En las brumas del destino, donde la carretera N-II serpenteaba como una serpiente de asfalto bajo el sol implacable de una mañana de mayo de 1984, se forjó una epopeya de valor humano que los anales del fútbol y de la tragedia jamás olvidarán. Era el día en que un convoy de autocares de la Peña Embajada Ramón Llorens de Rubí, cargados de sueños azulgranas, surcaba hacia Madrid para la final de la Copa del Rey. Billetes a 6.000 pesetas, asiento incluido, noche de autocar y el corazón henchido de esperanza. Muchos de aquellos hinchas habían vivido la final de Zaragoza el año anterior; ahora, en 1984, el destino les tenía preparada una prueba mucho más dura.

Pero no todos viajaban en los autocares. Cuatro antiguos alumnos de los Maristas «La Inmaculada», del Paseo San Juan de Barcelona —Luis Toribio Troyano, Juan Bautista Martínez Robles, Onofre Sáez Menchon y su inseparable compañero Martín Alonso Subils— rodaban en un fiel Seat Ronda de color gris plateado, propiedad de Martín. Eran piratas del N-II, forjados en la disciplina marista y en la pasión culé, veteranos de viajes épicos y ahora, sin saberlo, a punto de convertirse en guardianes de la vida. Martín al volante, con la mano firme y la mirada atenta; Luis a su lado, calculando cada curva como el ingeniero que ya era; Juan y Onofre atrás, cantando himnos del Barça y els Segadors y bromeando sobre la gloria que les esperaba en el Bernabéu.

El kilómetro 92,70, cerca de Alcolea de las Pinares, en esa provincia de Guadalajara que parecía dormida bajo un manto de paz eterna, se transformó en un infierno en un instante. Un camión militar, con su rueda reventada como un trueno del averno, se cruzó en el camino del autocar líder. El choque fue titánico: metal contra metal, cristales estallando como estrellas fugaces, el autocar delantero empotrado, completamente hundido en la tierra, retorcido como un dragón agonizante. Siete almas se perdieron en ese abismo de dolor; cuarenta y nueve más yacían heridas, atrapadas en un amasijo de hierros y cristales. La escena era dantesca: gritos histéricos rasgando el aire, el olor acre del gas-oil derramado como sangre negra, una mujer embarazada de siete meses luchando por su vida y la de su hijo nonato, un joven que había perdido un ojo en el impacto, y padres e hijos separados por la muerte en un segundo.

El Seat Ronda de Martín frenó con un chirrido que pareció el lamento de la tierra misma. No hubo un segundo de duda. “¡Parad! ¡Es el de delante!”, gritó Luis Toribio Troyano, saltando ya del coche antes de que se detuviera por completo. Martín Alonso Subils apagó el motor y corrió tras él. Juan Bautista Martínez Robles y Onofre Sáez Menchon saltaron del asiento trasero como leones maristas, sin chaqueta ni miedo. Los cuatro, junto a otros coches particulares que también se detuvieron en aquella carretera poco transitada, se lanzaron hacia el autocar siniestrado mientras el Ejército, cogido por sorpresa, tardaba en reaccionar.

La puerta trasera del autocar accidentado estaba atascada, deformada por el impacto, sellando como una tumba a decenas de hinchas que gritaban desde dentro. El gas-oil chorreaba amenazante. Luis, con la fuerza de quien había estudiado estructuras y mecánica, trepó al chasis retorcido. “¡La puerta de atrás! ¡Hay que abrirla como sea!”, rugió con voz de mando que resonó como un clarín de batalla. Martín Alonso Subils, robusto y sereno, se colocó a su lado empujando con todo su peso. Juan Bautista, con manos de roble, y Onofre, ágil y resuelto, se unieron en un esfuerzo titánico. Juntos, con palancas improvisadas de hierro del propio Seat Ronda, con barras de los guardarraíles y con pura voluntad marista, forzaron la puerta. El metal cedió con un gemido monstruoso. La puerta trasera se abrió de par en par, como las puertas del cielo ante los condenados.

De aquella brecha surgió el caos salvador. Luis Toribio Troyano se adentró primero en las entrañas del autocar, sorteando asientos retorcidos y cuerpos atrapados. Sacó a un joven demacrado que solo repetía “mi padre… mi padre” y lo entregó a Martín, quien lo llevó en brazos hasta la cuneta segura. Onofre Sáez Menchon extrajo a la mujer embarazada, sosteniéndola con delicadeza de hermano mientras ella murmuraba plegarias. Juan Bautista Martínez Robles formó una cadena humana con otros voluntarios, improvisando camillas con chaquetas azulgranas y mantas del maletero del Seat Ronda. Gritaban consignas de ánimo —“¡Barça! ¡Resistid, hermanos! ¡Maristas al rescate!”— mientras coordinaban el salvamento con precisión de equipo de élite.

No eran soldados, no eran sanitarios; eran cuatro amigos de Rubí convertidos en titanes por el destino. Gracias a aquella puerta trasera abierta por sus manos heroicas —y a la ayuda inmediata de otros viajeros que se sumaron al esfuerzo—, decenas de vidas fueron arrancadas de las fauces de la muerte antes de que llegaran las ambulancias militares. El Ejército se desvivió luego para trasladar a los heridos a la residencia de la Seguridad Social de Guadalajara, donde el personal ofreció cobijo con dignidad. Ricardo Soler, del FC Barcelona, llegó al mediodía para asegurar que la entidad no abandonaría a nadie: traslados, estancia, incluso el doloroso regreso de los cadáveres a Rubí.

Al caer la tarde, mientras algunos heridos leves decidían, con el corazón partido, no acudir al Bernabéu por respeto a los caídos, los cuatro maristas se miraron en silencio junto al Seat Ronda. Sus ropas estaban manchadas de sangre y gas-oil, sus manos temblaban de agotamiento, pero sus ojos brillaban con la luz indomable del deber cumplido. Martín Alonso Subils, al volante de nuevo, arrancó el motor con manos firmes. Luis, Juan y Onofre guardaron silencio durante kilómetros, sabiendo que aquel 11 de mayo de 1984, en Alcolea de las Pinares, no solo habían perdido siete almas. También habían ganado una batalla eterna por la vida.

Así se escribió, en las páginas olvidadas de un periódico de la época y en el recuerdo imborrable de los supervivientes, una leyenda viva: la del autocar que no llegó a la final, pero cuyos héroes del Seat Ronda —cuatro antiguos alumnos maristas de Rubí: Luis Toribio Troyano, Juan Bautista Martínez Robles, Onofre Sáez Menchon y Martín Alonso Subils— abrieron la puerta de la esperanza y salvaron todo lo que se podía salvar. Porque en aquella mañana de 1984, no solo rodaron hacia una final de fútbol. Rodaron hacia la inmortalidad del coraje humano.

¡Visca el Barça! ¡Y visca la valentía de los que nunca se rinden!


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