Victor Vehí me apartó de la victoria en el Trofeo de Ajedrez Dicen de Barcelona
Novela épica
Autor: Luis Toribio Troyano (narrada en primera persona)
Capítulo 1: El despertar del guerrero del tablero
Barcelona, primavera de 1974. Yo, Luis Toribio Troyano, acababa de cumplir catorce años y el mundo entero me parecía un tablero infinito donde cada casilla era un destino por conquistar. Mi colegio, un austero edificio de piedra en el Paseo de San Juan, había sido mi primer reino. Allí, entre pupitres de madera rayada y el olor a tiza, me convertí en Campeón Infantil y Absoluto. No fue un triunfo cualquiera. Fue una epopeya.
Durante meses me había entrenado como un caballero medieval antes de la cruzada. Al amanecer, antes de que sonara la campana, extendía mi viejo tablero de cartón sobre la mesa de la cocina. Mi padre, gerente de Hornos Sebastiá, me observaba en silencio mientras sorbía su café. «Hijo, el ajedrez no da de comer», murmuraba, pero en sus ojos brillaba el orgullo de quien ve nacer a un héroe. Mi madre, ama de casa, me cosía camisas blancas para que pareciera un pequeño general.
Mis compañeros Juan Ramón Ramos y Galino eran mis escuderos inseparables. Juan Ramón, con su pelo revuelto y su risa nerviosa, jugaba como un rayo: rápido, imprevisible, siempre buscando el sacrificio heroico. Galino, más callado, era el estratega frío, el que calculaba diez jugadas por delante mientras los demás aún movían el primer peón. Juntos formábamos el trío invencible del colegio.
El día del campeonato escolar, el salón de actos se convirtió en un anfiteatro romano. Cien ojos me observaban mientras yo, en el tablero número uno, derrotaba uno tras otro a los aspirantes. La última partida fue contra el favorito del curso superior, un chico alto de sexto que se creía invencible. Sacrificué mi dama en la jugada 23. El silencio fue sepulcral. Luego, el estruendo de aplausos. Campeón. Absoluto. Mi nombre retumbó en los pasillos como un canto de victoria.
Aquella noche soñé con reyes coronados y reinas que lloraban. No sabía que el destino me preparaba un campo de batalla mucho más grande: el Trofeo Dicen.
Capítulo 2: La llamada de Montjuïc
El Diario Deportivo Dicen era el heraldo de los sueños deportivos de Cataluña. Cada año organizaba el gran torneo escolar en los Palacios del Parque de Montjuïc, un coloso de piedra y cristal que parecía un templo griego elevado sobre la ciudad. Cien colegios. Quinientos tableros. Cinco mil jóvenes guerreros del intelecto.
Cuando llegó la carta oficial —un sobre blanco con el escudo del periódico—, mi corazón latió como un tambor de guerra. Yo jugaría en el tablero número 1 de mi colegio. Juan Ramón y Galino me acompañarían en el 2 y el 3. El 4 y el 5 eran reservas, pero nosotros tres éramos el núcleo de acero.
El 15 de mayo de 1974, el día que cumplía 14 años, subimos al autobús escolar bajo un cielo azul que parecía bendecirnos. Montjuïc se alzaba majestuoso, con sus fuentes, sus jardines y el olor a mar lejano. Los Palacios estaban llenos de banderas catalanas y carteles del Dicen. El ruido era ensordecedor: cientos de chicos hablando en catalán, castellano, incluso algún acento del Ampurdán.
Nos registramos. Nos dieron nuestros números. Yo era el 1 del Colegio Maristas La Inmaculada de San Juan. Y entonces lo vi por primera vez: un chico delgado, de mirada penetrante, con el uniforme del Colegio Claret. Víctor Vehí. Ya se hablaba de él en los corrillos. «Es un monstruo», decían. «Calcula como una máquina». Tenía catorce años, igual que yo, pero su aura era la de un veterano de cien batallas.
Aquella noche, en la pensión barata donde nos alojaron, no pude dormir. Repasaba aperturas en mi mente: Ruy López, Siciliana, India de Rey. Juan Ramón roncaba a mi lado. Galino murmuraba variantes en sueños. Yo sentía el peso de la bandera del colegio sobre mis hombros. Éramos los representantes de San Juan. Éramos los herederos de los gladiadores.
Capítulo 3: Las ocho batallas del sistema suizo
El torneo comenzó al día siguiente con la precisión de un reloj suizo. Ocho rondas. Sistema Suizo: los ganadores contra ganadores, los perdedores contra perdedores. El tablero era un campo de batalla donde cada peón era un soldado de infantería, cada caballo un jinete al galope, cada torre una fortaleza inexpugnable.
Ganar las ocho no fue fácil. Fue una guerra de desgaste. En la primera ronda me enfrenté a un chico de Reus que atacó como un berserker vikingo. Lo contuve, contraataqué y lo derribé en treinta jugadas. La segunda, contra un taldeño de Tarragona: un duelo de maniobras lentas que ganó la paciencia.
Juan Ramón y Galino también vencían. Nos cruzábamos en los pasillos entre rondas y nos dábamos palmadas en la espalda como guerreros espartanos. «¡Invictos!», gritábamos.
La cuarta ronda fue la más dura. Mi rival, un chico de Lleida con gafas de culo de botella, había preparado una variante rara de la Defensa Francesa. Durante dos horas sudé sangre. En la jugada 41, con el tiempo apremiando, encontré el sacrificio de torre que destrozó su posición. Mate en seis. El árbitro levantó la mano. Victoria.
Al final de las ocho rondas, yo seguía invicto. Había jugado en el tablero más complicado, contra los mejores del 1. Los números no mentían: dieciséis jugadores habíamos ganado todas. Entre ellos, Víctor Vehí. Su nombre ya resonaba como el de un semidiós.
Capítulo 4: La forja de los invictos
La fase final se jugaba por eliminación directa, independientemente del tablero original. Dieciséis titanes. Cuartos de final, semifinales, final. El salón principal de los Palacios parecía el Coliseo. Los focos iluminaban los tableros como antorchas en una arena.
Primera ronda de la final: ocho tableros. Yo jugué contra un chico de Manresa. Fue una carnicería limpia. Gambito de dama aceptado. Lo aplasté en veintisiete jugadas. Juan Ramón cayó en esta ronda —un error de cálculo—, pero Galino avanzó. Nos abrazamos. Quedábamos ocho.
La segunda ronda: cuatro tableros. Mi rival era un prodigio de Girona. Dos horas de lucha titánica. En el final de torres, con peones pasados en ambos bandos, encontré la maniobra de zugzwang que lo dejó sin movimientos útiles. Victoria. Galino también ganó. Quedábamos cuatro.
El sorteo para las semifinales fue cruel y glorioso a la vez. Mi nombre salió contra el del Colegio Claret. Víctor Vehí.
Capítulo 5: El camino hacia la cima
Antes de la semifinal, pasé la noche en vela. Mi mente era un torbellino de líneas: ¿Siciliana Dragón? ¿Defensa Nimzoindia? Vehí era conocido por su juego posicional implacable. Yo era más agresivo, más romántico.
Al día siguiente, el Palacio parecía contener la respiración. Cuatro tableros. Dos semifinales. La mía contra Vehí. Nos sentamos. Nuestras miradas se cruzaron como espadas. Era delgado, pero sus ojos ardían con una inteligencia fría.
La partida comenzó. Yo abrí con 1.e4. Él respondió con la Siciliana. La batalla se desató. Sacrificios, contraataques, maniobras profundas. El reloj corría. La sala estaba en silencio absoluto, solo roto por el clic de los relojes.
En la jugada 32, cometí un error sutil. Un peón mal defendido. Vehí lo vio. Lo devoró. La posición se inclinó. Luché como un león herido, pero su técnica fue implacable. Mate en 48.
Derrota.
Capítulo 6: El duelo contra el titán
Aquella partida fue la más dura de mi vida. Cada movimiento de Vehí parecía dictado por los dioses del ajedrez. Yo atacaba con furia, él defendía con precisión quirúrgica y contraatacaba con la frialdad de un verdugo.
Recuerdo el momento exacto en que supe que había perdido: la jugada 39, cuando su caballo se plantó en d5 como una lanza clavada en mi corazón. Intenté todo. Sacrificios desesperados. Nada. Vehí era superior.
Cuando firmé la planilla, mi mano temblaba. Él me miró sin arrogancia, solo con respeto. «Buena partida», dijo. Yo no pude responder. Salí del Palacio con el pecho ardiendo.
Capítulo 7: La caída y la lección de los héroes
La partida por el tercer puesto fue un trámite amargo. Contra el perdedor de la otra semifinal, un chico de Sabadell. Yo ya no jugaba por el bronce; jugaba por mi orgullo herido. Y perdí. Cuarto puesto.
Regresé a Barcelona en el autobús con la cabeza baja. Juan Ramón y Galino intentaron animarme. Mi padre me abrazó en la estación. «Cuarto de quinientos es gloria», dijo. Pero yo solo pensaba en Vehí. En cómo me había apartado de la victoria.
Los días siguientes fueron oscuros. El mal perder me consumía. Recordaba el lema de Luis Aragonés que tanto admiraba: «Ganar, ganar y ganar». ¿Por qué no había ganado? ¿Qué habría pasado si hubiera encontrado esa jugada mágica en la 39?
Epílogo: La admiración eterna
Han pasado más de cincuenta años. Soy un hombre viejo ahora, con nietos que juegan al fútbol en lugar de ajedrez. Pero cada vez que veo un tablero, recuerdo Montjuïc 1974.
Víctor Vehí Bach se convirtió en Maestro Internacional en 1988. En 2002 tenía 2460 de Elo. Yo nunca llegué tan lejos. Y está bien.
Porque aquella derrota me enseñó la lección más épica de todas: no todos los héroes levantan la copa. Algunos son los que forjan a los campeones. Vehí fue mejor que yo. Punto. Y hoy, con el corazón en paz, lo admiro como se admira a un gran maestro.
Si hubiera ganado aquella partida… quizás habría sido un buen jugador. Pero nunca habría conocido la grandeza de reconocer la superioridad ajena.
Victor Vehí me apartó de la victoria. Y, sin saberlo, me regaló la humildad que me ha acompañado toda la vida.
Fin
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