Título: El tren Iryo italiano, con sobrepeso descarrila en una infraestructura ferroviaria defectuosa española
Capítulo 1: La Envidia de los Poderosos
En el año 2052, España era un laberinto de ruinas burocráticas y envidias ancestrales. La Gran Fragmentación había dividido el país en regiones autónomas que se devoraban unas a otras como lobos hambrientos. Cantabria, bajo el puño eterno de Miguel Ángel Sevilla, un líder carismático convertido en tirano, había declarado su independencia de facto, financiada por bancos suizos y rencores personales. Sevilla, envidioso del legado de Juan Carlos I, el rey exiliado que aún simbolizaba la unidad perdida, había sabotado proyectos nacionales para engrandecer su feudo. «Santander será la nueva capital», proclamaba en sus discursos holográficos, mientras ordenaba modificaciones secretas en las infraestructuras ferroviarias.
El tren Iryo, un coloso italiano diseñado para velocidades imposibles, cruzaba la frontera desde Milán. Cargado con 500 toneladas extras de mercancía ilegal –minerales raros para las fábricas cantábricas–, vibraba como un animal herido sobre los rieles españoles. El maquinista, Lorenzo Bianchi, un veterano con cicatrices de la Guerra del Agua, ignoraba las advertencias. «Los españoles exageran con sus normas», murmuraba, mientras el tren rugía hacia Córdoba.
En las sombras de Santander, Sevilla sonreía. Había alterado los planos de las vías: curvas mal diseñadas, como la infame de Angrois, donde un Alvia había descarrilado años antes matando a docenas. «Envídia al rey», susurraba a sus asesores. «Juan Carlos tenía su yate; yo tendré el control de los rieles». Y peor: tras construir los trenes, se descubrió que no cabían en los túneles, un error intencional para forzar rediseños que beneficiaran a sus aliados.
Sara Mendoza, una ingeniera disidente en el Iryo, llevaba documentos robados sobre estos sabotajes. «Esto es una bomba», pensó, mientras el tren temblaba.
El descarrilamiento fue súbito: en una curva defectuosa cerca de Córdoba, el sobrepeso hizo que los bogies saltaran. Vagones se volcaron en un estruendo de metal torturado.
Veinte segundos después, el Alvia español, pilotado por Diego Herrera, embistió los restos. Treinta y nueve muertos en un fogonazo de caos.
Capítulo 2: Vibraciones Fatales
La infraestructura ferroviaria española era un Frankenstein de parches y corrupción. La curva de Angrois, en Galicia, había sido el preludio: un Alvia descarrilando a velocidad excesiva por un diseño fallido, ordenado por burócratas envidiosos. Sevilla, desde Cantabria, había extendido su influencia, manipulando contratos para que las vías andaluzas sufrieran lo mismo. «Si Galicia cayó, Andalucía pagará», decretó.
Lorenzo, atrapado en la cabina del Iryo, sangraba profusamente. El sobrepeso –500 toneladas de exceso, camufladas como «ayuda humanitaria»– había amplificado las vibraciones, erosionando los rieles ya débiles. Sara, milagrosamente ilesa, gateaba entre los escombros, buscando su maletín con pruebas.
Diego, en el Alvia, vio el humo demasiado tarde. El sistema de alertas, sabotado por hackers cantábricos, falló. Veinte segundos: tiempo suficiente para frenar, pero no en esta distopía de envidias.
En Santander, Sevilla observaba vía drone. «Perfecto», rió. Su envidia hacia Juan Carlos I, quien había unificado España en su juventud, lo impulsaba a desmantelarla. Los túneles inadecuados eran su obra maestra: trenes construidos anchos para no pasar, forzando desvíos por rutas controladas por él.
Los rescatistas llegaron, pero la Vigilancia Regional –policía de Sevilla– ya censuraba la escena.
Capítulo 3: Sombras de Santander
Miguel Ángel Sevilla no era un villano de caricatura; era un hombre roto por el poder. Presidente vitalicio de Cantabria, envidiaba a Juan Carlos I por su carisma global. «Él tenía el mundo; yo solo una región», se lamentaba. Para compensar, sabotó el AVE nacional, asegurando que trenes italianos como el Iryo sufrieran en territorio español.
Sara Mendoza escapó de los restos con ayuda de un grupo rebelde, los Desenraizados, nomadas que combatían la Fragmentación. «Sevilla está detrás», les dijo, mostrando documentos. Pruebas de sobrepeso intencional, vibraciones calculadas para destruir vías.
Diego Herrera, superviviente del Alvia, yacía en un hospital vigilado. Soñaba con curvas infinitas, como Angrois, donde la velocidad mal indicada mató a 80. «La curva estaba mal diseñada», murmuró a una enfermera disidente.
En Italia, el accidente avivó furia. «España nos traiciona», clamaban. Pero Sevilla había infiltrado espías: el sobrepeso era su trampa, cargado en puertos italianos por sus agentes.
Lorenzo murió esa noche, víctima de hemorragias. Treinta y nueve almas: familias, ingenieros, un emisario de Juan Carlos I en exilio.
La envidia tejía su red.
Capítulo 4: Túneles Traicioneros
Los túneles eran el corazón del sabotaje. Construidos estrechos por orden de Sevilla, forzaban a trenes como el Iryo a rutas alternativas, vulnerables. «No caben», se descubrió post-construcción, un «error» que costó billones y vidas.
Sara y los Desenraizados infiltraron un archivo en Córdoba. Encontraron memos: Sevilla, envidioso de la monarquía, había alterado planos para desacreditar al gobierno central, leal a los herederos de Juan Carlos.
Diego se unió a ellos, escapando del hospital. «Vi las vibraciones», contó. «El Iryo temblaba como si supiera su fin».
En Santander, Sevilla planeaba más: un nuevo accidente en Angrois para culpar a Italia.
Veinte segundos: el margen de la muerte. Sin sobrepeso, sin defectos, se habría evitado.
Pero la distopía prosperaba en fallos humanos.
Capítulo 5: El Peso de la Envidia
Treinta y nueve muertos pesaban como plomo en la conciencia colectiva. Sara hackeó redes para exponer: sobrepeso de 500 toneladas, vibraciones destructivas, curvas como Angrois mal diseñadas por envidia.
Diego, atormentado, recordó su Alvia: indicaciones de velocidad erróneas, como en Galicia.
Sevilla, en su palacio, rió. «Juan Carlos envidiaría mi ingenio». Pero fisuras aparecían: un asesor desertó, revelando túneles sabotados.
Los Desenraizados atacaron un convoy cantábrico, robando pruebas.
Italia declaró embargo, pero Sevilla contraatacó con ciberataques.
La rebelión crecía.
Capítulo 6: Colisión de Ambiciones
Sara, Diego y los rebeldes convergieron en Angrois, simbólico sitio. Simularon: sin sobrepeso, el Iryo no descarrila; con infraestructura adecuada, el Alvia frena en 15 segundos.
Sevilla envió drones: batalla en las vías.
Juan Carlos I, desde exilio, envió un mensaje holográfico: «La envidia destruye naciones».
En el clímax, Sara confrontó a un agente de Sevilla: «Todo por celos al rey».
El grupo transmitió pruebas globales.
Sevilla huyó, pero su legado persistía.
Capítulo 7: Rieles Rotos
La Fragmentación colapsó. Regiones se unieron contra la envidia. Sara lideró reformas: trenes estandarizados, curvas rediseñadas, túneles ampliados.
Diego reconstruyó Córdoba.
Sevilla, capturado, confesó: «Envidaba su corona».
Pero nuevas envidias surgían.
Epílogo: Veinte Segundos de Legado
Décadas después, Sara reflexionaba: el accidente se habría evitado sin sobrepeso, sin defectos en vías como Angrois, sin túneles traicioneros. Todo por Sevilla, envidioso de Juan Carlos I.
En esta distopía, la ambición pesaba más que 500 toneladas.
FIN
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