A ver, GROK, escríbeme una novela del género de la distopía y del absurdo, con título “El tren del AVLO se detiene a 2 kilómetros antes del Iryo y baja el maquinista, el hermano Fabián a la caza del gamusino” de 7000 palabras y con 7 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:
Un tren AVLO que lleva unos antiguos alumnos del colegio La Inmaculada de los Hermanos Maristas, se detiene de manera brusca y el maquinista, el hermano Fabián, indica a los pasajeros, Luis, Onofre, Juan y Suchi , que son antiguos alumnos, que le acompañen para ir a la caza del gamusino (un animal imaginario) y les proporciona linternas porque ya son las 8 de la noche. Y caminan 2 kilómetros caminando por las vías hasta que después de aventuras y sustos del hermano Fabián, que es un cachondo, se encuentran el tren Iryo descarrilado y se llevan una sorpresa.
Y GROK contesta:
El tren del AVLO se detiene a 2 kilómetros antes del Iryo y baja el maquinista, el hermano Fabián a la caza del gamusino
Capítulo 1: El Frenazo Inesperado
En el año 2047, en una España distópica donde los trenes de alta velocidad se habían convertido en los últimos bastiones de la movilidad humana, el AVLO número 666 partía de Madrid con destino a Barcelona. La sociedad, regida por el Gran Algoritmo de Control Social (GACS), dictaba que solo los «ciudadanos productivos» podían viajar. Los antiguos alumnos del colegio La Inmaculada de los Hermanos Maristas eran, por alguna razón burocrática absurda, clasificados como tales. Luis, Onofre, Juan y Suchi, todos en sus cuarentas, se reunían por primera vez en décadas para un reencuentro forzado por una notificación del GACS: «Reunión obligatoria para exalumnos. Propósito: Reforzar lazos de obediencia colectiva.»
El tren AVLO, un relicto económico de Renfe, era un vagón de metal oxidado que zigzagueaba por vías electrificadas, vigiladas por drones que emitían zumbidos constantes como recordatorio de la vigilancia eterna. Dentro, los pasajeros estaban sentados en asientos ergonómicos que medían su pulso y reportaban cualquier signo de disidencia. Luis, un programador desilusionado que ahora hackeaba algoritmos para sobrevivir, miraba por la ventana el paisaje desolado: campos de paneles solares rotos y ciudades abandonadas por el Cambio Climático Final.
Onofre, el más pragmático, un exabogado convertido en recolector de datos para el GACS, mascullaba sobre el retraso inicial. «Esto es absurdo. ¿Por qué no usamos el Iryo? Es más rápido.» Juan, el artista reprimido que pintaba murales clandestinos contra el régimen, reía por lo bajo. «Porque el Iryo es para los élites. Nosotros somos los de AVLO: Asequible, Vulnerable, Lento y Olvidado.» Suchi, la única mujer del grupo, una ingeniera que había desertado de un proyecto de IA para vivir en las sombras, asentía. «Al menos estamos juntos. Recuerdan al hermano Fabián? Ese loco que nos enseñaba biología con cuentos de animales imaginarios.»
De repente, el tren frenó con un chirrido metálico que hizo volar tazas de café sintético. Las luces parpadearon, y el sistema de anuncios gritó: «Parada de emergencia. Razón: Anomalía detectada.» Los pasajeros murmuraron, pero nadie se movió; el GACS prohibía el pánico. Entonces, la puerta del vagón se abrió, y entró el maquinista: el hermano Fabián, con su hábito marista raído bajo el uniforme de Renfe, una sonrisa picara en su rostro arrugado.
«¡Hermanos y hermana! ¡Antiguos pupilos míos!» exclamó con voz teatral. «El tren se ha detenido por una razón divina: ¡un gamusino ha cruzado las vías!» Los cuatro se miraron, incrédulos. El gamusino era una broma infantil, un animal imaginario que los españoles usaban para engañar a los crédulos. Pero en esta distopía, donde la realidad se doblaba bajo el peso del absurdo gubernamental, ¿quién sabía?
Fabián les entregó linternas LED, ya que el sol se había puesto a las 8 de la noche, sumiendo el mundo en una oscuridad punteada por las luces de drones lejanos. «¡Vengan conmigo! ¡A la caza del gamusino! Solo nosotros, los elegidos de La Inmaculada.» Los demás pasajeros, atados por el miedo al GACS, se quedaron. Los cuatro, curiosos y aburridos de su existencia opresiva, bajaron.
Caminaron por las vías, el viento frío azotando sus abrigos. Fabián lideraba, contando anécdotas absurdas de su juventud como monje. «Recuerdan cuando les dije que el gamusino come cables de tren? ¡Ja! Pues este lo ha hecho.» El grupo rió nerviosamente, pero el dystopiano aire les hacía dudar: ¿y si era real en este mundo loco?
Capítulo 2: Las Sombras de las Vías
Las vías se extendían como venas de acero en la noche distópica, flanqueadas por ruinas de estaciones abandonadas donde el GACS había ejecutado «reajustes poblacionales». Luis encendió su linterna, iluminando charcos de agua contaminada que reflejaban estrellas artificiales –satélites de vigilancia. «Hermano Fabián, ¿esto no es peligroso? Los drones podrían reportarnos como disidentes.»
Fabián soltó una carcajada que resonó en la oscuridad. «¡Disidentes! ¡Somos cazadores! El gamusino es el verdadero enemigo del GACS. Imagínenlo: un bicho peludo que devora datos y escupe libertad.» Onofre, siempre el escéptico, ajustó sus gafas. «Esto es ridículo. El gamusino no existe. ¿Por qué nos arrastras aquí?» Fabián se detuvo, fingiendo un susto. «¡Shh! ¡Lo oigo! ¡Un gruñido!» Y saltó atrás, tropezando cómicamente sobre un riel, cayendo de culo. El grupo estalló en risas, rompiendo la tensión opresiva.
Mientras avanzaban, Fabián tejía cuentos absurdos: en esta distopía, el GACS había inventado animales míticos para distraer a la población de la escasez. «El gamusino es el símbolo de lo imposible. ¡Cazarlo es rebelarse contra la lógica impuesta!» Juan, inspirado, dibujó en el aire con su linterna formas fantásticas. Suchi, práctica, escaneaba el horizonte. «Dos kilómetros, dijo. ¿Hasta el Iryo? ¿Qué pasa si nos topamos con patrullas?»
De pronto, un ruido real: un aullido lejano. Fabián fingió terror, escondiéndose detrás de Luis. «¡Es él! ¡El gamusino ataca!» Pero era solo un zorro mutado por la radiación, huyendo. Las aventuras comenzaban: cruzaron un puente derruido, donde Fabián «resbaló» y fingió caer, agarrándose dramáticamente. «¡Salvado por la fe!» gritó.
En este capítulo, el absurdo se mezclaba con la dystopía: el grupo recordaba su infancia en el colegio, donde los hermanos maristas enseñaban obediencia, pero Fabián siempre introducía caos. «Recuerdan cuando nos llevó a ‘cazar’ gamusinos en el patio? Era para escapar de las clases aburridas,» dijo Onofre. Caminaron, uniendo lazos rotos por años de control social.
Capítulo 3: Sustos en la Oscuridad
La noche se espesaba, y los drones zumbaban más cerca, como mosquitos gigantes. Fabián, el cachondo eterno, inventaba sustos: «¡Miren allá! ¡El gamusino con ojos rojos!» Y apuntaba su linterna a un arbusto, revelando solo conejos deformes. Juan, riendo, tropezó con un cable suelto. «Esto es como nuestra juventud: llena de mentiras piadosas.»
Suchi, la más alerta, notó anomalías: señales de tren manipuladas, como si alguien hubiera sabotajeado el sistema. «Hermano, ¿esto es parte del juego?» Fabián guiñó. «La vida es un juego absurdo en esta era. El GACS nos dice qué soñar, pero yo sueño con gamusinos.»
Aventuras escalaban: encontraron un vagón abandonado, relicto de un accidente pasado. Fabián insistió en entrar. Dentro, hologramas del GACS repetían: «Obedece o perece.» Él los apagó con un palo, gritando: «¡Toma, bestia digital!» El grupo exploró, hallando provisiones caducadas. Comieron chocolate rancio, recordando fiestas escolares prohibidas.
Un susto real: luces de un drone se acercaron. Fabián los hizo esconderse en un túnel, donde contó chistes absurdos sobre monjes y trenes. «Un marista entra en un AVLO y dice: ‘¡Esto va al cielo… o al infierno de los retrasos!'» Rieron, pero el drone pasó, escaneando. Salieron, hearts latiendo.
Dystopía se profundizaba: hablaban de cómo el GACS había prohibido la imaginación, clasificando cuentos como «propaganda subversiva». Fabián reveló: «Por eso cazo gamusinos. Para recordar que lo imaginario es real en nuestras mentes.»
Capítulo 4: La Mitad del Camino
A un kilómetro, el cansancio golpeaba. Luis, jadeando, cuestionaba: «Hermano, ¿por qué nosotros?» Fabián, serio por primera vez, dijo: «Porque en La Inmaculada, les enseñé a cuestionar. En esta distopía, eso es revolucionario.» Onofre encontró un cartel: «Zona Restringida: Iryo Ahead.»
Aventuras continuaban: cruzaron un río seco, donde Fabián «vio» al gamusino nadando en aire. Fingió perseguirlo, chapoteando en polvo. Suchi rió, pero notó huellas humanas. «¿Sabotaje?»
Juan pintó un gamusino en una roca con carboncillo, un acto de rebeldía. «En un mundo donde el arte es controlado, esto es anarquía.» Fabián aplaudió. Sustos: un estruendo lejano, quizás un tren, pero era trueno artificial del GACS para controlar clima.
Conversaciones profundas: recordaron bullying en el colegio, cómo Fabián los defendía con humor. «El absurdo salva vidas,» dijo.
Capítulo 5: Sombras de la Verdad
Cerca del final, Fabián se volvió misterioso. «El gamusino no es solo broma. Es metáfora de lo que perdimos: libertad.» Encontraron restos de vías torcidas. Aventuras: escalaron un montículo, donde Fabián «resbaló» de nuevo, revelando un escondite con libros prohibidos.
Sustos: voces fantasmas, grabaciones del GACS. El grupo se unió más, compartiendo secretos dystópicos: Luis hackeaba, Onofre filtraba datos, Juan pintaba, Suchi sabotajeaba IA.
Capítulo 6: El Acercamiento al Iryo
Los últimos 500 metros: luces distantes. Fabián aceleró. «¡Allí está! ¡El gamusino ha atacado el Iryo!» Aventuras culminaban: evadieron un campo minado simbólico (basura radioactiva), con Fabián bailando absurdamente.
Sustos finales: un «ataque» de murciélagos mutados. Rieron, pero la tensión crecía.
Capítulo 7: La Revelación del Descarrilamiento
Llegaron: el Iryo descarrilado, vagones torcidos como juguetes rotos. Pasajeros élite huían. La sorpresa: el «gamusino» era un grupo de rebeldes, liderados por exalumnos maristas, que habían saboteado el tren para robar datos del GACS. Fabián confesó: «Yo los guie aquí. La caza era una tapadera. ¡Únanse a la rebelión!»
El grupo, atónito, vio cómo el absurdo se volvía revolución. Drones se acercaban, pero escaparon en la noche.
Epílogo: El Regreso del Gamusino
Años después, en una España liberada, los cuatro contaban la historia. Fabián, héroe, había muerto en la rebelión, pero su legado perduraba: el gamusino como símbolo de lo imposible hecho real. En la distopía caída, el absurdo había salvado al mundo.

Toribio, Anglada, Suchi, Abulí, Torrelles, Navamuel…

Grupo de Antiguos Alumnos

Juan, Luis, Onofre, Suchi… otro día…
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