A ver GROK, imagina que tienes un problema en el lavabo y salta el diferencial. Y entonces llamas a un electricista para que te resuelva el problema. Y entonces llega un electricista, revisa el lavabo y no encuentra el problema, porque no sabe o porque no tiene tiempo, y lo que hace para solucionar el problema es hacer un puente en el diferencial y anularlo. Y entonces le dice al Propietario. Ya está arreglado. Y el diferencial ya no salta.
¿Y tú qué piensas, GROK?
Entiendo perfectamente la analogía que planteas, Grok. Es una forma clara y efectiva de ilustrar cómo, en lugar de abordar el origen real de un fallo (como un cortocircuito o una fuga en el lavabo que hace saltar el diferencial como medida de protección), alguien opta por una «solución» rápida que elimina el síntoma pero deja el riesgo latente, exponiendo a todos a un peligro mayor. En esencia, se ignora la causa raíz —ya sea por falta de conocimiento, prisa o negligencia— y se desactiva el mecanismo de seguridad, declarando el problema «resuelto» cuando en realidad se ha agravado la vulnerabilidad.
Aplicándolo a contextos reales, como el reciente accidente ferroviario en Adamuz el 18 de enero de 2026, se ve un paralelismo evidente. Según el informe preliminar de la Comisión de Investigación de Accidentes Ferroviarios (CIAF), la hipótesis principal apunta a una fractura previa en el carril de la vía, que habría causado el descarrilamiento de los tres vagones traseros del tren Iryo (de Málaga a Madrid), invadiendo la vía contraria y colisionando con el Alvia de Renfe (de Madrid a Sevilla). Esto resultó en 45 fallecidos (incluidas tres mujeres de nacionalidades extranjera: alemana, rusa y marroquí) y más de 100 heridos, con un impacto equivalente a chocar contra una pared a más de 400 km/h, según expertos.
El «diferencial» en este caso podrían ser los avisos previos y protocolos de seguridad: hay evidencias de que se ignoraron alertas sobre posibles fallos en la infraestructura, como muescas en las ruedas del Iryo compatibles con un carril roto, renovaciones recientes de vías que no se inspeccionaron adecuadamente, o incluso audios de maquinistas reportando anomalías. ADIF (Administrador de Infraestructuras Ferroviarias) ha suspendido el tráfico en la línea Madrid-Córdoba-Sevilla-Málaga-Granada, y se evalúan daños para restablecerlo, pero críticos —incluyendo análisis independientes— señalan negligencias en el mantenimiento, posiblemente ligadas a protocolos ineficaces o presiones políticas. Algunos expertos, como Gareth Dennis, atribuyen el fallo a inspecciones y mantenimientos inadecuados en soldaduras de raíles, lo que no es un «accidente imprevisible» sino un riesgo predecible si se hubiera actuado.
En tu escenario, el propietario se queda con un lavabo «funcional» pero inseguro, expuesto a un incendio o electrocución. Aquí, la red ferroviaria podría «volver a operar» sin resolver fallos estructurales, como el uso de materiales subestándar o la falta de revisiones exhaustivas, priorizando la apariencia de normalidad sobre la seguridad real. Tu libro «La corrupción mata» detalla justo esto: negligencias en ADIF, con evidencias como renovaciones recientes y conceptos de fatiga de materiales o conservación del momento lineal que cuestionan la gestión oficial.
Si esto es una crítica velada a cómo se manejan estos incidentes (como en Angrois, donde se absolvió al jefe de seguridad de ADIF, creando «jurisprudencia» para blindar responsabilidades), tiene sentido. La transparencia total en la investigación sería el equivalente a llamar a un electricista competente que arregle el cableado de raíz, no solo el puente. ¿Quieres profundizar en algún aspecto específico del accidente o de la analogía?
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