Luis Roldán, el Director de la Guardia Civil socialista

Capítulo 1: El ascenso bajo la lluvia

Pamplona, invierno de 1986. La lluvia caía oblicua sobre la plaza del Castillo, como si quisiera borrar las pintadas de ETA que aún sangraban en las paredes. Luis Roldán Ibáñez, delegado del Gobierno en Navarra, observaba desde la ventana de su despacho cómo los guardias civiles patrullaban con los fusiles al hombro. Tenía cuarenta y tantos años, traje oscuro, corbata roja socialista y una sonrisa que sabía ocultar lo que convenía. Licenciado en Ciencias Políticas, se había inventado el resto del currículum: ingeniero, economista, máster. Nadie lo comprobaba. En el felipismo, la lealtad valía más que los títulos.

La llamada llegó un martes por la tarde. José Barrionuevo, ministro del Interior, voz grave al otro lado:

—Luis, el presidente quiere verte. Mañana en Moncloa. Trae chaqueta.

Tres meses después de que Felipe González renovara el mandato, Roldán fue nombrado director general de la Guardia Civil. El primer civil en ocupar el puesto. Entró en el cuartel general de la calle Duque de Ahumada como quien entra en un templo que acaba de comprar. Los generales lo miraron con recelo. Él les devolvió la mirada con la seguridad de quien ya sabe que el poder huele a dinero sucio.

Esa misma noche, en un restaurante discreto de Moralzarzal, Barrionuevo le explicó las reglas del juego sin decirlas:

—Los fondos reservados existen para que existan. Tú los gestionas. Nadie pregunta. Nadie firma. Y nadie habla.

Roldán asintió. Bebió vino tinto. Pensó en los chalés que aún no tenía.

Capítulo 2: Las constructoras y los sobres

Madrid, 1988-1992. Los cuarteles de la Guardia Civil se levantaban como setas en toda España. Roldán firmaba adjudicaciones. Las constructoras, agradecidas, dejaban sobres en su despacho de la calle del Reloj o en el chalé de Cizur Menor. Diez millones de pesetas al mes en fondos reservados para él solo. Más las comisiones: el 3 %, el 5 %, a veces el 8 % según la urgencia de la obra.

Una noche de 1990, en un hotel de la Castellana, conoció a Francisco Paesa. El espía llegó con gabardina beige y mirada de quien ha visto morir a demasiada gente. No bebía. Solo fumaba.

—Paesa —se presentó—. Tengo contactos en Suiza, Luxemburgo, Laos… donde haga falta.

Roldán entendió enseguida. Paesa no era un intermediario cualquiera. Era el hombre que podía hacer desaparecer dinero y, si era necesario, personas.

Los dos chalés (Cizur Menor y Aravaca), el piso del Paseo de la Castellana, el terreno de Cambrils y la finca de Mequinenza fueron apareciendo en el Registro de la Propiedad como por arte de magia. Su sueldo oficial: 600.000 pesetas. Nadie preguntaba. Hasta que alguien lo hizo.

Capítulo 3: La portada de Diario 16

24 de noviembre de 1993. La portada ocupaba cinco columnas:

“Roldán consiguió un patrimonio de 400 millones”.

El ejemplar cayó sobre la mesa del ministro Antonio Asunción como una sentencia de muerte. Roldán leyó el artículo en su despacho mientras llovía sobre Madrid. Las notas del Registro de la Propiedad estaban allí, frías, implacables. Llamó a Asunción.

—Ministro, esto es un error. Yo…

—Cállate, Luis. Ven a verme. Ahora.

En la reunión, Asunción estaba pálido.

—La única preocupación es que no salga lo de los fondos reservados. Que te lo comas tú solo. Si hace falta, diremos que mentiste. Que te achicharramos.

Roldán sacó un talón nominativo de una de sus cuentas. Lo dejó sobre la mesa. Asunción lo miró como si fuera una bomba.

—De eso no se puede hablar —susurró el ministro.

Esa noche Roldán entendió que lo iban a sacrificar. Felipe González sabía. Lo habían dicho en dos comidas: una en El Cenador de Salvador, otra en Algete. El presidente conocía la existencia de los sobresueldos. Ahora lo dejarían caer.

Roldán decidió huir antes de que lo detuvieran.

Capítulo 4: París y la amenaza

Abril de 1994. Suite 208 del Hotel Marignan. Lluvia fina sobre los Campos Elíseos. Roldán recibió a Antonio Rubio y Manuel Cerdán, de El Mundo. Llevaba una semana sin dormir bien. Encendió un cigarrillo con manos temblorosas.

—Tengo dos alternativas —dijo con voz ronca—. O pegarme un tiro o tirar de la manta.

Los periodistas esperaron.

—Hablé con Asunción. Me dijo que no me sofoque. Que vendría, que me pagarían la fianza de cinco millones. Cuando les mostré el talón… se quedaron helados. Felipe lo sabía. Lo sabía todo.

Publicaron la entrevista. Roldán desapareció. Cruzó fronteras con pasaportes falsos que Paesa le había conseguido. El dinero —casi mil seiscientos millones de pesetas— ya no estaba en sus cuentas. Lo había entregado todo al espía. O eso decía.

Capítulo 5: El hombre de las mil caras

Paesa lo esperaba en una habitación de hotel en Bangkok. Traje impecable, ojos fríos.

—Te entrego a la policía española —dijo—. Cobra trescientos millones por el servicio. Yo me quedo con el resto para “gastos”. Tú callas. Yo desaparezco.

Roldán dudó. Paesa sonrió.

—O te quedas aquí y te cogen. O vuelves y cumples. El dinero ya no es tuyo, Pelopincho. Es mío. Y si hablas… nadie te creerá.

Roldán firmó los papeles que Paesa le puso delante. Documentos falsos de Laos que harían creer que había estado escondido allí todo el tiempo. El espía se despidió con un apretón de manos frío como el metal de una pistola.

—Que descanses, director. Mañana entregas.

Capítulo 6: Bangkok, 27 de febrero de 1995

Zona de tránsito del aeropuerto. Luces fluorescentes. Policías tailandeses y españoles. Roldán, demacrado, levantó las manos. Lo esposaron sin resistencia. Paesa observaba desde lejos, detrás de un cristal tintado. Cobró sus trescientos millones y desapareció.

En Madrid, la juez Ana María Ferrer lo esperaba. Roldán bajó del avión con la cabeza gacha. Sabía que nunca más pisaría libre España durante mucho tiempo.

Capítulo 7: La cárcel y la manta que no tiró

Brieva, luego Zuera. Once años de rejas. En el juicio, la Audiencia lo condenó a 28 años. El Supremo elevó a 31 por falsedad en documento mercantil. Roldán declaró que el dinero lo tenía Paesa. Que se lo había entregado todo en metálico. Que el espía lo había estafado.

Paesa, desde la sombra, respondió en entrevistas:

—No cobré ni un céntimo de Roldán. Me costó tres o cuatro millones de dólares sacarlo. Y si sigue mintiendo, tengo los recibos.

Roldán, en la cárcel, leía los periódicos. Sabía que Paesa había fingido su muerte en 1998: esquela en El País, misas en San Pedro de Cardeña. Sabía que el espía vivía en Luxemburgo con pasaporte argentino a nombre de Francisco Pando Sánchez. Sabía que el dinero —diez millones de euros— seguía desaparecido.

Nunca tiró de toda la manta. Nunca nombró a Felipe González en un juzgado. Murió con esa última lealtad… o con ese último miedo.

Epílogo: El hospital de Zaragoza, 2025

Luis Roldán Ibáñez murió a los 78 años en una habitación blanca y estéril del hospital de Zaragoza. Afuera llovía, como aquella tarde en Pamplona cuando todo empezó. Su exmujer, Blanca, no estuvo. Sus hijos tampoco.

En un piso discreto de Luxemburgo, un hombre mayor de gabardina beige miraba por la ventana las luces de la ciudad. Francisco Paesa —o quien fuera que llevara ese nombre ahora— encendió un cigarrillo. Sobre la mesa, un sobre cerrado con un remite falso. Dentro, un juego de llaves y una nota escrita a mano:

“El remanente sigue donde siempre. Que pregunte a su mujer.”

El dinero nunca apareció.
Las constructoras siguieron construyendo.
Los fondos reservados siguieron existiendo.
Y en algún lugar de Europa, un hombre que fingió estar muerto sonrió ante la niebla.

Fin.


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