Verano eterno

Y empecé, con 16 años, a ir a fiestas a casas de mis amigos. Todo cambió aquella primavera de 1976. Hasta entonces mi vida había sido el colegio, el fútbol de barrio y las tardes de futbolín en el bar. Pero un viernes de mayo, Mario me dijo: «Mañana hay fiesta en Vallpineda, en casa de los de quinto. Trae algo de beber y no te pongas nervioso con las chicas». Yo me puse nervioso solo con oírlo.

Vallpineda era una urbanización entre Sitges y Sant Pere de Ribes donde las casas tenían jardín y piscina. Llegamos en nuestras motos, con la música de los Rolling Stones a todo volumen. Cuando entramos, el salón ya estaba lleno de humo de tabaco, risas y luces de colores que alguien había colgado del techo. En una esquina, un tocadiscos antiguo giraba Angie de los Rolling Stones. Y allí estaba ella: Yolanda.

Tenía el pelo negro largo, una camisa vaquera anudada a la cintura y unos vaqueros que parecían pintados. Bailaba descalza sobre la alfombra. Me quedé mirándola como un idiota hasta que Mario me dio un codazo.

—Ve, tío. Invítala a bailar.

No sé cómo lo hice, pero acabé con ella en medio del salón. El lento llegó de repente: El Año del Gato. Yolanda me rodeó el cuello con los brazos y yo puse las manos en su cintura como si estuviera manejando algo explosivo. Olía a colonia de fresa y a verano. Cuando la canción terminó, me besó. Fue un beso corto, torpe, perfecto. Tenía sabor a ron con cola.

Aquella noche dormí poco. Soñé con piscinas iluminadas y labios que sabían a fresa.

A partir de entonces, los fines de semana se convirtieron en un ritual. Los viernes por la tarde salíamos de Barcelona hacia la costa. Vallpineda, Sitges, Vilanova… casas que se llenaban de gente de estudiantes, de gente que nadie sabía muy bien de dónde venía. Siempre había alguien con un radiocasete doble, cintas grabadas de Los 40 Principales y botellas de whisky barato que mezclábamos con Coca-Cola.

Conocí a Emma en una de esas fiestas. Era rubia, de ojos azules y risa escandalosa. Vivía en Santa Bárbara y tenía fama de ser «difícil». Bailamos un lento de Cat Stevens y, al final, me dijo al oído:

—Eres mono, pero bailas como un pato.

Me reí. Y ella también. Esa misma noche nos escapamos al jardín. Nos sentamos en el borde de la piscina con los pies dentro del agua. Las luces submarinas teñían todo de azul. Emma me contó que quería ser actriz y que odiaba que sus padres la obligaran a estudiar secretariado. Yo le conté que quería ser piloto de motos. Nos besamos hasta que nos dolieron los labios. Cuando volví a casa al amanecer, tenía su número de teléfono escrito en la mano con boli.

Alicia llegó más tarde, en junio. Era morena, con ojos verdes, con una energía que llenaba cualquier habitación. La conocí en una excursión en moto a la playa de Sitges. Íbamos cinco o seis: Mario, yo, dos amigos más y ellas. Mi moto era una Cota 123 que había tuneado con un tubarro. No era gran cosa, pero rugía lo suficiente para sentirme libre.

Llegamos a la playa de la Ribera al atardecer. Extendimos toallas, abrimos neveras portátiles y sonó Hotel California de los Eagles en el radiocasete. Alicia se quitó el vestido y se quedó en bikini rojo. Corrió hacia el agua gritando y yo la seguí. Nadamos hasta donde hacía pie y allí, entre olas suaves, me agarró de la nuca y me besó con sal en los labios.

Aquellos meses fueron una explosión. Fiestas casi cada fin de semana. A veces en Vallpineda, otras en casas grandes de Sitges. Recuerdo una noche en una villa enorme cerca del puerto. Había más de cien personas. Alguien había traído un generador y luces de discoteca. Bailamos I Wanna Dance with Somebody de Whitney Houston hasta que nos dolieron los pies. Yolanda, Emma y Alicia estaban allí las tres. No sé cómo, pero ninguna se enfadó conmigo. Éramos jóvenes, todo parecía posible y nadie hablaba de exclusividad.

El cine descubierto de Sant Pere de Ribes se convirtió en nuestro templo. Íbamos casi todas las semanas. Nos sentábamos en las últimas filas con mantas, aunque no hacía frío. Veíamos películas de aventuras, y nos besábamos mientras en la pantalla explotaban cosas. Una noche proyectaron Top Gun y, cuando sonó Take My Breath Away, medio cine se estaba besando. Yo tenía a Emma a un lado y a Yolanda al otro. Sentí que la vida no podía ser más perfecta.

Las motos fueron otro mundo. Los domingos por la mañana quedábamos en el aparcamiento de la playa y salíamos en grupo. Diez o doce motos rugiendo por la carretera de la costa. Carreras improvisadas desde Sitges hasta Vilanova. Yo nunca ganaba, pero daba igual. El viento en la cara, el sol quemando los hombros y las risas por el interfono casero que habíamos montado. Una vez casi me caigo en una curva porque Alicia, que iba de paquete, me mordió la oreja para distraerme. Sobrevivimos de milagro y nos reímos como locos.

Las discotecas llegaron con el calor de julio. Primero los pubs de Sitges: el Bar El Cisne, sitios pequeños donde sonaba Depeche Mode y Pet Shop Boys. Luego vinieron las grandes: Pachá y Atlántida.

Pachá era otro nivel. La primera vez que entré, con 17 recién cumplidos, me sentí como si hubiera cruzado a otro planeta. Luces láser, gente guapa, música que te vibraba en el pecho. Yolanda llevaba un vestido corto negro y bailamos en la pista principal hasta que nos echaron porque nos besábamos demasiado. Recuerdo salir al amanecer, con el cielo rosa y el mar plateado, y pensar que aquello era la felicidad absoluta.

Pero la noche que nunca olvidaré fue la fiesta de la espuma en Atlántida.

Era agosto. Habíamos quedado toda la pandilla. Llegamos en tres coches cargados de botellas y expectativas. Dentro de la discoteca parecía que había nevado. Espuma hasta la cintura, blanca, fría, resbaladiza. La música era atronadora: Pump Up the Jam, The Power, todo aquel eurodance que empezaba a sonar. Alicia, Emma y Yolanda estaban allí, empapadas, riendo, bailando como si el mundo se fuera a acabar.

Yo me metí en medio. La espuma nos cubría, nos escondía. Besé a una, luego a otra. Nadie veía nada. Todo era tacto, risa y música. En un momento dado, los tres me abrazaron al mismo tiempo y sentí que el corazón me iba a explotar. Éramos jóvenes, éramos invencibles y el verano no iba a terminar nunca.

Pero el verano siempre termina.

En septiembre volvimos al instituto. Las fiestas se espaciaron. Yolanda empezó a salir con un chico de universidad. Emma se fue un mes a Inglaterra con su familia. Alicia… Alicia siguió viniendo a verme, pero algo había cambiado. Nos seguíamos besando en la playa, pero ya no era lo mismo.

Una noche de octubre, en Vallpineda, en la misma casa donde todo empezó, me senté en el borde de la piscina. Ya no había fiesta. Solo unos pocos amigos y música baja. Miré el agua iluminada y recordé todas aquellas noches: los besos, las carreras de motos, la espuma, los lentos bajo las estrellas.

Marioi se sentó a mi lado.

—¿Qué pasa, tío?

—Nada —mentí—. Que ya nada será igual.

Él sonrió con tristeza.

—Claro que no. Pero joder… qué bien lo pasamos.

Asentí. Tenía razón.

Años después, ya con casi cuarenta, vuelvo a veces a Sitges. Paseo por la playa de la Ribera, veo el cine descubierto cerrado por obras y sonrío. A veces me parece ver a tres chicas riendo en la orilla: una morena bajita, una rubia de ojos verdes y otra con el pelo castaño largo. Me guiñan un ojo y desaparecen entre las olas.

Entonces enciendo la moto —ahora una Honda CBF 500 más grande y sensata— y recorro la carretera de la costa con la visera subida. El viento sigue oliendo a sal y a verano. Y por un segundo, solo por un segundo, vuelvo a tener 16 años, con el corazón lleno de fiesta y sin miedo a nada.

Porque todo era fiesta y diversión.

Y aunque el tiempo nos robe muchas cosas, nadie podrá robarnos nunca aquellos veranos.


Fin


0 comentarios

Deja una respuesta

Marcador de posición del avatar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Abrir chat
¿Necesitas ayuda?
Hola, amigo:
¿En qué podemos ayudarte?