ADIF: Apañamos Deliberadamente Investigaciones Ferroviarias

Una novela negra y cínica

Prólogo: La hora del té

A las 7:45 de la mañana del 12 de octubre, cuando España respiraba el vago orgullo festivo de un puente discutido, dos proyectiles de acero y sueños de progreso, un Alvia con destino Madrid y un Iryo con rumbo Córdoba, decidieron anular mutuamente sus trayectorias en un tramo olvidado de vías cerca de Adamuz. No hubo estruendo épico, solo un quejido metálico, un crujido de costillas fracturadas y luego un silencio denso, polvoriento, salpicado por el tintineo lastimero de cristales cayendo sobre la balasta. El humo se elevó no como una bandera, sino como un sudario sucio contra el cielo limpio de la mañana.

Mientras los primeros gemidos se colaban por la radio de emergencia, en el Centro de Control de Tráfico Centralizado (CTC) de la zona, reconvertido hacía años en el cotarro privado de los amiguetes de la política, sonaba “La Gracia de Dios” de Estopa a todo volumen. El operario de turno, un tipo con cara de pocas pulgas y menos sueño llamado Raúl, ni siquiera notó el parpadeo furibundo de las luces de alarma en su pantalla, opacadas por el humo de un puro habano y la estela de una botella de Johnnie Walker Blue Label. En la sala de control, bautizada irónicamente por sus usuarios como “La Cabina”, tres señores con corbata de seda y camisa despechugada, acompañados por dos jóvenes de sonrisa profesional y vestido ceñido, brindaban por “la unidad de España”. Uno de ellos, un alto cargo de ADIF con un anillo de sello que arañaba la copa al brindar, soltó una carcajada.

—¡Más nos vale que la unidad aguante estos viajes, Federico! —dijo, dándole una palmada en la espalda a un hombre pálido y sudoroso de RENFE—. Rogamos empujen nuestros ferrocarriles estropeados, ¿eh? ¡Jajaja!

La broma interna, el acrónimo sacrílego (RENFE: Rogamos Empujen Nuestros Ferrocarriles Estropeados), era un clásico en sus reuniones. Sonó el teléfono móvil de Raúl. Lo miró con fastidio. Era un número interno. Lo silenció. A las 8:03, una llamada del 112 hizo vibrar el suelo. El de ADIF, irritado, le hizo un gesto: “Cállalo, coño”. Raúl apagó el teléfono. Había un partido de póquer empezando en la sala de descansos, y él iba de farol.

Mientras, en Adamuz, el silencio se volvió clamor. Y luego, desesperación.

Capítulo 1: Los perdedores del sistema

Héctor Sanabria era un perdedor. Lo sabía, lo asumía cada mañana al afeitarse ante el espejo que le devolvía la imagen de un hombre de cincuenta y dos años con ojos de lija y una resignación pegada a la piel como una camisa sudada. Había sido perito ferroviario, uno de los mejores. Ahora era un “consultor externo”, un eufemismo para “chivo expiatorio a tiempo parcial”. Trabajaba para CIAF, el Club Independentista Aprietos Financieros, aunque el nombre oficial era “Centro Independiente de Análisis Ferroviario”. Una tapadera. Una preciosa, cómoda y lucrativa tapadera creada años atrás por mentes previsoras de RENFE y ADIF para que, cuando la mierda llegara al ventilador –y siempre llegaba–, salpicara a un ente difuso, impreciso, lleno de “expertos independientes” cuyo único trabajo era firmar informes a medida y desaparecer.

Héctor era un desaparecido profesional. Su oficina era un cuchitril en un polígono industrial de Getafe, con olor a café quemado y derrota. La llamaban “El Búnker”. Allí, los huesos de investigaciones pasadas se convertían en papeles pulcros que exculpaban sistemáticamente a las matrices. “Error humano”, “factor climático imprevisible”, “fallo en componente de terceros”. Su jerga.

Esa mañana, su jefe directo, Marcelo Sáenz, un hombre cuyo cinismo había alcanzado la categoría de arte, entró sin llamar. Traía el aire viciado de la calle y una sonrisa de tiburón.

—Héctor, joya de la corona. Se ha encendido la gran luz. Adamuz. Dos juguetes rotos. Muertos, muchos. Ya está el circo montado.

Héctor sintió un vuelco en el estómago. No por los muertos –había desarrollado un callo emocional al respecto–, sino por lo que venía: horas interminables, presión, y la certeza de que, al final, tendría que firmar una mentira más.

—¿Qué quieren que digamos? —preguntó, sin levantar la vista de su taza.

—Tranquilo. El guion lo escriben ellos. Nosotros solo corregimos la ortografía. Ya están los equipos de ADIF y RENFE en el lugar, “coordinando”. Nuestra misión empieza después, cuando los jueces pregunten. Necesitamos un borrador de informe de causas posibles para ayer. Algo genérico, plausible. Tú eres el poeta de lo plausible, Héctor.

—¿Acceso al lugar? ¿Datos del CTC? ¿Registros?

Sáenz soltó una risotada.

—¿Estás chiflado? El CTC de esa zona es un monumento al descontrol. Sabes igual que yo que el CTC ahora significa Contratación Temporal Caviar. Lo de Ábalos y Puente no fue un error, fue una visión de futuro. Es un piso franco. A esta hora, seguro que hay más restos de coca y champagne que de disciplina operativa. No, tú trabaja con lo de siempre: hipótesis de fatiga de material, error en la señalización… ya sabes. Nos pasarán los datos filtrados.

Antes de irse, Sáenz se volvió.

—Ah, y por cierto. La fiesta. No la menciones. Ni se te ocurra.

—¿Qué fiesta?

—Exacto. Esa.

Salió. Héctor encendió su ordenador, un trasto lento que parecía cargar con el peso de sus remordimientos. Abrió un documento en blanco. Tituló: “Análisis preliminar incidente Adamuz, Línea Alta Velocidad 204”. Suspiró. Empezó a escribir: “Una conjunción de factores técnicos y operativos, posiblemente relacionados con un fallo de comunicación en los sistemas de seguridad…”.

Mentira. La primera de muchas.

Capítulo 2: La farsa se monta

Mientras Héctor tecleaba su ficción en Getafe, en Adamuz el espectáculo del horror tenía su coreografía. Políticos con chubasquero impecable sobre traje de mil euros desfilaban ante las cámaras, prometiendo “una investigación exhaustiva y transparente”. Los directivos de RENFE y ADIF, pálidos pero perfectamente peinados, ofrecían sus “más sentidas condolencias” y su “colaboración plena con las autoridades”. Detrás, entre los hierros retorcidos, los equipos de rescate se movían como autómatas, sacando cuerpos y pedazos de sueños.

En la sede de ADIF, en un despacho con vistas que costaba más que el sueldo anual de Héctor, se reunía el Comité de Crisis. No era un comité para gestionar la crisis del accidente, sino la crisis de imagen y responsabilidad. Estaban el Director de Seguridad, el de Operaciones, el Jurídico y un señor callado, de traje negro, que venía de CIAF. Era el Enlace. Su trabajo era asegurar que la narrativa fluyera de ADIF/RENFE a CIAF sin fisuras.

—Lo primero —dijo el Director Jurídico, un tipo afilado como un escalpelo—, es asegurar la custodia de toda la información del CTC de los últimos 72 horas. Limpieza total. El servidor principal ya está “en mantenimiento”. Se creará un diario de operaciones alternativo para el juez. Con turnos impecables, alertas registradas, respuestas protocolarias.

—¿Y los operarios? ¿El de turno? —preguntó el de Operaciones.

—Raúl López. Un inútil. Ya está siendo convencido. Una transferencia a una cuenta en las Caimán, un puesto ficticio en una filial en Panamá y la promesa de que si habla, lo que le caerá por negligencia criminal será de por vida. Él ya sabe que estaba… distraído. Aceptará ser el chivo. El error humano.

—Y la fiesta —añadió el del traje negro de CIAF, por primera vez—. No existió. Los testigos son afiliados de confianza. La versión es una reunión de trabajo informal para coordinar el operativo especial del 12 de octubre. El alcohol era para un brindis posterior. Las mujeres, asesoras de protocolo.

Hubo un asentimiento general. El guion era sólido. La tapadera, CIAF, ya estaba preparando su primer comunicado: “Como ente independiente, supervisaremos el proceso investigador para garantizar su imparcialidad”. Era el colmo del cinismo: la empresa creada para encubrir se ofrecía como garante de la transparencia.

Capítulo 3: La periodista incómoda

León (se llamaba María, pero todos la llamaban León por su tenacidad) era periodista de investigación en un digital que sobrevivía a base de cafés fríos y publicidad de apuestas. Había cubierto demasiados accidentes ferroviarios. Conocía el olor a chamusquina institucional que desprendían. Adamuz olía a incendio forestal de mentiras.

Mientras los grandes medios recogían el comunicado oficial (“se investigan las causas”), ella husmeaba. Una fuente anónima, un ex-técnico de ADIF amargado y prejubilado, le había soltado al oído, en un bar de mala muerte, dos palabras: “CTC” y “fiesta”. Y un nombre: “Raúl López”.

León no era tonta. Sabía que ir a por ADIF o RENFE directamente era estrellarse contra un muro de trajes caros y silencios comprados. Pero había otra entidad, menos conocida, que siempre aparecía en los informes periciales de los juzgados: CIAF. Empezó a investigar. Su estructura era opaca. Sus informes, siempre concluyentes y exculpatorios para las grandes. Sus directivos, ex-altos cargos de ferrocarriles reciclados. Y su financiación, un misterio envuelto en subvenciones europeas y contratos de consultoría.

Su editor le dijo que se olvidara. “Son un agujero negro, León. Y nosotros no tenemos cohetes para explorar agujeros negros”. Pero ella persistió. Localizó a Raúl López. Intentó llamarlo. El número estaba desconectado. Su domicilio, según el registro, estaba en venta. Parecía haberse evaporado.

Entonces, se le ocurrió una idea. Buscó a los “perdedores del sistema”, los técnicos de bajo nivel que firmaban los informes de CIAF. Dio con un nombre: Héctor Sanabria. Un perito fantasma con una dirección en un polígono de Getafe.

Capítulo 4: El peso del fantasma

Héctor recibió la llamada en “El Búnker”. Una voz femenina, firme, sin rodeos.

—Señor Sanabria, soy María León, periodista. Investigo el accidente de Adamuz. Necesito hablar con usted sobre CIAF y sus métodos de investigación.

El corazón de Héctor dio un brinco de pánico. Colgó. Al minuto, sonó de nuevo. La insistencia era profesional, peligrosa. Al tercer intento, contestó, con voz más áspera de lo que pretendía.

—No tengo nada que decir. Todo lo que hacemos es público en los informes.

—Los informes son cortinas de humo, Sanabria —replicó León—. Y usted lo sabe. Firma mentiras a cambio de un sueldo. ¿Cómo duerme?

El golpe fue bajo y directo. Héctor respiró hondo.

—Duermo con pastillas. ¿Satisfecha? Déjeme en paz.

—No puedo. Hay muertos. Y hay alguien organizando fiestas con prostitutas en un centro de control cuando esos muertos se estaban produciendo. ¿Eso también es un “factor técnico imprevisible”?

Héctor se quedó helado. Ella sabía. O sospechaba lo suficiente. Colgó y se quedó mirando las manos. Manos que habían firmado la absolución de asesinos por negligencia, de corruptos, de trileros de la seguridad pública. Levantó la vista y miró su pantalla. El informe de Adamuz estaba a medio hacer. Sáenz esperaba un borrador por la tarde.

De repente, el documento le pareció una confesión firmada. Una sentencia. No la de los responsables, sino la suya propia.

Capítulo 5: La presión de los hilos

La maquinaria se puso en marcha. Los grandes periódicos, aquellos con deudas publicitarias con el holding estatal de transportes, empezaron a publicar artículos sobre “la excelencia de la red ferroviaria española” y “los estrictos protocolos de seguridad”. Un “experto independiente” –pagado por una fundación vinculada a ADIF– salió en televisión hablando de la “probabilidad estadística ínfima” y de la “imposibilidad de preverlo todo”.

Desde CIAF, Marcelo Sáenz presionaba a Héctor.

—El borrador, Héctor. Ya está tardando. Los superiores quieren algo sólido. Sugerencias: un problema en el sistema ERTMS, una interferencia electromagnética… algo que apunte a los fabricantes, a Siemens, a Alstom. Ellos tienen abogados mejores y seguros gordos. Desvía la atención.

—¿Y el operario? ¿Raúl López? —preguntó Héctor, probando el terreno.

—¿Qué operario? —la mirada de Sáenz era de hielo—. Ah, sí. El que no estaba en su puesto porque tenía una gastroenteritis aguda. Ya está en el diario alternativo. Se cubrió su puesto con un refuerzo que, desgraciadamente, estaba saturado de trabajo. Tragedia sobre tragedia.

La farsa era perfecta. Pero Héctor tenía un gusano royéndole por dentro. La llamada de la periodista había abierto una rendija. Y por esa rendija se colaba la luz fea de la realidad.

Intentó acceder a los registros crudos del CTC, aunque fuera de forma remota. Su acceso, siempre limitado, estaba ahora bloqueado. “Restringido por orden superior”. Buscó en servidores internos cualquier mención a Adamuz previa al accidente. Encontró un memorándum de dos semanas antes, de un jefe de mantenimiento de zona a la dirección de ADIF. El asunto: “Solicitud urgente de intervención en cambio de agujas y sistema de balizas, tramo 204-A”. El estado del memorándum: “Archivado. Prioridad baja. Recursos asignados a nuevos proyectos”.

La sangre se le heló. Lo tenía delante. La negligencia no era del operario, era sistémica, deliberada. Se priorizaba la inauguración de nuevas líneas (y sus jugosos contratos) sobre el mantenimiento de las existentes. Y alguien había archivado una petición de urgencia. Esa persona tenía un nombre. Y ese nombre estaba protegido por la telaraña de CIAF, ADIF y RENFE.

Capítulo 6: La jugada desesperada

Héctor hizo una copia del memorándum. Lo guardó en una memoria USB. Luego, borró sus huellas del sistema. Sabía que si lo descubrían, su carrera –su vida– se acababa. Pero ya no le importaba. La imagen de los trenes retorcidos, que hasta entonces había sido una abstracción, se le llenó de repente de rostros gracias a la insistencia de León.

La periodista volvió a llamar.

—Sanabria, le doy una última oportunidad. Quedamos o publico mañana un artículo titulado “El perito fantasma de la estafa ferroviaria”, con su foto y su historial. Le aseguro que no le hará gracia a sus jefes.

Héctor cerró los ojos. Era un chantaje, pero uno justo. Había cruzado una línea y no había vuelta atrás.

—De acuerdo —susurró—. Pero no en mi oficina. Y traiga un portátil limpio.

Quedaron en un parque, un lugar anodino y público. Héctor llegó con la gabardina clavada al cuerpo, la USB como un carbón al rojo en el bolsillo. León llegó puntual, con una mirada escrutadora.

—Hábleme de CIAF —dijo, sin preámbulos.

Y Héctor habló. Habló de la tapadera, de los informes amañados, de la presión, del sistema diseñado para que la responsabilidad se diluyera como un azucarillo en el café de un juez sobrecargado. No mencionó la fiesta del CTC todavía. Era su único as en la manga. Pero le dio el memorándum.

—Esto es la clave. No fue un accidente. Fue un ahorro criminal. Alguien dijo que no a una reparación urgente. Este papel lo prueba.

León insertó la USB, leyó el documento. Sus ojos brillaron con una mezcla de horror y triunfo.

—Necesito nombres, Sanabria. El que firmó el archivado. Los que estaban en el CTC.

—Si le doy eso, me muero. Literalmente.

—Ya está muerto —dijo ella, con una crudeza que le recordó a sí mismo—. Solo está decidiendo de qué va a morir.

Capítulo 7: El encubrimiento final

Héctor no durmió en tres días. Sáenz lo llamaba cada dos horas preguntando por el informe. Él daba largas, inventaba problemas técnicos. Sabía que el tiempo se acababa. León publicó una primera pieza, explosiva: “Un documento interno sugiere que ADIF desoyó una alerta de seguridad crítica semanas antes de Adamuz”. La noticia cayó como una bomba. ADIF y RENFE se apresuraron a desmentir: “El documento está fuera de contexto, era una mera sugerencia rutinaria, no una alerta”. Y sacaron a sus “expertos” de CIAF, que en un comunicado árido explicaron que “el memorándum en cuestión fue evaluado y se determinó que la situación no revestía la criticadad alegada, basándose en datos técnicos”.

La cortina de humo era densa. Los grandes medios, con las manos atadas por sus intereses, no profundizaron. El caso se enredaba en tecnicismos.

Entonces, León hizo su jugada maestra. Localizó, a través de contactos en la policía local de la zona del CTC, a una de las “asesoras de protocolo” de la famosa fiesta. Una mujer asustada, a la que le habían pagado bien pero que tenía pesadillas con el ruido de la colisión. Consiguió que hablara, a cambio de anonimato. No dio nombres de políticos, pero describió la escena: el alcohol, la música, los hombres importantes “pendientes de sus teléfonos y no de las pantallas”, la orden de “no molestar bajo ningún concepto”.

León escribió el artículo. Lo tituló: “CTC: Control de Tráfico o Cubil de Tráficos? La fiesta privada mientras el Alvia y el Iryo colisionaban”. Lo envió a su editor. Este palideció.

—León, esto… esto es la guerra. Nos van a destruir.

—Es la verdad.

—La verdad es un lujo que no nos podemos permitir. Hay abogados, hay anunciantes, hay… el Ministerio.

El artículo no se publicó. El dueño del digital recibió una llamada de un número privado. Una conversación corta. Al día siguiente, León fue despedida “por reestructuración”. Su correo y acceso a los sistemas, revocados.

Héctor lo supo cuando intentó llamarla y el número daba fuera de servicio. Supo que habían perdido. Que el sistema, una vez más, había aplastado la verdad bajo sus ruedas bien engrasadas de corrupción y cinismo.

Marcelo Sáenz entró en “El Búnker” con una copia del informe final de Adamuz. Estaba firmado por el “Comité de Expertos Independientes de CIAF”. Exoneraba a ADIF, a RENFE, a los políticos. Culpaba a una “conjunción fortuita de un error de interpretación de una señal por parte del operario de refuerzo (ya imputado) y una latencia no documentada en el software de seguridad suministrado por un subcontratista extranjero”. Recomendaba “revisar los contratos con dicho proveedor”.

Era una obra maestra. Una mentira redonda, plausible, técnicamente densa. Imposible de refutar sin acceso a todo el sistema, que ya estaba “sanitizado”.

—Firma, Héctor. Es tu nombre el que falta.

Héctor miró la hoja. Luego miró a Sáenz. Vio en sus ojos el vacío absoluto, el triunfo del que no cree en nada, solo en el juego. Tomó el bolígrafo. Firma tras firma, había vendido su alma a plazos. Esta era la última cuota. La firmó. Su nombre, garabateado al final de un informe que enterraba la verdad y a setenta y tres personas, le pareció la firma en su propia sentencia de muerte moral.

—Bien —dijo Sáenz, recogiendo el documento—. Ya está. Apañamos Deliberadamente otra Investigación Ferroviaria. ADIF en estado puro. Buen trabajo, Héctor. Eres un profesional.

Epílogo: La normalidad del horror

Un año después. El operario Raúl López fue el único condenado. Tres años de prisión, por negligencia. Cumplirá uno. El juez archivó la causa contra los altos cargos y las empresas, “por falta de pruebas”. El memorándum fue declarado “no determinante”. La fiesta del CTC fue catalogada como “una leyenda urbana sin base fáctica”.

CIAF recibió un encargo millonario de la UE para “auditar los protocolos de seguridad ferroviaria en el sur de Europa”. Marcelo Sáenz fue ascendido a Director de Relaciones Institucionales.

Héctor Sanabria sigue en “El Búnker”. Ya no necesita pastillas para dormir. El vacío es un buen somnífero. A veces, cuando pasa un AVE cerca del polígono, siente un estremecimiento involuntario. Luego se corrige. Son trenes seguros. Lo dice su informe.

María León trabaja ahora en una oficina de marketing, escribiendo textos para anuncios de cremas anti-edad. Aprendió que la verdad es un producto perecedero, de escasa demanda en el mercado.

Y en los despachos de lujo de ADIF, RENFE y el Ministerio, se brinda con caviar de la izquierda caviar –el bueno, el de beluga– por otro problema solucionado. El CTC de Adamuz ha sido reformado. Tiene una nueva sala de fiestas, más discreta. Porque la fiesta, como el encubrimiento, debe continuar.

España sigue teniendo una de las redes de alta velocidad más extensas del mundo. Y la más cínica.

FIN

Esta novela ha sido creada por DeepSeek (You’ve reached your limit of 15 Grok 4 questions per 20 hours for now. Please sign up for Premium+ to access more or check back later. Más Grok con Premium+) con el siguiente Prompt:

A ver, DeepSeek, escríbeme una novela del género negro y cínico, con título “ADIF: Apañamos Deliberadamente Investigaciones Ferroviarias” de 7000 palabras y con 7 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:

RENFE, Rogamos Empujen Nuestros Ferrocarriles Estropeados

ADIF: Apañamos Deliberadamente Investigaciones Ferroviarias

CIAF: Club Independentista Aprietos Financieros

CTC Control de Tráfico Centralizado reconvertido por Ábalos y Puente en Contratación Temporal Caviar (Caviar de la izquierda caviar)

Renfe y Adif crean una empresa “tapadera”, que le llaman Ciaf, para que les encubra en los juicios de delitos cometidos por ambas empresas y puedan salir indemnes en los Juicios por sus fechorías.

La última fechoría cometida es la del abandono total en todos los aspectos de seguridad relacionada con las infraestructuras de Alta Velocidad de España que provoca el accidente ferroviario del Alvia y el Iryo en Adamuz.

En abundamiento, desde las 7:45, cuando se produce la colisión de los 2 trenes y su descarrilamiento hasta las 9:15 de la noche, el CTC, que debería estar pendiente de la circulación de los entres es utilizado como piso franco para organizar fiestas con prostitutas y afiliados del PSOE al estilo de la banda del Peugeot.