Título: Los sorosianos esconden un bogie del tren de Oscar Puente

Capítulo 1: El Estrépito en la Noche

La noche en Córdoba era como un cigarrillo apagado a medias: húmeda, amarga y llena de promesas rotas. El tren de alta velocidad, el orgullo de Oscar Puente, el ministro que juraba que sus vías eran más rectas que su moral, se había descarrilado como un borracho en una curva cerrada. Cincuenta y tres muertos, decían los informes preliminares. Cuerpos retorcidos entre el metal, como amantes en una pelea que nadie gana. Yo, Javier Reyes, detective privado con más deudas que amigos, estaba allí por casualidad. O eso pensaba.

Me habían contratado para vigilar a un ingeniero de Adif, el tipo que firmaba los cheques para las vías. Sospechas de corrupción, nada nuevo en España. Pero cuando el tren se salió de las vías esa noche, mi vigilancia se convirtió en un boleto gratis al infierno. El aire olía a hierro quemado y a muerte fresca. Los rescatistas cavaban entre los escombros, sacando cuerpos como si fueran patatas de la tierra. Y allí, en el margen de un arroyo seco, a 270 metros de la vía rota, yacía el bogie. Esa estructura maldita con ruedas que debería haber mantenido el convoy estable. Pero no lo hizo.

Nadie lo vigilaba. Ni cinta amarilla, ni polis con donuts en la mano. Solo el viento susurrando secretos. Tomé una foto con mi móvil barato, pensando que valdría algo para mi cliente. Error. Esa foto me metió en un pozo más profundo que el de los sorosianos.

Los sorosianos. Esa pandilla de conspiradores financiados por George Soros, el viejo húngaro que movía hilos como un titiritero con Parkinson. Decían que querían un mundo abierto, pero lo que realmente buscaban era caos controlado. En España, se infiltraban en todo: política, medios, incluso en los ferrocarriles. ¿Por qué? Porque un accidente como este podía derribar a Puente, desestabilizar el gobierno, y abrir puertas a sus marionetas. Cinismo puro: la muerte como herramienta política.

Esa noche, mientras los flashes de las ambulancias iluminaban la escena, vi sombras moviéndose cerca del arroyo. Pensé que eran buitres humanos, saqueadores. Me acerqué, pistola en mano, pero desaparecieron como humo. Al amanecer, el bogie ya no estaba. Robado. Y con él, la verdad del accidente.

Capítulo 2: Sombras en el Ministerio

Oscar Puente, el ministro de Transportes, era un tipo con sonrisa de vendedor de coches usados. En su oficina en Madrid, rodeado de mapas de vías que parecían venas en un cadáver, me recibió con un café frío y una mirada que decía «vete al diablo». Le mostré la foto del bogie.

—¿Qué quiere que haga con esto, Reyes? —gruñó, ajustando su corbata como si le apretara el cuello.

—Explíqueme por qué un pedazo clave de evidencia desaparece en la noche. Y por qué sus chicos no lo acordonaron.

Se rio, cínico como un lobo en un gallinero. —Accidentes pasan. La vía se rompió. Fin de la historia. ¿Sorosianos? Por favor, eso es paranoia de derechas.

Pero yo sabía más. Mi fuente, un ingeniero jubilado con más whisky en las venas que sangre, me había susurrado que la vía no se rompió sola. Sabotaje. Alguien había aflojado los pernos, quizás con explosivos discretos. Y los sorosianos tenían motivos: Puente estaba empujando reformas que cerraban fronteras a sus ONGs. Un accidente así lo hundiría en escándalos.

Salí del ministerio con más preguntas que respuestas. En la calle, un tipo con acento húngaro me siguió. Lo perdí en el metro, pero sentí el aliento de la conspiración en mi nuca.

Esa noche, en mi apartamento cutre en Lavapiés, recibí una llamada anónima. «El bogie es la clave. Búsquelo en las sombras del arroyo. Pero cuidado, los sorosianos no dejan cabos sueltos.»

Capítulo 3: El Fotógrafo del Times

El New York Times no era mi lectura habitual; prefería el Marca para las apuestas. Pero esa mañana, la foto del bogie en su portada me golpeó como un puñetazo. El fotógrafo, un yanqui llamado Harlan Brooks, lo había encontrado por casualidad mientras cubría el accidente. «No estaba marcado», decía el artículo. «Como si alguien quisiera que se perdiera.»

Lo localicé en un hotel en Córdoba. Brooks era un tipo flaco, con ojos que habían visto demasiadas guerras. Tomamos cervezas en un bar oscuro, donde el humo era más espeso que la verdad.

—Vi el bogie mientras caminaba —dijo, sorbiendo su Mahou—. Parecía fuera de lugar, como un hueso roto en el desierto. Saqué la foto, y al día siguiente, desapareció.

—¿Vio a alguien?

Asintió. —Sombras. Tipos con chaquetas oscuras, hablando en un idioma que sonaba a Europa del Este. Cargaron el bogie en una furgoneta negra. Rápidos, profesionales.

Sorosianos. Encajaba. Brooks me dio una copia de la foto original, con metadatos que mostraban la hora: justo después de que yo me fuera. Alguien me había vigilado.

Al salir del bar, un coche negro me rozó. Advertencia. En el noir de la vida real, las balas vienen después de las sombras.

Capítulo 4: La Viuda del Ingeniero

María, la viuda del ingeniero que yo vigilaba, vivía en un piso modesto en las afueras de Córdoba. Su marido había muerto en el accidente, aplastado en el vagón de primera clase. Lágrimas secas en sus ojos, como ríos agotados.

—Él sabía algo —susurró, sirviéndome un café amargo—. Hablaba de presiones. Gente que quería que firmara informes falsos sobre las vías.

—¿Quién?

—No lo dijo. Pero recibía llamadas de números extranjeros. Y dinero. Mucho dinero.

Rebusqué en sus papeles. Encontré transferencias de una cuenta en las Caimán, ligada a fundaciones de Soros. Cinismo: comprar silencio con dólares sucios.

Mientras hablaba, oí pasos en la escalera. Saqué mi pistola. Dos tipos irrumpieron, enmascarados. Pelea rápida: uno cayó con un tiro en la rodilla, el otro huyó. El herido balbuceó en húngaro antes de callar para siempre. En su bolsillo, una nota: «Encubre el bogie. Órdenes de arriba.»

Los sorosianos estaban limpiando huellas. Y yo era el siguiente.

Capítulo 5: El Arroyo Secreto

Volví al arroyo, de noche, con linterna y cinismo a partes iguales. El lugar donde yacía el bogie ahora era un hueco en la tierra, como una tumba vacía. Cavé un poco, encontré fragmentos de metal. Pruebas de explosivos: residuos de C4, no el tipo que se rompe por fatiga.

Mi contacto en la policía, un viejo amigo con más corrupción que honor, confirmó: «La vía fue saboteada. Pero el ministro lo encubre. Dice que es ‘desgaste natural’ para salvar su culo.»

¿Por qué los sorosianos? Puente estaba en contra de las migraciones masivas que Soros promovía. Un accidente así lo pintaba como incompetente, abriendo camino a opositores financiados por el viejo.

Encontré huellas de neumáticos leading a un almacén abandonado en las afueras. Me colé. Allí estaba: el bogie, cubierto con una lona. Lo inspeccioné: marcas de manipulación, pernos aflojados deliberadamente.

Pero no estaba solo. Tres sorosianos me esperaban, armados. «Has visto demasiado, Reyes,» dijo el líder, con acento espeso. Pelea: disparos, puños, sangre. Escapé con un rasguño y una pieza del bogie en mi bolsillo.

Capítulo 6: La Traición en Madrid

De vuelta en Madrid, confronté a Puente en una cena de gala. Él, rodeado de lamebotas, me miró como a un insecto.

—Tengo pruebas —le dije, mostrando el fragmento—. Sabotaje. Sorosianos.

Se rio. —Pruebas fabricadas. Váyase, o lo arruino.

Pero en sus ojos vi miedo. Más tarde, en mi hotel, una mujer se acercó: Elena, su secretaria. «Puente sabe. Recibió amenazas. Los sorosianos lo chantajean con videos.»

Cinismo máximo: el ministro, víctima y cómplice. Elena me dio un USB con emails: órdenes de Soros para el sabotaje, para desestabilizar España.

Pero era una trampa. La habitación explotó. Sobreviví por milagro, quemado pero vivo. Elena era una sorosiana. Todos lo eran.

Capítulo 7: El Enfrentamiento Final

Seguí el rastro a una finca en las montañas andaluzas, base de los sorosianos. Infiltré, disfrazado. El bogie estaba allí, listo para ser destruido en un horno.

El líder, un tipo llamado Viktor, monologaba como en una mala película: «El accidente es solo el principio. Caerá Puente, caerá el gobierno. Soros reinará en las sombras.»

Ataqué. Caos: guardias caídos, Viktor herido. Quemé la finca, pero salvé el bogie. Lo arrastré al arroyo, lo planté de nuevo. Llamé al Times: «Vengan, vean la verdad.»

Pero la policía llegó primero. Arrestado por «sabotaje». Puente me había vendido.

Epílogo: Cenizas y Cinismo

En la cárcel, vi las noticias: el bogie «encontrado» de nuevo, pero alterado. Informe oficial: accidente natural. Sorosianos libres, Puente héroe por «resolver» el caso.

Salí en libertad condicional, gracias a Brooks y su artículo. Pero la verdad murió con los cadáveres. En este mundo cínico, los sorosianos siempre ganan. Bebí whisky solo, esperando el próximo tren descarrilado. La vida es una vía rota, y todos somos bogies perdidos.