Los 10 Mandamientos de la PSOE

Novela negra

Los Diez Mandamientos de la PSOE

  1. Amarás a Pedro Sánchez sobre todas las cosas
  2. No tomarás el nombre de P. S. en vano
  3. Santificarás las fiestas que indique Mohamed
  4. Honrarás al suegro por financiar tu carrera profesional
  5. Blanquearás a la banda etarra y te harás amigo de Otegi
  6. No denunciarás jamás al puto amo
  7. Te afiliararás a un Sindicato vertical del Movimiento
  8. Aprenderás a propagar bulos y fake news para proteger a la Secta
  9. Sólo debes someterte al BOE del Partido Único
  10. Todo lo que no sea pertenecer a la Secta será la ultraderecha

Capítulo 1: Amarás a Pedro Sánchez sobre todas las cosas

La lluvia caía sobre Madrid como si el cielo también hubiera recibido instrucciones. En un despacho sin ventanas del Ministerio, Antonio Valcárcel revisaba el último informe mientras el móvil vibraba con un mensaje del círculo íntimo: “El presidente quiere verte. No llegues tarde”.

Antonio había aprendido pronto que en aquella casa no se discutía el orden de las prioridades. Pedro Sánchez no era un jefe; era el eje sobre el que giraba todo. Quien lo cuestionaba en público desaparecía de las listas. Quien lo cuestionaba en privado recibía una llamada cortés y, semanas después, un destino lejos de cualquier foco. Antonio había visto a compañeros más listos que él pasar de portavoces a “asesores externos” sin despedida.

Aquella noche, Sánchez lo recibió en un salón privado. No había cámara. Solo dos sillas y un vaso de agua que nadie tocó.

—Hay ruido —dijo el presidente—. Gente que habla de más. Gente que aún cree que puede existir algo por encima del partido.

Antonio asintió. Sabía lo que se esperaba. No preguntó quiénes eran. Preguntar era ya una forma de deslealtad.

—Se encargarán —respondió.

Salió del despacho con una lista mental. No era una orden explícita. Nunca lo eran. Era el primer mandamiento en acción: todo lo demás se subordinaba. Familia, principios, incluso la propia seguridad. Antonio había dejado de llamarlo “el presidente” cuando hablaba solo. En su cabeza ya era simplemente él. Y eso, en aquel mundo, era la única fe que no se discutía.

Capítulo 2: No tomarás el nombre de P. S. en vano

Tres días después, un periodista de un medio afín publicó un tuit donde se permitía ironizar sobre un gesto del presidente. No era grave. Era casi elegante. Antonio lo leyó mientras desayunaba y sintió el mismo escalofrío que cuando, años atrás, un compañero había bromeado en un pasillo sobre “el dedo del líder”.

El periodista no volvió a aparecer en las ruedas de prensa. Su medio recibió una llamada. No hubo amenaza. Hubo silencio. Y el silencio, en aquel ecosistema, era más eficaz que cualquier amenaza.

Antonio recibió un mensaje corto de un número que no guardaba: “Bien. El nombre no se toca”.

Esa noche se quedó despierto recordando la primera vez que había visto cómo funcionaba. Un diputado joven, brillante, había dicho en una cena privada que “Pedro a veces se pasa”. Al día siguiente el diputado ya no era diputado. Nadie explicó nada. Nadie tuvo que explicarlo. El nombre se protegía como se protege un sacramento: no por lo que contiene, sino porque sin él todo lo demás se desmorona.

Capítulo 3: Santificarás las fiestas que indique Mohamed

El calendario oficial y el calendario real no coincidían. Antonio lo descubrió cuando le pidieron que reorganizara la agenda de una delegación. Había un acto institucional importante el viernes. Se canceló. En su lugar se programó una recepción privada con interlocutores que no aparecían en ninguna nota de prensa.

—Mohamed prefiere que sea ese día —le dijeron—. No discutas.

Antonio no discutió. Había aprendido que ciertas fechas se movían según intereses que no se explicaban en los informes. Se santificaban no por religión, sino por utilidad. Quien preguntaba demasiado dejaba de recibir las agendas actualizadas. Quien aceptaba, subía.

En una de aquellas recepciones conoció a alguien que le estrechó la mano demasiado tiempo y le dijo, en voz baja: “Tu carrera está yendo bien. Sigue así”. No era una amenaza. Era una confirmación. Las fiestas se indicaban desde fuera. El partido las santificaba dentro. Y Antonio, que ya no distinguía bien una cosa de la otra, simplemente asintió y sonrió.

Capítulo 4: Honrarás al suegro por financiar tu carrera profesional

El suegro de Antonio no era político. Era empresario. Tenía contratos con administraciones autonómicas gobernadas por el partido y, casualmente, Antonio había empezado a recibir mejores encargos justo cuando se casó. Nadie lo decía en voz alta. No hacía falta.

Una noche, después de una cena familiar, el suegro lo llevó al jardín.

—Hay un expediente que se ha parado —dijo—. No es grande. Solo necesita que alguien en Madrid le dé un empujón. Tú conoces a la gente adecuada.

Antonio sintió el peso exacto de la frase. No era un favor. Era el cuarto mandamiento cumpliéndose. El suegro había financiado, directa o indirectamente, parte de su ascenso. Ahora tocaba devolver. Antonio llamó al día siguiente. El expediente se movió. Nadie preguntó por qué. En el partido, los suegros que pagaban no se cuestionaban. Se honraban. Y quien no lo hacía descubría, tarde o temprano, que su carrera profesional había dependido más de esa honra de lo que creía.

Capítulo 5: Blanquearás a la banda etarra y te harás amigo de Otegi

El encuentro se organizó en un piso discreto. Antonio llegó solo. Otegi llegó con dos personas que no se presentaron. Hablaron de “paz”, de “convivencia”, de “pasar página”. Antonio repitió las frases que le habían preparado. Otegi sonrió poco. Escuchaba más de lo que hablaba.

Al salir, uno de los acompañantes le dijo a Antonio:

—Has estado bien. Sigue así. El norte aprecia a los que saben callar cuando toca.

Antonio entendió el encargo. No se trataba de olvidar. Se trataba de blanquear. De convertir en interlocutores válidos a quienes, años atrás, el mismo partido había señalado. Se hacía poco a poco. Con declaraciones medidas. Con fotos cuidadosas. Con la repetición constante de que “el pasado es el pasado”. Antonio empezó a aparecer en reuniones donde antes no lo habrían invitado. Cada vez que lo hacía, alguien en Madrid le mandaba un mensaje de una sola palabra: “Bien”.

Capítulo 6: No denunciarás jamás al puto amo

El “puto amo” no tenía nombre oficial. Tenía varios. Dependía del momento. A veces era un alto cargo. A veces era alguien que no aparecía en ningún organigrama pero que decidía quién subía y quién caía. Antonio lo había visto actuar. Había visto cómo un compañero, después de denunciar irregularidades en un contrato, desapareció de las listas y, meses después, de los medios.

Una tarde le enseñaron un informe. Había pruebas. No eran espectaculares, pero bastaban. El “puto amo” aparecía en una esquina del documento.

—¿Lo envías o lo guardas? —le preguntó quien le había pasado el papel.

Antonio lo guardó. No por miedo a lo que le pudiera pasar a él. Por miedo a lo que le pasaría a todo lo demás. Denunciar al amo significaba romper el sistema. Y el sistema, aunque imperfecto, era el único que le había dado un lugar. Esa noche quemó el informe en el lavabo del despacho. El humo subió y desapareció. Nadie preguntó. Nadie necesitaba preguntar.

Capítulo 7: Te afiliarás a un Sindicato vertical del Movimiento

El sindicato no se llamaba así. Se llamaba de otra forma, más moderna. Pero Antonio entendió pronto que funcionaba igual. Quien no estaba afiliado no progresaba. Quien estaba afiliado recibía información, protección y, de vez en cuando, un aviso.

—Firma —le dijeron—. Es lo normal.

Firmó. A partir de entonces las reuniones internas cambiaron de tono. Ya no era un invitado. Era uno más. Las críticas al líder se hacían en voz más baja. Las propuestas que no venían de arriba se archivaban con más rapidez. El sindicato vertical no era obligatorio en el papel. Era obligatorio en la práctica. Quien no se afiliaba descubría que las puertas se cerraban solas. Antonio, que ya había aceptado los otros mandamientos, aceptó también este. No costaba nada. Solo costaba dejar de preguntar.

Capítulo 8: Aprenderás a propagar bulos y fake news para proteger a la Secta

Antonio recibió el encargo a las tres de la madrugada. Un mensaje cifrado, sin firma: “Hay que cubrir el tema de los trenes. La narrativa actual no sirve. Prepara tres versiones. Una para cada medio”.

Ya no preguntaba de dónde salían los datos. Había dejado de hacerlo el día en que descubrió que una de las “fuentes internas” que usaba era un perfil creado por el propio aparato. Esa noche escribió tres notas distintas. En la primera, el retraso se debía a un sabotaje de la ultraderecha. En la segunda, a un fallo técnico imposible de prever. En la tercera, a una empresa privada que “había presionado demasiado”. Las tres se publicaron. Ninguna coincidía con lo que él sabía.

Al día siguiente le felicitaron. “Has protegido bien a la Secta”. Antonio guardó el mensaje y lo borró. Había aprendido el octavo mandamiento: la verdad no se protege. Se fabrica. Y quien mejor la fabrica, sube. El resto, simplemente, deja de existir en los titulares.

Capítulo 9: Sólo debes someterte al BOE del Partido Único

El BOE oficial decía una cosa. El BOE real del partido decía otra. Antonio lo comprobó cuando le pidieron que firmara un informe que contradecía la norma publicada dos días antes.

—El BOE de verdad es este —le dijeron, señalando un documento interno con el sello del partido—. El otro es para la gente.

Firmó. No porque estuviera de acuerdo. Porque ya no distinguía cuál de los dos tenía más peso. El BOE del Partido Único no se publicaba. Se enviaba por canales privados, se aplicaba en reuniones a puerta cerrada y se hacía cumplir con el silencio. Quien se sometía a él avanzaba. Quien se sometía al otro, el de los periódicos, se quedaba atrás o desaparecía de las listas.

Esa tarde Antonio archivó el informe oficial y se quedó con el otro. Ya no era un documento. Era la única ley que importaba. Y él, que había cumplido los ocho anteriores, cumplió también este sin esfuerzo. Solo costaba dejar de mirar el Diario Oficial del Estado y empezar a mirar el del partido.

Capítulo 10: Todo lo que no sea pertenecer a la Secta será la ultraderecha

El último mandamiento no se enseñaba. Se aplicaba. Antonio lo vio funcionar cuando un antiguo compañero, que había abandonado el partido, publicó un artículo crítico. En menos de veinticuatro horas apareció en tres medios distintos bajo el mismo titular: “Voz de la ultraderecha”. No importaba lo que hubiera escrito. Importaba que ya no estaba dentro.

Esa misma semana le encargaron a Antonio redactar una nota interna. El texto era breve: “Cualquier crítica que no venga de la Secta se catalogará automáticamente como ultraderecha. No hace falta argumentar. Solo clasificar”. La envió. Nadie la discutió.

Antonio entendió entonces que los diez mandamientos no eran reglas. Eran un sistema cerrado. Dentro, todo se justificaba. Fuera, todo se condenaba con la misma palabra. Ya no necesitaba pensar si algo era cierto o falso. Solo necesitaba saber si quien lo decía pertenecía o no. Si pertenecía, se protegía. Si no, se señalaba. Y él, que ya había aceptado los nueve anteriores, aceptó el décimo con la misma naturalidad con la que antes había firmado informes o quemado papeles. Era el más sencillo de todos. Solo exigía no mirar fuera.

Epílogo Final

Años después, Antonio seguía en el mismo edificio. Había cumplido los diez mandamientos. Había amado al líder por encima de todo, protegido su nombre, santificado las fechas que venían de fuera, honrado al suegro que pagaba, blanqueado lo que había que blanquear, callado ante el amo, afiliado al sindicato vertical, fabricado las versiones necesarias, sometido al BOE interno y convertido en ultraderecha a todo lo que quedaba fuera.

Una noche abrió el cajón donde, tiempo atrás, había guardado la lista. Ya no la necesitaba. Los mandamientos se habían convertido en reflejos. No pensaba en ellos. Los ejecutaba.

Miró la lluvia por la ventana. Madrid seguía igual. Los trenes seguían llegando tarde. Los informes seguían contradiciéndose. Los compañeros que preguntaban demasiado seguían desapareciendo. Y él seguía ahí, con el mismo puesto, el mismo silencio y la misma certeza: el sistema no se había roto. Se había perfeccionado.

Cerró el cajón. Apagó la luz. Fuera, la ciudad seguía lloviendo. Dentro, los diez mandamientos ya no eran una lista. Eran él. Y eso, en aquel mundo, era la única forma de permanecer.

(Fin)


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