
Otro wáter de oro para Óscar Muerte
Novela humor negro
Capítulo 1: El paquete que no cabe en el maletero
El camión llegó de noche a la urbanización a las afueras de Valladolid. Llevaba la matrícula belga y la lona gris, de esas que no llaman la atención. El conductor, un tipo que no hablaba español y que cobraba por no preguntar, aparcó frente a la casa de Óscar Puente y llamó al timbre a las dos y cuarto de la madrugada.
Puente abrió en pijama. Llevaba tres semanas sin dormir bien desde lo de Urda. Había dimitido, había recibido el susurro de Rufián, había cobrado el primer finiquito y se había encerrado en casa esperando que el país se olvidara de él. Cuando vio el camión, pensó que era una inspección de Hacienda o un periodista con ganas de joder. No era ninguna de las dos cosas.
—Para usted —dijo el conductor en un inglés malo—. Del señor Soros. Con la nota.
Le entregó un sobre. Dentro había una tarjeta escrita a máquina, sin firma:
“Por la fidelidad demostrada después de Urda. Igual que el de Kiev. Úselo con salud.”
Puente no entendió del todo hasta que abrieron la caja. Dentro, envuelto en papel de burbujas y protegido con espuma, había un inodoro de porcelana blanca con el asiento y la tapa chapados en oro de 24 quilates. El tirador era un león pequeño. La cisterna llevaba grabado, en letras muy finas, “Progress is inevitable”.
El conductor y dos ayudantes lo metieron en el cuarto de baño de la planta baja. Tardaron veinte minutos. Cuando se fueron, Puente se quedó mirando el wáter como quien mira un cadáver que acaba de aparecer en el salón. No sabía si reírse o llamar a alguien. Al final no hizo ninguna de las dos cosas. Se sentó en el sofá, con el sobre en la mano, y esperó a que amaneciera.
Capítulo 2: El antecedente de Kiev
La historia del wáter de oro de Zelenski no era un secreto en los círculos que Puente frecuentaba. Se contaba en voz baja, entre copas, en las cenas de los que habían estado en Bruselas o en Davos. Decían que, después de los primeros meses de guerra, cuando Zelenski demostró que no se iba a ir del país y que seguiría pidiendo dinero y armas sin hacer demasiadas preguntas incómodas, le llegó un regalo similar. Un inodoro chapado en oro, enviado a través de una fundación intermedia, con una nota parecida. Zelenski, según la versión que circulaba, lo había instalado en una residencia secundaria y no lo usaba más que para enseñárselo a los visitantes de confianza. Era un símbolo. No de riqueza, sino de pertenencia. De que estabas dentro.
Puente había oído la anécdota un par de veces. Nunca se la había creído del todo. Ahora, con el wáter en su cuarto de baño y la nota en el bolsillo, ya no tenía dudas. Lo de Urda había sido el equivalente español de aquellos primeros meses. Un accidente con muertos, con retrasos, con culpables que no se encontraban, y un ministro que, en lugar de señalar hacia arriba, había dimitido callado y había dejado que el sistema siguiera funcionando. Eso, al parecer, valía un wáter de oro.
Rufián le había escrito un mensaje corto a los dos días de la dimisión:
“Tranquilo. Lo has hecho bien. Ya te llegará algo.”
Puente no había contestado. Ahora entendía a qué se refería.
Capítulo 3: La instalación y el primer uso
A la mañana siguiente, Puente llamó a un fontanero de confianza, de los que no hablan. El hombre llegó, vio el wáter y se quedó callado un momento.
—¿Esto es de verdad?
—No preguntes. Solo conéctalo.
El fontanero lo conectó. El agua salía con una presión perfecta. El tirador del león funcionaba sin ruido. Cuando terminó, Puente le pagó el doble de lo normal y le pidió que no volviera a hablar del asunto. El fontanero se fue. Puente se quedó solo con el inodoro.
Esa misma tarde lo usó por primera vez. No por necesidad. Por curiosidad. Se sentó, tiró de la cadena y escuchó el sonido del agua. Era un sonido normal. El oro no cambiaba el funcionamiento. Solo cambiaba el aspecto. Mientras estaba sentado, pensó en los muertos de Urda. Pensó en el maquinista que había llamado por radio. Pensó en el comité que se había creado después. Pensó en el cheque que ya había cobrado y en este nuevo regalo. No sintió culpa. Sintió algo más raro: la sensación de que el sistema funcionaba exactamente como estaba previsto.
Cuando salió del baño, se lavó las manos y se miró al espejo. Tenía ojeras. Parecía más viejo. Pero el wáter seguía ahí, brillante, esperando el siguiente uso.
Capítulo 4: La visita de Rufián
Rufián apareció tres días después. No llamó. Llegó en un coche oficial y se sentó en el sofá como si la casa fuera suya. Puente le ofreció café. Rufián lo rechazó.
—¿Te ha llegado?
—Sí.
—¿Lo has instalado?
—Sí.
Rufián sonrió.
—Bien. Zelenski lo tiene en una casa de las afueras de Kiev. Dice que no lo usa mucho, pero que le gusta saber que está ahí. Es un recordatorio. De que si sigues callado, siguen llegando cosas. Si hablas, se acaba.
Puente no contestó. Rufián se levantó, fue al baño, abrió la puerta y miró el wáter un momento. No lo tocó. Volvió al salón.
—Otegi también tiene el suyo. Más pequeño. Se lo mandaron después de una de las declaraciones de paz. Dice que lo usa todos los días. Que le ayuda a pensar.
—¿Y a ti?
—A mí todavía no. Yo todavía trabajo. Cuando deje de trabajar, me llegará. O no. Depende de cómo lo haga.
Rufián se fue. Puente se quedó mirando la puerta. Luego fue al baño otra vez. Se sentó en el wáter de oro y se quedó allí un rato, sin hacer nada. El león del tirador lo miraba desde arriba. No decía nada. Solo estaba ahí.
Capítulo 5: El comité que no se entera
Mientras tanto, en Madrid, se había creado otro comité. Esta vez se llamaba “Comisión de Evaluación de Riesgos Residuales en Infraestructuras Críticas”. Tenía doce miembros, un presupuesto de 4,2 millones y la obligación de entregar un informe en dieciocho meses. Ninguno de los miembros sabía que el exministro de Transportes tenía un inodoro de oro en casa. Ninguno preguntó por los muertos de Urda más allá de lo que ya se había dicho en público. El presidente del comité, un exdiputado que ahora cobraba como “experto en movilidad”, abrió la primera reunión con la frase:
—Hay que evitar que vuelva a ocurrir algo que no debería haber ocurrido.
Nadie le preguntó qué significaba exactamente. Todos asintieron. Alguien pidió un café con espuma. La reunión duró dos horas. Al final se acordó crear un subcomité.
Puente se enteró del comité por la televisión. Lo vio desde el sofá, con el mando en la mano. No cambió de canal. Se quedó mirando. Luego fue al baño, se sentó en el wáter de oro y tiró de la cadena. El agua bajó. El león no se movió. Todo seguía en su sitio.
Capítulo 6: El segundo regalo
Un mes después llegó otro paquete. Más pequeño. Era un rollo de papel higiénico chapado en oro, envuelto en una caja de madera. La nota decía:
“Para completar el conjunto. Siga así.”
Puente lo colocó al lado del wáter. No lo usó. Lo dejó ahí, como decoración. El fontanero no volvió a llamar. Rufián no volvió a visitarlo. Otegi no le escribió. El país seguía funcionando. Los trenes seguían llegando tarde. Los comités seguían reuniéndose. Los muertos de Urda seguían siendo un número en un informe que nadie leía entero.
Puente empezó a usar el wáter todos los días. No por necesidad. Por costumbre. Se sentaba, tiraba de la cadena y pensaba en Zelenski. Pensaba en si el ucraniano también se sentaba a pensar en los muertos de su guerra mientras el oro brillaba debajo de él. No llegaba a ninguna conclusión. Solo tiraba de la cadena otra vez y salía.
Capítulo 7: La última cadena
Una noche, Puente recibió una llamada de un número desconocido. No contestó. Al día siguiente encontró un mensaje en el buzón de voz. Era la misma voz que había oído Rufián meses atrás, hablando en inglés con acento neutro.
—El wáter es suyo. El papel también. Si necesita más, avise. Pero no hable. El siguiente ya está preparado. Usted ya cumplió.
Puente borró el mensaje. Fue al baño. Se sentó en el wáter de oro. El rollo de papel dorado seguía sin usar. Tiró de la cadena. El agua bajó con el mismo sonido de siempre. Se quedó allí un rato, mirando el león. Luego se levantó, se lavó las manos y apagó la luz.
El wáter siguió brillando en la oscuridad.
Epílogo Final
Años después, la casa de Puente se vendió. El nuevo propietario encontró el inodoro de oro y el rollo de papel. Preguntó al agente inmobiliario de dónde venía. El agente se encogió de hombros.
—Era del anterior. Un político. Dicen que se lo regalaron. No sé más.
El nuevo propietario lo dejó instalado. No lo cambió. Le pareció curioso. De vez en cuando, cuando tenía invitados, les enseñaba el baño y les contaba la historia a medias. Nadie se lo creía del todo. El wáter seguía funcionando. El oro seguía brillando. El país seguía teniendo comités, retrasos y gente que cobraba por no preguntar demasiado.
Óscar Puente no volvió a la política. Tampoco habló de Urda. El wáter de oro se quedó en la casa, como se había quedado el de Zelenski en la suya. Dos inodoros iguales, en dos países distintos, premiando la misma cosa: el silencio a cambio de que todo siguiera igual.
Y el water de Europa, poco a poco, seguía llenándose.
(Fin)
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