
La solución del Gemelo Digital para evitar choques con un margen de 25 kilómetros
Novela humorística
Capítulo 1: El susto de los 25 kilómetros
El día que el AVIA y el Iryo estuvieron a punto de saludarse de muy cerca, el país entero descubrió que 25 kilómetros y 17 minutos pueden ser, según quién lo cuente, o un margen de seguridad holgado o una tragedia nacional a punto de ocurrir.
El maquinista del AVIA, un hombre de Valladolid que llevaba treinta años sin haber rozado ni un semáforo en rojo, vio por el espejo retrovisor (sí, los trenes de alta velocidad también tienen espejos, aunque nadie sepa para qué) una lucecita que no le cuadraba. Llamó por radio. En la otra cabina, el maquinista del Iryo, que venía de Barcelona con prisa porque tenía que recoger a su hija del conservatorio, contestó con la calma de quien ya ha visto de todo:
—Tranquilo, colega. Según el sistema estamos a veinticinco kilómetros y diecisiete minutos. Eso es más o menos lo que tarda mi suegra en decidir si se pone el abrigo o no.
En el centro de control de Madrid, sin embargo, alguien gritó “¡colisión inminente!” y se activó el protocolo de emergencia nivel 7. El protocolo nivel 7 consistía, básicamente, en que todo el mundo se levantara, se mirara y dijera “esto es muy grave” mientras alguien iba a buscar el manual que nadie había leído desde 2014.
Cuando se comprobó que los trenes se habían cruzado sin tocarse y que el margen era exactamente el que decía el sistema, el director de operaciones respiró aliviado… durante tres minutos. Luego llegó el mensaje del ministerio:
“Se requiere solución estructural de última generación para evitar que vuelva a ocurrir algo que no ha ocurrido.”
Y así empezó todo.
Capítulo 2: El comité de los payasos
A la semana siguiente se constituyó el Comité Interministerial para la Prevención de Incidentes No Incidentes en Alta Velocidad. El acrónimo era C.I.P.I.N.I.A.V., pero todo el mundo lo llamaba “el Circo”.
La primera reunión tuvo lugar en una sala con pantalla de 98 pulgadas y cafetera que hacía espuma. El presidente del comité, un señor que había sido concejal de festejos en un pueblo de Cuenca y ahora era “experto en movilidad”, abrió la sesión:
—Señores, el problema es claro: tenemos un margen de veinticinco kilómetros y diecisiete minutos. Eso es inaceptable. Necesitamos tecnología del siglo XXII.
Un ingeniero de ADIF levantó la mano tímidamente.
—Perdón… ¿y si les ponemos un chip GPS de esos que llevan las balizas V16? Valen un euro, se ponen en cinco minutos y te dicen dónde está el tren en tiempo real con un error de tres metros.
Se hizo un silencio tan denso que se podía cortar con el cuchillo de la cafetería. El presidente lo miró como si acabara de proponer que los trenes fueran tirados por burros.
—¿Un euro? —repitió—. Eso no es serio. Eso no genera empleo. Eso no sale en la tele. Eso no justifica un contrato de consultoría.
El representante de una consultora tecnológica, que cobraba 1.200 euros la hora, sonrió y proyectó una diapositiva:
—Lo que necesitamos es un Gemelo Digital.
Todo el mundo asintió. Nadie sabía exactamente qué era un Gemelo Digital, pero sonaba caro, moderno y, sobre todo, a cinco años de desarrollo. Perfecto.
Capítulo 3: El Gemelo que no tiene prisa
El proyecto del Gemelo Digital se adjudicó a una UTE formada por tres empresas que, casualmente, tenían en sus consejos de administración a primos, cuñados y excompañeros de pupitre de media docena de altos cargos. El plazo de ejecución era de cinco años. El presupuesto, de 87 millones de euros, más IVA y “imprevistos tecnológicos”.
El jefe de proyecto, un hombre que hablaba en siglas y nunca había subido a un tren que no fuera el AVE de las ocho de la mañana en clase preferente, explicó el plan en una rueda de prensa:
—El Gemelo Digital replicará en un entorno virtual cada tornillo, cada curva y cada maquinista. Cuando el tren real esté a punto de hacer algo, el gemelo ya lo habrá simulado 47 veces y habrá enviado una alerta predictiva con un margen de… bueno, de los que hagan falta.
Un periodista preguntó:
—¿Y mientras tanto, durante estos cinco años, qué hacemos con los trenes de verdad?
—Seguimos como hasta ahora —contestó el jefe de proyecto—. Pero con más comités.
El ingeniero que había propuesto el chip de un euro fue apartado del proyecto y destinado a “coordinar la señalización de los apeaderos de la línea de Zamora”, un puesto que consistía en mirar por la ventana y contar cuántos pájaros se posaban en la catenaria.
Capítulo 4: El chip maldito
Mientras el Gemelo Digital se desarrollaba (es decir, mientras se hacían reuniones para decidir el color de la interfaz), un grupo de maquinistas se compró por su cuenta veinte chips GPS de los de las balizas V16. Los pegaron con cinta americana en las cabinas y se descargaron una aplicación gratuita que les decía, en tiempo real, a qué distancia exacta estaba el tren de enfrente.
El primer día funcionó tan bien que el Iryo y el AVIA se cruzaron con un margen de 31 kilómetros en lugar de 25, y los maquinistas se mandaron un emoji de pulgar arriba por WhatsApp.
Cuando la noticia llegó al Circo, el presidente del comité casi se atraganta con el café con espuma.
—¡Eso es anarquía! —gritó—. ¡Eso es tecnología no homologada! ¡Eso es… barato!
Se abrió un expediente disciplinario a los maquinistas por “uso de dispositivos no autorizados que podrían interferir con el futuro Gemelo Digital”. Uno de ellos contestó por escrito:
“El chip cuesta un euro. El Gemelo cuesta 87 millones y todavía no existe. Si el chip interfiere con algo que no existe, quizá el problema no sea el chip.”
El escrito se archivó en una carpeta llamada “Comentarios no constructivos”.
Capítulo 5: Cinco años de simulaciones
Pasaron los años. El Gemelo Digital iba avanzando. Primero simularon un tren. Luego simularon que el tren se retrasaba. Luego simularon que el maquinista se tomaba un café. Luego simularon que el café estaba frío. Cada simulación requería un nuevo módulo, un nuevo contrato y una nueva reunión.
En el quinto año, el Gemelo ya era capaz de predecir, con un 94 % de acierto, que si dos trenes van por la misma vía en sentidos contrarios y nadie hace nada, acabarán encontrándose. El dato se consideró un éxito rotundo y se celebró con un catering de 14.000 euros.
Mientras tanto, en la vía real, los maquinistas seguían usando sus chips de un euro escondidos debajo del asiento. El margen medio de cruce había subido a 28 kilómetros. Nadie había chocado. El Circo, sin embargo, seguía alarmado: “El sistema actual es vulnerable porque depende de la buena voluntad de los maquinistas y de chips no certificados”.
Capítulo 6: La gran presentación
El día de la presentación oficial del Gemelo Digital, el ministro cortó una cinta virtual (porque la cinta real se había perdido en un almacén de ADIF). En la pantalla gigante apareció un tren pixelado que decía: “Hola, soy tu gemelo. Hoy no vas a chocar”.
Los asistentes aplaudieron. Un consultor explicó que, gracias al Gemelo, ahora se podía saber con cinco años de antelación que dentro de cinco años habría que actualizar el Gemelo.
El ingeniero del chip, que había conseguido colarse en el acto disfrazado de periodista, levantó la mano:
—Perdón, ¿y el margen de veinticinco kilómetros?
—El Gemelo lo mejora —contestó el consultor—. Ahora el margen es de veinticinco kilómetros virtuales, que equivalen a treinta y dos kilómetros reales, sujeto a actualizaciones de firmware y a la disponibilidad presupuestaria.
El ingeniero asintió, sacó el móvil, abrió la aplicación del chip de un euro y mostró que en ese preciso momento el AVIA y el Iryo estaban a 29,4 kilómetros reales. Nadie le hizo caso. Estaban demasiado ocupados haciéndose selfies con el ministro y el tren pixelado.
Capítulo 7: El último payaso
Seis meses después de la inauguración, el Gemelo Digital se cayó. No el tren: el sistema. Una actualización de software hizo que el gemelo creyera que todos los trenes estaban en la estación de Chamartín al mismo tiempo. Se activó la alerta máxima. Se pararon doce trenes de alta velocidad durante cuatro horas. Los viajeros, furiosos, descubrieron que la aplicación del chip de un euro seguía funcionando perfectamente y les decía exactamente dónde estaba cada convoy.
El presidente del Circo compareció ante los medios:
—Ha sido un éxito. El Gemelo ha detectado una anomalía que el sistema antiguo no habría detectado nunca, porque el sistema antiguo no existe. Ahora sabemos que hay que hacer un Gemelo del Gemelo. Presupuesto estimado: 120 millones. Plazo: siete años.
En la última fila, el maquinista de Valladolid y el del Iryo se miraron, se encogieron de hombros y se mandaron otro emoji. Esta vez era un payaso.
Epílogo Final
Años más tarde, el Gemelo Digital del Gemelo Digital seguía en fase de “definición de requisitos”. Los chips de un euro seguían pegados con cinta americana debajo de los asientos, actualizados de vez en cuando por los propios maquinistas con una aplicación que había hecho un chaval de 19 años en su habitación.
De vez en cuando, algún nuevo director llegaba al puesto, descubría los chips y proponía sustituirlos por “una solución integral basada en inteligencia artificial y gemelos digitales de última generación”. Entonces alguien le enseñaba la factura de los 87 millones y la foto del tren pixelado, y el nuevo director se quedaba callado un rato.
Luego pedía un café con espuma y convocaba un comité.
Porque, al fin y al cabo, en este país siempre hay sitio para un payaso más.
(Fin)
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