Pedro Sánchez, virrey de Marruecos

Novela distópica


Capítulo I

La noche en que Ceuta dejó de ser española

La niebla del Estrecho no era niebla aquella noche de marzo. Era humo de neumáticos quemados, polvo de derribo y el aliento de decenas de miles de cuerpos que avanzaban desde el monte Hacho hasta el recinto portuario. Los focos de las lanchas marroquíes cortaban la oscuridad como cuchillos. En las pantallas de Moncloa, las imágenes llegaban con tres segundos de retraso y un tono verdoso de visión nocturna.

Pedro Sánchez observaba sin parpadear. Llevaba la misma camisa blanca desde la tarde anterior. El cuello estaba sucio. A su izquierda, la ministra de Defensa hablaba por un teléfono cifrado que ya no cifraba nada. A su derecha, el jefe del CNI repetía la misma frase como un rezo laico:

—No hay capacidad de contención. Repito: no hay capacidad de contención.

Ceuta había caído en cuatro horas. No por superioridad táctica, sino por agotamiento. Las vallas, esas vallas que durante años se habían convertido en símbolo y en chiste, cedieron cuando las unidades de la Guardia Civil recibieron la orden de no disparar. La orden llegó firmada. Sánchez la había dictado él mismo, con voz baja, casi íntima, como si estuviera pidiendo un favor.

En Rabat, el rey Mohamed VI no sonreía. Los reyes de aquella estirpe no sonreían en público desde hacía generaciones. Pero sus consejeros sí. El mapa holográfico de la sala de audiencias mostraba Ceuta en color verde, el color de la recuperación. Melilla aún parpadeaba en ámbar. El tiempo, decían, era un aliado.

Sánchez colgó el teléfono rojo —el que conectaba directamente con el Palacio Real marroquí— y se quedó mirando el auricular como si pudiera devolverle la llamada a la historia.

—Diles que aceptamos la tregua humanitaria —dijo por fin.

Nadie preguntó qué significaba “tregua humanitaria”. Todos lo sabían. Significaba que las tropas españolas se retirarían al puerto y que los ferries saldrían hacia Algeciras con los últimos civiles que quisieran irse. Los que se quedaran lo harían bajo una nueva administración. Provisional, dijeron. Todo era provisional en aquellos días.

A las 04:17, la bandera rojigualda fue arriada del edificio de Delegación. No la quemaron. La doblaron con cierto respeto y la entregaron a un coronel marroquí que la guardó en una caja de madera barnizada. Gestos así importan en las distopías. Dan la impresión de que todavía quedan formas.

Sánchez se duchó a las cinco de la mañana. El agua salía turbia. Mientras se afeitaba, pensó que había salvado vidas. Esa era la frase que se repetiría después, en los comunicados, en las ruedas de prensa virtuales, en los hilos que ya nadie leía. Había salvado vidas. El precio se pagaría más tarde, y lo pagaría otro.

O eso creía.


Capítulo II

La colaboración necesaria

Tres días después, el Palacio de la Moncloa olía a café recalentado y a miedo. Los pasillos estaban llenos de asesores que ya no asesoraban, sino que negociaban su propia salida. Algunos hablaban de Lisboa. Otros, de Bruselas. Nadie hablaba de quedarse.

Sánchez recibió al emisario marroquí en el despacho presidencial. El hombre se llamaba Youssef El Amrani, tenía el acento pulido de quien ha estudiado en París y el silencio de quien sabe que su rey no perdona dos veces. Traía un maletín de piel que no abrió hasta que se quedaron solos.

Dentro había tres documentos.

El primero era un acuerdo de “estabilización territorial”. España reconocía la nueva realidad administrativa de Ceuta a cambio de garantías energéticas: gas, fosfatos y una línea directa de suministro que evitaría el apagón que ya se cernía sobre la península. El segundo era un protocolo de no injerencia: ninguna sanción europea sería secundada por Madrid. El tercero no tenía membrete. Era una carta manuscrita del rey.

Sánchez la leyó dos veces. La caligrafía era pequeña, precisa, casi femenina.

«La Historia no premia a los que resisten lo inevitable. Premia a los que lo administran. Usted ha administrado. Marruecos no olvida a quienes facilitan el orden.»

Debajo, una sola línea más:

«Hay un puesto que aún no tiene nombre en nuestra lengua, pero que usted entenderá.»

Sánchez dejó la carta sobre la mesa. El emisario no dijo nada. Solo esperó.

—¿Y si digo que no? —preguntó el presidente.

El Amrani sonrió por primera vez.

—Entonces Ceuta será solo el principio. Y usted no estará aquí para ver el resto.

Aquella noche Sánchez habló con su mujer. Le dijo que era un sacrificio temporal. Que España necesitaba tiempo. Que él era el único que podía ganar ese tiempo. Ella lo miró como se mira a un hombre que ya ha cruzado un río y no piensa volver.

Al día siguiente, el Consejo de Ministros aprobó el acuerdo por mayoría simple. Tres ministros dimitieron. Sus cartas de dimisión fueron filtradas a la prensa internacional y olvidadas en veinticuatro horas. El mundo tenía otras guerras, otras sequías, otras pantallas.

Sánchez firmó. La pluma era la misma que había usado para los presupuestos de 2024. El gesto era idéntico. Solo cambiaba el papel.

En Rabat lo celebraron sin fuegos artificiales. Bastó un comunicado breve: «Su Majestad agradece la visión de estadista del presidente Sánchez». Las redes españolas ardimos durante tres días. Después, el cansancio pudo más que la rabia. La gente tenía que comer. El gas seguía llegando.

La colaboración necesaria había comenzado.


Capítulo III

El nombramiento

El decreto real llegó un martes de abril, a las once de la mañana. No por canal diplomático habitual. Lo trajo el mismo El Amrani, esta vez acompañado de dos oficiales de proto­colo vestidos de blanco. El documento estaba escrito en árabe clásico y en un castellano arcaico, como si alguien hubiera querido que sonara a capitulación antigua.

«Su Majestad el Rey Mohamed VI, Comendador de los Creyentes, tiene a bien nombrar a don Pedro Sánchez Pérez-Castejón Virrey de Marruecos, con plenos poderes de representación, administración y mediación entre el Reino y los territorios recientemente integrados, así como con las naciones europeas que aún no han comprendido el nuevo equilibrio.»

Virrey.

La palabra flotó en el despacho como un objeto extraño. Sánchez la pronunció en voz baja, saboreándola. No era presidente. No era primer ministro. Era otra cosa. Algo intermedio. Algo que olía a virreinato, a virreyes de Indias, a aquellos hombres que gobernaban en nombre de un rey lejano y se quedaban con el oro.

Le explicaron las atribuciones: residencia en el Palacio de la Mamounia, en Marrakech, reconvertido para la ocasión. Guardia personal mixta. Presupuesto propio. Derecho de veto sobre determinadas decisiones de política exterior marroquí que afectaran a Europa. Y un título que, en la práctica, lo convertía en el interlocutor único entre Rabat y lo que quedaba de las instituciones españolas.

—¿Por qué yo? —preguntó.

El Amrani contestó sin dudar:

—Porque usted ya lo hizo una vez. Dejar caer Ceuta sin disparar. Eso no lo hace cualquiera. Eso lo hace alguien que entiende que el poder no está en resistir, sino en sobrevivir al cambio de dueño.

Sánchez viajó a Marrakech dos semanas después. El avión era un Falcon con matrícula marroquí y tripulación española. Sobrevolaron el Estrecho. Desde el aire, Ceuta parecía una maqueta. Las nuevas banderas rojas con estrella verde ondeaban en todos los mástiles. En el puerto, los ferries ya no salían hacia Algeciras. Salían hacia Tánger.

Lo recibieron con alfombra roja y un discurso en tres lenguas. El rey no asistió. Los reyes no asisten a las tomas de posesión de sus virreyes. Envían un primo, un ministro, un sello.

Sánchez juró sobre un Corán y una Constitución española que ya nadie aplicaba. El gesto fue fotografiado mil veces. En España, las imágenes circularon con un texto superpuesto: “El virrey”. Algunos se rieron. Otros lloraron. La mayoría cambió de canal.

Aquella noche, solo en una suite de techos altos y azulejos antiguos, Sánchez se miró al espejo. El hombre que le devolvía la mirada tenía ojeras nuevas y una expresión que no reconocía. No era derrota. Tampoco era triunfo. Era otra cosa. La cara de quien ha aceptado que la historia la escriben los que llegan después, y ha decidido estar entre ellos.


Capítulo IV

El palacio y la sed

Marrakech en mayo era un horno. El Palacio de la Mamounia, con sus jardines de naranjos y sus fuentes que ya no manaban con la misma generosidad, se convirtió en el centro de un poder extraño. Sánchez instaló su despacho en una sala que había sido de recepciones. Mandó colocar una bandera española pequeña, al lado de la marroquí. El gesto fue interpretado de mil maneras. Ninguna era la correcta.

Su primera decisión como virrey fue mediática: autorizó el regreso de mil familias ceutíes que habían huido. Llegaron en autobuses escoltados. Les prometieron que sus casas seguirían siendo suyas, que los colegios abrirían en septiembre, que el español no desaparecería del paisaje. Algunas promesas se cumplieron. Otras no. El agua escaseaba. El agua escaseaba en todas partes.

Desde Madrid le llegaban mensajes cifrados. El nuevo gobierno de concentración —una coalición frágil de lo que quedaba de los partidos— le pedía que intercediera por Melilla. Melilla resistía todavía, convertida en un enclave asediado, con suministros aéreos y una moral que se agotaba más rápido que el combustible.

Sánchez respondía con vaguedades. El virrey no podía parecer demasiado español. Tampoco demasiado marroquí. Debía flotar.

En las reuniones con los ministros de Mohamed VI aprendió el arte de callar en el momento exacto. Ellos hablaban de “integración definitiva”, de “corrección histórica”, de “seguridad compartida”. Él asentía y tomaba notas en una libreta de tapas negras. Por las noches releía esas notas y no reconocía su letra.

Un día recibió la visita de una periodista española que había conseguido un visado especial. Se llamaba Elena Vázquez y había sido corresponsal en zonas de guerra. Le hizo una sola pregunta útil:

—¿Usted se siente traidor?

Sánchez tardó ocho segundos en contestar. En distopía, los silencios también se cronometran.

—Me siento necesario —dijo.

La entrevista se publicó con ese titular. En España provocó disturbios en tres ciudades. En Rabat la leyeron con aprobación. El rey, según contaron después, subrayó la frase con lápiz rojo.

La sed aumentaba. No solo la del agua. La sed de sentido. Sánchez empezó a escribir discursos que nadie le pedía. Discursos sobre un “nuevo Mediterráneo”, sobre “puentes en lugar de muros”, sobre “la madurez de las naciones”. Los pronunciaba ante audiencias mixtas, con traducción simultánea. Al final, siempre había un momento en que su voz se quebraba un milímetro. Ese milímetro era lo único auténtico que le quedaba.


Capítulo V

Los que no se fueron

En Ceuta, la vida continuó con esa obstinación sucia que tienen las ciudades ocupadas. Los bares del puerto cambiaron de dueño pero no de camareros. Las iglesias permanecieron abiertas, aunque los sermones se volvieron más cortos. En las escuelas, el mapa de España se sustituyó por uno nuevo donde el norte de África aparecía más grande y más cerca.

Había quien colaboraba abiertamente. Había quien colaboraba en silencio. Y había quien no colaboraba en absoluto. Estos últimos se reunían en sótanos y en grupos de mensajería que cambiaban de nombre cada semana. Los llamaban “los fieles”, con una ironía que ya no hacía gracia a nadie.

Sánchez viajó a Ceuta en junio. Fue su primera visita oficial como virrey. Lo recibieron con un acto en la plaza de África. Había público. Parte del público aplaudía. Parte no. Los que no aplaudían miraban al suelo o al cielo, nunca a él.

En un receso, un hombre mayor se acercó. Llevaba una camiseta de la selección española de 2010, desteñida. Le dijo, sin alzar la voz:

—Yo voté por usted tres veces.

Sánchez no supo qué contestar. El hombre no esperaba respuesta. Se dio la vuelta y se perdió entre la gente.

Esa noche, en el parador reconvertido en residencia virreinal, Sánchez no durmió. Caminó por los pasillos escuchando el mar. El mar seguía siendo el mismo. Eso era lo peor. Que el paisaje no hubiera cambiado. Que solo hubieran cambiado los dueños y las palabras.

Desde Rabat le ordenaron endurecer el control de las comunicaciones. Los “fieles” estaban organizando algo. Sánchez firmó el decreto. Luego se quedó mirando la firma. Era la suya, pero ya no le pertenecía del todo.

Empezó a beber más de lo que había bebido nunca. Vino español, de esas botellas que aún llegaban de contrabando. El alcohol no le quitaba la sed. Se la cambiaba de sitio.


Capítulo VI

La grieta

El verano de 2027 —o el que fuera, porque los años empezaban a confundirse— trajo la grieta. No una grieta geológica, sino política. En el norte de Marruecos, en las zonas rifeñas que nunca habían amado demasiado al poder central, comenzaron a aparecer pintadas. No contra el rey. Contra el virrey.

«Sánchez no es nuestro.»
«El español se ha vendido dos veces.»
«Fuera el virrey.»

Las pintadas se borraban por la mañana y volvían por la noche. Como las mareas.

Sánchez pidió audiencia con el rey. Lo recibieron en el palacio de Rabat, en una sala de techos imposibles. Mohamed VI estaba sentado. No se levantó. Los reyes de aquella casa no se levantaban para los virreyes.

—Hay inquietud —dijo Sánchez.

El rey lo miró con esos ojos que parecen haber visto demasiados siglos.

—La inquietud es el estado natural de los hombres que administran lo que no les pertenece —respondió—. Usted administra. Siga administrando.

Le ofrecieron más guardias. Más presupuesto. Una villa en Essaouira para los fines de semana. Sánchez aceptó todo. Ya no sabía rechazar.

En España, el gobierno de concentración se rompió. Surgió un movimiento que llamaban “la Reconquista digital”: jóvenes que no habían conocido otra cosa que pantallas y que ahora soñaban con fusiles que nunca habían tocado. Publicaban mapas, listas de traidores, himnos remezclados. Sánchez aparecía en todos los montajes. A veces con fez. A veces con corona. Siempre con esa sonrisa que ya no era suya.

Un atentado fallido contra su convoy en las afueras de Marrakech cambió el tono. Murieron dos escoltas. Él salió ileso. En el comunicado oficial, Rabat habló de “elementos incontrolados”. Sánchez habló de “unidad”. Nadie creyó a nadie.

Empezó a sospechar de todos. De los cocineros. De los traductores. De los jardineros que podaban los naranjos con una precisión demasiado militar. La paranoia es el impuesto que pagan los que se sientan en sillas que no eran suyas.

Una madrugada escribió una carta que nunca envió. Empezaba así: “Si alguna vez vuelvo…”. La rompió. Las cartas que empiezan así no se envían. Se queman o se guardan para el juicio final, que nunca llega.


Capítulo VII

El peso de la corona que no es corona

En septiembre, el rey convocó un Gran Consejo. Asistieron ministros, generales, ulemas y el virrey. El tema era Melilla. Melilla no había caído. Resistía con una terquedad que empezaba a resultar cara. Había que decidir si se negociaba o se terminaba.

Sánchez habló. Llevaba semanas preparando las palabras. Dijo que un asalto total deslegitimaría el proceso. Que Europa, aunque débil, aún podía morder. Que era mejor asfixiar con el tiempo que con la fuerza. El tiempo, argumentó, siempre había sido el mejor aliado de Marruecos.

Algunos asentían. Otros no. El rey no dijo nada durante veinte minutos. Luego levantó una mano y todos callaron.

—El virrey ha hablado con sabiduría —dijo—. Melilla esperará.

Sánchez sintió un alivio sucio. Había salvado Melilla. O la había condenado a una agonía más larga. En las distopías, las dos cosas suelen ser la misma.

Salió del consejo y caminó por los jardines. El sol de Rabat era implacable. Pensó en Ceuta, en la plaza de África, en el hombre de la camiseta de 2010. Pensó en su mujer, que había decidido quedarse en Madrid “por los niños”, aunque los niños ya eran mayores y no necesitaban esa excusa. Pensó en la palabra virrey y en cómo se había acostumbrado a ella, como uno se acostumbra a una cojera.

Esa noche soñó que volvía a Moncloa. El edificio estaba vacío. En su despacho había otro hombre sentado. El hombre se volvió. Tenía su cara, pero más joven, la cara de 2018, cuando aún creía que las palabras podían sostener un país.

El hombre joven le dijo:

—¿Valió la pena?

Sánchez quiso contestar, pero en el sueño no tenía voz.

Despertó con la boca seca. Pidió agua. El criado tardó. El agua, como casi todo, llegaba con retraso.


Epílogo final

Lo que queda cuando se apaga la luz

Pasaron los años. No muchos. En las distopías el tiempo se comprime o se estira según convenga al narrador, y este narrador está cansado.

Pedro Sánchez envejeció en el Palacio de la Mamounia. El pelo se le volvió más blanco de lo que correspondía. Aprendió a tomar el té a la menta sin hacer muecas. Aprendió los nombres de los jardineros. Aprendió a no hacer preguntas cuya respuesta no quisiera oír.

Ceuta se convirtió en una provincia más, con sus funcionarios bilingües y sus turistas que venían a fotografiar “la última frontera que fue”. Melilla cayó al final, no por asalto, sino por acuerdo. Un acuerdo que el virrey negoció. En los libros de texto marroquíes, aquel acuerdo aparecía como un acto de generosidad. En los españoles —los pocos que aún se imprimían— aparecía como la última traición.

Sánchez nunca volvió a España. No se lo impidieron. Simplemente ya no había un sitio al que volver que no estuviera lleno de gente que lo odiaba o lo había olvidado. El olvido es más limpio que el odio, pero duele igual.

Un invierno, el rey Mohamed VI murió. El sucesor —un hijo educado en el extranjero, con ideas propias— no renovó el virreinato. No lo destituyó con estrépito. Simplemente dejó de convocarlo. Los poderes se fueron diluyendo como azúcar en té demasiado caliente.

Sánchez se quedó en Marrakech. Le permitieron conservar una residencia menor. Allí recibió, años después, a una historiadora española joven que preparaba una tesis sobre “los intermediarios del nuevo orden mediterráneo”. Ella le hizo muchas preguntas. Él respondió con frases largas y precisas. Al final, cuando ella ya guardaba la grabadora, él dijo algo que no estaba en el guion:

—Yo solo quise que no hubiera más muertos aquella noche. El resto fue consecuencia. Las consecuencias, señorita, no piden permiso.

La historiadora asintió, educada. Luego se fue. Sánchez se quedó mirando los naranjos. Estaban en flor. El perfume era el mismo de siempre.

En España, su nombre se convirtió en insulto y en chiste, según el barrio y la hora. En Marruecos, en una nota a pie de página. En ninguna de las dos orillas alguien levantó una estatua. Las estatuas son para los que ganan o para los que mueren a tiempo. Él no hizo ninguna de las dos cosas.

A veces, al atardecer, salía a caminar por los jardines con un bastón que no necesitaba del todo. Los guardias lo saludaban con esa mezcla de respeto y lástima que se reserva a los que fueron importantes y ya no lo son. Él devolvía el saludo. Después seguía andando, despacio, como quien no tiene prisa porque ya no hay ningún sitio al que llegar.

El Estrecho seguía ahí, invisible desde Marrakech, pero presente. El agua, esa agua que lo había separado y unido todo, no dejaba de moverse. Las mareas no distinguen entre virreyes y traidores. Solo suben y bajan, una y otra vez, con una paciencia que ninguna política ha conseguido jamás imitar.

Y así termina esta historia. No con un disparo ni con un decreto. Termina con un hombre viejo oliendo azahar en un jardín que nunca fue suyo, mientras el mundo —ese mundo que él creyó poder administrar— continúa sin preguntarle nada.

Fin.


0 comentarios

Deja una respuesta

Marcador de posición del avatar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Abrir chat
¿Necesitas ayuda?
Hola, amigo:
¿En qué podemos ayudarte?