Gincanas en Sant Pere: La Gran Aventura de los Catorce

Tenía catorce años y el verano de 1974 me sabía a libertad pura. Mamá había decidido que aquel julio lo pasaríamos en Sant Pere de Ribes, en una casita alquilada en la parte alta del pueblo, cerca de la iglesia de Sant Pere. Decía que el aire de la montaña nos vendría bien después del humo de Barcelona. Yo, Luis Toribio Troyano, solo pensaba en una cosa: organizar la gincana más grande, más loca y más inolvidable que jamás se hubiera visto en el Garraf.

Todo empezó una tarde de calor pegajoso. Mis primos Manolo y Fernando habían venido a pasar unos días, y con ellos un grupo de amigos del pueblo que conocimos en la plaza: el flaco Jordi, que corría como un galgo; el grandullón Quim, que levantaba piedras como si fueran pelotas; la lista de la clase, la Montse, que resolvía acertijos antes de que los leyéramos enteros; y su hermano pequeño, el Pecas, que no se separaba de nosotros aunque tuviera solo once años. Éramos ocho en total, una pandilla de locos con bicicletas oxidadas, mochilas llenas de pipas y un mapa del pueblo que yo mismo había dibujado a mano en un cuaderno de espiral.

—Vamos a hacer una gincana —anuncié aquella tarde, sentado en el muro de la iglesia mientras el sol se ponía detrás de la montaña de Garraf—. Pero no una de esas de niños. Una de verdad. Con pistas, pruebas físicas, tesoros escondidos y un premio final que nadie olvidará.

Los ojos de todos brillaron. Manolo, que ya tenía quince, dio una palmada en la mesa del bar de la plaza.
—¿Y quién organiza?
—Yo —respondí sin dudar—. Seré el Jefe de la Gincana. Vosotros seréis los equipos. Dos equipos de cuatro. El que gane se lleva… —hice una pausa dramática— el botín del pirata.

El botín era una caja de madera que yo mismo había construido con listones del trastero de la casa. Dentro metimos chocolatinas, canicas de cristal, una navaja suiza que papá me había regalado (prometí no usarla) y un trofeo improvisado: una botella de vidrio vacía de Anís del Mono pintada de dorado con purpurina. Era ridículo y perfecto.

La primera gincana fue de prueba, solo para calentar motores. La llamamos “La Búsqueda del Tesoro del Molí Vell”. Empezaba al atardecer. Yo repartí los sobres con las primeras pistas. La primera era fácil:

«En el lugar donde el agua canta y las ruedas ya no giran, busca bajo la piedra que tiene forma de corazón.»

Los equipos salieron disparados en bicicleta. Manolo y yo íbamos juntos en el equipo Azul. Jordi y Quim formaban el Rojo con las chicas. Corrimos por los caminos de tierra que bajaban hacia el viejo molino abandonado, un edificio medio en ruinas junto al torrente seco. El sol ya se escondía y las sombras de los pinos parecían dedos que nos señalaban. Llegamos los primeros. La piedra con forma de corazón estaba allí, tal como yo la había marcado el día anterior. Debajo había el siguiente sobre:

«Sube al lugar donde los muertos descansan en paz pero los vivos hacen ruido. Cuenta los escalones y busca el tercer ciprés.»

El cementerio viejo de Sant Pere. Subimos las escaleras de piedra jadeando, riéndonos nerviosos porque el lugar daba un poco de yuyu de noche. Contamos los escalones —había treinta y siete— y encontramos el sobre clavado con una chincheta en el tercer ciprés. Dentro: un mapa rudimentario que yo había dibujado con tinta invisible (limón y calor de una cerilla). La pista nos llevó hasta la plaza del ayuntamiento, donde Quim y Montse ya estaban esperando, sudorosos y triunfantes. Ganaron ellos por dos minutos. Aquella noche celebramos con Coca-Colas y patatas fritas en el bar, y yo supe que aquello solo era el principio.

La segunda gincana fue más ambiciosa: “La Noche de las Luces Fantasma”. La organicé para un sábado por la noche. Invité a más chavales del pueblo y dividimos en tres equipos. Esta vez las pistas eran nocturnas. Empezaba a las diez, con linternas y silbatos. La primera pista estaba escondida en la fuente de la plaza:

«Donde el agua brota y los viejos cuentan historias, busca la señal que brilla en la oscuridad.»

Había pegado trozos de papel reflectante en el caño. El equipo que la encontró primero (el nuestro) corrió hacia la ermita de Sant Joan, en lo alto de la colina. Allí, entre los matorrales, había colgado farolillos de papel con velas dentro que yo había preparado por la tarde. La pista siguiente era un acertijo:

«Soy alto, soy de piedra, tengo ojos que miran al mar pero nunca ven. ¿Dónde estoy?»

La torre de vigilancia de la costa, un viejo vigía de la guerra civil que todavía se mantenía en pie entre los pinos. Subimos corriendo, con el corazón a mil. La noche olía a romero y a mar lejano. Desde arriba se veían las luces de Sitges parpadeando como estrellas caídas. Allí estaba el sobre final, dentro de una lata oxidada: la prueba definitiva. Tenían que volver al punto de partida pasando por el “puente del diablo”, un viejo puente de madera medio roto sobre un barranco. Yo había colocado cuerdas de seguridad (en realidad cordeles de tender), pero el miedo era real. Manolo cruzó el primero, gritando como un indio. Yo le seguí, con las rodillas temblando. El equipo Rojo llegó segundo, pero el Pecas se cayó al barranco (solo un metro de altura, pero gritó como si se lo tragara la tierra). Lo rescatamos entre risas y arañazos. Ganamos nosotros. El botín se repartió esa misma noche alrededor de una hoguera improvisada en el descampado de atrás de la casa. Contamos historias de miedo hasta que el cielo empezó a clarear.

Pero la gincana que nadie olvidará fue la tercera: “La Gran Aventura del Garraf”. La preparé durante una semana entera. Era la más grande, la más peligrosa y la más épica. Duraría todo un día. Ocho equipos de dos o tres personas (invitamos a chavales de los pueblos vecinos). El premio final: una excursión en barca a las calas de Sitges que yo había convencido a mi tío de que nos prestara (un viejo barquero que vivía en Vilanova).

La salida fue a las siete de la mañana desde la plaza. Yo, como Jefe Supremo, me quedé en el “cuartel general” (el balcón de la casa) con un walkie-talkie casero que había construido con latas y cordel (funcionaba a medias, pero servía para gritar órdenes). Las pistas eran diez, repartidas por todo el término municipal: desde la playa de Les Roquetes hasta las viñas de arriba, pasando por el castillo de Ribes y el bosque de la Falconera.

Primera pista:
«Busca donde el mar besa la arena y el tren pasa silbando. Allí, bajo la vía, está la llave del siguiente enigma.»

Los equipos corrieron hacia la estación. Yo los veía desde lejos con los prismáticos de mi padre. Segundo enigma: una carrera de orientación con brújula (yo había robado una del colegio). Tenían que llegar al “árbol del ahorcado”, un viejo algarrobo retorcido en medio del campo donde, según la leyenda, habían colgado a un bandolero en el siglo XIX. Allí les esperaba Quim, disfrazado de fantasma con una sábana, para darles la siguiente pista a cambio de resolver un trabalenguas.

La mañana fue de locura. Manolo y yo íbamos en bicicleta de un lado a otro comprobando que todo estuviera en su sitio. Un equipo se perdió en las viñas y tuvimos que rescatarlos con silbidos. Otro equipo, el de Jordi y el Pecas, encontró una colmena salvaje y salió corriendo con las abejas detrás. Las risas se oían desde el pueblo.

Al mediodía, la pista más dura: tenían que cruzar el “desfiladero del miedo”, un barranco estrecho con una cuerda que yo había tensado (con ayuda de Manolo y Quim). El que cruzara más rápido ganaba puntos extra. Montse, la lista, cruzó como una equilibrista. Yo, desde el cuartel general, anotaba tiempos en mi cuaderno como si fuera el Tour de Francia.

Por la tarde llegó el clímax. La pista final llevaba al “tesoro del dragón”: una cueva pequeña en la falda de la montaña donde yo había escondido el botín grande (más chocolatinas, una pelota de fútbol firmada por todos y un mapa del tesoro de verdad que llevaba a una botella enterrada con mensajes para el futuro). Pero para llegar había que resolver el enigma más difícil:

«Soy el guardián de piedra que vigila el pueblo desde hace siglos. Sube mis escalones, toca mi campana y grita tu nombre al viento. Solo entonces el dragón te dejará pasar.»

La torre del campanario de la iglesia. Subimos todos juntos al final, jadeando, sudorosos, con las rodillas peladas y las caras llenas de tierra. Yo había conseguido permiso del cura (un hombre mayor que nos tenía cariño porque le ayudábamos a barrer la sacristía). Tocamos la campana —¡dong! ¡dong!— y gritamos nuestros nombres al viento que bajaba del Garraf. El último sobre estaba allí: la ubicación exacta de la cueva.

Llegamos en tropel. Cavamos con las manos. Encontramos la botella. Dentro había un mensaje que yo había escrito días antes:

«Habéis demostrado que la amistad es más fuerte que cualquier montaña, más rápida que cualquier bicicleta y más lista que cualquier acertijo. Este verano nunca se acabará mientras lo recordemos.»

Firmado: Luis, el Jefe de la Gincana.

Aquella noche celebramos la gran fiesta en el descampado. Encendimos una hoguera enorme (con permiso de los padres, esta vez). Asamos chorizos, cantamos canciones de los Beatles y de la tuna, contamos anécdotas de cada prueba. Manolo imitaba al fantasma del molino, Jordi hacía el baile de la abeja picada, Montse recitaba el trabalenguas a toda velocidad. Yo me senté un rato aparte, mirando las estrellas, con el corazón hinchado de orgullo. Había organizado algo que nadie olvidaría nunca.

Los días siguientes siguieron con gincanas más pequeñas: una de bicicletas por los caminos de tierra, otra de pistas en la playa al atardecer, otra nocturna con linternas donde casi nos perdemos todos en el pinar. Pero ninguna superó a la Gran Aventura del Garraf.

Cuando llegó el final de agosto y tuvimos que volver a Barcelona, nos reunimos por última vez en la plaza. Intercambiamos direcciones, prometimos escribirnos y juramos que el verano siguiente repetiríamos. Yo guardé el cuaderno con todas las pistas, el mapa y los tiempos anotados como si fuera un tesoro de verdad.

Años después, ya ingeniero, cada vez que vuelvo a Sant Pere de Ribes y paso por la iglesia, por el molino o por el barranco del miedo, todavía oigo las risas, los silbidos, las carreras y los gritos de victoria. Tenía catorce años y, sin saberlo, estaba construyendo los recuerdos más fuertes de mi vida. Porque las gincanas no eran solo juegos. Eran aventuras que nos enseñaron a correr juntos, a pensar rápido, a caer y levantarnos, a reírnos de los sustos y a celebrar cada victoria como si fuera la última.

Y eso, amigos míos, es lo que nunca se borra: el olor a pino y a tierra caliente, el sabor de la victoria compartida y la certeza de que, aunque el mundo crezca y se complique, siempre habrá un chaval de catorce años con un cuaderno y un lápiz dispuesto a organizar la gincana más grande del mundo.

En Sant Pere de Ribes, en el verano de 1974, nosotros fuimos esos chavales.


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