Título: La Maldición de Pedro Sánchez y Vivimos el Mejor Momento del Tren de Óscar Puente

Capítulo 1: El silbido en la noche

La lluvia caía sobre las vías como si el cielo quisiera limpiar algo que nunca se mancharía con agua. En Adamuz, el silencio posterior al estruendo era más ensordecedor que el choque mismo. Cuarenta y una almas habían dejado de viajar en el tren de las 21:47 con destino a Córdoba. Los restos del convoy descansaban como un animal herido, retorcido entre rieles y durmientes rotos.

El comisario Bermúdez observaba la escena con ojos cansados. Llevaba veintiocho años en el cuerpo y pensaba que ya lo había visto todo. Se equivocaba.

—Ha sido un sabotaje —murmuró a su lado el agente novato, repitiendo como un loro lo que había escuchado en la televisión del coche patrulla.

—Cállate y recoge pruebas —espetó Bermúdez, aunque en su mente ya trazaba las líneas que conectarían este desastre con los intereses que movían los hilos del país.

A trescientos kilómetros de distancia, en Gelida, otro tren yacía bajo toneladas de piedra y argamasa. Un muro de contención, debilitado por lluvias torrenciales que los informes meteorológicos calificaban de «históricas», había sepultado dos vagones. Quince muertos. Un maquinista aplastado en su cabina. Las imágenes mostraban la piedra caída sobre el metal como una metáfora demasiado obvia.

El ministro de Transportes, Óscar Puente, apareció en pantallas de todo el país: «Vivimos el mejor momento del tren español. Estos hechos trágicos no empañan nuestros logros. En Adamuz, hemos detectado indicios de sabotaje por grupos de ultraderecha. En Gelida, el cambio climático muestra sus efectos devastadores».

Bermúdez apagó el televisor del bar donde tomaba su tercer café. Nadie le había consultado sobre esos «indicios». Él solo había encontrado restos de explosivos de baja calidad, del tipo que se consigue en cualquier mina abandonada de la zona. Nada sofisticado. Nada político. Solo muerte barata.

Capítulo 2: Los hilos sueltos

La periodista Claudia Mena tenía el don de ver patrones donde otros veían coincidencias. O el defecto, dependiendo de a quién preguntaras. Sus treinta y cinco años le habían enseñado que en España las verdades oficiales solían ser mitades de historias completas.

—Dos accidentes en menos de un mes —dijo a su editor, marcando con rotulador rojo las ubicaciones en un mapa—. Cuarenta y una muertes en uno, quince en otro. Oficialmente, causas distintas. ¿Nadie encuentra raro que las investigaciones se cierren tan rápido?

—Claudia, el ministro ha dado explicaciones —respondió el editor, masajeándose las sienes—. Sabotaje de ultraderecha en Adamuz. Cambio climático en Gelida. Caso cerrado.

—El muro de Gelida se construyó hace ocho meses —replicó Claudia, desplegando documentos sobre el escritorio—. La empresa adjudicataria, Construcciones del Sur, es subsidiaria de FerroCorp, que ganó la licitación para el mantenimiento de la línea de Adamuz.

El editor miró los papeles, luego a Claudia, y finalmente suspiró.

—Una semana. Te doy una semana. Pero si te metes en líos, no cuentes con que te saque.

Claudia no necesitaba que la sacaran. Necesitaba entender por qué los informes técnicos preliminares de Adamuz mencionaban «fatiga de materiales en los raíles» y luego desaparecieron de la versión final. O por qué el estudio geológico de la zona de Gelida, realizado dos años antes, advertía de «inestabilidad en los taludes» y nadie había hecho nada.

Mientras Claudia comenzaba su investigación, en un despacho con vistas a la Puerta del Sol, un hombre anónimo revisaba un dossier titulado «Contención de daños – Operación Renacimiento Ferroviario». Contenía fotografías de ambos accidentes, perfiles de las víctimas, y un calendario con fechas clave. La última anotación decía: «Presupuesto de reconstrucción: 1.200 millones. Aprobación en Cortes: urgente».

Capítulo 3: Los fantasmas del riel

Los familiares de las víctimas de Adamuz se reunieron en un centro cívico de Córdoba. El dolor tenía muchas caras: rabia, incredulidad, resignación. Entre ellos estaba Javier, hermano de una de las fallecidas, que trabajaba como ingeniero de caminos.

—Nos dicen que fue la ultraderecha —habló Javier a los presentes—. Pero mi hermana viajaba en ese tren porque la empresa para la que trabajaba había recortado el presupuesto de transporte aéreo. El AVE era más barato. El mismo AVE que circulaba por vías con mantenimiento deficiente.

Un hombre mayor, padre de dos jóvenes fallecidos en Gelida, tomó la palabra:

—A nosotros nos dicen que fue la lluvia. El cambio climático. Pero mi hijo, el mayor, me había comentado que en su trabajo de repartidor veía camiones sacando material de la base del muro que cayó. Piedra caliza de buena calidad. Dijo que parecía que estaban desmontando el muro desde abajo.

Claudia, que había acudido a la reunión escuchando en silencio, sintió que algo encajaba. Demasiado bien para ser casualidad.

Esa noche, revisando archivos municipales, descubrió que el talud de Gelida estaba catalogado como «zona de interés minero» por su piedra caliza. Una empresa llamada Calizas del Priorato había solicitado permisos de explotación justo detrás de donde se levantaba el muro. La solicitud había sido denegada por «riesgo de desestabilización». Hasta que, misteriosamente, seis meses después, fue aprobada con condiciones: «Refuerzo de estructuras de contención».

Las estructuras que habían colapsado.

Capítulo 4: El juego de las culpas

El ministro Óscar Puente compareció en el Congreso. Su discurso era un monumento a la retórica política:

—Señorías, estamos ante una tragedia sin precedentes. Por un lado, la sombra del terrorismo de ultraderecha, que resurge para sabotear nuestra democracia y nuestro progreso. Por otro, la evidencia incontestable del cambio climático, que exige acelerar la transición ecológica. Por eso presentamos el Plan Renacimiento Ferroviario: mil doscientos millones para modernizar infraestructuras, crear empleo y hacer de nuestro tren el más seguro de Europa.

Desde la bancada de la oposición, una diputada tomó la palabra:

—Señor Puente, ¿no le parece peculiar que ambos accidentes ocurran en líneas pendientes de mantenimiento desde hace años? ¿Y que la empresa beneficiaria de las obras de reparación sea FerroCorp, cuya matriz hizo donaciones a su partido por valor de trescientos mil euros el año pasado?

El ministro sonrió con condescendencia:

—Señoría, insinuar conexiones entre tragedias humanas y financiación política es obsceno. Las adjudicaciones se realizan con transparencia absoluta. Y les recuerdo que FerroCorp también ha trabajado con gobiernos de su color político.

Claudia, viendo la retransmisión desde su apartamento, tomó notas. Alguien le había pasado un dato interesante: el jefe de seguridad de FerroCorp era exdirector adjunto del CNI. Y su sobrino trabajaba en el gabinete del ministro.

Demasiados eslabones para no formar una cadena.

Capítulo 5: La confesión del fantasma

Bermúdez recibió una llamada a las tres de la madrugada. Una voz masculina, temblorosa, pidió reunirse en un parking abandonado a las afueras de Adamuz.

—Sé cosas del accidente —dijo el hombre—. Pero si hablo, mi familia sufre.

El comisario acudió solo. El hombre resultó ser un operario de mantenimiento de la línea, con veinte años de antigüedad.

—Nos ordenaron retrasar las reparaciones de la curva donde descarriló el tren —confesó, los ojos saltando de sombra en sombra—. Dijeron que era por recortes presupuestarios. Pero yo vi, una semana antes del accidente, a unos tipos colocando algo en los raíles. No eran de ultraderecha. Eran profesionales. Uno de ellos lo reconocí: trabajaba para una empresa de seguridad privada que suele contratar el ministerio.

—¿Por qué no dijo nada antes? —preguntó Bermúdez.

—Porque mi jefe me enseñó fotos de mis hijos saliendo del colegio. Y me dijo que accidentes ocurren.

Bermúdez tomó nota de los nombres. Al día siguiente, cuando intentó localizar al operario, supo que había sufrido un «accidente doméstico»: una caída por las escaleras de su bloque. Estaba en coma inducido.

Mientras tanto, Claudia había viajado a Gelida. En el bar del pueblo, un viejo albañil que había trabajado en la construcción del muro le contó, entre copas, lo que oficialmente no existía:

—Ese muro tenía los cimientos mal. La empresa quería ahorrar en cemento. Cuando vinieron las lluvias del año pasado, ya se vio una grieta. Denunciamos. Nos despidieron. Luego vinieron unos técnicos del ministerio, dijeron que era estable. Pero antes de que cayera, estuvieron sacando piedra de la base. Piedra buena, para vender.

—¿Y las lluvias? —preguntó Claudia.

—Llueve cada año. Este año no fue ni de las peores. Pero claro, ahora es el cambio climático, ¿no?

Claudia fotografió documentos que el albañil guardaba bajo el colchón: informes internos, facturas de materiales inferiores a los especificados, y una orden de «acelerar la explotación de la cantera trasera» firmada por un director de Calizas del Priorato, que casualmente era primo del alcalde de Gelida, del partido gobernante.

Capítulo 6: La maldición de los números

Cuarenta y uno más quince. Cincuenta y seis muertos. Claudia escribía en su ordenador, conectando puntos como si trazara constelaciones de corrupción. FerroCorp se beneficiaba de ambos accidentes: en Adamuz, al ser la encargada del mantenimiento deficiente, ahora recibiría el contrato de renovación. En Gelida, su filial de construcción había edificado el muro que cayó, y ahora sería la principal contratista para las reparaciones y la explotación de la cantera.

El ministro Puente aparecía en todos los eslabones, siempre sonriente, siempre hablando del «mejor momento del tren español». Claudia encontró en registros mercantiles que FerroCorp había comprado, un mes antes de los accidentes, una empresa fantasma en Panamá. Esa empresa había recibido transferencias de una cuenta en Suiza vinculada a un exdirector general de Infraestructuras, ahora asesor del ministerio.

Bermúdez, por su parte, había sido apartado de la investigación oficial. Lo enviaron a trabajar en un caso de robos de bicicletas. «Por su bien», le dijeron. «Por su salud mental». Él sabía que era por su persistencia.

Una noche, Claudia y Bermúdez coincidieron en el mismo bar, cada uno siguiendo pistas separadas que convergían. Intercambiaron información sin mirarse directamente, como dos espías en una película de la Guerra Fría.

—Ellos necesitaban dos explicaciones distintas —concluyó Claudia en voz baja—. Si ambos accidentes se vinculaban a negligencia o corrupción, caería todo el sistema. Pero al dividirlos, politizándolos, cada bando se aferra a su relato: la izquierda culpa a la ultraderecha y al cambio climático; la derecha culpa a la incompetencia del gobierno. Mientras discuten, nadie mira a los verdaderos responsables.

—Y las víctimas —añadió Bermúdez— se convierten en propaganda. Cincuenta y seis banderas para agitar en el parlamento.

Capítulo 7: La verdad que no importa

Claudia publicó su investigación en un medio digital independiente. Tituló el reportaje: «La maldición de Pedro Sánchez y vivimos el mejor momento del tren de Óscar Puente». En él, detallaba las conexiones, los documentos, los testimonios.

La repercusión fue un tsunami de silencio. Los grandes medios ignoraron el reportaje o lo desacreditaron como «teoría conspirativa». En las redes sociales, bots etiquetados como «activistas climáticos» o «defensores de la democracia» atacaron a Claudia. La llamaron facha, comunista, desestabilizadora, iluminada.

El ministro Puente, en una rueda de prensa, bromeó sobre el título:

—Parece el nombre de una película de Almodóvar. Pero en la vida real, tenemos datos, no ficciones. Y los datos dicen que nuestro tren es seguro, y que seguiremos invirtiendo para que lo sea más.

Un diputado opositor usó el reportaje para atacar al gobierno, pero no por la corrupción, sino por «incompetencia administrativa». La conversación se desvió hacia la gestión, nunca hacia el sistema.

Bermúdez fue despedido del cuerpo por «negligencia en el caso de los robos de bicicletas». Claudia perdió su trabajo y recibió amenazas de muerte tan genéricas que ni siquiera podía denunciarlas con seriedad.

Los familiares de las víctimas se dividieron: algunos creyeron la versión oficial, otros la de Claudia, muchos simplemente quisieron seguir adelante con su duelo. Las indemnizaciones llegaron, acompañadas de cláusulas de confidencialidad.

Epílogo: El tren sigue

Un año después, en el mismo bar donde empezó todo, Claudia y Bermúdez se encontraron por última vez. Ella se iba del país, a trabajar para una agencia de noticias extranjera. Él abriría una detective privada, especializado en infidelidades y casos menores.

—Ganaron —dijo Claudia, mirando su café frío.

—Siempre ganan —asintió Bermúdez—. Pero tú les hiciste sudar. Y a mí me quitas el sueño saber que al menos lo intentamos.

En la televisión del bar, el ministro Óscar Puente inauguraba la nueva línea de alta velocidad entre Madrid y Barcelona, renovada con fondos del Plan Renacimiento Ferroviario. A su lado, el presidente Pedro Sánchez sonreía, hablando de «resiliencia» y «futuro».

—Vivimos el mejor momento del tren español —dijo Puente, y la audiencia aplaudió.

Fuera, la lluvia caía sobre la ciudad. Claudia pensó en los rieles que cruzan el país, en los muros que se sostienen por milagro, en los trenes que siguen circulando llenos de gente que confía en que las estadísticas no mienten, que los informes oficiales son verdaderos, que los ministros no jugarían con sus vidas.

Y recordó algo que su abuelo, maquinista jubilado, le decía de pequeña: «En este país, el tren nunca descarrila por accidente. Siempre hay alguien que cambió la aguja, o que ahorró en mantenimiento, o que mintió en un informe. Pero echan la culpa al viento, a la lluvia, o al que piensa distinto. Y así seguimos, viajando hacia ningún lugar, pero a gran velocidad».

Bermúdez pagó la cuenta. Se dieron un apretón de manos, un abrazo incómodo. Cada uno tomó un camino diferente.

En la pantalla, el tren inaugural pasaba veloz, brillante, impecable. Un símbolo del progreso. Nadie veía las grietas en los pilares de los viaductos nuevos, ni el cemento de baja calidad, ni los informes técnicos ya maquillados en algún despacho.

El tren siguió su rumbo. Como siempre. Como nunca dejaría de hacerlo.

FIN