Prólogo
Ceuta no es española. Quien se quede en esa frase corta, seca, administrativa, no ha entendido nada. Ceuta es españolísima. Y olé. El título de este libro no es un juego de palabras ni un eslogan de feria. Es una declaración de guerra contra la tibieza, contra el eufemismo, contra esa costumbre nacional de mirar hacia el Estrecho como si fuera un problema de otros, un apéndice molesto, una anomalía geográfica que se puede gestionar con comunicados y con esperas. Ceuta no espera. Ceuta está. Y mientras esté, será española con una intensidad que a muchos les incomoda precisamente porque no admite medias tintas.
Este libro nace de esa incomodidad. Nace de haber visto, una vez más, cómo una ciudad de ochenta mil almas se convierte en titular durante setenta y dos horas y luego en silencio durante meses. Nace de las vallas que siguen en pie y de las que ya no bastan. Nace de los informes que llegan tarde, de las órdenes que no llegan, de los discursos que hablan de “flujos mixtos” cuando lo que hay delante es una presión calculada sobre un pedazo de tierra que lleva seis siglos siendo España. Nace, también, de las canciones. Porque hay verdades que el ensayo no alcanza y que solo el estribillo consigue clavar en la memoria.
He escrito veinticinco capítulos que no pretenden ser neutrales. La neutralidad, en Ceuta, es un lujo que se pagan otros. Aquí cada metro cuadrado tiene historia, sangre, comercio, rezo, sudor y bandera. Los capítulos alternan el relato, el análisis y la canción porque Ceuta no cabe en un solo registro. A veces hay que contar lo que ocurrió. A veces hay que cantarlo para que no se olvide. A veces hay que señalar con nombre y apellidos a quienes debieron actuar y no lo hicieron.
El primer bloque —Contravigilangia, la canción que lleva el mismo nombre, el ataque zombi con cócteles de aguarrás— no es literario por capricho. Es la forma que encontré de decir lo que los partes oficiales suavizan. Cuando una avalancha humana se lanza contra una frontera en cuestión de horas, cuando hay quien organiza, quien guía, quien espera al otro lado con la certeza de que el sistema español va a titubear, la metáfora del zombi no es gratuitamente grotesca: es la imagen de una masa que avanza sin que nadie, al parecer, haya decidido detenerla a tiempo. El aguarrás arde. El pánico también. Y Ceuta, una vez más, tuvo que apagar el fuego con lo que tenía a mano: agentes agotados, vecinos asustados, una ciudad que sabe lo que es un asedio porque lo lleva en la memoria desde el siglo XVII.
Luego vienen los túneles. Los dos túneles de los moros tipo Hamás. La comparación con Gaza. La canción de los túneles de Ceuta. Sé que la analogía molesta. Precisamente por eso está. No se trata de igualar contextos ni de importar un conflicto ajeno. Se trata de reconocer un patrón: la ingeniería del socavamiento, la paciencia estratégica, la utilización del terreno y de la población como instrumentos de presión. Ceuta no es Gaza. Pero Ceuta tampoco es un parque temático de la diversidad. Es una plaza fuerte que durante siglos se defendió cavando, vigilando y no entregando. Quien hoy pretenda que los túneles son solo una anécdota de contrabando no ha leído ni la historia ni el presente.
A partir de ahí el libro se vuelve más explícito, más político, más incómodo para quienes prefieren que estas cosas se discutan en voz baja. Alta Traición. Viva el Presidente Vives. El bueno, el feo y el malo. Karate a muerte en Ceuta. Delirios presidenciales. Títulos que no piden permiso. Porque llega un momento en que la cortesía se convierte en complicidad. Cuando un gobierno niega indicios que la Policía documenta, cuando se habla de “youtubers” para no hablar de dirección estratégica, cuando se exige al ciudadano una prudencia que las autoridades no se aplican a sí mismas, la literatura tiene derecho a gritar. Y la canción, todavía más.
El informe policial sobre la invasión de Ceuta ocupa un lugar central. No lo reproduzco entero porque no es un libro de actas. Lo leo, lo interpreto y lo convierto en materia narrativa y musical. El informe existe. Las alertas previas existieron. Las fotos de quienes organizaban el flujo existen. El 90 por ciento de los teléfonos con prefijo marroquí existe. Lo que no existió, o no con la contundencia necesaria, fue la respuesta política a la altura del documento. Por eso hay un capítulo que dice, sin rodeos, que Marlaska está obligado a dimitir o que lo cesen. No es un capricho personal. Es la consecuencia lógica de una cadena de responsabilidades que, si no se corta, se convierte en costumbre.
Pedro Sánchez aparece como virrey de Marruecos en un relato que algunos llamarán distópico y otros, simplemente, adelantado. No escribo profecía. Escribo posibilidad. La historia está llena de hombres que creyeron estar salvando vidas cuando en realidad estaban administrando una derrota. El virreinato no es una metáfora caprichosa: es el nombre que doy a esa tentación de gestionar lo inevitable en lugar de impedirlo. La canción que acompaña ese capítulo no busca la rima fácil. Busca que la frase se quede pegada: hay cesiones que no se firman en un decreto, se firman con la inacción.
Después llega el nudo que más me importa: los “indicios sólidos” que el presidente reclama para Ceuta y que, en otros casos, bastan para detener, imputar y mantener una instrucción abierta. El doble rasero no es una ocurrencia de redes. Es un hecho observable. Cuando el umbral de la prueba cambia según si el presunto responsable es un particular o un Estado vecino, la ciudadanía tiene derecho a preguntarse qué se está protegiendo exactamente. Este libro no resuelve el enigma diplomático. Lo pone sobre la mesa y no lo retira.
La propuesta del servicio militar obligatorio concentrado en Ceuta, Melilla y Canarias no es nostalgia cuartelera. Es una tesis. Si la soberanía se defiende donde duele, entonces los jóvenes deben conocer ese dolor de cerca, no a través de un reportaje de tres minutos. Nueve meses en la primera línea no convierten a nadie en héroe automático. Pero sí convierten a un país en algo más consciente de sus bordes. El lema que recorre esas páginas —«Ciudadano español, la soberanía nacional te necesita»— no es poesía. Es una orden disfrazada de llamada, exactamente igual que lo fue en su momento cualquier lema que pretendió despertar a una sociedad adormecida.
Cierro el volumen con las playlists. Cincuenta canciones dedicadas a Ceuta. Ciento setenta y seis en total. No son un apéndice comercial. Son la otra mitad del libro. Quien no pueda o no quiera leer trescientas páginas todavía puede escuchar. La música entra por sitios que el argumento no alcanza. He compuesto para que se pueda cantar en una plaza, en un coche camino del puerto, en una cocina de la Almina o en un piso de Sevilla donde alguien, de pronto, entiende que Ceuta no es “lo de África”, sino lo de todos.
Este prólogo no pide al lector que esté de acuerdo conmigo en todo. Pide algo más difícil: que no mire hacia otro lado. Ceuta ha sido portuguesa, ha sido asediada treinta años, ha elegido quedarse con España cuando pudo no hacerlo, ha mezclado lenguas y religiones sin dejar de ser lo que es. Eso no se improvisa. Eso se hereda y se defiende. Quienes reducen la ciudad a un problema migratorio cometen el mismo error de siempre: creen que una plaza se sostiene solo con vallas y comunicados. Se sostiene con gente que sabe que está en el borde y que el borde, si se abandona, se come el centro.
Yo soy de los que creen que España no termina donde acaba la última urbanización de la costa. Termina donde un hombre o una mujer decide que no se pasa. A veces esa decisión se toma con un fusil. A veces con un informe. A veces con una canción. Este libro intenta las tres cosas, cada una en su medida.
Si al terminar estas páginas el lector siente que Ceuta le queda más cerca, habré cumplido una parte. Si siente rabia, otra. Si siente la necesidad de no volver a pronunciar la frase perezosa de “eso está muy lejos”, entonces el trabajo estará hecho. Ceuta no está lejos. Está exactamente donde siempre ha estado: en el mapa, en la historia y, si nosotros no lo impedimos, en el futuro.
No escribo desde el odio a nadie. Escribo desde el amor a un sitio concreto, con coordenadas, con olor a choco y a levante, con pavanas que cruzan el cielo como si nada de esto fuera con ellas y con vecinos que sí saben que va con ellos. Ese amor no pide permiso. No se disuelve porque resulte incómodo en ciertos salones. Y no se rinde porque un gobierno prefiera la ambigüedad.
Ceuta no es española como se es español en una capital que nunca ha oído un toque de sirena de verdad. Es españolísima. Con todas las letras, con todas las heridas, con todas las banderas que no se arriaron cuando pudieron haberse arriado. Y olé. El olé no es folklórico. Es el grito de quien no está dispuesto a discutir lo evidente.
Bienvenido, lector, a este libro. No va a ser cómodo. No está pensado para serlo. Está pensado para que, cuando alguien vuelva a decir que Ceuta es solo una ciudad más, usted tenga argumentos, canciones y una certeza difícil de borrar: hay tierras que no se administran. Se habitan. Se defienden. Y se cantan para que no se olviden.
Que nadie venga después a decir que no se avisó. Este prólogo, y las doscientas páginas que lo siguen, son el aviso. Ceuta sigue ahí, al otro lado del agua, mirándonos. La pregunta no es si es española. La pregunta es si nosotros estamos a la altura de lo españolísima que es.
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