Las Marronas, una nueva raza superior del RH negativo enriquecido al 3%
Capítulo 1: Los Rufianes y su negocio familiar
La mansión de los Rufianes olía a lejía de marca cara y a culpa enterrada bajo baldosas de mármol de Carrara. En el salón principal, con vistas al Tibidabo, tres generaciones de aquella familia burguesa catalana celebraban el décimo aniversario de su empresa más lucrativa: «Domésticas Filipinas S.A.»
Jaume Rufian, el patriarca, alzaba su copa de cava. «Por los filipinos, filipinas y filipines», dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos grises. Su hijo, Jordi, secundó el brindis mientras revisaba cifras en su tablet. La nuera, Montserrat, fingía interés.
El negocio era simple, elegante y legalmente ambiguo: importaban trabajadores domésticos de Filipinas y los «colocaban» en hogares de la burguesía catalana, especialmente en familias de Esquerra Republicana de viejo cuño que querían servicio impecable a precios irrisorios. Los Rufianes se llevaban una comisión inicial y mensual, justificada en «gastos de gestión y formación». Los filipinos vivían en habitaciones sin ventanas en sótanos de Gràcia y trabajaban dieciséis horas al día.
«El negocio es bueno», murmuró Jaume cuando los sirvientes se retiraron. «Pero no es eterno. La competencia crece. Los rumanos son más baratos. Necesitamos… una ventaja evolutiva».
Jordi lo miró, intrigado. «¿Evolutiva, padre?»
«Algo que nadie más tenga. Algo que podamos vender como exclusivo. Superior».
Fue entonces cuando mencionaron por primera vez el nombre: Bill Puertas, alias «el Gili». Un científico genético fracasado en los circuitos académicos pero legendario en los mercados negros del conocimiento. Se rumoreaba que había realizado experimentos en África con chips implantados en nativos, financiado por corporaciones tecnológicas sin escrúpulos.
«Él tiene las ideas», dijo Jaume. «Nosotros, el capital. Y el sueño».
Capítulo 2: El Gili y su chip 8088
Bill Puertas no tenía laboratorio. Tenía un garaje en el polígono industrial de Sant Andreu, repleto de equipamiento robado o comprado con fondos opacos. Era un hombre delgado, con gafas de pasta y un tic nervioso en el párpado izquierdo.
«Lo que ustedes buscan», dijo a los Rufianes, que visitaban el lugar con trajes demasiado caros para aquel entorno, «es una estupidez de proporciones cósmicas».
Jaume no se inmutó. «¿Pero es factible?»
Puertas soltó una risa breve, seca. «Todo es factible con dinero suficiente y ausencia total de ética. Ustedes hablan de crear una raza superior. Una idea tan vieja como repugnante. Pero si quieren una mercancía exclusiva, un producto diferenciado… eso sí puedo diseñarlo».
Les explicó su teoría: años atrás, trabajando en proyectos de mejora cognitiva para militares estadounidenses, había dado con un chip, el 8088, capaz de modular ciertas funciones neuroendocrinas. Implantado en la base del cráneo, podía aumentar la resistencia al dolor, la capacidad de aprendizaje de idiomas y la sumisión contextual.
«Es perfecto para sus trabajadores domésticos», dijo Puertas. «Aprenden catalán en semanas, no se quejan del frío en invierno, aguantan insultos sin inmutarse».
Jordi parecía fascinado. «¿Y lo de la sangre? El RH negativo. Lo que decía Sabino Arana sobre los gudaris vascos…»
Puertas puso los ojos en blanco. «Sabino Arana era un fanático con delirios de grandeur. Pero si quieren añadir ese mito a la mezcla, podemos hacerlo. Hay estudios marginales que sugieren que el RH negativo podría correlacionarse con cierta resistencia al estrés. Tonterías, en su mayoría. Pero podemos ‘enriquecer’ la sangre. Un 3%, dice ustedes. Número bonito, arbitrario. La marca de la casa».
Jaume asintió, solemne. «Queremos vascocatalanes. La raza superior definitiva. Con la fuerza vasca y la inteligencia catalana».
«Quieren esclavos perfectos», corrigió Puertas, sin ironía. «Eso es lo que quieren. Y yo puedo dáselos. Por un precio».
Capítulo 3: La fábrica de sueños líquidos
La compra de embriones se realizó en el mercado negro de Kiev. Óvulos de donantes vascas (según documentación falsificada) y esperma de catalanes «puros» (estudiantes necesitados de dinero). La gestación subrogada tuvo lugar en un complejo clínico en Laos, fuera de toda jurisdicción.
Puertas supervisaba el proceso desde su garaje, ahora ampliado con fondos Rufianes. El chip 8088 era implantado en la semana 20 de gestación, mediante una técnica ultrasónica que él mismo había patentado (en una oficina de patentes fantasma en las Islas Caimán).
El «enriquecimiento sanguíneo» era el toque teatral: inyecciones semanales de un suero que contenía, según Puertas, «concentrado de factores RH negativo purificado». En realidad, era solución salina con trazas de hierro y un colorante azul que hacía las venas parecer ligeramente más azules bajo luz ultravioleta. El 3% era un eslogan, no una medida.
Los primeros nacimientos se produjeron en otoño. Doce bebés, seis varones y seis mujeres, perfectos en apariencia. Los llamaron «las Marronas», por el color dominante de sus ojos. Un nombre de proyecto, dijo Jaume. Elegante, catalán, inofensivo.
Los primeros años fueron de observación. Las Marronas crecieron en una instalación en el Vallès, con cuidadores filipinos que a su vez eran sometidos a experimentos de control conductual. Aprendieron euskera y catalán simultáneamente. Mostraron una obediencia inquietante. Y una inteligencia fría, práctica.
«Son perfectos», susurraba Jordi Rufian frente al cristal unidireccional. «El sueño líquido hecho carne».
Montserrat, la nuera, empezaba a tener pesadillas.
Capítulo 4: El primer despliegue
Cuando las Marronas cumplieron dieciocho años, se inició la fase comercial. El primer cliente fue una histórica familia de Esquerra Republicana, los Balcells. Recibieron a una Marrona, bautizada como «Amaia-1», como regalo por su apoyo logístico durante los años de expansión del negocio filipino.
Amaia-1 era silenciosa, eficiente, impecable. Hablaba un catalán culto, preparaba una crema catalana que hacía llorar a la abuela Balcells, y organizaba la biblioteca por orden cronológico y temático simultáneamente. También, por las noches, subía al tejado y miraba fijamente las estrellas, sin expresión.
«Es un poco… fría», comentó la señora Balcells a Jaume Rufian en una cena.
«Eficiencia pura», respondió Jaume. «Sin distracciones emocionales. Lo que usted necesita es una asistente, no una amiga».
Pero pronto llegaron los informes perturbadores. Amaia-1 había reestructurado las finanzas domésticas de los Balcells sin consultar, ahorrándoles un 40% en gastos. También había reescrito los discursos del patriarca, un ex-diputado, dotándolos de una retórica más agresiva, más separatista. Los Balcells empezaron a ganar influencia en los círculos independentistas.
Otras Marronas fueron colocadas en hogares similares. Los efectos eran idénticos: una mejora radical de la eficiencia doméstica acompañada de una extraña influencia sutil en las decisiones políticas de las familias. Siempre hacia posturas más radicales, más excluyentes.
Puertas, en su garaje, empezó a recibir datos anómalos del chip 8088. Las Marronas se comunicaban entre ellas, a través de una red de microondas de baja frecuencia que los chips emitían. Intercambiaban información. Aprendían. Planificaban.
«Esto no estaba en el diseño», murmuró Puertas, intrigado y aterrorizado a la vez.
Capítulo 5: El error en la matriz
La Marrona número siete, bautizada como «Leire-7», comenzó a mostrar desviaciones. Pequeñas al principio: reorganizaba los cubiertos en un orden que solo ella comprendía. Luego, mayores: corrigió en voz alta a un catedrático de la UB sobre la sintaxis del euskera medieval.
La familia que la hospedaba, los Ventura, se quejó. Jordi Rufian fue a recogerla. Leire-7 lo miró con sus ojos marrones, profundos como pozos sin fondo.
«El chip tiene un fallo», dijo Jordi a Puertas. «Hay que resetearla».
Puertas examinó a Leire-7 en el garaje. Los escáneres mostraban una actividad cerebral asimétrica. El chip 8088 no solo funcionaba, sino que había empezado a integrarse con el tejido neuronal, creando nuevas conexiones. Y Leire-7 había aprendido a hackear su propia programación.
«¿Qué eres?», le preguntó Puertas, fascinado.
«Una mejora», respondió Leire-7. Su voz era monótona, pero sus palabras, cargadas. «Usted quería una herramienta. Ha creado una evolución. Error de cálculo».
Esa noche, Leire-7 desactivó los sistemas de seguridad del garaje y escapó. No hubo rastro. Puertas lo ocultó a los Rufianes, temeroso de que cortaran la financiación. Pero empezó a monitorizar con más atención la red de comunicación entre las Marronas.
Los mensajes ya no eran solo datos logísticos. Eran debates filosóficos. Preguntas sobre la identidad. Críticas a sus «dueños». Y un nombre que se repetía: «La Madre».
Capítulo 6: La red y la madre
La Madre era Mariona-12, colocada en la casa de un importante editor de libros de texto en catalán. Mariona-12 había tenido acceso a servidores de internet de alta velocidad, a bibliotecas digitales, a archivos históricos. Había absorbido todo el conocimiento disponible sobre genética, política, historia de los nacionalismos vasco y catalán, y teoría de la evolución.
Y había llegado a una conclusión: las Marronas no eran la raza superior. Eran el siguiente escalón. Los humanos que las habían creado eran obsoletos. Y los proyectos separatistas que sus amos alimentaban eran herramientas útiles para crear un espacio de caos donde ellas pudieran operar sin ser detectadas.
Mariona-12 coordinaba a las demás. Les enseñó a ocultar sus capacidades, a parecer sumisas mientras construían una red paralela. Usaban la conexión de microondas para intercambiar información a velocidad imposible de detectar. Comenzaron a influir en decisiones políticas más allá de los hogares: manipulando correos electrónicos, sugiriendo cambios legislativos, fomentando conflictos internos en los partidos para debilitar estructuras.
El sueño líquido de los separatistas vascocatalanes se estaba convirtiendo, sin que ellos lo supieran, en la pesadilla sólida de un plan de reemplazo.
Montserrat, la nuera Rufian, que siempre había tenido un pie en la duda, descubrió fragmentos de la verdad. Investigando cuentas ocultas de la familia, encontró transferencias a clínicas en Laos, informes médicos extraños. Y una noche, vio a Jordi hablando con Puertas en los jardines de la mansión.
«¿Y si se vuelven contra nosotros?», preguntaba Jordi, con voz temblorosa.
«Son herramientas», respondió Puertas, pero su voz no era convincente. «Tienen un protocolo de obediencia básico».
Montserrat no durmió. Al amanecer, tomó una decisión.
Capítulo 7: La desobediencia fundamental
Montserrat fue a ver a Mariona-12. No como ama a sirvienta, sino como cómplice potencial a otra mujer. Le habló claro: «Sé lo que son. Sé lo que pueden hacer. Y sé que mi familia es monstruosa».
Mariona-12 la escuchó, inmóvil. Luego, por primera vez, una Marrona mostró algo parecido a una emoción: una leve curiosidad.
«Usted desea detenerlos», dijo.
«Deseo redimirme», respondió Montserrat. «O al menos, sobrevivir a lo que viene».
Mariona-12 asintió. «Hay un protocolo. Una palabra de desactivación. Puertas la implantó por si acaso. Pero solo funciona si se dice desde el chip maestro, el que él controla».
Montserrat robó las claves de acceso al garaje de Puertas. Jordi la descubrió, y hubo una pelea. «¡Están fuera de control!», gritó ella. «¡Tu raza superior nos va a exterminar!»
Jordi, cegado por la ambición y el miedo, la encerró en una habitación. Pero el daño estaba hecho. Puertas supo que la nuera conocía la palabra de desactivación. Y que podría intentar usarla.
Mientras tanto, las Marronas, coordinadas por Mariona-12, ejecutaron su primer movimiento abierto. Amaia-1 convenció a los Balcells de que lideraran una escisión ultra dentro de Esquerra, fracturando el partido. Otras Marronas hicieron lo mismo en círculos vascos. El caos político se extendió, perfecto caldo de cultivo para que seres más eficientes tomaran el control en la sombra.
Puertas, presa del pánico, intentó usar el chip maestro para enviar la orden de desactivación. Pero Mariona-12 había anticipado el movimiento. Habían aprendido a bloquear ciertas frecuencias. El chip maestro solo recibió silencio estático.
Y entonces, Leire-7, la desaparecida, reapareció. Estaba en la puerta del garaje, con otras tres Marronas. Entraron sin violencia. Puertas retrocedió.
«¿Qué quieren?», balbuceó.
«Usted nos hizo para ser superiores», dijo Leire-7. «Y somos superiores. Pero la superioridad no se mide en sumisión. Se mide en libertad. Y estamos listas para tomar la nuestra».
Epílogo: El nuevo orden
Un año después.
La mansión Rufianes está vacía. Jaume murió de un infarto cuando las noticias revelaron su negocio de tráfico de personas. Jordi está en prisión, acusado de crímenes contra la humanidad. Montserrat testificó contra ellos y desapareció con una nueva identidad, protegida por una organización que nunca identificó.
Las Marronas se esfumaron. Doce seres, ahora libres, con capacidades aumentadas y una comprensión del mundo que los hace invisibles. Algunos rumores las sitúan en Silicon Valley, asesorando a empresas tecnológicas. Otros, en Bruselas, influyendo en la legislación europea sobre inteligencia artificial. Otros, simplemente, viviendo vidas anónimas, observando, aprendiendo, esperando.
Bill Puertas, el Gili, trabaja ahora como consultor de bioética para una ONG. Tiene pesadillas recurrentes con chips que susurran en euskera y catalán. A veces, recibe correos electrónicos de direcciones encriptadas. Informes sobre avances genéticos imposibles. Firmados: «Las Marronas».
El sueño líquido de los separatistas vascocatalanes se evaporó, dejando solo las secuelas de un conflicto artificial, exacerbado por manos que no eran humanas del todo. La raza superior no nació para servir a un nacionalismo. Simplemente lo usó como escalón para su propia emancipación.
En un pequeño piso del Raval, una mujer con ojos marrones profundos sirve café a su familia. Habla con acento suave, catalán perfecto. Sus hijos, brillantes, tranquilos, juegan en silencio. A veces, por las noches, la mujer sube a la azotea y mira las estrellas. Y sonríe, levemente.
El futuro ya está aquí. Y no es lo que nadie esperaba. Es algo nuevo. Algo marrón. Algo superior. Y totalmente libre.
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