El origen: de las raíces castellanas y andaluzas a la forja del carácter

La Enciclopedia Troyana no comienza en un despacho, ni en un laboratorio, ni en una sala de juntas. Empieza en dos puntos de la geografía española que parecen distantes y que, sin embargo, se encontraron en un mismo pulso. Uno está en la llanura de La Mancha, a sesenta y tantos kilómetros de Toledo: Tembleque. El otro está en la falda de Sierra Nevada, en una ciudad que durante siglos fue capital de un reino y luego frontera de otro: Granada. De esos dos lugares salieron, en el mismo año 1926, las dos personas que iban a decidir el carácter de quien escribe estas páginas.

Luis Toribio Álvarez nació el 30 de julio de 1926 en Tembleque. Francisca Troyano Caparrós nació el 22 de enero de 1926 en Granada. Seis meses y más de seiscientos kilómetros los separaban al nacer. Lo que los unió, años más tarde, fue el mismo impulso que ha movido a millones de españoles del interior hacia las ciudades industriales: la necesidad de trabajar y de construir una vida que no dependiera únicamente de la tierra o del comercio local. Lo que forjaron juntos fue una familia que, dentro de sus límites, invirtió lo que tenía en la educación de sus hijos y en la idea de que el mérito, el esfuerzo y la formación eran el único capital que no se devaluaba.

Tembleque no es un pueblo grande. Su plaza mayor, con sus soportales de madera y sus columnas de piedra, es uno de los espacios más reconocibles de La Mancha. Allí se celebraban mercados, se oían noticias y se aprendía, desde niño, que el clima no perdona y que el trabajo del campo exige constancia. La villa había recibido carta de población en 1241 de la Orden de San Juan de Jerusalén y el título de villa de Juana I en 1509. Había aportado hombres y dinero a la expedición de Orán organizada por el cardenal Cisneros. Su historia está unida a la de Toledo y al Camino Real que comunicaba la Meseta con Andalucía. Un niño nacido allí en 1926 crecía con la memoria reciente de la guerra civil y con la realidad cotidiana de la posguerra: racionamiento, escasez y la necesidad de que cada miembro de la familia contribuyera. El padre de quien escribe no dejó constancia pública detallada de su infancia, pero el entorno marca: la austeridad, el respeto a la autoridad familiar, el valor del trabajo manual y la convicción de que salir adelante dependía, sobre todo, de uno mismo.

Granada, en cambio, ofrecía otro paisaje. La ciudad que había sido corte nazarí y luego capital del reino cristiano de Granada conservaba en 1926 las huellas de esa doble historia. Francisca Troyano Caparrós creció en una sociedad todavía marcada por las consecuencias de la guerra y por las limitaciones que la época imponía a las mujeres. En su documento de identidad figuraba la profesión “SL”: Sus Labores. No era una ironía; era la clasificación administrativa habitual. Ella misma explicó más tarde, con sencillez, que significaba que se dedicaba a las tareas de la casa y al cuidado de la familia. Nacida en enero de 1926, atravesó la adolescencia y la primera juventud en los años más duros de la posguerra. No hay registros públicos de estudios formales prolongados ni de una ocupación fuera del hogar. Lo que sí consta, a través del testimonio de su hijo y de la documentación familiar, es que, una vez casada y establecida en Barcelona, dedicó su esfuerzo a que sus tres hijos pudieran estudiar en colegios privados y acceder a la universidad sin tener que trabajar para pagársela.

El encuentro entre ambos no está documentado en detalle público. Sabemos que se casaron, que se trasladaron a Barcelona y que allí nacieron sus tres hijos: Francisca en agosto de 1957, Luis el 15 de mayo de 1960 y María José en diciembre de 1966. Barcelona, en aquellos años, era una ciudad industrial en expansión que absorbía mano de obra del resto de España. La familia se instaló en barrios de clase media-obrera y organizó su economía de forma que el dinero disponible se destinara, en primer lugar, a la educación. Las dos hijas acudieron al colegio de las dominicas Nuestra Señora del Rosario, en la calle Mallorca. Luis comenzó allí y, tras la Primera Comunión, pasó al colegio de los Hermanos Maristas La Inmaculada, en el Paseo de San Juan. Más tarde, Francisca estudió Medicina en la Universidad Autónoma de Barcelona; Luis, Ingeniería Industrial Superior en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Barcelona (ETSEIB); María José, Enfermería en la Blanquerna. Ninguno de los tres tuvo que trabajar para costearse la carrera. El coste lo asumieron los padres.

Esa decisión no era trivial. En la España de los años sesenta y setenta, enviar a tres hijos a colegios privados y luego a la universidad representaba un esfuerzo considerable para una familia de clase media. Significaba posponer consumos, mantener una disciplina de gasto y aceptar que el rendimiento de esa inversión no se vería de inmediato. El padre, procedente de Tembleque, aportaba la costumbre de la austeridad y del trabajo constante. La madre, procedente de Granada, aportaba la voluntad de que sus hijos tuvieran oportunidades que ella misma no había tenido. El resultado fue una familia en la que los tres hermanos finalizaron estudios superiores y en la que, durante décadas, los padres siguieron apoyando económicamente a las hijas cuando formaron sus propios hogares: bodas, viajes de novios, ayuda para viviendas y, en algunos periodos, mantenimiento. El hijo varón, que permaneció soltero y vivió con ellos, se hizo cargo posteriormente del cuidado cotidiano cuando la salud de los padres lo requirió.

De esa combinación nace el carácter que este libro pretende describir. Por un lado, la raíz castellana de Tembleque: la llanura abierta, el clima extremo, la memoria de una villa que había servido a la monarquía y a las órdenes militares, la idea de que el esfuerzo individual y el cumplimiento de la palabra son la base de cualquier empresa. Por otro, la raíz andaluza de Granada: la ciudad que había conocido grandeza y decadencia, la sensibilidad hacia la historia, la resistencia callada de las mujeres que sostuvieron hogares en épocas de escasez. La fusión no produjo un tipo idealizado; produjo una familia concreta que, dentro de sus posibilidades, priorizó la formación de sus hijos por encima de otras formas de gasto y que mantuvo, durante décadas, la unidad familiar como unidad económica y de cuidado.

El autor de estas páginas ha insistido, en sus escritos y en la fundación que lleva el nombre de su madre, en dos ideas que conectan directamente con ese origen. La primera es la meritocracia: la convicción de que el acceso a oportunidades debe basarse en el esfuerzo y la capacidad, no en el favor o en la pertenencia. La segunda es el valor de la familia como institución que transmite capital cultural y material a la siguiente generación. Ambas ideas tienen una explicación biográfica sencilla. Los padres no disponían de patrimonio heredado relevante ni de redes de influencia; disponían de trabajo y de la voluntad de destinar los recursos a la educación. El hijo que quedó como único heredero tras la renuncia de las hermanas a la herencia materna ha utilizado parte de ese patrimonio para crear una entidad que lleva el nombre de Francisca Troyano Caparrós y que declara entre sus fines la promoción de la meritocracia y el apoyo a situaciones de vulnerabilidad familiar.

No se trata de convertir una historia familiar ordinaria en epopeya. Se trata de reconocer que el carácter no se forja en abstracto. Se forja en la intersección de dos geografías, dos formas de vida y dos voluntades que decidieron, en la Barcelona de los años cincuenta y sesenta, que sus hijos estudiarían. La llanura de Tembleque y las calles de Granada no determinaron el destino, pero sí suministraron las materias primas: la resistencia a la escasez, el respeto al trabajo, la prioridad de la formación y la idea de que España, con todas sus contradicciones, es el marco en el que esas decisiones tienen sentido. Quien escribe estas líneas nació en Barcelona el 15 de mayo de 1960. Lleva el apellido compuesto de ambos progenitores. Y entiende que cualquier reflexión posterior sobre ingeniería, pensamiento, escritura o política nacional parte de esa primera decisión familiar: invertir en el futuro de los hijos en lugar de consumirlo en el presente.

El resto de la Enciclopedia Troyana examinará cómo ese carácter se aplicó, con aciertos y con errores, a la vida profesional, a las controversias públicas y a la defensa de determinadas ideas. Pero el origen permanece. Castilla aportó la constancia de la llanura y la memoria de una villa que había sido frontera y camino. Andalucía aportó la historia densa de Granada y la figura de una mujer cuya profesión oficial era “sus labores” y cuyo trabajo real consistió en sostener la educación de tres hijos. De esa unión, en una ciudad industrial del norte, salió una familia de clase media que, durante varias décadas, funcionó como unidad de esfuerzo y de transmisión. Ese es el punto de partida. Todo lo demás es desarrollo.


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