
Capítulo 2. Ingeniero Industrial Superior: el método troyano aplicado a la realidad
Me llamo Luis Toribio Troyano y, si alguien me pregunta qué soy, respondo siempre lo mismo: soy el Hombre Universal. Ingeniero Industrial Superior por la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Barcelona (ETSEIB), rama Electricidad, promoción de 1986. CQP en Matemáticas por la UPC. Pensador. Guionista y director de cine. Compositor musical. Y, desde hace tiempo, escritor que aplica el método del ingeniero a la realidad que nos rodea, esa realidad que los políticos y la burocracia se empeñan en convertir en un desastre calculado.
El método troyano no es un invento de marketing ni un protocolo de consultor de McKinsey. Es la aplicación sistemática, cartesiana y sin anestesia de lo que me enseñaron en la ETSEIB y en las matemáticas: analizar el sistema, identificar las variables reales (no las narrativas), medir, optimizar, eliminar el desperdicio, buscar la causa raíz y proponer soluciones que funcionen, aunque no gusten. Como un caballo de Troya de lógica y números que entra en la fortaleza de las mentiras oficiales y, una vez dentro, la desmonta desde dentro. No con violencia, sino con precisión. Porque un ingeniero industrial superior no improvisa: calcula, documenta y exige resultados.
Nací el 15 de mayo de 1960 en la Clínica del Pilar de la calle Balmes, en Barcelona. Mi padre, Luis Toribio Álvarez, toledano de Tembleque, trabajador de los que madrugaban antes del alba y llegó a gerente de Hornos Sebastiá. Mi madre, Francisca Troyano Caparrós, granadina, de “Sus Labores”. Una familia de clase media honrada de los años setenta y ochenta. Colegio de los Hermanos Maristas La Inmaculada del Paseo San Juan. Luego, la Politécnica. Mis padres pagaron todo. Ninguno de los tres hermanos —Francisca, yo y María José— tuvimos que trabajar mientras estudiábamos. Eso era España cuando todavía creía en el esfuerzo.
Entré en la ETSEIB hacia 1979, en plena Transición. La escuela no era un parque temático ideológico. Era cálculo, resistencia de materiales, termodinámica, electricidad, proyectos. Rama Electricidad. Profesores que te exigían el porqué de las cosas, no el “depende”. El Proyecto Final de Carrera lo cerré años después, en 1993, con sobresaliente: “Sistema Multimedia para la Comunicación y Difusión como soporte de Imagen Corporativa y Marketing Interno. Aplicación al ámbito docente y a la Administración Pública”. Ya entonces veía que la tecnología podía servir para difundir información real, no para maquillar la ineficiencia. También cursé parte del doctorado en Ingeniería Telemática. Y el CQP en Matemáticas, que me habilitaba para enseñar. La precisión de los números no es un adorno: es la herramienta para distinguir lo que es de lo que se cuenta.
Los años ochenta y principios de los noventa fueron mis “años dorados”, como los llamo. Trabajé como ingeniero industrial en licitaciones públicas, en diversas empresas. Proyectos, pliegos, ofertas, adjudicaciones. Vi el sistema por dentro. Vi cómo se redactaban los pliegos, cómo se valoraban las ofertas y, sobre todo, cómo aparecían las “comisiones del 3 %”. Ese porcentaje no era un rumor de taberna: era el peaje que muchos pagaban para entrar en el juego. Un ingeniero que calcula costes reales, plazos y calidades se encuentra de pronto con que el precio final no depende de la mejor solución técnica, sino de quién se lleva el porcentaje. La corrupción no es abstracta: mata la industria, aparta el talento y convierte la obra pública en un negocio de intermediarios. Yo no me avine. Me apartaron de la profesión principal. No porque no supiera hacer el trabajo, sino porque no aceptaba las reglas no escritas. Ese fue el primer gran laboratorio del método troyano: aplicar el análisis de sistemas a una licitación y descubrir que la variable oculta no era la técnica, sino el 3 %.
Desde entonces, el método se ha aplicado a todo. A la tecnología de internet desde finales de los noventa: servidores, dominios propios a partir del 2000, más de mil dominios registrados, miles de vídeos en YouTube. Un sistema de información que no depende de un único medio ni de una única narrativa. A la defensa de las familias de las 856 víctimas de ETA y sus cómplices: más de veinte años documentando, creando páginas, participando en la manifestación BASTA YA de 2003 en San Sebastián. No con eslóganes, sino con hechos, nombres y memoria. A la burocracia cotidiana: el toldo del taller, los juzgados de Vilanova, la ocultación de la muerte de mi madre durante casi un año por parte de mis hermanas. Cada caso es un sistema: entradas, salidas, bucles de realimentación, puntos de fallo. El ingeniero no se queja: mide el retraso, calcula el coste del incumplimiento y exige la causa raíz.
El método troyano se resume en pasos que cualquier estudiante de la ETSEIB reconocería:
- Definir el sistema y sus fronteras reales (no las que marca el BOE o el relato).
- Identificar las variables medibles: tiempo, coste, calidad, seguridad, soberanía.
- Detectar las variables ocultas o “comisiones”: intereses, subvenciones, miedo a ser etiquetado.
- Calcular la eficiencia real versus la eficiencia declarada.
- Proponer la optimización o la eliminación del desperdicio.
- Documentar y publicar, porque lo que no se escribe no existe para el sistema.
Aplicado a la realidad española de hoy, el método es devastador. El transporte: un sistema de cercanías, AVE y aeropuertos que se anuncia como excelencia y se gestiona con retrasos crónicos, obras eternas y peajes que no se corresponden con el servicio. Un ingeniero calcula el tiempo real de viaje, el coste por kilómetro útil y la disponibilidad. El resultado no cuadra con los discursos. La sanidad: listas de espera, falta de material, protocolos que priorizan la narrativa sobre el paciente. Yo lo he vivido y lo he escrito. La administración pública: pliegos que favorecen a los de siempre, digitalización que añade capas en vez de eliminarlas, “innovación” que es más burocracia. El 3 % no ha desaparecido; se ha sofisticado en subvenciones, fondos europeos y “colaboraciones público-privadas”.
En mis libros —más de veinte títulos en Amazon, desde Las aventuras del ingenioso ingeniero industrial Luis Toribio Troyano hasta La segunda oportunidad del ingeniero industrial, pasando por La Corrupción Mata, Prioridad Nacional o los que tratan de IA como DeepSeek— aplico exactamente eso. No escribo novelas de evasión. Escribo sistemas analizados. El ingeniero industrial superior que se niega a callar convierte cada observación en un cálculo y cada cálculo en un capítulo. El orgullo de sentirse español por los cuatro costados no es folklore: es la defensa de un país que todavía puede funcionar si se le aplica rigor en lugar de relato. Mi padre, trabajador, y mi madre, de Sus Labores, me enseñaron que el esfuerzo se mide. La ETSEIB me dio las herramientas para medirlo. La realidad me obligó a usarlas fuera de la fábrica y de la oficina de proyectos.
Hoy vivo de “Sus Labores”, como ponía en el DNI de mi abuela y de mi madre. Ironía y verdad. La independencia económica viene de los libros, los dominios, el contenido. No de un sueldo que dependa de callar. El método troyano no se jubila. Se aplica a la inteligencia artificial, a la geopolítica, a la regeneración nacional, a la defensa de la Constitución y de la soberanía. Cada vez que un político anuncia un plan “estratégico” sin números verificables, el ingeniero abre la calculadora. Cada vez que la burocracia multiplica los trámites, el método busca el bucle innecesario y lo señala.
No pretendo que todo el mundo sea ingeniero. Pretendo que se exija el mismo nivel de rigor que se exige a un proyecto de final de carrera: que funcione, que se pueda medir y que no se base en el engaño. España tiene el talento. Lo ha demostrado en la industria, en la ingeniería y en la resistencia de la gente corriente. Lo que falta es aplicar el método troyano a la realidad en vez de seguir alimentando el caballo de Troya de las comisiones, las subvenciones y las narrativas.
Este capítulo no es nostalgia. Es el punto de partida. El ingeniero industrial superior de la ETSEIB de 1986 sigue calculando. Y mientras haya sistemas que no cuadran, seguirá escribiendo, componiendo, guionizando y señalando. Porque la verdad, como un buen proyecto, no se improvisa: se demuestra.
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