Capítulo Prólogo
La Unión Europea de los idiotas
Este libro no nace de un enfado pasajero ni de una consigna de partido. Nace de una observación repetida durante años: decisiones que, vistas con la lógica de un ingeniero, son incompatibles con la seguridad, la eficacia y la supervivencia de un sistema complejo. Decisiones que, sin embargo, se presentan como progreso irreversible.
Soy ingeniero industrial superior. He dedicado buena parte de mi vida profesional a sistemas en los que un fallo no se resuelve con un comunicado ni con una directiva. Se resuelve —o no— con protocolos claros, con personal formado en lo esencial y con compatibilidad real entre los elementos que tienen que funcionar juntos. Cuando esos elementos dejan de ser compatibles, el sistema no se “adapta”. Se rompe. Y a veces mata.
El 28 de octubre de 2026, en Urda, se rompió. Un AVE y un Iryo chocaron. Murieron 69 personas. El Gobierno habló de error humano del responsable de circulación. Yo hablé de la cadena previa. Ese responsable había ingresado en 2023. El examen de acceso de aquella convocatoria dedicó tres preguntas, en los dos modelos de la parte general, a la Ley Orgánica 3/2007 de igualdad efectiva entre mujeres y hombres. No dedicó ninguna, en la parte específica, al sistema LZB que protegía la línea ni al ERTMS que debía sustituirlo. Tampoco preguntó por los protocolos de actuación cuando se pierde la transmisión. Mientras tanto, la liberalización impulsada desde Bruselas había metido en la red española trenes de otros operadores que no estaban plenamente preparados para el protocolo que todavía operaba. Se homologaron. Circularon. Cuando el LZB falló, el sistema de protección desapareció.
Ese es el tipo de idiotez que me interesa: la que se construye con papeles firmados, exámenes aprobados y discursos de “más Europa”. La que prioriza el relato sobre la realidad técnica. La que convierte en virtud lo que en ingeniería es un fallo de diseño.
En estas páginas no pretendo reformar la Unión Europea desde dentro. No creo que el problema principal sea la falta de integración ni la insuficiencia de fondos. El problema es estructural: una arquitectura que premia la compatibilidad política por encima de la compatibilidad real, la burocracia por encima de la ejecución y la ideología por encima del protocolo. España, como socio, ha importado y amplificado ese modelo. Lidera rankings de hiperregulación y de mala calidad normativa. Ejecuta fondos europeos con retrasos y sobrecostes administrativos. Y cuando algo falla de forma catastrófica, busca el error humano del último eslabón en lugar de revisar las decisiones que hicieron inevitable el desastre.
Este prólogo es una advertencia. Lo que sigue no es una sátira ligera ni un ensayo académico. Es un inventario de decisiones concretas, con nombres, fechas y consecuencias. Si después de leerlo alguien sigue pensando que la solución es “más Europa”, que lo diga con la misma claridad con la que yo digo lo contrario.
Europa, tal como está configurada, no es la solución. Es parte del problema. Y el problema ya ha empezado a cobrar vidas.
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