Capítulo “Motivación”
del libro “Radio Legitimidad”
por Luis Toribio Troyano
Hay decisiones que no se toman en un despacho ni en una mesa de redacción. Se toman en la conciencia, a deshora, cuando uno ya no puede seguir mirando hacia otro lado. Radio Legitimidad nació de una de esas decisiones. No nació para entretener. Nació para no abandonar. Nació para que una ciudad española, Ceuta, y sus ciudadanos, los caballas, no se sintieran solos las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, mientras soportaban lo que yo no puedo llamar de otra manera que un asalto y una invasión que les está haciendo la vida imposible.
Este capítulo no es un análisis académico. Es una declaración de motivos. Es la explicación de por qué un ingeniero industrial de Barcelona, un hombre que vive en el Garraf, que escribe libros, que compone canciones y que ha construido un ecosistema digital llamado Proyecto Legitimidad, decidió convertir su propia música, su propia voz y su propia constancia en una emisora permanente al servicio de unos españoles que muchos en la Península prefieren no ver.
Ceuta no es un apéndice. Ceuta no es un problema. Ceuta es España. Y cuando España es agredida en uno de sus extremos, el resto del cuerpo no puede fingir que le duele poco.
Los caballas no son un gentilicio de diccionario. Lo son también, desde que la Real Academia reconoció en 2010 lo que el pueblo llevaba más de un siglo diciendo. Pero sobre todo son una forma de ser. El apodo nació en el siglo XIX entre las flotas del Estrecho. Cuando veían aparecer las embarcaciones ceutíes decían: “Ahí vienen los caballas”. No era un insulto. Era el reconocimiento de una gente ligada al mar, a la pesca abundante de aquel pez plateado, a un carácter tenaz, a una ciudad pequeña que siempre ha vivido mirando a dos orillas y sin dejar de ser española. Los caballas son los que se quedaron cuando Portugal se independizó en 1640 y ellos juraron fidelidad a Felipe IV. Los que resistieron el Gran Sitio de 1694 a 1727, treinta y tres años de cerco. Treinta y tres años. Más que cualquier película. Más que cualquier titular de periódico. Esa gente no se fue. Esa gente no entregó la plaza. Esa gente construyó una identidad española en África que no necesita permiso de nadie.
Cuando yo hablo de compromiso con Ceuta no hablo de un viaje turístico ni de una campaña electoral. Hablo de una deuda moral. Hablo de españoles que viven en una ciudad de poco más de ochenta mil habitantes, encajada entre el mar y una frontera que no descansa, y que de pronto ven cómo esa frontera se convierte en un torrente. En julio de 2026 volvió a ocurrir lo que ya habíamos visto, en menor escala, en 2021: una entrada masiva, coordinada o al menos permitida, de decenas de miles de personas en cuestión de horas. Las cifras oscilaron según las fuentes: cincuenta mil, sesenta mil, setenta mil, incluso más. Una ciudad del tamaño de Ceuta no está diseñada para absorber en una noche lo que equivale a casi toda su población. El resultado no es un debate teórico sobre “flujos migratorios”. El resultado es calles desbordadas, servicios al límite, sanidad tensionada, colegios que necesitan vigilancia, asentamientos, inseguridad, muertos en el agua y una sensación persistente de que a los de dentro se les pide que aguanten mientras desde fuera se les explica que deben ser comprensivos.
Yo no voy a suavizar las palabras. A los ceutíes se les ha sometido a un asalto. Se les ha sometido a una presión que tiene nombre de invasión, aunque a algunos les moleste el vocablo. Una invasión no siempre llega con tanques. A veces llega a nado, por el Tarajal, por Benzú, empujada por mafias, por un efecto llamada y, en no pocos momentos, por la pasividad o la conveniencia de quien controla el otro lado de la valla. Los caballas no pidieron ser el laboratorio de la solidaridad ajena. Pidieron ser españoles con los mismos derechos que cualquier vecino de Valladolid, de Cádiz o de Barcelona: derecho a la seguridad, a la escuela de sus hijos, a no ver su ciudad convertida en un campamento improvisado, a no sentir que su lealtad de siglos se paga con abandono.
Aquí es donde entra la película. 55 días en Pekín.
La vi hace años y no se me ha olvidado. Junio de 1900. Pekín. El barrio de las legaciones extranjeras. Un puñado de diplomáticos, soldados, mujeres y niños de once naciones —británicos, estadounidenses, rusos, franceses, alemanes, japoneses, italianos, austrohúngaros, belgas, holandeses y españoles también, no lo olvidemos— quedan cercados por los bóxers y por tropas imperiales que han decidido que los “diablos extranjeros” deben desaparecer. Son pocos. Están aislados. Las comunicaciones con el exterior son precarias. La comida mengua. El agua es un tesoro. Cada asalto hay que rechazarlo con lo que se tiene. El mayor Matt Lewis, interpretado por Charlton Heston, y el embajador británico Sir Arthur Robertson, interpretado por David Niven, organizan la defensa no porque sean invencibles, sino porque alguien tiene que decir: “Nos quedamos. Resistimos. Esperamos el socorro”. Cincuenta y cinco días. Cincuenta y cinco días de hambre, de heridos, de niños asustados, de barricadas, de la sensación de que el mundo exterior discute mientras ellos mueren o sobreviven a duras penas. Al final llega la columna de socorro de la Alianza de las Ocho Naciones. El asedio se levanta. La emperatriz viuda Cixi comprende, en la soledad de su trono, que la dinastía se ha jugado el imperio y lo ha perdido.
La semejanza no es literaria. Es moral.
Ceuta es el barrio de las legaciones. Los caballas son esos europeos —españoles, europeos, occidentales, llámenlos como quieran— que viven en un recinto reducido, rodeados de una hostilidad que a veces se disfraza de “presión migratoria” y otras se muestra sin disimulo como reivindicación territorial. Marruecos no ha dejado nunca de mirar Ceuta y Melilla como piezas pendientes. Lo dice cuando le conviene y lo calla cuando le conviene más. La diferencia con 1900 es que entonces las potencias enviaron un ejército de socorro. Hoy, demasiadas veces, el socorro tarda, se diluye en comunicados, se convierte en plazas de acogida, en traslados a medias, en debates sobre si se puede o no devolver, en la eternización de los menores no acompañados, en la fatiga de una población que siente que su ciudad ha dejado de ser suya por unas semanas o por unos meses y que nadie en Madrid acaba de entender lo que eso significa en la vida cotidiana.
En la película, los sitiados no son héroes de mármol. Tienen miedo. Tienen hambre. Discuten. Algunos querrían huir. El mérito está en que, a pesar de todo, organizan la defensa y no entregan el recinto. Los caballas han hecho exactamente eso durante siglos. Lo hicieron en el Gran Sitio. Lo hacen ahora cuando salen a la calle, cuando piden emergencia nacional, cuando el presidente de la Ciudad Autónoma, Juan Jesús Vivas, alza la voz en Bruselas y en Madrid. Lo hacen cuando un profesor da clase con un vigilante en la puerta. Lo hacen cuando un médico atiende en un hospital saturado. Lo hacen cuando una madre no deja que sus hijos bajen al parque que ya no reconoce.
Yo no vivo en Ceuta. Esa es la verdad y no voy a fingir lo contrario. Vivo en Sant Pere de Ribes. Pero la distancia geográfica no anula la obligación. Un español de la Península que se considera patriota y se desentiende de Ceuta es un patriota de salón. Un pensador que escribe sobre soberanía y no dedica su herramienta más constante —la radio, la canción, la palabra repetida día y noche— a quienes la están perdiendo en la práctica, es un pensador incompleto.
Por eso Radio Legitimidad emite las veinticuatro horas. No porque yo crea que una canción detiene a una persona que escala una valla. Sino porque la soledad mata más despacio que la violencia y de forma más segura. Un ceutí que a las tres de la madrugada no puede dormir, que oye ruidos en la calle, que piensa en si mañana podrá llevar a su hijo al colegio con normalidad, necesita saber que alguien, en algún lugar de España, no ha apagado el aparato. Necesita una voz que no le diga que exagera. Necesita una arenga que le recuerde que Ceuta es española, que el Mediterráneo también nace allí, que no se vende, que no se entrega, que el pueblo salva al pueblo cuando las instituciones titubean.
He compuesto decenas de canciones sobre esto. No es un capricho. Es un método. “Ceuta no se vende”. “La Gran Invasión”. “El efecto llamada”. “Españoles traidores”. “Arenga ceutí”. “El negocio de los menas”. “Pedro Sánchez virrey de Marruecos”. “Gloria a Ceuta”. “Glory to Ceuta”. “El perro de Sánchez”. Cada título es un clavo en la memoria. Cada estribillo es una forma de decir: no os olvidamos. La radio no es un altavoz de odio. Es un altavoz de presencia. Es la diferencia entre el sitiado que oye solo el rumor del enemigo y el sitiado que oye, aunque sea lejana, la promesa de que hay alguien organizando la columna de socorro.
La empatía no consiste en repetir consignas bonitas. Consiste en ponerse en el lugar del que no puede irse. El diplomático en Pekín podía, en teoría, haber intentado huir al principio. Muchos ceutíes no pueden. Su casa está allí. Su trabajo está allí. Sus muertos están en el cementerio de allí. Su Virgen de África está allí. Su plaza de los Reyes está allí. Pedirles que “entiendan el drama humanitario” mientras ellos viven el drama de la ocupación de hecho de sus aceras es una forma elegante de decirles que su sufrimiento pesa menos.
Yo siento una solidaridad concreta, no abstracta. Solidaridad con el policía local que lleva semanas sin turno normal. Con el sanitario que ve cómo se dispara la presión sobre un sistema pensado para otra población. Con el comerciante cuyo local ya no es el mismo. Con el joven ceutí que quiere un futuro en su tierra y no una ciudad convertida en corredor. Con las familias que llevan generaciones siendo españolas en África y que ahora tienen que explicar a sus hijos por qué de pronto hay que tener cuidado en sitios donde antes se jugaba.
También siento una rabia serena contra la hipocresía. La misma gente que llora por las víctimas en el agua —y hay que llorarlas; cada muerto es una tragedia— suele olvidar al vecino que no se ahogó pero que vive una asfixia distinta: la de ver su ciudad desbordada y su reclamación tildada de insolidaria. Las dos cosas pueden ser verdaderas a la vez. Se puede lamentar la muerte de quien intenta cruzar y exigir al mismo tiempo que un Estado defienda su frontera y a sus ciudadanos. Quien no es capaz de sostener las dos ideas al mismo tiempo no está pensando: está recitando.
Radio Legitimidad existe para no recitar. Existe para documentar, para arengar, para acompañar, para no dejar que el relato único se adueñe de la noche. Mientras otros duermen, la emisora sigue. Mientras otros cambian de tema, la playlist de Ceuta sigue sonando. Mientras otros calculan el coste político de hablar claro, yo ya calculé el coste moral de callar y me pareció más alto.
Hay quien dirá que una radio de un particular no cambia nada. Tienen razón a medias. Una radio no sustituye a un gobierno, ni a unas Fuerzas Armadas, ni a una política de Estado. Pero una radio puede impedir que el sitiado se convenza de que está solo. En Pekín, los defensores no ganaron porque tuvieran más hombres. Ganaron porque aguantaron hasta que llegó el socorro y porque, mientras aguantaban, no perdieron la idea de quiénes eran. Ceuta necesita lo mismo: aguante y memoria. Memoria de 1415, de 1640, de 1668, de 1694, de 1860, de 1995, de cada vez que alguien ha intentado hacer de la plaza un objeto de trueque.
Mi compromiso no es un eslogan. Es una infraestructura. Es la Fundación Francisca Troyano. Es el Proyecto Legitimidad. Es el catálogo de canciones. Es este libro. Es la decisión de que, si el Estado titubea, al menos un ciudadano con medios propios no titubee. Yo no puedo enviar un batallón. Puedo enviar una señal que no se corta.
A los caballas les digo, desde estas páginas y desde la radio que no se apaga: no estáis solos. Vuestra ciudad no es un problema de Interior. Es una cuestión de nación. El que nace en Ceuta y quiere seguir siendo español no le debe explicaciones a nadie. El que llega de fuera y quiere quedarse tendrá que hacerlo por las vías que una soberanía digna establece, no por la fuerza del número ni por la fatiga del que aguanta.
La columna de socorro de 1900 tardó cincuenta y cinco días. La de Ceuta lleva demasiado tiempo formando. Algunos creen que no llegará. Yo me niego a esa rendición. Por eso enciendo cada día la emisora. Por eso escribo este capítulo. Por eso seguiré componiendo, publicando, denunciando y acompañando.
Porque una nación que abandona a los que viven en su frontera más expuesta está empezando a abandonarse a sí misma. Y yo, Luis Toribio Troyano, ingeniero, pensador, compositor y español, no estoy dispuesto a participar en ese abandono.
Ceuta resiste.
Los caballas resisten.
Radio Legitimidad no se calla.
Esa es la motivación.
Esa es la razón de este libro.
Esa es la razón de que la radio no duerma nunca.

0 comentarios