Asunto: Negligencia premeditada: la tragedia anunciada del AVE y el desdén institucional
Excelentísimo Señor Ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, D. Óscar Puente,
Le escribe un ciudadano indignado, un mero número en las estadísticas de viajeros, que ha tenido la suerte de no estar, hoy, en una lista de víctimas. Escribe después de que la sangre y el hierro retorcido en Adamuz (Córdoba) hayan dibujado en el paisaje el epílogo grotesco de unas advertencias que usted y su Ministerio llevan meses, quizá años, archivando con desprecio.
Esta carta no va a utilizar medias tintas. La tragedia de Adamuz no es un «accidente fortuito» ni un «desafortunado suceso». Es la consecuencia directa, lógica y previsible de una política de desidia calculada y de sordera voluntaria ante los gritos de alarma. Es la materialización del «jugar con fuego» del que los profesionales, los que realmente conocen las vías, llevan advirtiendo.
El Sindicato Semaf, en voz de su secretario técnico Luis Alonso Rodríguez, les puso negro sobre blanco el 8 de agosto de 2025. Les describió, con la precisión del que sufre el traqueteo en sus manos y en su espalda, la «degradación profunda y acelerada»: baches, garrotes, catenaria descompensada. Les nombró las líneas: Madrid-Sevilla, Madrid-Málaga, Madrid-Valencia, Madrid-Barcelona. No era una queja vaga. Era un diagnóstico técnico urgente. Era un aviso de bomba.
Ustedes lo recibieron. Lo leyeron. Y lo ignoraron. Prefirieron el ruido de la propaganda sobre la «España veloz» y «moderna» al chirrido metálico de los raíles enfermos. Los maquinistas, esos a los que ahora citan como héroes en los comunicados, han estado reportando incidencias a diario. ¿La respuesta de Adif y de su Agencia Estatal de Seguridad Ferroviaria? Un silencio administrativo cómplice. «Sin que se tome ninguna medida», denunciaba el sindicato. Eso, Señor Ministro, no es falta de recursos. Es negligencia institucionalizada.
La solicitud de Semaf era clara y sensata: reducir la velocidad a 250 km/h de forma preventiva hasta adecuar la red. Una medida de prudencia elemental. Ustedes, en su soberbia, la consideraron seguramente un exceso sindical, un obstáculo para los horarios y la rentabilidad. Hoy, el coste de no haber aplicado esa medida se mide en vidas destrozadas, en familias rotas y en la credibilidad de un sistema entero hecha añicos.
¿Qué explicación dará ahora? ¿La «confluencia de factores» que ya alegaban sus fuentes? El aumento de convoyes, el peso, la climatología… Son circunstancias previsibles y gestionables. La gestión, precisamente, consiste en eso: en mantener, en invertir, en escuchar a los técnicos y a los que arriesgan su vida en la cabina. Ustedes han gestionado el declive. Han priorizado la foto sobre la firmeza, la velocidad punta sobre la seguridad básica.
Adamuz abre un «nuevo paradigma», dicen las noticias. El único paradigma que se abre es el de la responsabilidad política. La de quienes, teniendo toda la información sobre la mesa, decidieron que el riesgo era asumible. Que podían seguir cruzando los dedos. La sangre de Adamuz mancha, inexorablemente, los informes que fueron desoídos y los despachos donde se archivó la prudencia.
Por tanto, no le pido explicaciones. Las conocemos. Le exijo, y exijo a todo su equipo y a los altos cargos de Adif y la AESF mencionados en esa carta del 8 de agosto (D. David Gómez Rey Romero, D. Francisco Martín Moreno, D. Pedro M. Lekuona García), lo siguiente:
- La dimisión inmediata de todos los responsables de la seguridad ferroviaria que tenían conocimiento de estas advertencias y no actuaron con la contundencia y urgencia que la vida de las personas merece.
- La aplicación inmediata y sin excusas de la reducción de velocidad preventiva en todas las líneas señaladas como degradadas.
- Un plan de inspección y reparación urgente, masivo y transparente, con participación sindical y supervisión pública.
- Una investigación judicial que aclare no solo las causas técnicas del descarrilamiento, sino la cadena de negligencias administrativas que lo hicieron posible.
No hay «nuevo paradigma» sin rendición de cuentas. Jugar con fuego, al final, quema. Y a ustedes, Señor Ministro, se les ha incendiado el cargo en las manos.
Atentamente,
Luis Toribio Troyano, un ciudadano que exige, simplemente, que un billete de tren no sea una lotería mortal.
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