Título: Mi único viaje en AVE fue a Sevilla para la boda de mi amigo Onofre

Capítulo 1: La llamada

El teléfono sonó una tarde de finales de octubre de 2008, cuando el otoño ya se había instalado en Madrid con esa luz baja y dorada que hace que las aceras parezcan más largas. Reconocí la voz de Onofre Sáez al segundo. Habíamos compartido pupitre en el colegio de los maristas, de aquellos años en los que las clases olían a tiza y a abrigos húmedos, y el patio era el único territorio donde el tiempo se medía por goles y por risas que no cabían en el cuerpo.

—Me caso —dijo, sin preámbulos—. En Sevilla. El 15 de noviembre. Ella es sevillana, de Triana. Quiero que vengáis Juan y tú. Martín no puede. Trabajo. O eso dice.

Colgué y me quedé mirando la ventana. En 1984 los cuatro habíamos hecho el mismo camino: Onofre, Juan Martínez, Martín Alonso y yo. Íbamos a ver la final entre el Barcelona y el Real Madrid. Llevábamos bufandas, ilusión y esa sensación de que el mundo todavía cabía en un asiento de autobús. El viaje acabó con el fatídico accidente de los aficionados blaugranas de Rubí. El autocar no llegó. Nosotros sí. El silencio que se hizo después entre los cuatro no se había disuelto del todo en cuatro años.

Acepté. No por la boda, aunque me alegraba por Onofre. Acepté porque faltaba Martín y porque el AVE, que yo apenas había tomado una vez, me parecía el único medio capaz de atravesar esa distancia sin que el pasado se colara por las ventanillas.

Capítulo 2: El andén

Juan Martínez me esperaba en Atocha con una maleta pequeña y el mismo jersey de lana gruesa que llevaba en los recreos de invierno. Nos abrazamos sin palabras. Él también recordaba el asiento de atrás del autobús, las bromas de Martín sobre el árbitro, la forma en que Onofre se había puesto serio cuando llegaron las primeras noticias del accidente en la radio del conductor.

—Onofre dice que ella tiene una hermana que canta —comentó Juan mientras hacíamos cola para facturar—. Flamenco de verdad, no de tablao de turistas.

El AVE partió puntual. Madrid se fue quedando atrás, primero las naves industriales, luego los campos pardos. Yo miraba por la ventanilla y veía, superpuesto, el paisaje de 1984: la carretera nacional, los carteles de gasolineras, el momento en que el conductor bajó el volumen y nadie se atrevió a hablar. Juan sacó un periódico y lo dobló. No leía. Los dos estábamos midiendo el mismo vacío.

A mitad del trayecto el tren aminoró por una incidencia en la vía. Veinte minutos. En el pasillo un niño lloraba. Una mujer intentaba calmarlo. Juan se levantó, se acercó y, sin preguntar, empezó a hacerle monedas con los dedos, el viejo truco de los recreos. El niño se calló. La mujer nos miró con una gratitud que no pedíamos. En ese gesto pequeño, casi infantil, reconocí al Juan que en 1984 había ayudado a bajar a un herido leve del otro autobús que se había detenido a auxiliar. No habíamos sido héroes. Habíamos estado allí. Eso bastaba entonces y bastaba ahora.

Capítulo 3: Sevilla

Llegamos al atardecer. El AVE nos dejó en Santa Justa y el taxista nos llevó por calles que olían a naranjos todavía verdes y a aceite. Onofre nos esperaba en la puerta de un bar de Triana, más delgado, con el pelo más corto y una sonrisa que le ocupaba toda la cara. Nos presentó a Carmen. Ella tenía los ojos oscuros y la risa fácil, y cuando nos abrazó lo hizo como si nos conociera de siempre.

—Martín os manda esto —dijo Onofre, y sacó una botella de vino de la Ribera del Duero que los tres habíamos bebido juntos en un bar de Chamberí después del partido que no vimos—. Dice que la abramos el día de la boda, aunque no esté.

Carmen nos contó cómo se habían conocido: un congreso en Madrid, un café que se alargó, una llamada que Onofre no esperaba. Mientras hablaba, yo veía cómo mi amigo la miraba. No era la mirada del Onofre que discutía alineaciones en el patio. Era otra. Más quieta. Más decidida.

Esa noche cenamos en casa de los padres de Carmen. Había gazpacho, pescado frito y un primo que tocaba la guitarra. Juan y yo nos sentamos juntos. En un momento, cuando la conversación giró hacia el fútbol, Onofre nos miró y dijo, bajo:

—Aquel día de 1984… no se lo he contado a Carmen entero. No sé cómo.

Yo asentí. Juan también. No hacía falta más. El heroísmo, pensé, a veces consiste en callar lo justo para que el otro pueda seguir.

Capítulo 4: Los preparativos

El día anterior a la boda ayudamos a cargar sillas y a colocar centros de mesa en el patio de una casa antigua cerca del río. El sol de noviembre en Sevilla todavía calienta. Carmen dirigía con una energía que no admitía dudas. Su hermana, la que cantaba, ensayó una soleá mientras nosotros sujetábamos una escalera. La voz salió limpia, sin adorno innecesario. Onofre la escuchaba apoyado en una columna y yo vi en su cara la misma concentración que tenía cuando estudiaba matemáticas en el colegio, solo que ahora la ecuación se resolvía sola.

Por la tarde fuimos los tres a pasear por el centro. En una librería de viejo Juan encontró un ejemplar de El Quijote barato y se lo regaló a Onofre.

—Para que no te olvides de que los molinos a veces son gigantes —le dijo.

Onofre se rió. Luego se puso serio.

—Martín me llamó anoche. Dice que si el AVE hubiera existido en 1984 habríamos llegado a tiempo y el accidente no habría cambiado nada, porque el partido se jugó igual. Pero yo creo que sí habría cambiado. Habríamos estado juntos. Eso es lo que echa de menos.

No contestamos. Caminamos hasta el Guadalquivir. El agua bajaba lenta. En la otra orilla las grúas de Triana se recortaban contra el cielo. Por un momento me pareció que el río era el mismo que habíamos visto en la carretera de 1984, solo que ahora no había heridos que contar.

Capítulo 5: La víspera

Esa noche cenamos solos los tres en un bar pequeño. Pedimos raciones y vino. Onofre habló de Carmen con una precisión que no le conocía: de cómo ella había insistido en que la boda fuera en Sevilla, de cómo su familia lo había acogido sin preguntar de dónde venía ni a qué equipo iba. Juan contó anécdotas del trabajo. Yo escuchaba y pensaba en Martín, que a esa hora estaría en Madrid, quizá mirando el mismo techo que mirábamos nosotros en 1984 cuando volvimos sin haber visto el partido.

A medianoche Onofre nos acompañó al hotel. En la puerta se detuvo.

—Gracias por venir. Sé que el AVE no es el autobús. Sé que falta uno. Pero os necesitaba aquí. No por la boda. Por mí.

Nos dimos un abrazo de tres. El mismo de siempre, el que en el colegio significaba que el partido había terminado y que al día siguiente volveríamos a jugar. El heroísmo, comprendí entonces, no está en evitar el accidente. Está en seguir eligiendo el viaje cuando el otro lo pide.

Capítulo 6: La boda

La ceremonia fue breve y luminosa. Carmen llevaba un traje que no era blanco del todo, sino de un color que el sol de noviembre convertía en marfil. Onofre temblaba un poco al decir los votos. Cuando el sacerdote les preguntó, él respondió con la voz clara que usaba para corregir problemas de matemáticas en la pizarra. Carmen le sonrió y le apretó la mano. En ese instante vi que el Onofre del patio y el Onofre del altar eran el mismo hombre, solo que ahora había encontrado a alguien con quien no hacía falta medir las palabras.

En el banquete la hermana de Carmen cantó. La soleá que había ensayado se convirtió en algo más largo, más hondo. La gente calló. Cuando terminó, Juan me miró y dijo, muy bajo:

—Esto no se lo perdió Martín. Esto se lo perdió el que no quiso venir.

Bailamos. Onofre y Carmen abrieron el baile con un pasodoble que ninguno de los dos sabía del todo. Se rieron en mitad de la pista y siguieron. Yo bailé con una prima de Carmen que me preguntó si éramos de Madrid de verdad o si solo lo parecíamos. Le dije que éramos de un colegio de Madrid y que eso, a veces, es lo mismo.

A las dos de la madrugada abrimos la botella de Martín. Brindamos por él, por los que no habían llegado en 1984 y por los que sí estábamos allí. El vino sabía igual que entonces. El silencio que siguió al brindis fue distinto: ya no pesaba.

Capítulo 7: El regreso

Al día siguiente el AVE de vuelta salió con retraso. En el andén Onofre nos abrazó otra vez. Carmen nos dio un paquete de dulces de convento.

—Para el viaje —dijo—. Y para Martín, cuando lo veáis.

El tren atravesó de nuevo los campos. Juan dormía. Yo miraba por la ventanilla y pensaba que este había sido mi único viaje en AVE y que probablemente lo seguiría siendo. No porque no hubiera más bodas ni más Sevilla. Porque este había sido el que cerraba el otro. El de 1984 había terminado con un accidente que no nos pertenecía del todo y que, sin embargo, nos había marcado. Este terminaba con una boda, con una voz de soleá y con una botella compartida.

En Atocha nos despedimos. Juan me dijo:

—La próxima vez que Onofre nos llame, vamos. Aunque falte Martín. Aunque el AVE tarde. Aunque llueva.

Asentí. En el metro de vuelta a casa saqué el móvil y le escribí a Martín: “La botella está abierta. El vino era el de siempre. Onofre está bien. Nosotros también.”

Epílogo Final

Pasaron los años. Onofre y Carmen tuvieron dos hijos. Juan se casó en Madrid. Martín siguió sin poder venir a casi nada, pero nos escribía. Yo no volví a tomar el AVE. No hizo falta.

A veces, cuando el otoño llega y la luz baja, recuerdo el andén de Santa Justa y la risa de Carmen, y el gesto de Juan con el niño en el pasillo del tren. Recuerdo también el autobús de 1984, el silencio de la radio y las caras de los que bajaron heridos. No fuimos héroes aquel día. Fuimos testigos. Y luego, cuatro años después, fuimos amigos que dijeron que sí cuando uno de los cuatro pidió que el viaje se repitiera, aunque faltara uno y aunque el medio fuera otro.

El heroísmo, al final, no está en llegar a tiempo al partido. Está en llegar a tiempo a la boda. Está en abrir la botella aunque el cuarto no esté. Está en seguir eligiendo el andén cuando el pasado todavía pesa en el asiento de al lado.

Mi único viaje en AVE fue a Sevilla para la boda de mi amigo Onofre. Y con eso bastó.


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