Título: 100 Descarrilamientos durante el Gobierno de Pedro Sánchez

Capítulo 1: El Eco del Metal Torcido

La noche en Adamuz era un velo negro salpicado de sirenas y luces estroboscópicas. El aire olía a hierro quemado y a muerte fresca. Yo, Javier Ruiz, exinspector de la Policía Nacional reconvertido en sabueso privado, fumaba un cigarrillo bajo la lluvia fina que caía como lágrimas de un dios indiferente. Había llegado al lugar del accidente antes que la mayoría de los buitres de la prensa, gracias a un contacto en Adif que me debía un favor desde los viejos tiempos.

El descarrilamiento era un caos de vagones retorcidos, como si un gigante hubiera jugado con ellos y los hubiera descartado. Cuarenta muertos, decían los informes preliminares. Cuarenta almas evaporadas en un choque entre un Iryo de Málaga a Madrid y un Renfe hacia Huelva. Los tres últimos vagones del primero habían invadido la vía contraria, como un borracho cruzando la calle en hora punta. Adif había emitido veinte avisos sobre ese tramo desde 2022: catenarias defectuosas, averías técnicas, tormentas que nadie previó. Pero ¿quién escucha los avisos en un país donde el gobierno promete trenes bala y entrega chatarra?

Me acerqué al perímetro acordonado, mostrando mi credencial falsa de periodista. Un guardia civil joven me miró con sospecha, pero el caos lo distrajo. Entre los escombros, vi cuerpos cubiertos con lonas blancas, manchadas de rojo. Una niña de seis años había sobrevivido milagrosamente; su familia de Punta Umbría no tuvo tanta suerte. Cuatro muertos. La pequeña lloraba en brazos de un paramédico, sus ojos grandes como pozos de petróleo.

«¿Qué coño ha pasado aquí?», murmuré para mí mismo. No era el primero. Desde 2019, más de cien descarrilamientos. Cien formas de morir en raíles oxidados. Y todo bajo el mandato de Pedro Sánchez, el eterno optimista que juraba modernizar España mientras el ferrocarril se desmoronaba como un castillo de naipes en un vendaval.

Mi teléfono vibró. Era Elena, mi exmujer, ahora en el Ministerio de Transportes. «Javier, no te metas en esto. Es grande. Demasiado grande». Colgué. Siempre había sido demasiado grande para mí, pero el noir de la vida no te da opción a elegir casos pequeños.

Caminé entre los restos, pisando cristales rotos. Un vagón yacía de lado, su interior expuesto como una herida abierta. Encontré un maletín entre los asientos destrozados. Dentro, documentos de Adif: informes ignorados, presupuestos recortados. Alguien había estado advirtiendo, pero nadie escuchaba. El gobierno priorizaba fotos en cumbres europeas sobre raíles seguros.

Esa noche, en mi motel cutre de Córdoba, extendí los papeles robados sobre la cama. Veinte incidencias en Adamuz. Y eso era solo la punta. España entera era un mapa de desastres ferroviarios. Castellgalí en 2019: colisión frontal, una maquinista muerta, cien heridos. La Hiniesta en 2020: dos fallecidos. Y así, año tras año, como un rosario de negligencias.

Apagué la luz, pero el sueño no llegó. El gobierno de Sánchez era un tren sin frenos, y yo estaba a punto de subirme.

Capítulo 2: Sombras en los Raíles

Madrid amanecía gris, como mi humor. Me reuní con mi informante en un café de Atocha, la estación que simbolizaba el orgullo ferroviario español. Ahora, era un nido de retrasos y excusas. Mi contacto, un ingeniero jubilado de Renfe llamado Manuel, sorbía su cortado con manos temblorosas.

«Desde 2019, Javier, han sido más de cien descarrilamientos. No lo dicen en los telediarios, pero los informes de la AESF lo confirman. En 2025 solos, diez accidentes significativos. Cuatro descarrilamientos, tres colisiones». Manuel deslizó un sobre bajo la mesa. «La CIAF ha abierto veinte investigaciones formales, pero los datos reales son peores. Picos de veinticinco en 2023».

Leí los papeles: deficiencias técnicas, errores humanos, robos de calces antideriva. Trenes averiados remolcados sin control. En febrero de 2019, Castellgalí: dos trenes chocando de frente por un error en el señalamiento. La maquinista, una mujer de cuarenta años, aplastada en su cabina. Cien heridos gritando en la niebla.

«¿Por qué ahora?», pregunté. Manuel se encogió de hombros. «Presupuestos recortados. El gobierno invierte en AVE para postureo, pero el mantenimiento es una mierda. Sánchez promete alta velocidad, pero los raíles se pudren. Adif sabe, pero calla. Contratos a dedo, corrupción sutil».

Recordé La Hiniesta, 2020: un coche cae a la vía, el tren lo arrolla. Maquinista muerto. En 2021, descarrilamientos en León y El Prat: espadines mal asegurados, comunicaciones erróneas. Protocolos ignorados.

Salí del café y tomé un tren a Zamora. En el trayecto, observé las vías: óxido, maleza. Un país en decadencia. En Zamora, visité el sitio de La Hiniesta. Un monumento improvisado: flores marchitas, cruces. Hablé con un viudo: «Mi mujer iba en ese tren. El gobierno dijo que era un accidente aislado. Mentira. Son cien, Javier. Cien».

De vuelta en Madrid, recibí una llamada anónima: «Deja de husmear, o acabarás como esos raíles: torcido». Colgaron. Sonreí. En el noir, las amenazas son el combustible.

Esa noche, en mi apartamento, extendí un mapa de España. Pines rojos en cada descarrilamiento: Barcelona, Zamora, Tarragona, Córdoba. Un patrón de negligencia gubernamental. Sánchez en el poder desde 2018, y el ferrocarril sangrando. ¿Coincidencia? No en mi mundo.

Capítulo 3: El Susurro de las Agujas

Tarragona olía a mar y a humo residual. El accidente de Vila-seca en 2022: colisión frontal entre un mercancías y un media distancia. Veintidós heridos, seis graves. Fui al hospital, fingiendo ser familiar. Una enfermera me dejó pasar a ver a uno de los supervivientes, un maquinista jubilado forzosamente.

«Fue un error de comunicación», murmuró desde su cama, con tubos saliendo de sus brazos. «Adif sabía que la aguja estaba mal, pero no pararon el tráfico. Presupuestos, dicen. El gobierno recorta en seguridad para invertir en propaganda».

Asentí. En 2022, también un choque en un túnel entre Els Guiamets y Móra la Nova. Incendio en Alcolea en 2023: avería no diagnosticada, tres heridos. El patrón era claro: mantenimiento deficiente, protocolos laxos.

Viajé a Barcelona, a Cornellá de Llobregat, sitio de un conato en 2019. Un viejo ferroviario me contó: «Itinerario mal dispuesto. Errores humanos, pero ¿quién entrena a la gente? El gobierno subcontrata a empresas baratas, amigos de Sánchez».

Mi investigación se profundizaba. Encontré un dossier filtrado: contratos de Adif a empresas ligadas a políticos socialistas. Millones desviados. Mientras, los raíles se quebraban.

En Mataró, otro incidente de 2019. Un bar cerca de la estación, lleno de exferroviarios bebiendo para olvidar. «Cien descarrilamientos, chaval. Y Sánchez bailando en Bruselas».

Recibí un paquete anónimo: fotos de reuniones entre ministros y CEOs de constructoras. Chantaje, o advertencia. Lo guardé. El noir es un juego de sombras, y yo era el detective en el centro.

De noche, en un hotel barato, soñé con trenes descarrilando, cuerpos volando. Desperté sudando. Elena llamó: «Javier, para. Hay gente poderosa involucrada». «Por eso sigo», respondí.

El capítulo siguiente: León, 2021 y 2024. Descarrilamientos por obras mal supervisadas. El gobierno prometía, pero fallaba.

Capítulo 4: El Fuego en las Vías

El incendio en el cambiador de Alcolea, enero de 2023. Córdoba de nuevo. Fui al sitio, ahora un solar chamuscado. Un testigo local: «Avería no diagnosticada. Adif lo sabía, pero siguió operando. Tres heridos leves, pero pudo ser peor».

En 2024, Cuenca: incidente operacional. León: vagones con carga peligrosa descarrilando por frenos fallidos. En diciembre, madrugada fría, el tren se movió solo. Nadie herido, pero el riesgo era nuclear.

Investigué la CIAF: siete investigaciones en curso, incluyendo Adamuz. Noviembre 2023: descarrilamiento en Atocha. Octubre 2024: tren remolcado se desacopla en túnel. Técnicos a bordo, milagro sin heridos.

En Álora, Málaga, octubre 2024: AVE arrolla desprendimiento, descarrila bogie. Sin heridos, pero ¿cuánta suerte queda?

Febrero 2025: Las Rozas, tren con etanol se queda sin gasoil. Mercancía peligrosa. Podía haber explotado Madrid.

Mayo 2025: Cortes, Navarra. Tren rebasa señal, talona aguja. Daños, no heridos.

Octubre 2025: Salamanca, camión invade vía, tren choca. Conductor muerto, descarrilamiento.

Noviembre 2025: As Neves, mercancías descarrila, maquinista herido leve.

Junio 2025: Chamartín, descarrilamiento causa corte eléctrico, 25.000 afectados.

Todos bajo Sánchez. Negligencia sistémica.

Encontré a un whistleblower en un parking subterráneo. «Es corrupción, Javier. Presupuestos para AVE nuevo, pero mantenimiento cero. Sánchez y su equipo miran para otro lado».

Me siguieron esa noche. Dos tipos en un coche negro. Aceleré mi viejo Seat. Escapé por poco. El noir se ponía caliente.

Capítulo 5: El Laberinto de Acero

De vuelta en Madrid, confronté a Elena en su oficina. «Dime la verdad. ¿Por qué tantos descarrilamientos?». Ella suspiró. «Política, Javier. Recortes para equilibrar cuentas. Europa exige, Sánchez obedece. Pero el ferrocarril paga».

Le mostré los documentos. Palideció. «Esto es peligroso. Hay intereses».

Investigué más: robos de calces, trenes averiados sin control. La AESF advertía, pero el gobierno ignoraba.

Viajé a Palencia: Villamuriel de Cerrato, 2020. Alvia descarrila por aguja mal dispuesta. Sin heridos, pero cerca.

Xeraco, Valencia, 2020: incidente operacional.

El Prat, 2021: cercanías descarrila por desvío incorrecto.

Vila-seca, 2022: colisión, heridos.

Túnel Els Guiamets, 2022: alcance.

Un mosaico de fallos.

Encontré una conexión: una empresa subcontratada, ligada a un ministro. Mantenimiento barato, materiales defectuosos.

En un bar de mala muerte, un exgerente confesó: «Pagamos sobornos para contratos. El gobierno sabe».

Grabé todo. Ahora, era objetivo.

Capítulo 6: La Traición en las Sombras

La persecución culminó en un almacén abandonado cerca de Atocha. Los dos tipos me acorralaron. «Deja los papeles, Ruiz».

Luché. Un puñetazo, un disparo al aire. Escapé con moretones.

Llamé a un periodista amigo. «Publica esto. Cien descarrilamientos, corrupción en Adif, gobierno cómplice».

Pero el whistleblower apareció muerto. «Suicidio», dijo la policía. Mentira.

Elena me traicionó: «Lo hice por ti, Javier. Es más grande».

Herido, seguí. Encontré pruebas en un servidor hackeado: emails de ministros ignorando avisos.

El clímax: confrontación en el Ministerio. «Sánchez no sabe», dijo un asesor. «Pero su gobierno sí».

Huí, con el dossier.

Capítulo 7: El Último Vagón

Adamuz de nuevo. Reconstruí el accidente: veinte avisos ignorados. El Iryo descarrila, choca con Renfe. Cuarenta muertos.

Publiqué un artículo anónimo. Escándalo nacional.

Pero el gobierno lo tapó: «Accidentes aislados».

Arrestaron a chivos expiatorios. Yo, en la sombra, sabía la verdad.

Cien descarrilamientos. Un legado de muerte.

En una estación vacía, subí a un tren. ¿Hacia dónde? Al olvido.

Epílogo: Raíles Rotos

Años después, bajo un nuevo gobierno, los descarrilamientos continuaban. Sánchez era historia, pero el sistema permanecía. Yo, Javier Ruiz, bebía en un bar, recordando. La crítica era vana; el noir, eterno.

Cuarenta muertos en Adamuz, cientos heridos en total. ¿Para qué? Para un país que priorizaba imagen sobre vidas.

El tren silbó en la distancia. Otro descarrilamiento esperando.

FIN