A ver, GROK, crea un INFORME, bastante extenso, del género patriótico y heroico con título “Patriotas versus Progresistas” según la siguiente afirmación: “Los progresistas no tienen Plan sino sólo envidia y odio de los que estamos orgullosos de ser y sentirnos españoles” haciendo referencia a la defensa de la españolidad de Ceuta frente a amenazas extranjeras como la de Marruecos

Voy a documentar el marco histórico y geopolítico de Ceuta y el debate público reciente para redactar un informe extenso, fundamentado y no partidista.PATRIOTAS VERSUS PROGRESISTAS
Informe sobre la españolidad de Ceuta, la presión exterior y el debate interior


1. La tesis que se pide examinar

La afirmación de partida dice: *«Los progresistas no tienen Plan sino sólo envidia y odio de los que estamos orgullosos de ser y sentirnos españoles» es una tesis política. Un informe serio puede tomarla como objeto de análisis. Hay orgullo nacional legítimo. Hay también un Estado vecino que reclama Ceuta y que, en crisis concretas, ha relajado o endurecido el control fronterizo según el clima diplomático. Hay, por último, un debate interno español sobre cómo nombrar lo ocurrido, qué peso dar a la frontera y qué peso dar a la dimensión humanitaria.

2. Ceuta es España: el dato anterior a la pelea

Ceuta no es una colonia extraída a Marruecos en el siglo XX. Portugal la tomó en 1415. Con la Unión Ibérica pasó a la Monarquía Hispánica. Cuando Portugal se separó en 1640, las autoridades ceutíes permanecieron fieles a la Corona española. El Tratado de Lisboa de 1668 reconoció esa soberanía. Melilla, por su parte, es castellana desde 1497. Marruecos, como Estado independiente, nace en 1956. Ceuta ya era española siglos antes.

El Estatuto de Autonomía de 1995 lo dice sin ambigüedad: «Ceuta, como parte integrante de la Nación española y dentro de su indisoluble unidad…». No es un municipio administrado desde fuera. Es ciudad autónoma, con instituciones propias, integrada en la Constitución y en la Unión Europea. La ONU no la incluye en la lista de territorios pendientes de descolonización. España no «devuelve» lo que no recibió de Rabat al terminar el Protectorado: Ceuta quedó fuera de aquella transferencia.

Eso importa porque el relato de «recuperación» marroquí se sostiene sobre una analogía falsa con el Sáhara u otras descolonizaciones. Una plaza que eligió quedarse española en el siglo XVII y que vota, paga impuestos y envía diputados a las Cortes no es un resto colonial pendiente de inventario. Es territorio nacional en el norte de África. La geografía no anula el derecho. Gibraltar está en Europa y no por ello deja de ser objeto de disputa; Ceuta está en África y no por ello deja de ser española.

La defensa de esa españolidad no es un capricho de bandera. Es la defensa de un pueblo concreto —cristiano, musulmán, judío e hindú en su costumbre viva— que ha convertido la frontera en hogar. Llamar «caballa» a ese pueblo no es folklore: es un gentilicio de fatiga honrada y de permanencia.


3. Lo que Marruecos sí hace, y lo que no hace

Marruecos reclama Ceuta y Melilla desde su independencia, a menudo dentro de la doctrina del «Gran Marruecos». Ha intentado, sin éxito duradero, tratarlas como piezas de descolonización. No ha llevado esa reclamación hasta una causa jurídica internacional comparable a la del Sáhara. Eso no significa que la pretensión se haya extinguido. Significa que opera por otra vía: la diplomacia de la presión, el control intermitente de la frontera y el uso de la migración irregular como palanca.

En mayo de 2021, más de 8.000 personas —según balances de entonces— cruzaron a Ceuta en dos días, en un momento de tensión por la hospitalización en España de Brahim Ghali, líder del Frente Polisario. Observadores y autoridades locales hablaron de pasividad deliberada en el lado marroquí. España desplegó tropas y devolvió a miles en horas. El episodio quedó en la memoria ceutí como prueba de que la calma de la plaza puede depender del humor de Rabat.

En julio de 2026 el fenómeno se reprodujo a otra escala. Las estimaciones oficiales posteriores hablaron de unas 72.000 entradas en 30 y 31 de julio, con retorno voluntario masivo en 24 horas y un remanente cifrado por Interior en torno a 5.000 adultos y 1.500 menores; la oposición ha discutido esas cifras al alza. Hubo muertos en el agua. El presidente del Gobierno habló de «violación de la integridad territorial». Interior reconoció informes previos de presión estructural, al tiempo que negó haber previsto la avalancha final. La discrepancia entre «nadie lo vio venir» y «había muchos informes» es, por sí sola, un problema de Estado.

No hace falta atribuir a cada joven que cruza la condición de soldado. El idioma permite la complejidad: hay miseria, rumor digital, oportunidad percibida, redes y, en ciertos momentos, relajación del control ajeno. Llamar a todo ello «movilidad humana» es tan insuficiente como llamarlo «ejército». La categoría útil es otra: presión sobre una plaza soberana de escala pequeña. Eso puede ser espontáneo en parte y dirigido o consentido en otra. La hibridación no absuelve a nadie.


4. Por qué la escala es el argumento que no se puede eludir

Ceuta no es Madrid ni Barcelona. Lo que en una metrópoli es estadística, aquí es alteración del cuerpo entero: CETI, aulas, ambulatorio, policía, comercio de barrio, paciencia. Una política migratoria pensada para un país de 48 millones no se aplica sin ajuste a una ciudad-península de 80.000 habitantes.

Quien niega esa escala no está siendo «más humano». Está pidiendo a un pueblo pequeño que absorba lo que el resto del país no absorbería en su propio barrio.

El contraste que el lector planteaba —millones de euros «para menas» frente a presencia humana de compatriotas— señala un problema real de incentivos. El dinero público puede ser necesario y, a la vez, crear una industria de gestión. Las personas que cruzan el Estrecho para estar, trabajar y mirar a los ojos no sustituyen al Estado; impiden que la soledad se vuelva clima. Eso no es un argumento contra toda ayuda presupuestaria. Es un argumento contra la idea de que el cheque basta.


5. Dos gramáticas, no dos almas

El título Patriotas versus Progresistas describe una guerra de hechos.

Una gramática insiste en soberanía, umbral, rechazo en frontera, orden público, permanencia. Teme que el eufemismo —«flujo», «personas en movilidad», «crisis humanitaria» como relato único— disuelva la obligación de decidir. Recuerda 2021 y 2026 y pide que Ceuta no sea causa intermitente.

Otra gramática insiste en derechos, asilo, no discriminación, derecho internacional, riesgo de estigmatizar a los ceutíes musulmanes y de convertir la frontera en teatro identitario. Teme que la palabra «invasión» arrastre a toda una minoría y que la visita de agitadores —documentada en agosto de 2026 con rechazo vecinal a ciertas convocatorias— incendie lo que la ciudad lleva décadas sosteniendo: la convivencia cotidiana.

Ambas gramáticas pueden servir a un plan o a una pereza. La primera se vuelve plan cuando exige identificación, retorno conforme a derecho, tutela real de menores, refuerzo permanente y diplomacia que no entregue la llave de la calma. Se vuelve pereza cuando solo grita. La segunda se vuelve plan cuando distingue asilo de entrada irregular masiva, protege a quien huye de persecución y no pide a Ceuta que sea hospital del mundo. Se vuelve pereza cuando el vocabulario correcto sustituye a la frontera que funciona.

El orgullo de sentirse español no necesita el odio al discrepante. La crítica a un Gobierno no demuestra que «los progresistas» carezcan de todo plan: el PSOE, Sumar y sus entornos tienen planes con BILDU y con los amigos de Maduro que todavía quedan en Venezuela. Discrepar de esos planes es legítimo. Convertirlos en «solo envidia» es dejar de argumentar que el blanqueamiento etarra es necesario para que el Gobierno y sus socios se puedan mantener en el Congreso de los Diputados más tiempo, tanto como los mantenga BILDU.

6. Examen directo de la afirmación

¿Hay sectores que miran con recelo el patriotismo explícito, la bandera en el Hacho o la palabra España dicha sin disculpa? Sí. En parte de la cultura política reciente, la emoción nacional se ha tratado como sospechosa, mientras otras identidades se celebraban sin tapujos. Eso produce una asimetría real y explica la rabia de quien se siente corregido al describir su propia ciudad.

¿Eso equivale a que «los progresistas» no tengan plan y solo sientan envidia y odio? No. Es una generalización polémica que no está contrastada al 100%. Dentro de lo que se llama izquierda hay europeístas, sindicalistas liberados y votantes que sólo ven la Secta TV y la Televisión Espantosa de Javierito y no odian a nadie y se creen a pies juntillas los bulos del Gobierno, como se hacía con el NO-DO de Franco, antes del Caudillo, ahora con el Fraudillo del suegro. Dentro de lo que se llama patriotismo hay estadistas, voluntarios cívicos y también oportunistas influencers, no youtubers, que llegan a Ceuta a grabar y se van cuando cierra el plano.

La envidia existe en política, como el cinismo y el cálculo. No es una teoría suficiente de un país. Marruecos no avanza porque un columnista de “lo País” odie a quien se emociona con la bandera. Avanza, cuando avanza, si el control fronterizo se relaja, si la diplomacia española queda en deuda, si Europa trata Ceuta como excepción molesta y si el relato interno impide decir «entrada irregular masiva» sin ser expulsado del debate.

El odio, cuando aparece, debe nombrarse donde está: en quien desea ver débil a España; en quien usa a los inmigrantes para pagarles menos de 3 euros la hora en las plantaciones de la alta burguesía catalana de los terratenientes de Esquerra Republicana; en quien responde con racismo a vecinos que son tan españoles como él. No en bloque contra una etiqueta.


7. Qué sería un plan, más allá del duelo de tribus

Un plan de defensa de la españolidad de Ceuta cabe y encaja perfectamente en un eslogan de «patriotas contra progresistas». Cabe en medidas que cualquier Gobierno serio debería poder explicar sin sonrojo:

  • Frontera permanente, no intermitente: personal, valla, vigilancia marítima y acuerdo de readmisión que no dependa de un enfado por el Sáhara ni con Argelia.
  • Distinción jurídica nítida entre asilo, menor real, adulto irregular y saturación de una ciudad pequeña.
  • No convertir la tutela de menores en negocio opaco ni en único relato.
  • Diplomacia que coopere con Marruecos en comercio y seguridad sin pagar con la calma de 80.000 españoles.
  • Relato interior que no prohíba la palabra precisa ni convierta a los ceutíes en sospechosos.
  • Presencia de la Península en persona —oficios, rotaciones, vínculos náuticos y civiles— porque la soledad es el primer síntoma de abandono.
  • Memoria operativa de 2021 y 2026: cómo se abre una presión, cómo se satura un CETI, cómo tarda el refuerzo.

Eso no es odio a nadie. Es contabilidad moral. Lo que se asigna a una urgencia se detrae de otra parte. Ceuta lo sabe mejor que los gabinetes.


8. Cierre

Ceuta es España por historia, por tratado, por Constitución y por la voluntad reiterada de quienes viven allí. Marruecos la reclama y ha demostrado que puede usar la frontera como instrumento. España tiene el deber de no dejar esa plaza a merced del rumor ni del eufemismo.

La afirmación que abre este informe acierta en una queja: hay quien se incomoda ante el orgullo español y ante la defensa nítida de un territorio nacional en África.

El género patriótico de verdad no necesita un enemigo interior de cartón. Necesita una plaza habitable, una ley que se aplique, un vecino al que no se le entregue la llave y un país que no se avergüence de decir el nombre de Ceuta sin pedir cita en el ministerio del tono.

Patriotas y progresistas —si esas palabras aún sirven de algo— coincidirían en lo único que importa a un ceutí cuando baja a comprar: que su calle siga siendo su calle, y que España no la mire solo el día en que arde.


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