Verano en Castelldefels: El paraíso de los niños
Aquel verano de 1972 yo tenía doce años y el mundo entero me cabía en una maleta de cartón. Mamá la había cerrado la noche anterior con tanta fuerza que parecía que dentro viajaban todos los veranos del mundo. Paquita, mi hermana mayor de quince, fingía que ya era casi una señorita y se quejaba del calor del tren mientras se arreglaba el flequillo con un espejito de mano. María José, la pequeñaja de seis, iba pegada a la ventanilla como si el paisaje de Cataluña fuera un cuento que se iba escribiendo solo. Y yo, Luis, con el corazón latiéndome como un tambor, solo podía pensar en la piscina, en las mesas de ping-pong y en que por fin, por fin, íbamos a pasar todo un mes entero en Castelldefels.
Los apartamentos se llamaban “Residencial Mar Azul”. Eran tres bloques blancos de tres plantas, rodeados de pinos y palmeras, con un cartel azul descolorido por el sol que prometía “piscina, ping-pong y instalaciones deportivas”. Para nosotros, niños de Barcelona que solo conocíamos el Eixample y el parque de la Ciudadela, aquello era el Caribe. El taxi nos dejó delante de la verja de hierro y, nada más bajar, el olor a cloro, a pino caliente y a mar nos golpeó como una ola. Paquita soltó un “¡madre mía!” y María José empezó a saltar como un saltamontes.
El apartamento era el número 12, segundo piso. Dos habitaciones pequeñas, un salón con sofá cama, una cocina minúscula y un balcón que daba directamente a la piscina. Desde allí se oía ya el chapoteo de los niños y el ¡ploc-ploc! inconfundible de las pelotas de ping-pong. Mis primos llegaron esa misma tarde: Manolo, de once años, moreno y flaco como un junco, con una sonrisa que prometía travesuras; Fernando, de ocho, regordete y serio, que siempre llevaba un libro bajo el brazo; y Merceditas, la benjamina de cinco, con dos coletas que parecían antenas y una risa que se oía desde la piscina.
Aquella primera noche apenas dormimos. Abrimos las ventanas de par en par y el rumor del mar se coló dentro como una canción de cuna. Paquita y yo nos quedamos hablando en la oscuridad hasta que mamá nos mandó callar. “Mañana a las ocho en la piscina”, dije yo. “A las siete”, corrigió Manolo desde el sofá cama donde dormía con Fernando. Merceditas ya roncaba suavemente, abrazada a su muñeca de trapo.
El primer día amaneció radiante. Bajamos en tropel, toallas al hombro, chanclas que resonaban en las escaleras. La piscina era rectangular, de un azul imposible, con una zona poco profunda para los pequeños y un trampolín que a mí me parecía el Everest. Junto a ella había dos mesas de ping-pong de cemento pintado de verde, con redes algo torcidas pero perfectas. Y más allá, un campo de fútbol pequeño y un frontón donde los mayores jugaban a pala.
Paquita se puso inmediatamente al mando. “Los pequeños primero a la piscina, los mayores al ping-pong”. María José y Merceditas chillaron de alegría y se lanzaron al agua como patitos. Yo y Manolo cogimos las palas. El primer partido fue épico: yo con mi drive potente y él con sus cortados traicioneros. Ganó él por 21-19, pero prometí venganza. Fernando, mientras tanto, leía sentado en una tumbona, pero cada vez que alguien gritaba “¡pelota!” levantaba la vista y sonreía como si estuviera en el paraíso.
Los días se fueron haciendo rutina deliciosa. Por la mañana, después del desayuno de leche con Cola Cao y pan con tomate que mamá preparaba en la cocina, bajábamos a la piscina. Nadábamos, jugábamos a “tiburón” (yo siempre era el tiburón porque era el más rápido), y hacíamos carreras de largo a largo. María José aprendió a nadar aquel verano. Al principio se agarraba a mi cuello como un koala, pero al cabo de una semana cruzaba la piscina entera sola, con la cara roja de orgullo y los ojos brillantes.
A media mañana aparecían los helados. El señor del carrito, un hombre bajito con bigote que se llamaba Paco, llegaba puntual a las once y media. “¡Helados Mar Azul!”, gritaba, y nosotros corríamos con las monedas calientes en la mano. Yo pedía siempre uno de limón y chocolate; Manolo, de fresa; Paquita, de vainilla con trocitos de almendra. Merceditas y María José compartían uno de nata y fresa y siempre acababan con bigotes blancos y peleándose por la última cucharada.
Después del helado venía el momento sagrado del ping-pong. Organizamos un campeonato por parejas. Yo con Manolo contra Paquita y Fernando. Las chicas contra los chicos. Los primos contra las primas. Las partidas duraban horas. El sol pegaba fuerte, pero no importaba. Sudábamos, discutíamos las faltas, nos reíamos cuando la pelota se iba volando hacia los pinos y había que ir a buscarla entre las agujas secas. Manolo era el rey del cortado; yo, del smash. Paquita jugaba con una elegancia sorprendente y Fernando, aunque no era muy atlético, tenía una colocación milimétrica que nos volvía locos.
Por las tardes, cuando el sol bajaba un poco, íbamos a la playa. Castelldefels estaba a diez minutos andando. Cruzábamos la carretera, pasábamos por delante del chiringuito donde olía a sardinas a la brasa, y llegábamos a la arena dorada. El mar era calmado, casi un lago. Construíamos castillos enormes con foso y torreones. María José y Merceditas se dedicaban a recoger conchas y caracolas que luego guardaban en un bote de cristal en el apartamento. Yo y Manolo nos metíamos hasta donde hacíamos pie y luego más allá, saltando las olas. Paquita se quedaba bajo la sombrilla leyendo fotonovelas, pero de vez en cuando se levantaba y venía a jugar con nosotros, fingiendo que no le importaba mojarse el pelo.
Una tarde memorable fue la del “gran naufragio”. Construimos un barco enorme con maderas y algas. Lo botamos entre todos. El oleaje lo arrastró mar adentro y nosotros, convertidos en piratas, lo perseguimos a nado. Fernando, que no nadaba muy bien, se quedó en la orilla gritando instrucciones como un capitán. Al final rescatamos el barco medio deshecho y volvimos triunfantes, con algas en el pelo y la piel quemada por el sol. Mamá nos regañó por llegar tarde, pero se le escapaba la risa cuando vio nuestras caras de satisfacción.
Las noches eran mágicas. Después de la cena —tortilla de patatas, ensalada y fruta que mamá preparaba en la cocina— bajábamos al jardín. Había un pequeño quiosco donde ponían música. Bailábamos torpemente: Paquita enseñaba pasos de twist a Manolo, yo intentaba hacer el “pájaro” con María José, y Merceditas se movía como un duende. A veces jugábamos al escondite entre los pinos. El que se quedaba contando lo hacía con los ojos cerrados y la voz temblando de emoción. Yo siempre me escondía detrás del transformador de luz, un sitio prohibido pero perfecto.
Hubo días de lluvia. Solo dos o tres, pero fueron intensos. Nos quedábamos en el apartamento jugando al Monopoly que habíamos traído de Barcelona. Paquita era la banquera y siempre acababa rica. Manolo hacía trampas con los dados. Fernando leía en voz alta fragmentos de “Las aventuras de Tom Sawyer” y todos nos imaginábamos que éramos Tom y Huck en el Mississippi, aunque el Mississippi para nosotros era la piscina de Mar Azul.
Una mañana memorable fue la del torneo oficial de ping-pong. El conserje, don Ramón, un hombre mayor con boina que parecía salido de una película de Berlanga, organizó un campeonato para todos los niños de la urbanización. Participamos treinta y dos. Las eliminatorias fueron brutales. Yo llegué a semifinales contra un chico de Badalona que pegaba unos saques imposibles. Perdí 21-18, pero Manolo llegó a la final y ganó. Le entregaron una medalla de plástico dorado que lució orgulloso todo el verano. Aquella noche cenamos todos juntos en el chiringuito de la piscina: paella de marisco, Coca-Colas y helado de postre. Papá, que había venido el fin de semana, nos hizo fotos con la cámara Kodak.
Los primos y yo también tuvimos nuestra guerra particular. Una tarde decidimos que el trampolín era nuestro territorio. Los mayores de la urbanización nos retaron a un concurso de saltos. Manolo hizo un “pino” perfecto. Yo intenté un mortal y acabé cayendo de lado, tragando agua y riéndome como un loco. Fernando, el prudente, se negó a saltar desde arriba y se limitó a tirarse de bomba desde el borde. María José y Merceditas nos animaban desde abajo, gritando nuestros nombres como si fuéramos campeones olímpicos.
Conforme pasaban los días, fuimos haciendo amigos. Había una pandilla de Madrid: tres hermanos que se llamaban Juanito, Pepito y la pequeña Carmen. Se unían a nuestros partidos de fútbol en el campo pequeño. También conocimos a una chica francesa, Isabelle, que hablaba un español graciosísimo y nos enseñó a decir “merci” cuando nos pasaba la pelota. Paquita se hizo amiga de un grupo de chicas mayores y a veces las veía cuchichear y reírse en el borde de la piscina. Yo fingía no tener curiosidad, pero en el fondo me moría de envidia sana.
Llegó la última semana y el ambiente se volvió agridulce. Sabíamos que el verano se acababa. Organizamos un “festival de despedida”. En el jardín, con una sábana colgada entre dos pinos a modo de telón, representamos una obra que inventamos entre todos: “Los piratas de Castelldefels”. Yo era el capitán Barba-Luis, Manolo el contramaestre, Paquita la princesa rescatada, Fernando el sabio del barco, y María José y Merceditas las sirenas. Los padres y los vecinos aplaudieron como locos. Merceditas se emocionó tanto que se olvidó de su texto y se puso a cantar “La canción del verano” a grito pelado.
La última noche no dormimos casi. Nos quedamos en el balcón mirando la piscina iluminada por los focos. El agua brillaba quieta, como si también supiera que mañana nos iríamos. Paquita, por primera vez en todo el verano, no fingió ser mayor. Se sentó entre Manolo y yo y dijo bajito: “No quiero que se acabe”. María José se durmió en mis rodillas. Merceditas y Fernando jugaban a las cartas en el suelo. El mar se oía lejano, constante, como una promesa de que volveríamos.
Al día siguiente cargamos las maletas en el taxi. El señor Paco del carrito de helados nos regaló un helado a cada uno “por los buenos clientes”. Don Ramón nos estrechó la mano como si fuéramos generales. El cartel azul de “Residencial Mar Azul” parecía más descolorido que nunca, pero para nosotros brillaba como el primer día.
En el tren de vuelta a Barcelona yo miraba por la ventanilla y repasaba mentalmente cada momento: el primer chapuzón, el primer punto de ping-pong que gané contra Manolo, la risa de María José cuando aprendió a nadar, la cara de concentración de Fernando leyendo bajo la sombrilla, la sonrisa de Paquita cuando se olvidaba de ser mayor, las coletas de Merceditas volando mientras corría.
Tenía doce años y acababa de vivir el verano más perfecto de mi vida. Sabía que al año siguiente volveríamos, que el apartamento 12 nos esperaría, que la piscina seguiría siendo azul y las mesas de ping-pong seguirían llamándonos. Pero también sabía, aunque no lo dijera en voz alta, que nunca volvería a ser exactamente igual. Porque aquel verano de 1972 éramos exactamente quienes debíamos ser: niños felices, libres, bronceados y con el corazón lleno de cloro, arena y risas.
Y eso, queridos míos, es algo que nadie te puede quitar nunca.
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