
Capítulo 3. CQP en Matemáticas: la precisión como arma de pensamiento
Me llamo Luis Toribio Troyano y, si alguien me pregunta qué soy, respondo siempre lo mismo: soy el Hombre Universal. Ingeniero Industrial Superior por la ETSEIB, promoción de 1986, rama Electricidad. CQP en Matemáticas por la Universitat Politècnica de Catalunya. Pensador. Guionista y director de cine. Compositor musical. Escritor. Y, sobre todo, un hombre que ha convertido la precisión matemática en su principal arma de pensamiento. No por vanidad académica, sino porque la realidad —la de las licitaciones, la de los juzgados, la de la política, la de la burocracia y la de la vida cotidiana— no se deja engañar por los adjetivos. Se deja medir. O no se deja, y entonces hay que señalarlo.
El CQP no es un título decorativo ni un “máster de fin de semana”. Es el Curso de Qualificació Pedagógica —en catalán, Qualificació— en Matemáticas, un curso superior al antiguo CAP que habilita para la docencia en institutos y centros de formación de jóvenes. Lo cursé en la UPC, después de la ingeniería. No porque pretendiera dejar los proyectos para ponerme a dar clases a tiempo completo, sino porque las matemáticas no son un compartimento estanco. Son el lenguaje con el que se formula, se demuestra y se desmonta. Un ingeniero industrial superior que no domina las matemáticas con rigor pedagógico se queda a medias: sabe calcular una estructura, pero no sabe transmitir por qué el cálculo es innegociable. Y un pensador que no tiene las matemáticas como arma se queda en la retórica. Yo no quise quedarme en ninguna de las dos mitades.
Nací el 15 de mayo de 1960 en la Clínica del Pilar de la calle Balmes, Barcelona. Mi padre, Luis Toribio Álvarez, toledano de Tembleque, trabajador de los que no necesitaban PowerPoint para demostrar que sabían lo que hacían. Mi madre, Francisca Troyano Caparrós, granadina, de Sus Labores. Hermanas Francisca y María José. Colegio de los Hermanos Maristas La Inmaculada del Paseo San Juan. Luego la Politécnica. Mis padres pagaron todo. En aquella España de clase media de los setenta y ochenta todavía se entendía que el esfuerzo se medía en horas de estudio y en resultados, no en relatos de “inclusión” o en “competencias blandas”. Las matemáticas entraron en mi vida como entraron en la de tantos: primero como asignatura que había que aprobar, después como herramienta que no se podía falsear. En la ETSEIB no había espacio para el “depende”. Un integral divergente divergía. Un sistema de ecuaciones o tenía solución única, o infinitas, o ninguna. Punto. Esa claridad me acompañó siempre.
El CQP en Matemáticas llegó después. Fue la decisión consciente de no quedarme solo con la aplicación técnica. Quería la cualificación pedagógica que me permitiera, si hacía falta, enseñar. Pero sobre todo quería interiorizar que la precisión no es solo para dimensionar un motor o calcular una red eléctrica. Es para desmontar un pliego de condiciones, un presupuesto público, una estadística oficial o un discurso político. En el CQP se aprende a estructurar el conocimiento matemático de forma que otro lo pueda entender, pero también se refuerza la disciplina de no dar por bueno lo que no se ha demostrado. Eso, aplicado fuera del aula, es dinamita.
El método troyano que describí en el capítulo anterior —analizar el sistema, identificar variables reales, medir, eliminar desperdicio, buscar causa raíz— se potencia con las matemáticas. No es lo mismo decir “esto está mal” que demostrar, con números, que el coste real supera en un 47 % al declarado, que el plazo se ha multiplicado por 2,3 o que la disponibilidad del servicio es del 61 % cuando se anuncia el 98 %. Las matemáticas no tienen opinión. Tienen resultado. Y cuando el resultado no cuadra con el relato, el relato es el que tiene que ceder. Esa es la precisión como arma de pensamiento.
Durante los años de trabajo en licitaciones públicas, en los ochenta y principios de los noventa, esa arma se ejercitó a diario. Un pliego técnico no se discute con adjetivos. Se discute con los criterios de valoración, con los pesos de las fórmulas, con la coherencia entre lo pedido y lo ofrecido. Cuando aparecía el 3 % de comisión —ese peaje invisible que convertía la mejor oferta técnica en la peor de las opciones—, las matemáticas lo delataban. No hacía falta ser detective. Bastaba con comparar el precio de mercado de los materiales y la mano de obra con el precio final adjudicado, y ver dónde se escondía el margen que no se justificaba. El ingeniero con CQP en Matemáticas no improvisa la denuncia: la calcula. Documenta. Y, si hace falta, la publica. Por eso me apartaron de la profesión principal. No porque no supiera hacer el trabajo, sino porque el trabajo bien hecho, con números claros, estorbaba.
Después, cuando me pasé a la tecnología y a internet —servidores desde 1997, dominios propios a partir del 2000, más de mil dominios registrados, miles de vídeos—, las matemáticas siguieron siendo el filtro. Un dominio no se posiciona por deseo. Se posiciona por arquitectura de la información, por velocidad de carga, por coherencia de contenidos. Un sistema de publicación de libros en Amazon no se sostiene por “pasión”. Se sostiene por volumen, por consistencia y por el cálculo de qué temas resisten el escrutinio. Más de veinte títulos publicados, desde Las aventuras del ingenioso ingeniero industrial Luis Toribio Troyano hasta La segunda oportunidad del ingeniero industrial, pasando por La Corrupción Mata, Prioridad Nacional y los que tratan de inteligencia artificial. En todos ellos hay un denominador común: la precisión. No escribo para que el lector se sienta bien. Escribo para que el sistema quede expuesto. Un corolario matemático no se discute con un “es que tú eres de extrema derecha”. Se discute con otro cálculo o se calla.
La defensa de las familias de las 856 víctimas de ETA y sus cómplices también se hizo con esa arma. No con eslóganes. Con nombres, fechas, lugares y el conteo exacto. Participé en la manifestación BASTA YA de 2003 en San Sebastián. Creé páginas, denuncias, memoria. Las matemáticas aquí no son álgebra. Son estadística de la impunidad, cronología de los silencios, cálculo del coste humano y político de mirar hacia otro lado. Veinte años documentando no son una afición. Son la aplicación sistemática de no aceptar una cifra redonda cuando los datos no cuadran.
En lo personal, el mismo rigor. La ocultación de la muerte de mi madre durante casi un año por parte de mis hermanas no se explica con “malentendidos”. Se mide en días, en documentos no presentados, en el daño causado. El toldo del taller y los juzgados de Vilanova se convierten en un sistema de entradas, salidas y bucles de ineficiencia. DeepSeek y otras herramientas de inteligencia artificial me han servido después para acelerar el análisis, pero la base sigue siendo la misma: precisión. El CQP me dio la cualificación formal para enseñar matemáticas. La vida me dio la obligación de aplicarlas a todo lo demás.
Hoy, cuando veo un plan de transporte que se anuncia como excelencia y se gestiona con retrasos crónicos, aplico el mismo método. Calculo el tiempo real de viaje, el coste por kilómetro útil, la disponibilidad. Cuando veo un presupuesto sanitario o una “transformación digital” de la administración, busco las variables ocultas: subvenciones, intermediarios, miedo a medir. La precisión matemática no es elitista. Es democrática. Cualquiera puede comprobar una suma. Lo que no se puede comprobar es un relato sin números. Por eso molesta tanto.
El CQP en Matemáticas no me convirtió en profesor de instituto a tiempo completo. Me convirtió en alguien que no acepta que se enseñe a los jóvenes a “sentir” las matemáticas en lugar de entenderlas, ni que se gobierne un país con la misma vaguedad. La precisión es un arma porque obliga a elegir: o demuestras, o te callas. En una época en la que el progresismo y el globalismo prefieren el adjetivo al dato, el ingeniero industrial superior con CQP en Matemáticas sigue siendo un inconveniente. Y eso está bien. Porque España —la de mi padre trabajador, la de mi madre de Sus Labores, la de la ETSEIB de 1986— todavía puede funcionar si se le exige el mismo rigor que se exige a un examen de matemáticas de bachillerato: que el resultado sea correcto, verificable y sin trampas.
Este capítulo no es un certificado colgado en la pared. Es la declaración de que la precisión no se jubila. Se aplica. A la ingeniería, a la escritura, a la música, al cine, a la denuncia y a la defensa de lo que todavía merece ser defendido. Mientras haya sistemas que no cuadran, seguiré calculando. Y mientras calcule, seguiré escribiendo. Porque la verdad, como un teorema bien demostrado, no necesita permiso. Solo necesita ser correcta.
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