Las peleas de piedras en el cine descubierto de San Pedro entre los chicos del pueblo y nosotros, los veraneantes

Tenía dieciséis años en el verano de 1976 y el mundo olía a gasolina de dos tiempos, a polvo de camino y a colonia Brummel que nos echábamos a litros antes de bajar al cine descubierto de Sant Pere de Ribes. Yo, Luis Toribio Troyano, había llegado con la cuadrilla de siempre: mi primo Manolo, diecisiete años recién cumplidos y una Vespa 125 que rugía como un león; Fernando, el pequeño de catorce que ya conducía una Derbi con el escape trucado; y un puñado de amigos de Barcelona que veraneábamos en las casitas de la parte alta del pueblo. Éramos los “chicos de la ciudad”: motos relucientes, camisas abiertas hasta el pecho, pantalones vaqueros ajustados y una confianza que sacaba de quicio a los del pueblo.

El cine descubierto estaba al final del camino de tierra que bajaba hacia las viñas, justo donde el Garraf se abre al mar. Era un descampado enorme rodeado de muros bajos de piedra, con una pantalla blanca de cemento y bancos de madera dispuestos en filas. Por las noches de julio y agosto proyectaban películas de vaqueros, de kung-fu y alguna comedia italiana con chicas en bikini. La entrada costaba diez pesetas y el espectáculo empezaba cuando el sol se ponía detrás de la montaña. Allí se reunía todo el mundo: familias con neveras de camping, parejas que se besaban en la última fila y, sobre todo, los chavales. Nosotros y ellos.

Ellos eran los del pueblo: hijos de payeses, de pescadores y de obreros de la construcción. Se llamaban Josep, el Miquel, el Tonet, el Jaume… Chicos duros, morenos de sol y de trabajo en el campo, que jugaban al fútbol en la plaza y que miraban con mala cara a cualquiera que se acercara demasiado a sus hermanas o a sus novias. Y ahí estaba el problema. Nosotros llegábamos con las motos petardeando, aparcábamos en fila india delante de la entrada como si fuéramos dueños del lugar y, en cuanto empezaba la película, empezábamos a ligar. Las chicas del pueblo —la Carme, la Montse, la Pilar, la Nuri— se reían con nuestras bromas de ciudad, se subían a las motos para dar una vuelta por el paseo marítimo de Sitges y nos miraban como si fuéramos de otra galaxia. A los del pueblo eso no les gustaba. Nada.

La primera noche ya se notó la tensión. Era una película de Bruce Lee. Manolo y yo nos habíamos sentado en la fila del medio con la Carme y la Montse. Yo llevaba una camiseta blanca que resaltaba el moreno de la piscina y una cadena de oro que me había prestado papá. En el descanso, mientras íbamos a por pipas y Coca-Colas, el Tonet —un grandullón de diecisiete años con brazos como troncos— se plantó delante de nosotros.

—¿Qué hacéis aquí, barcelonins? Este cine es nuestro.

Manolo, que nunca se callaba, sonrió con esa sonrisa de chulo que tanto odiaban.

—Pues no veo tu nombre en la pantalla, payés.

El Tonet escupió al suelo. Sus amigos se acercaron. Nosotros éramos seis, ellos ocho. El aire se cargó. Pero el hermano del cura, que hacía de acomodador, gritó desde la cabina:

—¡Silencio o os echo a todos!

Aquella noche no pasó nada más. Pero al día siguiente, cuando volvimos, ya había guerra declarada.

La rivalidad se convirtió en un juego de aventuras que duró todo el verano. Por el día nos cruzábamos en la plaza o en la playa de Les Roquetes y nos mirábamos de reojo. Ellos nos llamaban “los moteros de mierda”. Nosotros les respondíamos “los paletos del Garraf”. Pero el verdadero campo de batalla era el cine descubierto. Cada noche, en cuanto apagaban las luces y empezaba la película, la cosa se ponía seria.

La primera pelea de piedras fue un martes. Proyectaban “Los siete magníficos”. Nosotros habíamos llegado con las motos en formación, aparcando en el sitio de siempre. Las chicas ya nos esperaban. En cuanto empezó la película, el Josep y el Miquel, desde la fila de atrás, empezaron a tirar pipas. Primero una, luego dos. Al final, una piedra pequeña —no más grande que una avellana— le dio a Manolo en la espalda.

—¡Hijos de puta! —gritó mi primo, levantándose.

Yo le agarré del brazo.

—Espera. Esto es guerra.

Salimos al descanso y la cosa explotó. Los del pueblo nos esperaban fuera, junto al muro de piedra. Tenían las manos llenas de grava del camino. Nosotros cogimos lo que pudimos: piedras del suelo, trozos de ladrillo, incluso alguna botella vacía. La primera andanada fue brutal. Piedras volando en la oscuridad, el ruido seco de los impactos contra los muros, gritos, carreras. Yo recibí una en el hombro que me dolió como un demonio, pero devolví con un tiro certero que le dio al Tonet en la pierna. Manolo, con su Vespa encendida, hacía de escudo: aceleraba, frenaba, creaba polvo para que no nos vieran. Fernando, el pequeño, corría como un ratón entre las motos recogiendo munición.

Aquella noche nos fuimos con moratones y con la adrenalina a tope. Pero ganamos. Las chicas se quedaron con nosotros y nos fuimos a dar una vuelta por la carretera de la costa, con las motos rugiendo bajo la luna.

A partir de ahí, las peleas de piedras se convirtieron en un ritual. Cada noche preparábamos estrategia como si fuéramos generales de un ejército. Yo, que siempre había sido el que organizaba las gincanas, dibujaba mapas del cine en un cuaderno: posiciones, ángulos de tiro, rutas de escape. Teníamos tres reglas no escritas:

  1. Nunca dentro del cine mientras la película estaba en marcha (respeto al cine).
  2. Solo piedras pequeñas, nada que pudiera hacer daño de verdad.
  3. El que perdía pagaba las Coca-Colas al día siguiente.

Los del pueblo también se organizaron. El Tonet era su jefe: colocaba a sus chicos en los muros altos, en los pinos de alrededor y en la entrada. Nosotros teníamos la ventaja de las motos. Podíamos llegar, atacar y huir en segundos. Una noche memorable fue la de “El desafío de las motos”. Proyectaban “Chinatown”. Nosotros llegamos tarde a propósito, con las luces apagadas. Aparcamos en silencio detrás del muro norte. Cuando la película llevaba media hora, Manolo dio la señal. Salimos como lobos. Piedras volando desde todas partes. El Tonet y los suyos respondieron con una lluvia de grava. Una piedra grande le dio a Fernando en la frente y le abrió una brecha. Sangraba, pero el chaval ni se quejó.

—¡A las motos! —grité.

Arrancamos en formación. Yo iba el primero con mi Derbi, Manolo cubriéndome la retaguardia. Los del pueblo corrieron detrás, tirando piedras mientras corríamos. Una le dio al escape de la Vespa de Manolo y sonó como un petardo. Llegamos hasta la carretera principal y dimos la vuelta por el camino de las viñas. Los del pueblo nos persiguieron a pie un rato, pero las motos eran más rápidas. Nos reímos como locos mientras el viento nos secaba el sudor y la sangre.

Pero no siempre ganábamos. Hubo una noche en que nos tendieron una emboscada perfecta. Era la proyección de “El exorcista” (la versión censurada, pero igual daba miedo). El cine estaba lleno. Nosotros nos sentamos en el centro con las chicas. En el descanso, cuando fuimos a por bebidas, los del pueblo habían colocado a diez chavales en los muros de alrededor. En cuanto salimos, cayó la tormenta de piedras. No había escapatoria. Yo recibí dos en la espalda, Manolo una en la rodilla que le hizo cojear tres días. Fernando se tiró al suelo y se hizo el muerto. Tuvimos que huir a pie, dejando las motos atrás. Corrimos como locos por el pinar, con las piedras silbando a nuestro lado. El Tonet nos gritaba:

—¡Esto es nuestro pueblo, barcelonins!

Llegamos a casa hechos polvo. Mamá me curó los golpes con mercromina y me regañó, pero en el fondo se le escapaba la risa. “Sois unos salvajes”, decía. Aquella noche no dormí. Me quedé en el balcón mirando las luces del pueblo y pensando que la rivalidad se estaba poniendo demasiado seria.

Al día siguiente, en la plaza, nos encontramos cara a cara. El Tonet y yo solos, sin pandillas. Me miró fijamente.

—Esto no puede seguir así, Toribio. O nos matamos o hacemos las paces.

Yo, con el orgullo herido pero sabiendo que tenía razón, le tendí la mano.

—Paz. Pero las chicas eligen solas.

El Tonet sonrió por primera vez.

—Trato.

Aquella noche en el cine fue diferente. Nos sentamos todos juntos: veraneantes y del pueblo. Las piedras se quedaron en el suelo. Proyectaban “Un hombre y un destino”. Cuando Paul Newman aparecía en la pantalla con su moto, todos gritamos como locos. Al final de la película, el Tonet se acercó con una botella de vino de la bodega de su padre.

—Para sellar la paz.

Bebimos a morro, sentados en los bancos de madera. Las chicas se reían. Manolo y el Miquel empezaron a contarse batallitas de fútbol. Fernando, con la frente todavía vendada, jugaba a las canicas con el Pecas, que era del pueblo pero se había pasado a nuestro bando.

El resto del verano fue una mezcla de aventuras compartidas. Seguíamos yendo al cine, pero ahora éramos una pandilla grande. Organizábamos carreras de motos por los caminos de tierra, partidos de fútbol en la playa y hasta una gincana nocturna donde los del pueblo nos enseñaron atajos secretos por el Garraf. Las peleas de piedras se convirtieron en leyenda: las contábamos alrededor de las hogueras como si fueran batallas épicas de una guerra que nadie recordaba con rencor.

Cuando llegó septiembre y tuvimos que volver a Barcelona, nos despedimos en la plaza con abrazos y promesas. El Tonet me dio una palmada en la espalda.

—Toribio, el año que viene os esperamos. Y traed más motos.

Yo arranqué mi Derbi, miré por última vez el cartel del cine descubierto y sonreí.

—Allí estaremos.

Años después, ya ingeniero, cada vez que paso por Sant Pere de Ribes y veo el viejo cine convertido en aparcamiento, todavía siento el eco de las piedras contra los muros, el rugido de las motos y las risas de aquella pandilla imposible. Teníamos dieciséis años, el verano era infinito y la rivalidad más salvaje se convirtió, sin que nos diéramos cuenta, en la amistad más fuerte de nuestra vida.

Porque así eran los veranos en Sant Pere: duros, locos y llenos de piedras que, al final, siempre acababan construyendo puentes.


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