Una aventura familiar en el Sardinero de 1967. El verano de las matrículas
Primera parte: El mapa y el Seat 1500 de mi padre
El sol de las siete de la mañana ya calentaba el capó del Seat 1500 cuando mi padre, Luis, bajó la última maleta por las escaleras del número 26 de la calle Bassols. Era el 1 de agosto de 1967 y yo, Luis, con mis siete años recién cumplidos, tenía el estómago encogido por la emoción. No era solo que nos fuéramos de vacaciones. Era que nos íbamos a Santander, al Hotel El Sardinero, y que íbamos a hacer el viaje más largo de nuestra vida.
—¿Está todo? —preguntó mi madre, Paquita, desde la puerta del portal, con mi hermana pequeña María José en brazos.
María José, que acababa de cumplir un año, llevaba un pelele blanco con lunares azules y un chupete colgado de una pinza en el cuello. Su única contribución al viaje, por ahora, era babear y señalar con el dedo índice todo aquello que se movía.
—Las maletas, la cuna de campaña, el saco de los juguetes de la pequeña, el termo de la leche, las chucherías para el camino… —enumeró mi padre, con la meticulosidad de quien era gerente de una empresa constructora de hornos giratorios para panaderías y no podía permitirse olvidos—. Y el mapa. Sobre todo el mapa.
Mi hermana Paquita, diez años, con aquel carácter que ya anunciaba la tormenta adolescente que llegaría unos años después, se sentó en el asiento trasero con un gesto de hastío infinito.
—¿Cuánto falta? —preguntó, antes siquiera de que el coche arrancara.
—Nueve horas, hija —respondió mi madre—. Así que paciencia.
—¡Nueve horas! —gimió ella, dejando caer la cabeza contra el reposacabezas.
Yo, en cambio, no cabía en mi asiento. Mi sitio era la parte de atrás, pegado a la ventanilla derecha, con mi hermana Paquita en el medio y mi madre en la izquierda con María José en su regazo (entonces no había sillitas de seguridad, y los niños viajábamos como piezas de carga). Mi padre conducía. El Seat 1500 era su orgullo: un Seat 1500, el coche señorial de la época, con el motor delante y un rugido que sonaba a gloria cuando pisaba el acelerador.
—Todos los cinturones abrochados —dijo mi padre, girando la llave de contacto.
El motor ronroneó. María José aplaudió.
Y salimos.
Segunda parte: La ciencia de las matrículas
Mi padre era de los que conducían con el brazo izquierdo apoyado en la ventanilla y la mano derecha en el cambio de marchas, junto al volante, un estilo que mi madre calificaba de «temerario» y él de «galo». Mientras subíamos por la Diagonal dirección norte, yo ya tenía la mirada clavada en el coche que teníamos delante: un SEAT 600 de color gris, matrícula B-214457.
—Papá —dije—, ¿cuántos coches hay en Barcelona?
Mi padre me miró por el retrovisor.
—Muchos, hijo. Más de quinientos mil, seguro.
—¿Y en Madrid?
—También muchos. Pero menos.
—¿Por qué?
Mi padre sonrió. Era una sonrisa pícara, de esas que usaba cuando iba a decir algo que mi madre no aprobaría del todo.
—Porque Barcelona es más rica, más industrial, más moderna. En Madrid solo están los ministerios. Aquí trabajamos de verdad.
—Luis —interrumpió mi madre desde atrás—, no le metas ideas políticas al niño.
—No son ideas políticas, Paquita. Son números. Mirando las matrículas se ve. Fíjate, Luis: las matrículas de Barcelona empiezan por B y tienen números de cinco o seis cifras. Las de Madrid empiezan por M y tienen números más bajos.
Era verdad. En los primeros kilómetros de viaje, mientras subíamos la costa por la Nacional II, yo me dediqué a observar las matrículas de todos los coches que adelantábamos o que nos adelantaban. Un Citroën Dyane con matrícula B-389122, un MG británico con matrícula de Guipúzcoa (SS-127311), un camión Pegaso de la empresa Marsans con matrícula B-523552. Y luego, de repente, un SEAT 124 color azul marino con matrícula M-424526.
—¡Mira, papá! —grité—. Un Madrid. Tiene un 512745. El otro Barcelona que vimos tenía 546324. ¡El de Barcelona es más alto!
—Efectivamente —dijo mi padre—. Barcelona tiene más coches, así que han tenido que gastar números más altos.
—¿Eso significa que Barcelona es mejor?
Mi madre suspiró desde atrás, pero no dijo nada. Mi padre sonrió de nuevo por el retrovisor.
—Yo no he dicho mejor —respondió—. He dicho con más coches. Que cada uno saque sus conclusiones.
Mi hermana Paquita, que hasta entonces había estado leyendo un cómic de El Capitán Trueno, levantó la cabeza con desdén.
—A mí me da igual qué ciudad tenga más coches. Lo que quiero es llegar ya.
—Pues no llegaremos hasta dentro de ocho horas —dijo mi madre—. Así que busca algo que hacer.
Yo ya lo tenía. Me convertí, durante todo el viaje, en un observador de matrículas profesional. Había desarrollado una teoría: los números de Barcelona eran siempre más altos que los de Madrid. Lo comprobaba cada vez que veía un M. El M más alto que vi aquel día fue M-527465, en un Dodge Dart que adelantamos cerca de Lérida. El B más bajo que vi fue B-548543, en una furgoneta de reparto de leche Puleva. La diferencia era abrumadora.
—Barcelona tiene el doble de coches que Madrid —anuncié, con la seguridad de quien ha hecho un estudio riguroso.
Mi padre se rio. Mi madre me dio un beso en la nuca.
—Mi pequeño estadístico —dijo.
Tercera parte: El primer atasco de la historia
Llegamos a la altura de Zaragoza a media mañana. El sol pegaba con fuerza y mi padre sudaba la gota gorda porque el Seat 1500, aunque señorial, no tenía aire acondicionado. Las ventanillas estaban bajadas, y el aire caliente que entraba era como el chorro de un secador gigante.
—¿Paramos a comer? —preguntó mi madre.
—En Calahorra —respondió mi padre—. Hay una fonda que conozco.
Pero antes de llegar a Calahorra ocurrió algo inesperado. Los coches empezaron a frenar. Primero el que teníamos delante, un 4/4, luego el nuestro, luego los de detrás. Mi padre puso primera y avanzamos a duras penas.
—¿Qué pasa? —preguntó mi hermana Paquita, asomando la cabeza por la ventanilla.
—Un atasco —dijo mi padre, con el rostro descompuesto.
—¿Un qué?
—Un atasco. Una retención. Muchos coches parados.
Yo no había visto un atasco en mi vida. Barcelona tenía tráfico, sí, pero nada comparable a aquella hilera interminable de vehículos que se perdía en el horizonte. Había coches de todos los colores, furgonetas, camiones, algún autobús de línea. La gente se bajaba a estirar las piernas. Un hombre con bigote y camisa hawaiana se puso a hacer ejercicios en la cuneta.
—¿Cuánto tiempo estaremos? —pregunté.
Mi padre consultó su reloj Seiko, un regalo de la empresa por sus quince años de servicio.
—No sé. Quizá una hora. O dos.
—¡Dos horas! —gritó mi hermana Paquita—. ¡Nos vamos a morir!
María José, que había dormido plácidamente hasta entonces, decidió que era el momento perfecto para despertar llorando. Mi madre la sacó del coche y empezó a mecerla bajo la sombra de un pino carrasco. Un guardia civil se acercó a pie, con el tricornio sudado, y explicó que un camión de naranjas había volcado más adelante.
—Naranjas por todas partes —dijo, limpiándose el sudor con un pañuelo—. Los de mantenimiento ya están trabajando.
Mi padre bajó del coche y encendió un Ducados. Yo me dediqué, mientras esperábamos, a seguir con mi estudio de matrículas. Pero ahora los coches estaban parados, y pude verlas con más calma. Había B, M, V (Valencia), Z (Zaragoza), incluso una de Cádiz (CA) y otra de Guipúzcoa (SS). La más alta de todas era una B-559872 de un SEAT 850. La más baja era una M-349834 de un viejo Morris Minor.
—Papá —dije, tirando de su manga—.¿Ves como Barcelona tiene números más altos?
Mi padre exhaló una bocanada de humo.
—Vas a ser contable de mayor —dijo—. O inspector de Hacienda.
El atasco duró una hora y cuarenta minutos. Cuando por fin reanudamos la marcha, el sol empezaba a declinar y mi madre ya había repartido todas las chucherías: las gominolas de fresa, los polos de menta, las galletas María. Mi hermana Paquita había leído su cómic tres veces. María José se había dormido otra vez, con la cabeza apoyada en el hombro de mi madre.
Y yo seguía mirando matrículas.
Cuarta parte: El río Deva y la primera nevisca
Llegamos a Santander al anochecer, después de atravesar Bilbao y torcer hacia el norte. El paisaje había cambiado por completo: los campos secos de Cataluña y Aragón dieron paso a praderas verdes, vacas pastando, montañas que parecían alfombradas de terciopelo.
—El norte es otra España —dijo mi padre, como quien descubre un secreto milenario.
El Hotel El Sardinero nos esperaba con las luces encendidas y un conserje con chaqué que nos ayudó a bajar las maletas. El edificio era blanco, de finales del siglo XIX, con miradores de madera y un jardín lleno de hortensias. Desde la ventana de nuestra habitación —dos habitaciones comunicadas, una para mis padres y la pequeña, otra para mi hermana y para mí— se veía la playa, el mar Cantábrico, un horizonte de espuma y viento.
—Mañana vamos a la playa —anunció mi madre—. Pero ahora, a dormir, que hemos viajado nueve horas.
—Once con el atasco —corregí yo.
—Once —asintió mi padre.
Me dormí pensando en matrículas. Soñé con números que volaban como pájaros, con letras que se perseguían por autopistas infinitas. Y soñé también con el río Deva, porque al día siguiente, durante una excursión a los Picos de Europa, vi algo que jamás olvidaría.
La excursión fue en un autocar alquilado por el hotel. Mi padre no quiso llevar el Seat 1500 porque dijo que las carreteras de montaña eran peligrosas. Mi hermana Paquita aprovechó para sentarse sola (porque María José iba con mis padres en el asiento de delante) y yo me senté junto a ella, mirando por la ventanilla.
El autocar subió por carreteras de cabra, con precipicios a un lado y paredes de roca al otro. Llegamos a Fuente Dé, donde había un teleférico que subía a lo alto de la montaña. Desde arriba se veía toda la cordillera, los picos nevados, los lagos de origen glaciar.
—Mira, Luis —dijo mi padre, señalando hacia abajo—. Ese es el río Deva.
El río Deva era una cinta de plata que serpenteaba por el valle. El agua era tan transparente que se veían las piedras del fondo. Y entonces, en el cielo, apareció algo que me dejó boquiabierto: una nevisca.
—¿Nieve? —pregunté—. ¿Pero si estamos en agosto?
—Es la altura —dijo mi padre—. Aquí arriba nieva hasta en verano.
Copos blancos, pequeños, casi transparentes, caían sobre los cristales del mirador. La gente sacaba los abrigos. Mi hermana Paquita se puso la chaqueta vaquera que había comprado en el mercadillo de Santander. Mi madre arropó a María José con una manta de lana.
Y yo, que nunca había visto nevar en mi vida (en Barcelona la nieve era una leyenda urbana), extendí la mano fuera del mirador. Un copo se posó en mi palma. Duró un segundo. Luego se derritió.
—¡Ha nevado! —grité—. ¡He tocado un copo de nieve!
Mi padre me alzó en brazos. Desde allí arriba, con el viento en la cara y el olor a pino y a humedad, sentí que aquel verano sería el mejor de mi vida.
No sabía que aún me esperaba lo más emocionante.
Quinta parte: El misterio de la habitación 237
El Hotel El Sardinero era un mundo en sí mismo. Tenía pasillos interminables, alfombras rojas que amortiguaban los pasos, ascensor de rejas que había que cerrar con una manivela, y un comedor con techos altos y arañas de cristal. Las comidas eran a las dos y a las nueve, con manteles de lino y camareros con pajarita.
El segundo día, después de la excursión a los Picos, descubrimos algo que nos obsesionó durante el resto de las vacaciones.
Mi hermana Paquita y yo compartíamos habitación. Era una habitación pequeña, con dos camas individuales, un armario empotrado y una ventana que daba al patio interior. La noche del segundo día, ella se despertó a medianoche.
—Luis —susurró—. Luis, despierta.
—¿Qué pasa?
—Hay alguien en la habitación de al lado.
Escuché. Había voces, sí, pero no se entendía lo que decían. Parecían discusiones, a veces susurradas, a veces más altas. Y luego, un ruido extraño: algo que rodaba, como una pelota de tenis que rebotaba contra la pared.
—Serán otros huéspedes —dije, intentando volver a dormir.
—Pero la habitación de al lado está vacía —dijo mi hermana—. Lo he comprobado. He mirado por la cerradura y no había luz.
Me incorporé en la cama. El corazón empezó a latirme más deprisa.
—¿Qué propones?
—Investigar.
Y así empezó nuestra aventura. Durante los días siguientes, mi hermana Paquita —que a sus diez años tenía una determinación que yo no había visto ni en mi padre— y yo nos convertimos en investigadores aficionados. Preguntamos al conserje, que nos dijo que la habitación 237 (esa era la de al lado) estaba desocupada desde hacía semanas. Preguntamos a la camarera de pisos, que nos dijo que a veces se oían ruidos, sí, pero que ella no creía en fantasmas.
—¿Fantasmas? —preguntó mi hermana.
—Cosas de viejos —respondió la camarera, y se fue con su carrito de sábanas.
El tercer día, decidimos entrar. No por la puerta, que estaba cerrada con llave, sino por el balcón. Los balcones del hotel eran continuos: se podía pasar de uno a otro saltando una barandilla de hierro forjado. La distancia entre el balcón de nuestra habitación (235) y el de la 237 era de apenas un metro. Yo, con mis siete años, era más pequeño y ligero. Me ofrecí voluntario.
—No te caigas —dijo mi hermana, con un tono que mezclaba la preocupación y la esperanza de verme hacer el héroe.
Salté. Aterricé en el balcón de la 237. La puerta estaba entreabierta. Entré.
La habitación estaba vacía, sí, pero no del todo. En el suelo, junto a la cama, había una caja de madera. La abrí. Contenía algo que no esperaba: un montón de chapas de refresco, una colección de cromos de fútbol (algunos muy antiguos, de los años 50) y un cuaderno de espiral con dibujos a lápiz. Los dibujos representaban el mismo paisaje una y otra vez: un barco en el mar, con las velas desplegadas, y un faro detrás.
—¿Qué has encontrado? —gritó mi hermana desde el otro balcón.
Se lo enseñé. Volví a saltar con la caja bajo el brazo, y aquella noche, a escondidas, estudiamos el contenido.
El cuaderno tenía un nombre escrito en la primera página: Julián Fernández, 1962. Y en la última página, una dirección: Plaza de las Brisas, 14, Santander.
—Tenemos que ir —dijo mi hermana.
—¿Iríamos solos? —pregunté, asustado.
—Claro que no. Iremos con mamá y papá.
Pero mis padres, ocupados con María José y con las visitas a los familiares que tenían en Santander (unos primos lejanos de mi madre), no mostraban ningún interés en nuestras investigaciones. Mi madre decía: «Eso serán cosas de niños». Mi padre decía: «No os metáis en líos». Y punto.
Así que al cuarto día, en un arranque de rebeldía adolescente prematura (ella) y de lealtad fraternal incondicional (yo), salimos del hotel sin decir nada, cruzamos el paseo del Sardinero, bajamos hacia la playa, y nos perdimos en las calles de Santander en busca de la Plaza de las Brisas.
Sexta parte: El faro y el marinero
Santander era una ciudad pequeña, comparada con Barcelona. Las calles olían a marisco y a sal, y los letreros estaban en castellano y en ocasiones en un dialecto que yo no entendía (luego supe que era cántabro). Preguntamos a un pescadero, que nos indicó que la Plaza de las Brisas estaba cerca del puerto, junto al mercado de la Esperanza.
Caminamos media hora, mi hermana cogida de mi mano y yo con la caja de madera bajo el brazo. El sol calentaba, pero no como en Barcelona; aquí el sol era más suave, más blanco, como si la luz viniera de un foco empañado.
La Plaza de las Brisas, número 14, era una casa antigua de piedra, con una placa de cerámica que decía Casa del Pescador. Llamamos al timbre. No pasó nada. Llamamos otra vez. Por fin se abrió la puerta.
Un hombre de unos setenta años, con barba blanca y boina vasca, nos miró con unos ojos tan azules como el Cantábrico.
—¿Qué queréis, chavales?
—Buscamos a Julián Fernández —dijo mi hermana, con la firmeza de un fiscal.
El hombre se quedó en silencio. Luego, con una voz que parecía venir de muy lejos, dijo:
—Julián era mi hijo. Murió en el mar, hace cinco años. Un temporal, frente al faro del Caballo.
Mi hermana y yo nos quedamos helados. Ella me apretó la mano con tanta fuerza que casi me rompe los huesos.
—Encontramos esto —dije, alargando la caja—. En el hotel. En su habitación.
El viejo cogió la caja con manos temblorosas. La abrió. Cuando vio los cromos y las chapas y el cuaderno, se echó a llorar. Nos abrazó a los dos.
—Mi Julián —dijo—. Siempre dibujaba el mismo barco. El barco que quería tener. Nunca pudo.
Nos contó que su hijo había trabajado de pinche en el Hotel El Sardinero unos veranos atrás, mientras soñaba con ser capitán de barco. Un día, con diecinueve años, se enroló en un pesquero. Nunca volvió.
—¿Por qué no ha reclamado sus cosas? —preguntó mi hermana.
—Porque no sabía que estaban allí —respondió el viejo—. Pensé que las había perdido.
Le prometimos que hablaríamos con la dirección del hotel para que le devolvieran la habitación de su hijo para siempre, o al menos sus recuerdos. El viejo nos invitó a unas cocadas, unas pastas de coco típicas de Santander, y nos acompañó de vuelta al Sardinero, donde nos esperaban mis padres muertos de miedo.
—¿Dónde os habíais metido? —nos regañó mi madre, con lágrimas en los ojos—. ¡Hemos llamado a la Guardia Civil!
—Resolviendo un misterio —dijo mi hermana.
—Una aventura —dije yo.
Mi padre, después de escuchar la historia, se quedó callado un buen rato. Luego fue a la recepción, habló con el gerente, y esa misma tarde la caja de Julián Fernández volvió a manos de su padre. El gerente nos regaló una cena gratis en el restaurante del hotel.
Aquella noche, mientras comíamos lenguado a la plancha, mi hermana me guiñó un ojo.
—¿Ves? —dijo—. Los misterios se resuelven investigando.
—Y con matrículas —añadí yo.
—¿Las matrículas no tienen nada que ver, bobo.
—Siempre tienen que ver.
Mi padre, que nos escuchaba desde la cabecera de la mesa, sonrió. Mi madre negó con la cabeza. Y María José, sentada en su trona, aplastó un trozo de pescado contra la bandeja y lo lanzó al suelo con una carcajada de felicidad absoluta.
Séptima parte: La vuelta y la última matrícula
El 31 de agosto de 1967, el Seat 1500 volvía a recorrer la carretera hacia el sur. Esta vez, el viaje fue más tranquilo. Habíamos pasado un mes entero en Santander: playa, excursiones, helados de nata en el paseo del Sardinero, tardes de naipes con mi hermana (me ganaba siempre, porque ella hacía trampas), paseos en barca por la bahía.
María José había aprendido a decir «papá» y «mamá», y también «agua», aunque ella lo decía «ala». Mi hermana había comprado un recuerdo para sus amigas del colegio: unas conchas de vieira con el nombre de Santander pintado con rotulador. Mi padre se había traído una botella de orujo de hierbas. Mi madre, un jersey de lana que no se pondría nunca porque decía que le picaba.
Y yo me traje una matrícula. No una real, claro, sino una de mentira que me compraron en un mercadillo: una placa metálica pequeña que ponía «S-1967», con el escudo de Santander. La colgué en mi habitación, sobre la cama, como un trofeo.
Durante el viaje de vuelta, seguí viendo matrículas. Pero esta vez algo había cambiado. Vi una M-512256 en un Dodge Dart. Vi una B-540123 en un SEAT 1500. La diferencia seguía existiendo, sí, pero ya no me parecía tan importante.
—Papá —dije, cerca de Tarragona, ya con la noche encima—, ¿Barcelona es más rica que Madrid?
Mi padre condujo un rato en silencio.
—Hijo —dijo al final—, la riqueza no está en las matrículas. Está en la gente. En lo que hacen. En cómo viven. Este verano hemos conocido a un viejo pescador que perdió a su hijo en el mar. Ese hombre era pobre en dinero, pero rico en dignidad. ¿Me entiendes?
Asentí. No lo entendía del todo, pero asentí.
Mi madre me dio un beso en la nuca. Mi hermana dormía apoyada en mi hombro, con la boca abierta y un hilo de baba. María José roncaba en su cuna de campaña instalada en el maletero (entonces se podía, aunque ahora parezca una barbaridad).
Y yo, Luis, de siete años, miré por la ventanilla del Seat 1500. Vi las estrellas, los faros de los coches que se cruzaban, las luces de los pueblos que pasaban veloces. Vi la vida.
Y pensé que, después de aquel verano, nunca volvería a mirar una matrícula de la misma manera.
Epílogo: La matrícula del corazón
Han pasado muchos años desde aquel agosto de 1967. Mis padres ya no están. Mi hermana Paquita vive en Alemania y apenas la veo. María José es médico y tiene tres hijos. Yo, Luis, el que observaba matrículas con siete años, escribo estas líneas desde un despacho con vistas a la plaza de menos tráfico de Barcelona.
Pero cada vez que recuerdo aquel verano en Santander. El hotel, los pasillos alfombrados, la habitación del marinero fantasma, el viejo pescador de la Plaza de las Brisas, las cocadas de coco, el teleférico de Fuente Dé, el copo de nieve en mi palma.
Y recuerdo sobre todo el viaje de vuelta, con mi hermana dormida en mi hombro, mi madre canturreando una canción de los Brincos y mi padre tarareando por lo bajo. Íbamos los cinco en aquella caja de metal blanco, a 80 kilómetros por hora, por una carretera de dos carriles, sin cinturones de seguridad, sin GPS, sin móviles. Solo nosotros. Solo la familia.
Y las matrículas, claro. Las malditas matrículas.
—Mira, papá —dije aquella noche, señalando un coche que nos adelantó—. Una B más alta que una M.
Mi padre soltó una carcajada tan grande que despertó a mi hermana.
—Eres un caso, Luis —dijo—. Eres un caso.
Y con esa sonrisa, con el rugido del Seat 1500 cortando la noche, con el olor a mar mezclado con el de las galletas María derramadas en el asiento de atrás, entramos en la ciudad de Barcelona.
Había sido el mejor verano de mi vida.
Y todo empezó con una matrícula.
FIN
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