de gratitud. Le ordenaron “ladrar de agradecimiento”. Lo hizo. Estaba sudando, excitado, roto y cada vez más sumiso.

Capítulo 6: Cuarta prueba — Trucos avanzados y manada

Ahora había más miembros de la secta presentes. Otros “perroflautas” ya entrenados, algunos con colas y orejas, todos con tatuajes visibles en las nalgas. Formaban una manada.

Javier tuvo que hacer trucos frente a todos: saltar obstáculos, pasar por aros, “jugar” con otros perros (luchas simuladas a cuatro patas).

—Así se demuestra sumisión al pack. Así se defienden los valores: rompiendo tabúes, abrazando la animalidad, sirviendo a los líderes que guían la manada.

Después, los dos líderes le decían frases sobre “liberación interespecies” y “obediencia como forma de igualdad radical”.

Fue largo, intenso, humillante y placentero al mismo tiempo. Cuando terminaron, lo abrazaron como a un perro bueno y le dieron agua de un cuenco.

Había pasado la cuarta prueba.

Capítulo 7: Quinta prueba — Sumisión total a los líderes

La prueba final fue privada. Solo ZP, P. S. y Javier (ahora completamente en rol de perro: collar, cola, orejas, a cuatro patas).

Le ordenaron “presentarse”: levantar la cola, mostrar las nalgas tatuadas, mover las caderas. Luego “servir”: lamer los pies, de ambos líderes alternadamente mientras ladraba de placer.

Le sujetaron la correa, le tiraban del collar, le daban órdenes constantes: “más rápido”, “ladrar más alto”, “no parpadear”.

Al final, exhausto, cubierto de sudor, le hicieron firmar un documento con la pata (huella dactilar manchada). Juramento de obediencia eterna a los dos líderes, silencio total, y uso de su cuerpo y su “humanidad residual” para defender los valores progresistas de la secta.

Le colocaron una nueva placa en el collar: “Perroflauta 47 – Perro obediente de ZP y P. S.”.

—Ahora eres uno de nosotros —dijo P. S.—. De los 61 perroflautas.

Epílogo Final

El proceso de reclutamiento de la secta de los 61 perroflautas es siempre el mismo, una liturgia oscura de transformación en perro obediente:

  1. Contacto inicial a través de miembros que detectan deseo de pertenencia o idealismo manipulable.
  2. Requisito obligatorio: tatuarse “ZP” en la nalga derecha y “P. S.” en la izquierda. Marca doble de propiedad de los dos líderes.
  3. Primera prueba: colocación del collar y entrenamiento básico de comandos (siéntate, quieto, ven, abaja, ladra).
  4. Segunda prueba: movimiento permanente a cuatro patas, paseo con correa, trucos básicos de obediencia canina.
  5. Tercera prueba: alimentación exclusivamente del suelo/cuenco, cuidado higiénico como animal doméstico, negación de la postura humana.
  6. Cuarta prueba: integración en la manada, trucos avanzados, interacciones “caninas” con otros perroflautas y servicio grupal en rol de perro.
  7. Quinta prueba: sumisión total a los dos líderes (ZP y P. S.), incluyendo ladridos obligatorios y juramento final de obediencia eterna.

Solo quienes completan las cinco pruebas y demuestran utilidad (reclutamiento, servicio, silencio) ascienden a perroflauta numerado dentro de los 61. Se convierten en parte de la manada que “defiende los valores progresistas” mediante la renuncia total a la humanidad: obediencia ciega, rol animal permanente en sesiones, y uso del cuerpo como herramienta de la secta.

Javier (Perroflauta 47) se miró en el espejo de la nave. Las dos marcas en las nalgas. El collar ajustado. La cola postiza insertada. Se puso a cuatro patas sin que se lo ordenaran. Ladró suavemente.

Ya no era Javier. Era el perro de ZP y de P. S.

Y la manada de los 61 perroflautas seguía creciendo, una pata a la vez, defendiendo sus valores a su manera: oscura, sumisa, canina.


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