«Delirios Presidenciales» es ficción satírica y distópica. No describe hechos reales ni constituye un juicio clínico, jurídico o político sobre persona alguna.


Delirios Presidenciales

Capítulo I — La marea

La niebla de agosto no era niebla. Era polvo de cemento, salitre y el olor a gasolina barata que llega cuando mil motores se encienden a la vez al otro lado del Estrecho. Desde el mirador de Benzú, Ceuta parecía una uña de hormigón clavada en África. A las 03:17, las primeras lanchas no eran lanchas: eran sombras con motor. A las 03:41, ya no eran sombras.

El delegado del Gobierno llamó a Madrid con la voz de quien ha visto demasiadas cosas y ninguna como aquella. No habló de «entrada irregular». Habló de columnas. De gente que no corría hacia la valla, sino que la rodeaba con la paciencia de un ejército que ya ha leído el parte. En la montera de El Tarajal alguien gritó que venían con chalecos. Luego se rectificó: no eran chalecos, eran mochilas. Luego nadie rectificó nada porque el audio se cortó.

En Moncloa, el presidente no durmió. No porque la crisis lo desbordara —las crisis, en su oficio, son el mobiliario—, sino porque la imagen de la valla le llegó con un retraso de once minutos y, en esos once minutos, él ya había construido una explicación. Las explicaciones prematuras son el primer síntoma. Nadie lo anotó entonces.

A las 06:00, Ceuta amaneció con dos mil personas dentro del perímetro urbano y otras tantas esperando el turno en la playa del otro lado. No era la mayor entrada de la década. Era, sin embargo, la más coreografiada. Los teléfonos de la Plaza de África empezaron a recibir el mismo vídeo desde cuentas distintas: un hombre de espaldas, gorra negra, hablando en un ruso chapurreado que luego resultó ser un filtro de audio. El vídeo duraba nueve segundos. Nueve segundos bastan para encender un país.

Pedro Sánchez se afeitó con la televisión encendida y el ceño de quien no busca información, sino confirmación. Cuando el ministro del Interior pronunció la palabra «avalancha», el presidente murmuró otra: «ensayo». Nadie en la habitación le preguntó ensayo de qué.

A mediodía, la oposición pidió comparecencia. La extrema derecha —ese ente que en los despachos se nombra como si fuera un clima— habló de «invasión» y de «rendición». En las redes, Israel apareció de pronto en los hilos como aparece un cuchillo en un cajón que uno creía de cucharas: sin contexto, con filo. Rusia, siempre Rusia, como tapiz de fondo. El presidente no desmintió. Guardó silencio el tiempo justo para que el silencio se interpretara como conocimiento.

Esa noche, en el pasillo que une el despacho con la sala de crisis, un asesor joven oyó al presidente decir, no a nadie en particular:

—No es una avalancha. Es una firma.

El asesor no preguntó de quién. Debió preguntar.

Capítulo II — El comunicado que no debió salir

El comunicado se redactó a las 02:12. No pasó por Portavoz. No pasó por Exteriores. Pasó por la mesa del presidente, que lo corrigió con un bolígrafo negro como si estuviera firmando una sentencia y no un párrafo.

«España no aceptará que potencias extranjeras utilicen el dolor migratorio como arma híbrida. Hay indicios de coordinación. Los indicios serán investigados.»

La palabra «indicios» es una navaja: corta hacia los dos lados. A las 07:00 ya estaba en todos los teletipos. A las 07:12, la embajada rusa pidió explicaciones. A las 07:19, la israelí no pidió nada: emitió una nota de tres líneas que olía a hielo. A las 08:00, en un plató de Madrid, un diputado de la extrema derecha sonrió como quien recibe un regalo que no ha pedido.

En el Consejo de Ministros extraordinario, la vicepresidenta preguntó:

—¿Qué indicios?

Sánchez abrió una carpeta. Dentro había fotogramas, capturas, un mapa de Ceuta con flechas rojas que no coincidían con ningún movimiento real de esa madrugada, y una hoja manuscrita con tres nombres: un general ruso retirado, un consultor israelí de seguridad que llevaba ocho años dedicado a ciberseguros en Tel Aviv, y el presidente de un partido español al que el presidente del Gobierno no nombraba en voz alta desde 2019.

—Esto no es un dossier —dijo la ministra de Justicia—. Esto es un collage.

—Los collages también delatan —respondió él.

Nadie rió. En las democracias tardías, la risa en un Consejo es un lujo que se paga después.

Esa tarde, Sánchez compareció. No leyó. Improvisó. Dijo «Rusia» con la misma cadencia con que se dice «invierno». Dijo «Israel» con una pausa que el país entero oyó. Dijo «extrema derecha» como se nombra a un cómplice que aún no ha sido detenido. No aportó pruebas. Aportó certeza. La certeza, cuando se administra sin documentos, es una forma de anestesia: primero calma, luego mata el juicio.

En Ceuta, un guardia civil de Permiso de Residencia escuchó el discurso en un transistor y se pasó la mano por la cara.

—Si eso es verdad —dijo a su compañero—, estamos en guerra.
—Si no es verdad —respondió el otro—, estamos peor.

Capítulo III — El mapa invisible

Los días siguientes tuvieron la textura de un sueño febril. El presidente dejó de hablar de cifras y empezó a hablar de geometría. En la pizarra del despacho oficial apareció un triángulo: Moscú, Jerusalén, Vox. Las flechas no iban hacia Ceuta. Iban hacia él. Esa inversión —el asedio no es a la ciudad, el asedio es al relato— es el momento en que un gobierno deja de administrar el presente y empieza a habitar una novela.

Pidió escuchas. Las escuchas no encontraron el triángulo. Encontraron lo de siempre: mercaderes de pateras, policías desbordados, un concejal que vendía colchones a Cruz Roja con sobreprecio, un youtuber de Algeciras que había montado un directo con una bandera rusa comprada en AliExpress. Nada que sostuviera una conspiración de Estados. Todo lo que sostiene una humillación.

Sánchez no aceptó la humillación. La sustituyó por una hipótesis más grande. Las hipótesis grandes tienen una ventaja: no se falsan con un dato; se falsan con otra hipótesis todavía mayor.

Apareció entonces el «documento de Rabat». Nadie lo había visto. Él juraba haberlo leído. Decía —según su resumen ante tres ministros que ya no sabían si debían llamar al jefe de Gabinete o a un médico— que un fondo soberano opaco había pagado a intermediarios en Tánger para «saturar Ceuta el mismo fin de semana en que el Congreso votaba no sé qué decreto». El decreto, comprobado después, se votaba el martes. El fin de semana no coincidía. El presidente tapó la incoherencia con una frase que luego se estudiaría en las facultades de periodismo:

—El calendario del enemigo no es el nuestro.

En las calles de Madrid empezaron a verse pintadas. Unas decían «Sánchez delira». Otras decían «Sánchez sabe». La distopía española no es el bota ni el gulag: es el país partido en dos diagnósticos y ninguno dispuesto a visitar al paciente.

Un periodista de investigación —de los pocos que aún creían que investigar era ir a un archivo y no a un tuit— localizó el origen del vídeo de los nueve segundos. Era un clip de un videojuego de 2021, remasterizado por una cuenta de Skopje. Se lo hicieron saber al presidente. Él asintió.

—Claro —dijo—. El videojuego es la coartada.

Esa noche, por primera vez, la jefa de Gabinete lloró en el aseo de señoras. No de miedo a Rusia. De miedo a la frase siguiente.

Capítulo IV — Los que ya no entran

Moncloa se fue quedando hueca. No por dimisiones espectaculares: por ausencias pequeñas. El director del CNI dejó de acudir a las reuniones de las 08:30. El secretario de Estado de Comunicación empezó a enviar los borradores «para conocimiento» y no «para aprobación». En los pasillos se hablaba en voz baja de «el tema clínico», esa cobardía semántica con la que las élites nombran lo que no se atreven a nombrar.

Sánchez, en cambio, se volvió más lúcido a su manera. Dormía tres horas. Bebía agua como si el agua fuera un antídoto. Recitaba fechas. Tenía un cuaderno negro donde apuntaba coincidencias: un vuelo de El Al con escala técnica en Barajas el mismo día que un barco ruso de investigación oceanográfica cruzó Gibraltar; un tuit de un diputado de extrema derecha publicado a las 03:17, la hora exacta de las primeras lanchas. Las coincidencias son el alimento de quien ha perdido el hilo causal. Quien ha perdido el hilo causal no se siente perdido: se siente elegido.

El 14 de septiembre, en una entrevista que no debió conceder, pronunció la frase que lo rompió todo:

—Hay un plan para entregarme Ceuta a cambio de que yo caiga. Rusia pone el caos. Israel pone la ingeniería. La extrema derecha pone el aplauso. Y España pone el presidente.

El entrevistador, que no era enemigo, tragó saliva.

—¿Tiene pruebas, presidente?

Sánchez sonrió con una ternura terrible.

—Las pruebas son el hecho de que me las pidan.

Esa noche, el Rey —en la novela de un país que aún conserva formas— llamó. No se conoce el contenido. Se conoce el efecto: al día siguiente, la Fiscalía General, con la lentitud calculada de las instituciones que no quieren ser las primeras en disparar, abrió una diligencia «por si los pronunciamientos del presidente pudieran afectar a la seguridad del Estado o a la imputabilidad de sus actos». El lenguaje era de algodón. El algodón, a veces, es una soga.

En Ceuta, la situación se normalizó como se normalizan las heridas: mal, con costras, con guardias extras y con un concejal que inauguró un monolito a «los que no cruzaron». Nadie invadió la ciudad. Nadie la tomó. El único territorio conquistado fue la cabeza de un hombre.

Capítulo V — Vilanova

Vilanova i la Geltrú no está hecha para la historia universal. Está hecha para el tren, para el viento de garbí y para unos juzgados que huelen a papel húmedo y a café de máquina. Allí, en un edificio discreto que los vecinos llaman «lo de los peritos», existe una clínica forense donde el Estado pregunta a los cuerpos lo que los discursos ya no pueden responder.

Llegó en un vehículo oficial sin banderas. No llevaba esposas. Llevaba el cuaderno negro. Se negó a entregarlo hasta que un juez de instrucción, con la voz de quien ha visto a demasiados padres de familia convertirse en profetas, le dijo:

—Presidente, aquí el cuaderno no es un arma. Es un síntoma. Y los síntomas se examinan.

La exploración duró cuatro mañanas. No fue un linchamiento. Fue peor: fue meticulosa. Le pidieron que reconstruyera la noche de Ceuta. La reconstruyó con una precisión de relojero y una invención de novelista. Mezclaba actas reales con interlocutores que no existían. Nombraba a un «enlace de Haifa» cuyo pasaporte, buscado en todas las bases, correspondía a un turista muerto en 2014. Hablaba del FSB como se habla de un vecino ruidoso. De Mossad, como de un cuñado brillante y cruel. De la extrema derecha, como de un coro que afinaba en la oscuridad.

El forense —un hombre de sesenta años, gafas de pasta, hija psicóloga en Girona— anotó:

«Discurso estructurado. Afecto inadecuado. Ideación conspirativa de alto contenido político, no modificable por contrapueba. Conserva memoria episódica. Pierde el juicio de realidad cuando el relato amenaza su lugar en la historia. No hay intoxicación. No hay tumor evidente en la imagen. Hay, sí, una certeza que ha colonizado la función crítica.»

Le preguntaron si oía voces.

—Oigo a España —dijo.

Le preguntaron si alguien quería matarlo.

—Todos los que firman el triángulo.

Le mostraron el vídeo original del videojuego.

—Ese —respondió sin pestañear— es el que dejaron para los tontos.

En el patio de los juzgados, un funcionario fumaba y decía a otro:

—Si esto lo dice un tío en el bar, es el loco del pueblo. Si lo dice el presidente, es un asunto de Estado.

—Y si el Estado no sabe qué hacer con su presidente —añadió el otro—, entonces el loco eres tú por seguir fichando.

Capítulo VI — Incapacidad Total

El dictamen llegó un jueves. Las palabras jurídicas tienen la sequedad de las piedras: incapacidad permanente absoluta para el ejercicio de cargo público y para cualquier actividad que implique decisión sobre terceros. En el lenguaje de los hombres de la calle: el presidente había sido declarado, en la práctica, un hombre al que ya no se le puede dejar un país.

No hubo golpe. No hubo tanques. Hubo un auto, un informe, una Comisión parlamentaria de emergencia que olió a funeral laico, y una vicepresidenta que juró el cargo con la cara de quien hereda una casa en llamas. La extrema derecha celebró con un tuit de once palabras que la historia recordará por su pequeñez. Rusia negó. Israel ni siquiera negó: un portavoz dijo «esperamos la pronta recuperación de las instituciones españolas», que es una forma elegante de decir que el enfermo no eran ellos.

Sánchez escuchó la lectura del auto sentado. No gritó. Preguntó solo una cosa:

—¿Quién paga Casablanca?

Porque eso también estaba en el auto, en un fundamento jurídico que mezclaba —con esa audacia burocrática que solo producen los Estados cansados— una antigua cláusula de cooperación sanitaria con Marruecos, un informe de «riesgo de instrumentalización mediática en territorio nacional» y la recomendación de un centro «alejado de la contienda simbólica». Casablanca. El nombre cayó sobre la sala como un chiste de mal gusto que nadie se atrevió a reír.

El haloperidol apareció en la misma página, más abajo, con la frialdad de una posología: dosis inicial, ajuste, control de extrapiramidalismos, tutela farmacológica «hasta recuperación de lucidez suficiente para la vida ordinaria, no para la vida política».

Él cerró el cuaderno negro.

—La lucidez —dijo— es lo único que no me van a devolver.

Un agente, al sacarlo por la puerta de atrás, oyó que canturreaba. No era un himno. Era una lista de apellidos.

Capítulo VII — La casa blanca de la otra orilla

El hospital no se llamaba hospital en los papeles internos. Se llamaba «Unidad de Restablecimiento». Estaba en las afueras de Casablanca, entre un descampado y una carretera por la que pasan camiones de fosfato. Las paredes eran blancas de cal. Los jardines, demasiado geométricos para ser de locos y demasiado descuidados para ser de ministros.

Le asignaron una habitación con rejas pintadas de blanco, que es la manera que tiene la arquitectura de mentir. Por la mañana, un enfermero marroquí de voz suave le daba un vaso y una pastilla.

—Haloperidol —decía, como se dice el nombre de un pariente.

Sánchez lo tomaba. A veces. Otras, lo escondía bajo la lengua y lo escupía en el lavabo cuando creía que no lo miraban. Siempre lo miraban.

Los primeros días habló sin parar. Reconstruyó Ceuta ante un psiquiatra que tomaba notas en francés y árabe. Dibujó el triángulo en servilletas. Acusó al enfermero de ser «el último eslabón de Haifa». El enfermero le cambió las sábanas y no contestó.

Al octavo día, el fármaco empezó a hacer lo que hacen los neurolépticos cuando ganan: no le quitaron las ideas; le quitaron la prisa. Las frases se volvieron lentas. El cuaderno —confiscado a la llegada y devuelto sin tapas, como un animal desollado— se llenó de letra cada vez más grande y cada vez menos unida.

En el jardín había un banco frente a un ficus. Allí se sentaba a ver pasar nubes que venían del Atlántico y no del Estrecho. Un internado tunecino, que decía ser ingeniero y tal vez lo fuera, le preguntó un atardecer:

—¿Usted de verdad cree que Rusia e Israel le robaron una ciudad?

Sánchez tardó en responder. El haloperidol pone distancia entre la pregunta y la boca.

—No me robaron una ciudad —dijo por fin—. Me robaron la frase con la que yo iba a salvarla.

El tunecino asintió, porque en aquellos patios todas las frases grandiosas merecen un asentimiento. Luego añadió, cruel y exacto:

—Las ciudades no se salvan con frases.

Por las noches, cuando el pasillo olía a lejía y a té, Sánchez soñaba la valla de El Tarajal vista desde arriba, como si él fuera un dron. En el sueño, las lanchas formaban letras. Las letras formaban su nombre. Su nombre se deshacía en la espuma. Despertaba con la mandíbula apretada y pedía agua. El agua no quitaba el metal en la lengua que deja el antipsicótico. Nada lo quita del todo.

Un funcionario de la embajada española —joven, asustado, con corbata de luto civil— vino una vez al mes. Le traía periódicos con las páginas de política arrancadas. Sánchez las adivinaba igual.

—¿Ya han dicho que yo inventé Ceuta?

—Ceuta sigue ahí, señor.

—Por eso. Lo que se inventa no es el sitio. Es el sentido.

A los tres meses le subieron la dosis. A los cinco, dejó de nombrar a Israel. A los seis, Rusia se le quedó en la boca como un sabor antiguo, no como un enemigo. La extrema derecha se le convirtió en una mancha borrosa, un rumor de pasillo. Eso, en los informes, se llamó «mejoría». En su cuarto, se llamó silencio.

Epílogo

Pasan los años como pasan los camiones de fosfato: haciendo ruido y sin detenerse. España tuvo otros presidentes, otras vallas, otras comparecencias. Ceuta siguió siendo Ceuta: herida, española, africana, discutida en los platós cada verano y olvidada cada otoño. Nadie invadió nada con un plan de tres potencias. El vídeo de los nueve segundos acabó en un reportaje de YouTube titulado «Así se fabrica un bulo». El reportaje tuvo menos visitas que el discurso original.

En Casablanca, un hombre mayor —ya no presidente, ya no noticia, apenas un expediente con foto antigua— camina por el mismo jardín. Toma la pastilla. A veces pregunta al enfermero nuevo, que no sabe quién fue:

—¿Hoy hay lanchas?

El enfermero encogese de hombros.

—Hoy hay viento.

El hombre asiente. El viento le basta. Se sienta en el banco del ficus y abre un cuaderno sin tapas. Ya no dibuja triángulos. Escribe una sola línea, una y otra vez, con letra temblorosa:

«Yo lo vi primero.»

Luego la tacha.

Luego la vuelve a escribir.

Al otro lado del Estrecho, anochece sobre una ciudad que no fue conquistada por Moscú ni por Jerusalén ni por un mitin. Fue, como casi todas las ciudades, apenas administrada, apenas defendida, apenas narrada. Y la narración más peligrosa no fue la de los que gritaron «invasión». Fue la de un hombre que, para no aceptar el caos ordinario del mundo, prefirió un delirio a la medida de su cargo.

En la clínica forense de Vilanova guardan todavía, en una caja, el cuaderno original. Nadie lo lee. Los archivos de los locos ilustres no se leen: se sellan. Porque un país puede sobrevivir a una crisis en Ceuta. Le cuesta más sobrevivir a la tentación de convertir a su presidente en profeta o en pronóstico.

Anochece. El haloperidol hace su trabajo pequeño y constante. El hombre cierra los ojos. En algún lugar entre el sueño y la dosis, Ceuta brilla un segundo —no como campo de batalla de imperios, sino como lo que siempre fue: una luz al otro lado del agua, demasiado cerca para ser extranjera, demasiado lejos para ser consolada.

Fin.


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