Título: «La catedrática Begoña Gómez, la psicoanalista Julia L. y los ingenieros Luis Roldán y Patxi López»

La catedrática Begoña Gómez, la psicoanalista Julia L. y los ingenieros Luis Roldán y Patxi López

Una novela cómica

Capítulo 1: El compadreo que nació en Benasque

En el verano de 2025, mientras España se derretía entre olas de calor y decretos de buenismo, el Gobierno aprobó la Ley de Convalidación Universal y Empática de Títulos (LCUET). Cualquier papelucho sellado en cualquier país del mundo podía convertirse en título oficial español con solo un clic, una tasa de 47 euros y una frase mágica: “Me siento diversa y mi experiencia vital enriquece la academia”.

Begoña Gómez, esposa del presidente, leyó la ley en la terraza de un chalet de Benasque mientras su marido pescaba truchas y ella tomaba el sol con su amigo de toda la vida, Carlos Barrabés.

—Begoña, esto es como el cielo abierto —dijo Barrabés sirviéndole un gin-tonic—. Tengo un contacto en la comisión de convalidaciones que me debe tres favores y un viaje a Dubai. Tú pones el currículum, yo pongo el sello.

—Quiero ser catedrática de algo moderno —respondió ella, ajustándose las gafas de sol—. Algo que suene bien en las fotos: “Estudios Interseccionales de Género, Sostenibilidad y Resiliencia Emocional”.

Barrabés tecleó en su móvil. Dos semanas después, Begoña recibió un email con el título oficial. La calificación era “Sobresaliente Cum Laude a la Carta”. Nadie leyó los trabajos. Nadie los pidió. El sistema solo quería “diversidad”.

Begoña colgó el título en el salón de La Moncloa y se compró una toga hecha a medida con forro de cachemir.

Capítulo 2: La psicoanalista que nunca pisó un diván

Julia L. había nacido en un barrio de Madrid donde la gente aún leía libros de papel. Nunca estudió Psicología. Nunca pisó la facultad. Pero tenía una voz cálida, ojos grandes y la capacidad de contar historias como si fueran verdades reveladas.

La familia Andic (dueños de un imperio textil que no se nombra pero se intuye) la contrató como “gurú de bienestar emocional”. Julia les contaba cada noche cuentos de princesas que superaban traumas gracias a “escuchar su niña interior”. Los Andic pagaban 8.000 euros por sesión y dormían como niños.

Cuando salió la LCUET, Julia subió su “título” de la Universidad Libre de los Relatos de Calcuta (fundada por ella misma en un blog). El sistema lo convalidó en 47 segundos.

—Ahora soy psicoanalista oficial —le dijo a su espejo—. Y nadie puede decir lo contrario porque sería poco inclusivo.

Capítulo 3: Los ingenieros que solo existían en la imaginación

Luis Roldán y Patxi López se conocieron en un bar de Madrid un jueves de lluvia. Ambos llevaban corbatas de ingeniero industrial que habían comprado en una tienda de disfraces de segunda mano.

—Yo calculé la resistencia de materiales del AVE —decía Roldán con los ojos brillantes—. En mi cabeza, claro.

—Yo diseñé el Guggenheim de Bilbao… mentalmente —contestaba Patxi, sonrojándose—. Me pone mucho cuando calculo cargas.

La LCUET los salvó. Roldán convalidó un título de la “Escuela Politécnica de la Patagonia Argentina” (un PDF que había descargado). Patxi hizo lo mismo con un máster de “Ingeniería Emocional” de la Universidad de Reikiavik.

Ninguno de los dos había aprobado nunca un examen de resistencia de materiales. Pero ambos sentían un cosquilleo especial cada vez que decían en voz alta: “Soy ingeniero industrial”.

Capítulo 4: El equipo de ensueño se forma

La nueva Universidad Global de la Inclusión y el Buen Rollo necesitaba urgentemente personal “diverso”.

Begoña Gómez fue nombrada catedrática y directora del Departamento de Estudios Interseccionales.
Julia L. fue contratada como “psicoanalista institucional”.
Luis Roldán y Patxi López entraron como “ingenieros de infraestructuras emocionales y materiales”.

El primer día se reunieron en la cafetería de la universidad.

—Soy catedrática —dijo Begoña extendiendo la mano con autoridad.
—Soy psicoanalista —dijo Julia con voz de terapeuta de película.
—Somos ingenieros industriales —dijeron Roldán y Patxi al unísono, mirándose con complicidad secreta.

Begoña los miró con superioridad académica.
—Perfecto. Tenemos que diseñar el “Puente de la Convivencia Global” que unirá la facultad de Derecho con la de Bellas Artes.

Patxi sintió un escalofrío de placer técnico.

Capítulo 5: Clases, cuentos y cálculos que no cuadran

Begoña daba clase los lunes. Su asignatura se llamaba “Género, Poder y Yo”. Los alumnos tomaban apuntes mientras ella contaba anécdotas de La Moncloa como si fueran investigaciones de campo.

Julia atendía en un despacho con velas y cojines. Su método era simple: el paciente contaba su problema y ella respondía con un cuento.

—Doctor, tengo ansiedad por mi trabajo…
—Había una vez un príncipe que tenía ansiedad porque su castillo se caía… pero un día conoció a una hada que le dijo: “Respira hondo y todo se arreglará”. ¿Cómo te sientes ahora?

El paciente salía llorando de emoción y pidiendo otra sesión.

Roldán y Patxi trabajaban en el proyecto del puente. Dibujaban planos en los que las vigas eran “como abrazos estructurales”. Calculaban cargas diciendo en voz baja:
—Esta viga soporta 50 toneladas… como mi deseo de ser ingeniero de verdad.

El cálculo estructural era un desastre. Pero nadie se atrevía a decirlo: sería xenófobo dudar de títulos convalidados.

Capítulo 6: El puente que se tambaleó

El día de la inauguración del Puente de la Convivencia Global, todo el Gobierno y la prensa asistieron.

El puente tenía 47 metros de largo y una inclinación sospechosa hacia la izquierda.

Patxi, con casco y mono de ingeniero (que le producía una emoción difícil de disimular), dio el discurso:
—Este puente simboliza que cualquier título de cualquier país puede sostener el peso de la sociedad.

Begoña cortó la cinta. Julia soltó palomas blancas que defecaron sobre los asistentes.

Entonces se oyó un crujido.

El puente se combó. Una viga central se partió con un sonido que parecía un suspiro erótico de Patxi.

—¡Es culpa del cambio climático! —gritó Begoña.
—¡Es culpa de los traumas no resueltos de la estructura! —gritó Julia.
—¡Es culpa de… de los cálculos que hicimos con mucho amor! —gritaron los dos ingenieros al mismo tiempo.

El puente no se cayó del todo. Quedó torcido, como un guiño a la realidad.

Capítulo 7: El juicio que nunca llegó

La oposición pidió una comisión de investigación.

Begoña presentó su título convalidado.
Julia presentó su “diploma de Calcuta”.
Roldán y Patxi presentaron sus PDFs de la Patagonia y Reikiavik.

El presidente de la comisión leyó la LCUET y suspiró:
—Según la ley, todos los títulos son válidos si vienen acompañados de una declaración de diversidad. No podemos cuestionarlos sin ser acusados de odio.

El caso se archivó.

Begoña siguió siendo catedrática.
Julia siguió contando cuentos a 8.000 euros la hora.
Roldán y Patxi siguieron siendo ingenieros… y cada noche, en privado, se ponían los monos de trabajo y calculaban cargas imaginarias hasta altas horas de la madrugada.

Epílogo: La nueva normalidad (2028)

Tres años después, la Universidad Global de la Inclusión y el Buen Rollo había crecido. Ya tenía 47 departamentos nuevos: “Astrología Interseccional”, “Narrativa Terapéutica Aplicada” y “Ingeniería Emocional de Puentes”.

Begoña Gómez daba conferencias internacionales sobre “Cómo ser catedrática sin abrir un libro”.
Julia L. tenía una serie en Netflix: “Cuentos que curan”.
Luis Roldán y Patxi López diseñaban (en su imaginación) el nuevo aeropuerto de Madrid.

Y en algún despacho oscuro, un funcionario de la LCUET recibía otro formulario de convalidación. Esta vez era de un señor que afirmaba ser “neurocirujano certificado por la Universidad Libre del Océano Índico”.

El funcionario sonrió, firmó y murmuró:

—Bienvenido al club. Aquí todos somos lo que decimos ser… mientras paguemos la tasa y declaremos que somos diversos.

FIN


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