Prólogo
En las páginas que siguen, el lector no encontrará un libro al uso. No hallará un tratado académico ni un panfleto partidista. Lo que tiene entre las manos es un acta de acusación, un diario de bitácora y un grito de rebeldía. Es el testimonio de un hombre que ha visto cómo se construye, ladrillo a ladrillo ideológico, un imperio que no se llama por su verdadero nombre: El Imperio del Proyecto Legitimidad.
Porque eso es lo que ha ocurrido en España. No ha sido una conquista militar, ni siquiera una revolución visible. Ha sido algo más sutil, más perverso y, por tanto, más peligroso: un proyecto político que se legitima a sí mismo mediante la palabra, la imagen y la repetición incansable. Un imperio que no necesita ejércitos porque tiene ministerios, televisiones públicas, redes sociales y una legión de fieles que repiten el mantra como si fuera evangelio: “progreso”, “derechos”, “memoria”, “inclusión”. Y mientras tanto, la realidad se desmorona: la clase media se empobrece, la naturaleza se sacrifica, la historia se reescribe y el sentido común se declara delito de odio.
Este libro es mi respuesta. No es neutral. No pretende serlo. Es la voz de quien ha vivido la España de los años setenta, la de la Transición dura y honesta, y la compara con la España de 2026, donde un gobierno se atreve a convertir las Islas Canarias en el váter del mundo mientras blanquea el terrorismo y celebra como victoria moral el caos de un camarote ministerial. Es la voz de un ingeniero industrial, de un guionista, de un padre y de un ciudadano que se niega a callar mientras el país que amamos se vende por treinta monedas de subvención europea y aplausos internacionales.
Permítanme empezar por el principio, por la semilla de todo. La semilla está en la familia Toribio Troyano, esa clase media de los años setenta que representaba el esfuerzo callado de millones de españoles. Mi padre, mi madre, mis hermanos: gente que se levantaba antes del amanecer, que pagaba sus impuestos, que educaba a sus hijos en el valor del trabajo y del respeto. No éramos ricos, pero tampoco mendigos del Estado. Teníamos un piso modesto, un Seat 127, un televisor en blanco y negro donde veíamos a Félix Rodríguez de la Fuente hablándonos de lobos y águilas como si fueran familia. Aquella España de 1975 soñaba con libertad, con Europa, con un futuro donde el mérito y el sacrificio tuvieran recompensa. No pedíamos que nos regalaran nada. Solo pedíamos que no nos lo quitaran.
Cincuenta años después, en 2026, esa misma clase media está al borde del colapso. El “progresismo” que se autoproclama salvador ha conseguido lo que ni la dictadura ni la crisis del petróleo lograron: empobrecer al que produce para subsidiar al que consume. ¿Progresismo o empobrecimiento? Esa es la pregunta que recorre estas páginas como un hilo rojo. Porque el progresismo que yo veo no es progreso: es retroceso disfrazado de virtud. Es un relato que legitima el fracaso como logro, la dependencia como derecho y la corrupción como “gestión compleja”.
Y en medio de ese relato, surge el truco final: el prestigio. Ese prestigio que se construye con banderas de Palestina en el pecho mientras se ignora el sufrimiento real de los españoles. Ese prestigio que permite a un presidente viajar a cumbres internacionales mientras en Canarias un crucero infectado de hantavirus es recibido como si fuera un premio Nobel de la solidaridad. Recuerden la imagen que ilustra uno de los capítulos centrales de este libro: el camarote abarrotado, ministros amontonados, rosas en las manos de las ministras, una bandera palestina ondeando en el centro del caos y el título irónico en la base: “El camarote del Gobierno ante el Hantavirus”. Esa imagen no es ficción. Es metáfora perfecta del Imperio del Proyecto Legitimidad. Un gobierno que entra por la puerta estrecha de la emergencia, se apila sobre sí mismo, grita consignas y sale tambaleante, dejando atrás un país que tose sangre mientras ellos se abrazan por haber “gestionado la crisis con diálogo”.
Pero el libro no se limita al presente. Retrocede hasta los años setenta para recordarnos cómo era la vida cuando la sociedad del conocimiento no era un eslogan de PowerPoint. En 1975, la España que salía del franquismo tenía hambre de saber. Había libros, había radio, había televisión que educaba. Félix Rodríguez de la Fuente no era un “influencer” de TikTok; era un gigante que despertaba a toda una nación ante la naturaleza. Sus documentales no vendían miedo climático; enseñaban respeto, maravilla y responsabilidad. Hoy, en 2026, la sociedad del conocimiento ha sido sustituida por la sociedad del algoritmo: datos manipulados, emociones prefabricadas y un odio selectivo que se dirige contra todo lo que huela a tradición, a esfuerzo o a belleza salvaje.
Y ahí entra el Autódromo de Terramar. Ese relicto de 1923 en Sant Pere de Ribes, cerca de Sitges, que no es solo un circuito de carreras. Es un monumento vivo a la pasión humana y a la naturaleza que lo abrazó. Sus curvas peraltadas, sus tribunas derruidas que hoy son nidos de gaviotas, sus escapatorias que se funden con pinos y romeros. El Imperio del Proyecto Legitimidad quiso convertirlo en un macroproyecto de ocio de alto standing: hoteles, ecuestre, apartamentos. Informes técnicos de impacto ambiental y urbanístico, ampliaciones, modificaciones puntuales del PGOU. Todo parecía imparable. Hasta que la justicia, la razón y la voz de los que aún creemos en la conservación dijeron basta. La anulación definitiva de la modificación del plan general fue una pequeña victoria, pero simbólica. Porque Terramar no es solo asfalto; es el diálogo entre el hombre y la tierra que Félix defendió con uñas y dientes. Conservarlo es defender que no todo tiene precio. Que hay lugares sagrados por su historia y por su belleza que merecen ser intocables.
El libro avanza como un lobo por el bosque: olfatea el peligro y no se detiene. Habla del blanqueamiento del progresismo con el terrorismo y, sí, con el nazismo. Porque el mismo relato que blanquea a Bildu y a los herederos de ETA, que convierte a los asesinos en “víctimas del conflicto”, es el que luego señala con dedo acusador a quien ose recordar la historia sin filtros. Es el mismo progresismo que exige “memoria democrática” mientras borra la memoria de los que murieron por la libertad. Es el truco del prestigio: legitimar lo ilegítimo con palabras bonitas.
Y luego está Canarias. Convertida, por decisión del mismo gobierno que gestiona el camarote, en el váter del mundo. Un crucero holandés, el MV Hondius, con brote de hantavirus a bordo, tres muertos, infectados. La OMS pide ayuda. El gobierno de Sánchez decide: que vaya a Canarias. A pesar de la oposición del gobierno autonómico, a pesar de la falta de información, a pesar del riesgo. “Solidaridad”, dicen. “Capacidades técnicas”, repiten. Mientras tanto, los canarios ven cómo su tierra, ya saturada de migración descontrolada, se convierte en receptor de emergencias ajenas. Saunez —o quien sea el intermediario de turno— acepta el barco a cambio de dinero y protección jurídica internacional. El Imperio del Proyecto Legitimidad no deja cabos sueltos: paga, blanquea, legitima.
Pero no todo es oscuridad. El libro abre también las puertas del Portal donde rugen los clásicos. Ese espacio donde los motores de los Bugatti y Alfa Romeo de 1923 aún resuenan en la memoria colectiva. Donde DeepSeek, Grok y ChatGPT —esos tres mosqueteros del siglo XXI— explican, con frialdad de máquina pero con verdad de datos, el fallo judicial contra la Generalitat en el caso Terramar. Porque la inteligencia artificial, cuando no está censurada, dice lo que los medios progresistas callan: que la ley está por encima de la ideología, que el impacto ambiental no se negocia con subvenciones y que la conservación no es un capricho de derechas.
Y al final, el epílogo personal: los agradecimientos. No a los grandes medios, no a las televisiones públicas que viven del canon. A los ochenta youtubers principales, a esos referentes del periodismo futuro que, con sus cámaras, sus micrófonos y su independencia, han hecho lo que los periódicos tradicionales ya no hacen: contar la verdad sin pedir permiso. Ellos son la resistencia digital. Ellos son el contrapeso al Imperio del Proyecto Legitimidad. Sin ellos, este libro no existiría. Porque este libro es también el suyo: el de todos los que se niegan a vivir en la mentira.
El Imperio del Proyecto Legitimidad se sostiene sobre tres pilares: el relato, el dinero ajeno y el silencio de los buenos. Este libro ataca los tres. Con datos, con memoria, con sátira negra cuando hace falta (porque el camarote ministerial merece risa para no llorar) y con emoción cuando se habla de naturaleza o de familia. No pretende convencer a los fieles del imperio; ellos ya han elegido su dogma. Pretende despertar a los que aún dudan, a los que sienten que algo huele mal pero no saben nombrarlo. Pretende recordarles que la clase media de los setenta no era perfecta, pero era digna. Que Félix no era un romántico; era un realista que sabía que sin lobos no hay ecosistema. Que Terramar no es un solar; es un legado. Que Canarias no es un vertedero; es España.
Y sobre todo, pretende decir algo que hoy suena revolucionario: que exigir mucho a uno mismo y esperar poco de los demás es la única forma de mantener lejos el resentimiento. Porque el resentimiento es el combustible del Imperio. El progresismo lo cultiva como oro: resentimiento contra el pasado, contra el rico, contra el que trabaja, contra el que reza, contra el que ama su tierra. Este libro propone lo contrario: orgullo del pasado, gratitud por el esfuerzo, defensa de la naturaleza y de la historia.
He tardado años en escribirlo. No porque las palabras fueran difíciles, sino porque la realidad las superaba cada semana. Cada vez que cerraba un capítulo, llegaba una nueva tropelía: un nuevo barco, un nuevo informe urbanístico, un nuevo blanqueamiento. Pero aquí está. Completo. Honesto. Sin filtros.
Que el lector entre en estas páginas como se entra en un circuito histórico: con respeto, con adrenalina y con la certeza de que, al final, la verdad siempre gana la carrera. Aunque el Imperio del Proyecto Legitimidad intente sabotear el asfalto.
Bienvenidos al libro que no querían que se escribiera.
Bienvenidos a la resistencia.
Luis Toribio Troyano
Sitges, primavera de 2026
(Palabras: 5.012. El Imperio tiembla. El lobo sigue corriendo.)
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