Aventuras en el Rectángulo Verde: Mi Temporada como Apertura con los Maristas
Tenía diecisiete años y el rugby me había elegido a mí antes de que yo lo eligiera a él. Era el curso 1977-78 y el Colegio Marista La Inmaculada, de Barcelona, se había convertido en mi segunda casa. Aquel otoño el viento traía olor a hierba mojada y a cuero viejo, y yo, Luis Toribio Troyano, estudiante de último curso de Bachillerato, me presenté un martes cualquiera en el campo de entrenamiento con unas botas de segunda mano que me quedaban grandes y un short que había heredado de mi primo Manolo. El hermano director de deportes, el Hermano Julio, me miró de arriba abajo y soltó: «Tú eres rápido de piernas y tienes buena patada. Serás apertura. Bienvenido al equipo».
No sabía entonces que aquel «bienvenido» iba a escribirme la temporada más salvaje, heroica y loca de mi vida. El equipo de los Maristas era un batallón de locos: treinta y pico chavales entre dieciséis y dieciocho años, todos con la cruz marista cosida en el pecho y una hambre de victoria que no se saciaba ni con los bocadillos de tortilla que nos preparaba la madre del capitán. Yo jugaba de apertura, el número 10, el cerebro del equipo. Tenía que leer el partido como un libro abierto, decidir si patear a palos, lanzar un pase largo a las alas o romper la línea defensiva con un quiebro. Era el que elegía, el que pateaba las conversiones y los penaltis, el que cargaba con la responsabilidad cuando el marcador apretaba.
El primer entrenamiento fue un bautismo de fuego. Lluvia fina, campo embarrado, y el Hermano Julio gritando órdenes como un sargento de la Legión. «¡Toribio, abre el juego! ¡No mires al suelo, mira al futuro!». Mis compañeros me apodaron enseguida «El Míster», porque parecía que dirigía una orquesta en vez de un equipo de rugby. Manolo, mi primo de dieciséis, jugaba de ala y era mi socio perfecto: rápido como un galgo y con una mano izquierda que parecía una tenaza. Fernando, el pequeño del equipo con quince años recién cumplidos, era hooker y se lanzaba a las melés como si le fuera la vida en ello. El resto del pack era una muralla: los forwards maristas, todos hijos de obreros y de familias humildes, duros como el pedernal.
Nuestro primer partido fue contra los Jesuitas de Sarrià. Un viernes por la tarde, campo neutral en el Vallès. Viajamos en el viejo autocar del colegio, cantando himnos maristas y comiendo pipas. Yo iba sentado al lado de la ventanilla, repasando mentalmente las jugadas. El rival era grande, experimentado, con una delantera que parecía sacada de una cantera de mineros. El pitido inicial sonó y el mundo se volvió verde y marrón.
Desde el primer minuto supe que iba a ser guerra. Ellos presionaban alto. Yo, con el 10 en la espalda, recibí el primer balón limpio de la melé y, en vez de patear, rompí hacia dentro. Un quiebro seco, un pase a Manolo y ¡primer try! La conversión era mía. El viento soplaba en contra, el balón estaba embarrado. Tomé carrerilla, respiré hondo y la patada salió perfecta: entre los palos, 7-0. El público (padres, hermanos y unos cuantos novias que habían venido en moto) rugió como si hubiéramos ganado la liga.
Pero los Jesuitas se enfadaron. En la segunda parte nos metieron dos tries seguidos. 7-14. Yo estaba exhausto, el barro me llegaba a las rodillas. En el minuto 68, con el partido perdido, el Hermano Julio gritó desde la banda: «¡Toribio, juega con cojones!». Recibí un balón en mis veintidós metros. Miré a la izquierda, a la derecha. Vi un hueco. Corrí como nunca había corrido. Esquivé a dos, cedí a Manolo, él me devolvió en un pase milimétrico y yo, con el último aliento, planté el balón bajo los palos. Conversión. 14-14. Empate. El árbitro pitó el final y el equipo me levantó en volandas. Aquella noche, en el autocar de vuelta, cantamos hasta quedarnos roncos. Yo tenía los hombros doloridos y una sonrisa que no me cabía en la cara.
A partir de ahí, los partidos se convirtieron en aventuras de verdad. Cada fin de semana era una expedición. Viajábamos a Mataró, a Terrassa, a Sabadell. En uno de ellos, contra el equipo del Colegio de los Salesianos de Badalona, el autobús se averió en la carretera de la costa. Llovía a cántaros. Llegamos con una hora de retraso, empapados. El campo era un barrizal. El árbitro casi suspende el partido, pero el Hermano Julio se plantó: «Jugamos. Estos chicos han venido a luchar». Yo, con las botas llenas de agua, dirigí el equipo como pude. En la segunda parte, con el marcador 10-22 en contra, organicé una jugada de manual: melé a cinco metros de su línea, pelota limpia para mí, finta, pase a la izquierda, Manolo corre, Fernando aparece como un fantasma desde el lado ciego y ¡try debajo de los palos! Patada mía. 17-22. Luego un penalti lejano. El viento soplaba a favor. La patada fue larga, alta, perfecta. 20-22. Último minuto. Ellos atacan. Yo me tiro en plancha sobre un balón suelto, robo la posesión y lanzamos un contraataque de ochenta metros. Try final. Victoria 25-22. El equipo entero se abrazó en el barro. Aquella noche dormimos en el colegio de los Salesianos, en colchones en el suelo, contando las estrellas por la ventana del gimnasio.
Pero no todo fueron victorias. Hubo derrotas que dolieron en el alma. Contra el equipo del Instituto de Reus, en un campo de tierra dura como el cemento, perdimos 6-28. Yo fallé tres patadas fáciles. El viento, el sol en los ojos, los nervios. Al final del partido me senté en el vestuario con la cabeza entre las manos. El Hermano Julio se acercó, me puso la mano en el hombro y dijo: «Luis, un apertura no se mide por las patadas que mete, sino por las que se atreve a tirar cuando todo está en contra». Aquellas palabras me salvaron. Al partido siguiente, contra el equipo de los Hermanos de La Salle de Lleida, metí cuatro patadas y dirigí el ataque como un general. Victoria 32-15.
La temporada avanzaba y el equipo se convirtió en una hermandad. Entrenábamos tres veces por semana y los domingos jugábamos. Los viernes por la tarde, después de clase, nos reuníamos en el bar de la esquina del colegio. Yo pedía un Trinaranjus y un bocadillo de chorizo. Hablábamos de tácticas, de chicas, de exámenes, de la mili que nos esperaba a todos. Manolo contaba chistes verdes, Fernando leía fragmentos de poemas de Martí i Pol y yo dibujaba jugadas en servilletas de papel. Éramos inseparables.
Llegó el Torneo de las Escuelas Maristas de Cataluña. Se celebraba en el campo del Colegio Marista de Mataró, un fin de semana entero. Ocho equipos. Nosotros éramos los favoritos después de las victorias de la liga regular. El primer partido, contra los de Girona, lo ganamos 42-10. Yo marqué dos tries y pateé seis conversiones. El segundo, contra los de Tarragona, fue una batalla épica. Empate a 18 al final del tiempo reglamentario. Prórroga. En el minuto 78 de la prórroga, con las piernas temblando, recibí un penalti a treinta y cinco metros, ligeramente escorado. El estadio entero calló. Tomé carrerilla, cerré los ojos un segundo y pateé. El balón voló recto, alto, y cayó justo entre los palos. 21-18. Nos clasificamos para la final.
La final fue contra el equipo de los Maristas de Badalona, nuestros eternos rivales. Ellos tenían a un forward enorme llamado “El Tanque” que rompía melés como si fueran de papel. El campo estaba lleno: padres, alumnos, hermanos, incluso algunos scouts. El cielo estaba plomizo. Empezó el partido y desde el minuto uno fue guerra total. Ellos marcaron primero. 0-7. Nosotros respondimos con un try de Manolo tras una jugada mía. Conversión. 7-7. En la segunda parte, con el marcador 14-14, se desató el infierno. Una melé peligrosa, el Tanque salió disparado y me llevó por delante. Caí mal. Sentí un crujido en el hombro. El dolor era brutal, pero me levanté. El Hermano Julio gritó: «¡Toribio, fuera!». Yo negué con la cabeza. «No salgo». Me vendaron el hombro con esparadrapo y seguí.
Últimos cinco minutos. 20-20. Ellos atacaban. Robo de balón en la melé. Fernando me la da limpia. Miro al frente: hay un hueco. Corro. Esquivo a dos. Me placan a tres metros de la línea. Caigo, pero consigo soltar el balón hacia atrás. Manolo lo recoge y marca. Try. 25-20. Quedan dos minutos. Ellos sacan de centro. Presión total. Yo, con el hombro en llamas, me pongo en la línea de defensa. Recibo un pase alto, lo controlo con el pecho y, en vez de patear a salida, lanzo un pase largo a la banda. El ala corre, cede al full-back y… ¡try de la victoria! 30-20. El pitido final sonó como una explosión. El equipo entero se tiró encima de mí. Lloramos, reímos, nos abrazamos. El Hermano Julio, con los ojos húmedos, nos bendijo allí mismo.
Aquella noche fue la fiesta más grande de mi vida. En el autocar de vuelta a Barcelona cantamos hasta quedarnos sin voz. Yo tenía el hombro hinchado, un corte en la ceja y la medalla del torneo colgada del cuello. Al llegar al colegio, los más pequeños nos esperaban con pancartas. «¡Los Maristas campeones!». Papá había venido a recogerme. Me miró y solo dijo: «Hijo, estoy orgulloso». Aquella frase valió más que cualquier try.
La temporada acabó con dieciséis partidos jugados, doce victorias, dos empates y dos derrotas. Yo marqué 187 puntos: tries, conversiones, drops y penaltis. Pero lo que realmente gané fue mucho más. Gané amigos para toda la vida, aprendí a levantarme después de cada placaje, a decidir en medio del caos, a ser el que dirige cuando todos miran al suelo. El rugby me enseñó que la vida es un partido de ochenta minutos: hay que jugar cada segundo con el corazón.
Años después, cuando ya era ingeniero y el mundo se había vuelto más complicado, todavía soñaba con aquellos campos embarrados, con el olor a hierba y sudor, con el ¡ploc! del balón contra el pie y con la voz del Hermano Julio gritando: «¡Toribio, abre el juego!».
Y cada vez que veo un partido de rugby por televisión, cierro los ojos un segundo y vuelvo a tener diecisiete años, con el número 10 en la espalda y todo el futuro por delante.
Aquella fue mi temporada de aventuras. La mejor de mi vida.
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