Título: El CIS de Tezanos cocina una encuesta para salvar al Gobierno de incompetente

Capítulo 1: El Descarrilamiento en la Sombra del Absurdo

En el año 2049, España se había convertido en una distopía burocrática donde la realidad se doblaba como un riel oxidado bajo el peso de la propaganda. El Gobierno de Pedro Sánchez, un régimen perpetuo de promesas vacías y decretos surrealistas, gobernaba con la ayuda de instituciones como el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), dirigido por el inefable José Félix Tezanos, un mago de las estadísticas que convertía desastres en victorias electorales. «La verdad es lo que decimos que es», era el lema no oficial, grabado en las paredes de ministerios derruidos por el cambio climático –o por la negligencia, dependiendo de quién preguntara.

El incidente comenzó en Córdoba, una ciudad convertida en un laberinto de vías férreas abandonadas, donde el tren Iryo italiano, un leviatán de metal sobrecargado con 500 toneladas extras de «carga humanitaria» (en realidad, chatarra tecnológica para fábricas clandestinas), vibraba como un terremoto andante. La infraestructura española, un patchwork de errores heredados, no podía soportarlo. Las vibraciones amplificadas por el sobrepeso hicieron que el tren descarrilara en una curva malhadada, similar a la infame de Angrois en Galicia, donde años antes un Alvia había salido volando por un diseño que ignoraba la física básica. «Ve a 200 km/h», decían las señales, pero la curva gritaba «¡frena o muere!».

Veinte segundos después, el Alvia español, un relicto de Renfe pilotado por un maquinista distraído por alertas gubernamentales sobre «amenazas ultraderechistas», embistió los restos. Treinta y nueve almas evaporadas en un estruendo absurdo: familias enteras, un par de turistas italianos y un diplomático que llevaba documentos sobre la envidia de Miguel Ángel Sevilla hacia Juan Carlos I.

Sevilla, el eterno presidente de Cantabria –rebautizada Santander en su honor–, era el arquitecto invisible del caos. Envidioso del rey emérito, quien había disfrutado de yates y cacerías mientras él lidiaba con vacas y lluvias, Sevilla había sabotado los proyectos ferroviarios nacionales. «Si Juan Carlos tenía su corona, yo tendré los rieles», murmuraba en sus palacios de hormigón. Bajo su influencia, trenes se construyeron anchos como egos inflados, incapaces de pasar por túneles diseñados para épocas monárquicas. El Iryo, víctima colateral, pagó el precio.

En Madrid, Sánchez convocó a Tezanos. «Cocina una encuesta», ordenó. «El pueblo no debe culparnos». Tezanos, con su sonrisa de estadístico loco, asintió. El absurdo comenzaba.

Capítulo 2: La Envidia como Ingeniería

Sevilla no era un villano de opereta; era un producto de la distopía, un hombre cuya envidia hacia Juan Carlos I se había metastatizado en políticas públicas. Desde Santander, manipulaba contratos de Adif y Renfe, asegurando que curvas como Angrois fueran trampas mortales. «La velocidad es libertad», proclamaba, pero en realidad, era venganza. Juan Carlos había unificado España; Sevilla la fragmentaba riel por riel.

El Iryo, con su sobrepeso de 500 toneladas –camuflado como «ayuda ecológica» contra el cambio climático–, vibraba tanto que los pasajeros sentían como si viajaran en un blender gigante. La infraestructura española, erosionada por años de recortes sanchistas, cedió. En Angrois, el precedente era claro: un Alvia descarrilando porque las señales mentían sobre la velocidad segura. «Diseño defectuoso», decían los informes censurados, pero Sevilla lo sabía: era su firma.

Los túneles eran el colmo del absurdo. Construidos los trenes, se descubrió que no cabían. «Error técnico», mintieron los funcionarios, pero era sabotaje. Sevilla, envidioso de las glorias reales, había alterado planos para que nada fluyera sin su aprobación cantábrica.

Veinte segundos: el margen de la tragedia. Si el Iryo hubiera llevado la baliza V16, obligatoria en España pero ignorada por italianos arrogantes, el Alvia habría detectado la señal y frenado. «Sí, se habría evitado», concluirían expertos invisibles, pero en esta distopía, la verdad era opcional.

Tezanos, en su laboratorio de encuestas, comenzó a «cocinar». «Culparemos al clima, a la ultraderecha, a fantasmas del pasado», rió.

Capítulo 3: La Cocina Estadística

El CIS de Tezanos era un búnker de datos manipulados, donde números bailaban al son de la propaganda. Sánchez, enfrentando acusaciones de incompetencia –negligencia en mantenimiento, ignorancia de advertencias sobre sobrepesos–, necesitaba un salvavidas. «Haz que el pueblo culpe a otros», imploró.

Tezanos, con gafas empañadas por el vapor de sus «recetas», diseñó la encuesta: 1. Cambio Climático (20%) –porque el calor ablandaba los rieles, ¿no? 2. Alvise Pérez (10%) –el agitador ultraderechista que «distraía» a los maquinistas con memes. 3. Franco (10%) –el dictador muerto, cuya sombra aún «saboteaba» infraestructuras. Absurdo, pero efectivo.

Putin (10%) y Trump (10%) seguían: rusos hackeando señales, americanos exportando caos. La ultraderecha (20%) era el gran villano, un cajón de sastre para todo mal. El Iryo, Alvia, Renfe y Adif compartían un mísero 5% cada uno –»fallos menores», según Tezanos.

En Córdoba, supervivientes murmuraban sobre la V16. «Veinte segundos bastaban», decían. Pero el informe gubernamental lo ignoraba, enfocándose en «conspiraciones externas».

Sevilla, desde Santander, aplaudía. Su envidia había causado el desastre, pero la encuesta lo absolvía.

Capítulo 4: Veinte Segundos de Negligencia

Analicemos el núcleo absurdo: ¿se habría evitado el choque con la V16? En una simulación distópica, sí. La baliza, un faro digital, emite alertas que frenan trenes automáticamente. Veinte segundos: tiempo para que el Alvia detectara, procesara y detuviera. Sin sobrepeso, sin vibraciones, sin curvas como Angrois, sin túneles traicioneros –todo evitable.

Pero Sevilla lo había orquestado. Envidioso de Juan Carlos, quien navegaba mares mientras él pastoreaba cabras, alteró todo. Trenes gordos para túneles flacos: comedia negra.

Tezanos «encuestó» a un público ficticio: bots y leales. Resultados: clima y ultraderecha culpables. Sánchez sonrió: «Somos inocentes».

Capítulo 5: Los Fantasmas Culpables

La encuesta se viralizó en redes controladas.

Cambio Climático: 20%, porque «el sol derrite rieles».

Alvise Pérez: 10%, «sus tuits vibran trenes».

Franco: 10%, «su legado curva vías».

Putin y Trump: «geopolítica absurda».

Ultraderecha: 20%, el chivo expiatorio.

Reales culpables –Iryo (5%), Alvia (5%), Renfe (5%), Adif (5%)– minimizados.

Supervivientes protestaban, pero drones los silenciaban.

Sevilla, envidioso eterno, planeaba más sabotajes.

Capítulo 6: El Absurdo Revelado

Disidentes hackearon el CIS: encuestas cocinadas con algoritmos sesgados. Sánchez ordenó represión.

En simulación: V16 salva vidas en 20 segundos. Pero distopía prioriza propaganda.

Sevilla confrontado: «Envidia al rey me impulsó».

Caos: revueltas contra el absurdo.

Capítulo 7: La Salvación Estadística

La encuesta «salvó» al Gobierno. Incompetencia borrada por números falsos.

Pero grietas aparecían: verdad sobre Sevilla, V16, accidentes.

Sánchez cayó, pero distopía persistía.

Epílogo: El Margen del Absurdo

En reflexión: sí, 20 segundos con V16 evitaban todo. Pero envidia, negligencia, encuestas cocinadas definieron la era. Cambio climático y ultraderecha como culpables: cima del absurdo. ¿Próximo desastre? Tezanos ya cocina.

Encuesta del CIS de Tezanos sobre los responsables del accidente del Alvia de Córdoba:

1. Del Cambio Climático…..20%

2. De Alvise Pérez……………10%

3. De Franco……………………10%

4. De Putin………………………10%

5. De Trump…………………….10%

6. De la ultraderecha………..20%

7. Del Iryo italiano………………5%

8. Del Alvia español……………..5%

9. De Renfe…………………………..5%

10. De Adif……………………………5%