MOTIVACIÓN
«CEUTA NO ES ESPAÑOLA; ES ESPAÑOLÍSIMA Y OLÉ»
Hay títulos que pretenden explicar un libro.
Hay otros que pretenden llamar la atención.
Y hay títulos que, antes incluso de abrir la primera página, provocan una sonrisa, levantan una ceja y obligan al lector a preguntarse:
«¿Qué demonios quiere decir el autor con esto?»
Este libro pertenece a la tercera categoría.
Porque decir «Ceuta no es española; es españolísima y olé» puede parecer, a primera vista, una contradicción.
Y lo es.
Pero es una contradicción deliberada.
Una contradicción buscada.
Una provocación literaria destinada a llamar la atención sobre una realidad que, a juicio del autor, merece ser recordada, explicada y defendida: Ceuta no debe contemplarse simplemente como un territorio que pertenece administrativamente a España, sino como una ciudad española con una personalidad histórica extraordinariamente singular.
Ceuta es española.
Pero Ceuta es también mucho más que una simple afirmación administrativa.
Es historia.
Es frontera.
Es Mediterráneo.
Es Atlántico.
Es África.
Es Europa.
Es convivencia.
Es fortaleza.
Es puerto.
Es comercio.
Es sacrificio.
Es memoria.
Es una ciudad que ha vivido durante siglos mirando simultáneamente hacia dos mundos y que, precisamente por ello, posee una personalidad que difícilmente puede compararse con la de cualquier otra ciudad española.
Por eso nace este libro.
No nace para descubrir Ceuta.
Ceuta no necesita que nadie la descubra.
Nace para recordarla.
Para mirarla de nuevo.
Para contemplarla desde la distancia que proporciona el tiempo.
Y, sobre todo, para formular una pregunta que parece sencilla pero que tiene una enorme profundidad:
¿Qué significa realmente que Ceuta sea española?
La respuesta no puede reducirse a una bandera.
Ni a un documento.
Ni a una frontera.
Ni siquiera a una determinada fecha histórica.
La españolidad de una ciudad, como la identidad de cualquier comunidad humana, es el resultado de una acumulación de siglos, de acontecimientos, de personas, de instituciones, de costumbres, de sacrificios y de decisiones históricas.
Y en Ceuta esa acumulación resulta especialmente intensa.
Porque pocas ciudades han vivido de una manera tan directa la condición de ser frontera.
Una frontera no es solamente una línea dibujada sobre un mapa.
Una frontera es una experiencia humana.
Es el lugar donde terminan unas realidades y comienzan otras.
Es el espacio donde las culturas se encuentran.
A veces se mezclan.
A veces chocan.
A veces cooperan.
A veces desconfían.
Y muchas veces, sencillamente, aprenden a convivir.
Ceuta ha sido durante siglos uno de esos lugares.
Y precisamente por eso su historia resulta apasionante.
I. LA PREGUNTA QUE DA ORIGEN AL LIBRO
La motivación fundamental de estas páginas nace de una inquietud.
¿Por qué hablamos tan poco de Ceuta?
¿Por qué, cuando se habla de España, tantas veces la conversación parece detenerse mentalmente en la Península?
¿Por qué existe todavía una cierta tendencia a considerar Ceuta y Melilla como algo periférico, excepcional o distante?
¿Por qué se habla de ellas como si fueran una especie de apéndice geográfico, cuando forman parte de la historia española desde hace siglos?
Quizá una de las razones sea puramente geográfica.
España está acostumbrada a pensarse desde la Península.
Madrid.
Barcelona.
Valencia.
Sevilla.
Bilbao.
Zaragoza.
Málaga.
Santiago.
Las grandes ciudades peninsulares ocupan buena parte de nuestro imaginario nacional.
Pero España no termina en los Pirineos ni comienza y acaba en la Península.
España tiene también islas.
Tiene territorios norteafricanos.
Tiene ciudades y comunidades con historias particulares.
Y tiene una dimensión marítima que muchas veces olvidamos.
Ceuta obliga a ampliar nuestra mirada.
Nos obliga a mirar hacia el sur.
Nos obliga a contemplar el Estrecho de Gibraltar.
Nos obliga a recordar que el Mediterráneo nunca ha sido una barrera absoluta.
Al contrario.
Durante miles de años ha sido una vía de comunicación.
Una autopista de la historia.
Por sus aguas navegaron fenicios, griegos, romanos, cartagineses, musulmanes, cristianos y comerciantes procedentes de innumerables lugares.
Ceuta se encuentra precisamente en uno de los puntos más estratégicos de ese escenario.
Frente a ella está la Península.
Detrás de ella, África.
A un lado, el Mediterráneo.
Al otro, el Atlántico.
Y en medio, el Estrecho.
Es difícil imaginar una posición geográfica más extraordinaria.
Pero la geografía por sí sola no explica la españolidad de Ceuta.
La geografía explica su importancia.
La historia explica su trayectoria.
Y las personas explican su identidad.
II. UNA CIUDAD QUE HA VIVIDO MUCHAS HISTORIAS
Ceuta no puede entenderse desde una sola época.
No es una ciudad que haya nacido ayer.
No puede reducirse a un único pueblo.
No puede explicarse mediante una sola cultura.
Su historia es mucho más compleja.
Y precisamente esa complejidad constituye una de sus mayores riquezas.
La antigua Septem Fratres, vinculada al mundo romano, recuerda que la presencia humana organizada en este enclave es antiquísima.
Roma comprendió perfectamente el valor estratégico del lugar.
Después llegarían otras etapas históricas.
El mundo bizantino.
Los diferentes poderes norteafricanos.
La expansión islámica.
Los cambios políticos y culturales que afectaron al Magreb.
Y posteriormente la incorporación a la órbita portuguesa y, finalmente, a la Monarquía Hispánica.
Cada época dejó huellas.
Cada civilización añadió una capa.
Cada generación construyó sobre lo que habían dejado las anteriores.
Por eso intentar reducir Ceuta a una sola etiqueta sería empobrecerla.
Ceuta es española y, al mismo tiempo, es una ciudad cuya historia contiene numerosas influencias.
Pero esto no constituye una contradicción.
La identidad histórica de las ciudades nunca es químicamente pura.
Barcelona tiene influencias mediterráneas, europeas y peninsulares.
Sevilla tiene influencias romanas, islámicas, castellanas y americanas.
Canarias tiene una personalidad atlántica extraordinaria.
Galicia posee una historia profundamente marcada por el Atlántico y por sus relaciones con Portugal.
Ceuta, por su posición, lleva esa condición de cruce de mundos hasta el extremo.
Y quizá precisamente por eso sea una de las ciudades españolas más interesantes para reflexionar sobre qué significa pertenecer a una nación.
III. 1415: UNA FECHA QUE CAMBIÓ LA HISTORIA
Hay una fecha fundamental para comprender la trayectoria de Ceuta:
1415.
Ese año, las fuerzas portuguesas conquistaron la ciudad.
La conquista de Ceuta por Portugal se produjo en el contexto de la expansión portuguesa por el norte de África y constituye uno de los episodios fundamentales de la historia de la ciudad.
Pero existe una circunstancia posterior que resulta esencial para comprender su relación con España.
En 1580 se produjo la unión dinástica de las coronas de Portugal y España bajo Felipe II.
Ceuta quedó entonces vinculada a la Monarquía Hispánica.
Posteriormente, cuando Portugal recuperó su independencia, la ciudad permaneció bajo soberanía española.
Este episodio histórico explica una parte fundamental de la singularidad de Ceuta.
Porque Ceuta no pasó a ser española como consecuencia de un fenómeno reciente.
Su vinculación con la Monarquía Hispánica hunde sus raíces en una historia de siglos.
Y eso merece ser conocido.
No para convertir la historia en una competición de eslóganes.
No para utilizar el pasado como arma arrojadiza.
Sino para comprenderlo.
Porque una sociedad que desconoce su historia queda a merced de quienes quieran contársela.
Y una de las motivaciones principales de este libro es precisamente esa:
contar la historia de Ceuta desde una perspectiva española, sin necesidad de ocultar su complejidad histórica.
IV. ESPAÑOLIDAD NO SIGNIFICA SIMPLIFICACIÓN
Aquí conviene detenerse.
Porque defender la españolidad de Ceuta no debería significar negar su complejidad.
Todo lo contrario.
Una defensa seria es más fuerte cuando no necesita esconder los matices.
Ceuta posee una población plural.
En sus calles conviven personas de diferentes tradiciones religiosas y culturales.
Esa realidad forma parte de la ciudad.
Y lejos de ser un problema necesariamente, puede constituir una de las mayores demostraciones de su singularidad.
Ser español no exige que todos los españoles tengan exactamente las mismas costumbres.
España siempre ha sido diversa.
Ha habido diversidad lingüística.
Diversidad regional.
Diversidad cultural.
Diversidad religiosa a lo largo de la historia.
Diversidad económica.
Diversidad gastronómica.
Diversidad de paisajes.
Diversidad de formas de entender la vida.
La unidad nacional no exige uniformidad absoluta.
Por eso este libro no pretende decir que Ceuta sea española porque todos sus habitantes sean idénticos.
Sería absurdo.
Ceuta es española precisamente siendo Ceuta.
Con su personalidad.
Con sus peculiaridades.
Con sus recuerdos.
Con sus barrios.
Con sus familias.
Con sus tradiciones.
Con sus fiestas.
Con sus militares.
Con sus comerciantes.
Con sus pescadores.
Con sus trabajadores.
Con sus estudiantes.
Con sus mayores.
Con sus niños.
Con todos aquellos que han construido su vida allí.
La nación no es únicamente un concepto jurídico.
También es una experiencia humana.
Y la experiencia humana de una ciudad se construye generación tras generación.
V. EL ESTRECHO: UNA FRONTERA QUE UNE Y SEPARA
Quizá ningún lugar simbolice mejor la posición de Ceuta que el Estrecho de Gibraltar.
Desde Ceuta, Europa está extraordinariamente cerca.
Pero África está inmediatamente detrás.
Ese simple hecho geográfico genera una realidad política, económica y humana de enorme importancia.
El Estrecho separa dos continentes.
Pero también los comunica.
Esa paradoja constituye una de las claves de Ceuta.
Separación y conexión al mismo tiempo.
Frontera y puente.
Defensa y comercio.
Distancia y proximidad.
España y África.
Mediterráneo y Atlántico.
Todo eso se concentra en unos pocos kilómetros.
Y quizá sea imposible comprender Ceuta sin comprender esa tensión permanente.
Durante siglos, quienes controlaban Ceuta comprendieron su valor estratégico.
No era una ciudad cualquiera.
Era una posición desde la que se podía observar y controlar una de las grandes rutas marítimas del mundo.
Por eso fue disputada.
Por eso fue fortificada.
Por eso recibió guarniciones.
Por eso su historia está llena de episodios militares.
Y por eso su población aprendió a vivir con una realidad que quizá para muchos españoles de la Península resulte difícil de imaginar:
vivir en una frontera exterior de España.
VI. LA FRONTERA NO ES UNA TEORÍA
Para quien vive en Madrid, Valladolid o Zaragoza, la palabra frontera puede ser casi una abstracción.
Uno puede viajar durante horas sin encontrarse con ella.
Puede atravesar una provincia tras otra.
Puede coger un tren o un automóvil y recorrer cientos de kilómetros.
En Ceuta, la frontera forma parte de la vida cotidiana.
No es un concepto académico.
No es solamente una cuestión diplomática.
Es una realidad visible.
Tiene una dimensión humana.
Tiene consecuencias económicas.
Tiene consecuencias sociales.
Tiene consecuencias de seguridad.
Y tiene también una dimensión emocional.
Porque vivir en una frontera significa ser especialmente consciente de la existencia del territorio que está al otro lado.
Esto no implica necesariamente hostilidad.
Una frontera puede separar políticamente a sociedades que mantienen relaciones personales, comerciales y culturales.
Pero precisamente porque existe esa proximidad, la frontera adquiere una importancia extraordinaria.
Ceuta representa, en cierto sentido, una de las fronteras exteriores de la Unión Europea.
Y España, por tanto, no debería contemplar Ceuta como una ciudad distante.
Debería contemplarla como lo que también es:
una de sus puertas de entrada y uno de sus espacios fronterizos más singulares.
VII. EL VALOR DE LA MEMORIA
Hay otra razón para escribir este libro.
La memoria.
Toda ciudad tiene memoria.
Pero la memoria de Ceuta es particularmente intensa.
Está en sus murallas.
En sus fortificaciones.
En sus calles.
En sus iglesias.
En sus mezquitas.
En sus edificios.
En sus cementerios.
En sus cuarteles.
En sus plazas.
En sus puertos.
En las historias familiares.
En las fotografías antiguas.
En los nombres de sus calles.
En las conversaciones de sus habitantes.
Una ciudad no es solamente aquello que aparece en Google Maps.
Una ciudad es también aquello que recuerdan quienes han vivido en ella.
Por eso este libro quiere reivindicar la importancia de la memoria.
No de una memoria selectiva destinada a eliminar aquello que incomoda.
Sino de una memoria amplia.
Una memoria capaz de aceptar que la historia contiene victorias y derrotas.
Héroes y errores.
Momentos de gloria y momentos de sufrimiento.
Personajes admirables y personajes discutibles.
La madurez histórica consiste precisamente en ser capaz de contemplar todo eso sin necesidad de destruirlo.
VIII. LOS ESPAÑOLES DE CEUTA
Existe una cuestión que debería resultar evidente pero que conviene repetir:
los ceutíes son españoles.
Y no deberían necesitar constantemente que alguien desde la Península les recuerde que lo son.
Son ellos quienes viven allí.
Son ellos quienes conocen las particularidades de su ciudad.
Son ellos quienes experimentan cotidianamente la condición fronteriza.
Son ellos quienes conocen las ventajas y los problemas de vivir en Ceuta.
Y son ellos quienes tienen derecho a sentirse españoles de la manera que consideren adecuada.
Hay algo profundamente injusto cuando desde la distancia se pretende explicar a una población quién es o qué debería sentir.
La identidad no se impone desde un despacho.
La identidad se vive.
Por eso una de las ideas que recorre este libro es que la españolidad de Ceuta no debería entenderse únicamente desde Madrid.
Debe entenderse también desde Ceuta.
Desde sus plazas.
Desde sus barrios.
Desde sus familias.
Desde sus colegios.
Desde sus trabajadores.
Desde sus empresarios.
Desde sus militares.
Desde sus comerciantes.
Desde sus asociaciones.
Desde sus mayores.
Desde sus jóvenes.
Desde la vida cotidiana.
Porque una nación está formada, fundamentalmente, por personas.
IX. LA PRESENCIA MILITAR Y LA HISTORIA DE LA DEFENSA
No se puede escribir sobre Ceuta sin hablar de la defensa.
Durante siglos, su posición estratégica hizo de la ciudad un enclave militar de primer orden.
La presencia de las Fuerzas Armadas forma parte de la historia ceutí.
No solamente como institución.
También como realidad humana.
Miles de militares han pasado por Ceuta.
Muchos hicieron allí parte de su vida.
Algunos permanecieron durante años.
Otros llegaron para cumplir su servicio y después regresaron a la Península.
Para muchas familias españolas, Ceuta forma parte de su propia memoria porque algún padre, abuelo, hermano o hijo estuvo destinado allí.
Y eso crea una conexión que va mucho más allá de la geografía.
La defensa de un territorio no es solamente una cuestión militar.
También implica una dimensión social.
Una guarnición genera vínculos.
Crea relaciones.
Forma parte de la economía.
Participa en acontecimientos públicos.
Ayuda en situaciones de emergencia.
Y, sobre todo, establece una presencia permanente del Estado.
Pero la defensa de Ceuta no debería contemplarse exclusivamente desde la lógica militar.
La mejor defensa de una ciudad es que sus ciudadanos puedan desarrollar una vida normal.
Que existan oportunidades.
Que haya empleo.
Que los jóvenes puedan construir su futuro.
Que la economía funcione.
Que las infraestructuras sean adecuadas.
Que los servicios públicos estén a la altura.
Que la ciudad sea atractiva.
Que sus habitantes tengan motivos para quedarse.
Porque una ciudad viva es siempre una ciudad más fuerte.
X. CEUTA COMO PARTE DE ESPAÑA Y DE EUROPA
Otra de las grandes motivaciones de este libro es recordar que la cuestión de Ceuta tiene una dimensión europea.
Ceuta no es solamente un asunto bilateral entre España y Marruecos.
Su situación tiene implicaciones relacionadas con las fronteras exteriores de la Unión Europea.
Esto convierte a la ciudad en un territorio especialmente importante.
Cuando una persona contempla un mapa puede pensar que Ceuta es pequeña.
Y geográficamente lo es.
Pero el tamaño territorial no determina necesariamente la importancia estratégica.
Singapur es pequeño.
Luxemburgo es pequeño.
Mónaco es pequeño.
Gibraltar es pequeño.
Y, sin embargo, la historia ha demostrado repetidamente que determinados lugares pequeños pueden adquirir una importancia enorme cuando se encuentran en posiciones estratégicas.
Ceuta es uno de ellos.
Su valor no depende de su extensión.
Depende de su posición.
XI. «ESPAÑOLÍSIMA»
Y llegamos a la palabra central del título.
Españolísima.
¿Por qué utilizarla?
Porque tiene un matiz que me interesa.
Decir que algo es español puede ser una descripción.
Decir que algo es españolísimo introduce una dimensión emocional.
Es como decir:
«Esto es profundamente español.»
«Esto forma parte de nosotros.»
«Esto pertenece a nuestra memoria colectiva.»
No significa que Ceuta sea más española que Barcelona.
Ni más española que Sevilla.
Ni más española que Salamanca.
No se trata de establecer una clasificación absurda.
Se trata de subrayar que existe una dimensión española de Ceuta que merece ser reconocida.
Y aquí aparece el «olé».
Ese «olé» del título pretende precisamente romper la solemnidad.
Porque España tiene también una manera particular de celebrar.
Una manera de expresarse.
Una capacidad para convertir incluso las cuestiones serias en una mezcla de pasión, humor, ironía y emoción.
Por eso:
Ceuta no es española; es españolísima y olé.
Es una exageración deliberada.
Una licencia literaria.
Una sonrisa.
Pero también una declaración de principios.
XII. NO SE TRATA DE GRITAR MÁS FUERTE
Defender una idea no significa necesariamente gritar.
Ni insultar.
Ni despreciar al contrario.
Ni convertir cada discusión histórica en una batalla personal.
Este libro pretende defender la españolidad de Ceuta desde el convencimiento de que una idea sólida no necesita recurrir a la descalificación.
Se puede discrepar.
Se puede discutir.
Se puede argumentar.
Se pueden defender posiciones contrapuestas.
Y todo ello forma parte de una sociedad democrática.
Por eso estas páginas quieren ser reivindicativas, pero también reflexivas.
El patriotismo no debería confundirse con la hostilidad.
Sentirse español no obliga a despreciar a nadie.
Defender Ceuta no exige odiar a Marruecos.
Y reivindicar la historia española de la ciudad no implica negar la existencia de una historia magrebí, mediterránea y africana.
La historia es compleja.
Precisamente por eso merece ser estudiada.
XIII. CEUTA Y LA CONVIVENCIA
Una de las cuestiones más interesantes de Ceuta es su convivencia entre comunidades.
La ciudad ofrece una realidad que puede resultar extraordinariamente instructiva.
Personas de tradiciones diferentes pueden compartir una misma ciudad.
Pueden trabajar juntas.
Pueden estudiar juntas.
Pueden comerciar.
Pueden ser vecinas.
Pueden formar parte de una misma sociedad.
Eso no significa que no existan problemas.
Naturalmente que existen.
Toda sociedad los tiene.
Pero la existencia de problemas no invalida la posibilidad de convivencia.
Al contrario.
La convivencia se demuestra precisamente cuando existen diferencias y, a pesar de ellas, se consigue mantener un marco común.
Y aquí aparece otra idea esencial:
el marco común puede ser España.
Una persona puede tener una determinada tradición familiar, religiosa o cultural y, al mismo tiempo, ser española.
No existe necesariamente una contradicción.
España puede ser el espacio político común dentro del cual diferentes tradiciones culturales desarrollan su vida.
Ese modelo merece ser defendido.
No mediante la imposición de una cultura única.
Tampoco mediante la fragmentación permanente.
Sino mediante una idea sencilla:
diferentes personas, una ciudadanía común.
XIV. UNA CIUDAD QUE MERECE MÁS ATENCIÓN
Quizá la mayor motivación práctica para escribir este libro sea precisamente llamar la atención.
Que alguien que nunca haya estado en Ceuta termine estas páginas y piense:
«Tengo que conocerla.»
Que alguien que haya pasado por allí hace treinta años recuerde aquella ciudad.
Que un antiguo militar recuerde su destino.
Que una familia ceutí reconozca parte de su propia historia.
Que un estudiante descubra que detrás de una palabra —Ceuta— existe una historia extraordinaria.
Que un español peninsular comprenda que España es mucho más compleja y diversa de lo que a veces imaginamos.
Que un lector extranjero comprenda que la relación entre España y Ceuta no puede explicarse mediante cuatro titulares.
Ese sería ya un objetivo suficiente.
Porque los libros tienen también una misión sencilla:
hacer que miremos aquello que antes pasábamos por alto.
XV. CEUTA COMO SÍMBOLO
Ceuta puede convertirse en símbolo de muchas cosas.
Puede simbolizar la frontera.
Puede simbolizar la permanencia.
Puede simbolizar la diversidad.
Puede simbolizar la capacidad de convivencia.
Puede simbolizar la importancia de la geografía.
Puede simbolizar la memoria histórica.
Y también puede simbolizar una idea que considero fundamental:
que el tamaño no determina la importancia.
Una pequeña ciudad puede ocupar un lugar enorme en la historia.
Una pequeña comunidad puede tener una identidad extraordinariamente fuerte.
Un territorio reducido puede ser estratégicamente decisivo.
Ceuta demuestra todo eso.
XVI. EL ERROR DE OLVIDAR LAS PERIFERIAS
Las naciones suelen construir su imaginario desde los centros.
Madrid representa el centro político.
Barcelona representa una de las grandes capitales económicas y culturales.
Sevilla, Valencia, Bilbao, Zaragoza, Málaga y tantas otras ciudades representan diferentes dimensiones de España.
Pero una nación también se reconoce por sus extremos.
Por sus fronteras.
Por sus islas.
Por sus territorios más alejados.
Por aquellos lugares que requieren un esfuerzo adicional de comunicación y de integración.
Ceuta es uno de esos lugares.
Y precisamente por eso merece una atención especial.
No una atención paternalista.
No una atención basada en considerar a Ceuta una ciudad dependiente.
Sino una atención basada en reconocer su importancia.
Porque una nación fuerte no abandona sus periferias.
Las conecta.
Las integra.
Las protege.
Las desarrolla.
Y las escucha.
XVII. LA ESPAÑA QUE CABE EN UNA CIUDAD
Hay algo fascinante en contemplar Ceuta como una especie de microcosmos.
En un espacio relativamente reducido aparecen muchas de las cuestiones que afectan a España entera.
Identidad.
Fronteras.
Inmigración.
Seguridad.
Convivencia.
Economía.
Religión.
Historia.
Geopolítica.
Europa.
Mediterráneo.
África.
Ejército.
Comercio.
Juventud.
Empleo.
Infraestructuras.
Turismo.
Todo está allí.
Por eso estudiar Ceuta no significa estudiar solamente Ceuta.
Significa estudiar también una parte especialmente concentrada de los grandes debates de nuestro tiempo.
XVIII. LA HISTORIA COMO ARGUMENTO, NO COMO ARMA
Quiero que este libro tenga una determinada actitud ante la historia.
La historia debe servir para comprender.
No para fabricar enemigos.
No para construir resentimientos eternos.
No para transformar a nuestros antepasados en soldados de nuestras guerras actuales.
Los muertos no pueden cambiar el pasado.
Pero los vivos sí podemos decidir qué hacemos con ese pasado.
Podemos utilizarlo para enfrentarnos.
O podemos utilizarlo para aprender.
La historia de Ceuta contiene suficientes episodios apasionantes como para que no necesitemos inventar ninguno.
Contiene imperios.
Conquistas.
Comercio.
Religiones.
Batallas.
Fortificaciones.
Viajes.
Migraciones.
Familias.
Militares.
Comerciantes.
Trabajadores.
Y generaciones enteras de ciudadanos.
Eso basta.
XIX. EL DERECHO A SENTIRSE ESPAÑOL
Hay una cuestión que considero especialmente importante.
El derecho a la identidad.
Una persona que vive en Ceuta tiene derecho a sentirse española.
No debería tener que justificar constantemente ese sentimiento.
De la misma manera que una persona de Galicia puede sentirse profundamente gallega y española.
Una persona de Canarias puede sentirse profundamente canaria y española.
Una persona de Andalucía puede sentirse profundamente andaluza y española.
Las identidades pueden superponerse.
No tienen por qué destruirse mutuamente.
El problema aparece cuando se pretende convertir una identidad en una especie de examen.
Cuando alguien decide que otro no es suficientemente español.
O suficientemente ceutí.
O suficientemente europeo.
O suficientemente mediterráneo.
La identidad no debería convertirse en una competición.
Por eso este libro reivindica una españolidad abierta.
Una españolidad capaz de incorporar diferencias.
Una españolidad capaz de convivir con la diversidad.
Una españolidad que no necesite uniformar para unir.
XX. LA PALABRA «ESPAÑA»
España es una palabra que significa cosas diferentes para diferentes personas.
Para algunos es una nación histórica.
Para otros es una realidad constitucional.
Para otros es una cultura.
Para otros es una familia.
Para otros es una lengua.
Para otros es un paisaje.
Para otros es un recuerdo.
Para otros es una bandera.
Para otros es simplemente el lugar donde nacieron.
Y para otros puede ser todas esas cosas a la vez.
No pretendo imponer una definición única.
Pero sí quiero recuperar una idea que considero importante:
España también es una historia compartida.
Y Ceuta forma parte de esa historia.
No como una nota al pie.
No como una curiosidad geográfica.
No como una excepción.
Sino como uno de sus capítulos.
XXI. LA ESPAÑA AFRICANA
Existe una expresión que puede resultar llamativa:
la España africana.
Durante demasiado tiempo hemos tendido a imaginar Europa y África como dos mundos absolutamente separados.
Pero Ceuta demuestra que esa separación no es tan sencilla.
España tiene una presencia geográfica en África.
Y eso forma parte de nuestra realidad.
No necesitamos ocultarlo.
Tampoco necesitamos convertirlo en una superioridad.
Simplemente debemos asumirlo.
La historia de España ha tenido dimensiones mediterráneas, atlánticas, americanas, europeas y africanas.
España es precisamente el resultado de todas esas conexiones.
Ceuta recuerda esa dimensión africana de España.
Y por ello posee un valor simbólico extraordinario.
XXII. CEUTA NO ES UNA ANOMALÍA
Una de las ideas que quisiera combatir con este libro es la percepción de Ceuta como una anomalía.
Como si existiera una especie de «España normal» y después estuviera Ceuta.
No.
Ceuta no es una anomalía.
Es una realidad singular.
Y singular no significa anormal.
Canarias es singular.
Baleares son singulares.
Galicia es singular.
País Vasco es singular.
Andalucía es singular.
Ceuta también lo es.
La diversidad territorial es una característica de España.
Por tanto, la singularidad de Ceuta no debería utilizarse para cuestionar su pertenencia a España.
Precisamente puede utilizarse para comprender mejor la riqueza de España.
XXIII. LA RESPONSABILIDAD DE LA PENÍNSULA
También existe una responsabilidad por parte del resto de España.
La de no olvidar.
No basta con acordarse de Ceuta cuando aparece una crisis.
No basta con hablar de ella cuando existe un problema fronterizo.
No basta con recordar su existencia cuando surge una controversia diplomática.
Ceuta debe formar parte de la conversación nacional también cuando no ocurre nada extraordinario.
Cuando sus niños van al colegio.
Cuando sus comerciantes abren sus negocios.
Cuando sus jóvenes buscan trabajo.
Cuando sus familias celebran una fiesta.
Cuando sus mayores pasean.
Cuando sus militares cumplen su servicio.
Cuando sus ciudadanos simplemente viven.
Porque una ciudad no puede convertirse únicamente en noticia cuando tiene problemas.
También debe ser conocida por su vida cotidiana.
XXIV. CONOCER PARA DEFENDER
Hay una frase que podría resumir buena parte de la motivación de este libro:
No se puede defender aquello que no se conoce.
Si los españoles desconocen la historia de Ceuta, difícilmente podrán comprender su importancia.
Si desconocen su geografía, no comprenderán su valor estratégico.
Si desconocen su sociedad, caerán fácilmente en estereotipos.
Si desconocen a sus habitantes, hablarán de Ceuta sin escuchar a los ceutíes.
Y si desconocen su historia, cualquier discusión terminará reducida a consignas.
Este libro pretende aportar algo muy sencillo:
conocimiento.
Y después del conocimiento, reflexión.
Y después de la reflexión, opinión.
XXV. EL «OLÉ» COMO DECLARACIÓN DE ALEGRÍA
¿Por qué terminar el título con «olé»?
Porque no quiero que este libro sea únicamente solemne.
Ceuta tiene problemas.
España tiene problemas.
La historia tiene tragedias.
La política tiene conflictos.
La geopolítica tiene tensiones.
Todo eso es cierto.
Pero la vida también tiene alegría.
Y una ciudad no puede definirse únicamente por sus problemas.
El «olé» es una manera de reivindicar también la alegría de ser español.
Es un guiño.
Una sonrisa.
Una pequeña provocación.
Una forma de decir:
«Sí, Ceuta es una ciudad fronteriza. Sí, su historia es complicada. Sí, existen debates políticos. Sí, hay problemas reales. Pero también es una ciudad española con una historia extraordinaria y merece que lo digamos con orgullo.»
Por eso:
Ceuta no es española; es españolísima y olé.
XXVI. NO QUIERO ESCRIBIR UN LIBRO CONTRA NADIE
Esta afirmación es importante.
Este libro no pretende ser un libro contra los marroquíes.
No pretende ser un libro contra los musulmanes.
No pretende ser un libro contra ninguna comunidad.
No pretende negar la dignidad de nadie.
No pretende convertir a una población en enemiga colectiva.
Si se defiende la españolidad de Ceuta, debe hacerse desde la defensa de una realidad histórica y política, no desde el desprecio hacia personas por su origen o religión.
Eso sería demasiado fácil.
Y, además, sería injusto.
Una cosa es defender una frontera.
Otra cosa muy distinta es construir una enemistad permanente con quienes viven al otro lado.
Una cosa es defender una soberanía.
Otra cosa es negar la humanidad de quienes sostienen una posición diferente.
Este libro quiere situarse en el terreno de la primera afirmación, no en el de la segunda.
XXVII. ESPAÑA COMO CASA COMÚN
Quizá la mejor metáfora para explicar mi visión sea la de una casa.
Una casa puede tener habitaciones diferentes.
Cada habitación puede tener una decoración distinta.
Puede haber habitaciones grandes y pequeñas.
Unas pueden estar junto al mar.
Otras junto a la montaña.
Pero todas forman parte de la misma casa.
España es una casa histórica extraordinariamente diversa.
Ceuta es una de sus habitaciones más singulares.
Y el hecho de que esté geográficamente separada de otras partes de la casa no significa que deje de pertenecer a ella.
Al contrario.
Precisamente porque está en un lugar tan singular, requiere que recordemos permanentemente que forma parte del conjunto.
XXVIII. EL FUTURO DE CEUTA
Pero un libro sobre Ceuta no puede quedarse únicamente mirando hacia atrás.
También debe mirar hacia delante.
Porque la historia solamente tiene sentido si ayuda a construir el futuro.
¿Qué Ceuta queremos dentro de veinte, treinta o cincuenta años?
Una Ceuta con oportunidades para sus jóvenes.
Una Ceuta económicamente dinámica.
Una Ceuta segura.
Una Ceuta bien conectada.
Una Ceuta turística.
Una Ceuta comercial.
Una Ceuta cultural.
Una Ceuta abierta al Mediterráneo.
Una Ceuta profundamente española y europea.
Una Ceuta capaz de mantener relaciones normales y constructivas con su entorno.
Una Ceuta orgullosa de su historia pero no prisionera de ella.
Ese debería ser el objetivo.
La identidad no puede convertirse en un museo.
Debe ser también una herramienta para construir futuro.
XXIX. LOS JÓVENES
Especialmente importante me parece hablar de los jóvenes.
Porque cualquier identidad que solamente interese a las generaciones mayores está condenada a desaparecer.
Los jóvenes ceutíes deben conocer su historia.
Pero también deben poder imaginar su futuro.
No sirve de nada decirles:
«Debéis estar orgullosos de Ceuta»
si después no encuentran oportunidades.
El patriotismo práctico consiste también en crear condiciones para que los jóvenes puedan quedarse.
Que puedan estudiar.
Trabajar.
Emprender.
Formar una familia.
Desarrollar proyectos.
Viajar.
Regresar.
Y elegir libremente dónde quieren vivir.
Una ciudad fuerte no necesita retener a sus jóvenes por obligación.
Consigue que muchos quieran quedarse porque encuentran allí un futuro.
XXX. CEUTA COMO PUERTA
Me gusta imaginar Ceuta como una puerta.
Una puerta española hacia África.
Una puerta africana hacia Europa.
Una puerta mediterránea.
Una puerta atlántica.
Una puerta comercial.
Una puerta cultural.
Una puerta histórica.
Las puertas pueden servir para cerrar.
Pero también sirven para entrar y salir.
La cuestión no consiste en destruir la puerta.
Consiste en saber cuándo abrirla y cuándo cerrarla.
Esa es precisamente la responsabilidad de cualquier frontera moderna:
ser segura sin dejar de ser humana;
ser firme sin convertirse en hostil;
ser abierta cuando corresponde y protegida cuando resulta necesario.
Ceuta puede desempeñar un papel fundamental en esa concepción.
XXXI. UNA LLAMADA A LOS ESPAÑOLES
Este libro es, en cierta medida, una llamada.
Una llamada a los españoles de la Península.
A los que nunca han estado en Ceuta.
A los que solamente la conocen por fotografías.
A los que la recuerdan de la mili.
A los que tienen familiares allí.
A los que han viajado alguna vez.
A los que jamás han pensado demasiado en ella.
La llamada es sencilla:
mirad hacia el sur.
Mirad hacia el Estrecho.
Mirad hacia Ceuta.
Descubridla.
Conoced su historia.
Escuchad a sus habitantes.
Visitad sus calles.
Contemplad sus murallas.
Pasead por sus plazas.
Mirad el mar.
Y entonces decidid vosotros mismos qué significa Ceuta.
Pero decididlo después de conocerla.
XXXII. UNA LLAMADA A LOS CEUTÍES
Y también existe una llamada dirigida a los propios ceutíes.
No necesitáis permiso para ser lo que sois.
No necesitáis pedir disculpas por vuestra historia.
No necesitáis justificar vuestra identidad.
Tenéis derecho a conservar vuestra memoria.
Tenéis derecho a discutir sobre vuestro futuro.
Tenéis derecho a criticar a los gobiernos.
Tenéis derecho a reclamar mejores servicios.
Tenéis derecho a defender vuestras posiciones políticas.
Tenéis derecho a discrepar.
Y tenéis derecho, por supuesto, a sentiros españoles.
La identidad democrática no puede ser una obligación impuesta.
Debe ser también una elección consciente.
Y quizá la identidad más sólida sea precisamente aquella que conoce sus raíces y, después de conocerlas, decide libremente mantenerlas.
XXXIII. UN LIBRO NACIDO DEL ORGULLO
En última instancia, este libro nace del orgullo.
No de un orgullo contra alguien.
Sino de un orgullo hacia algo.
Hacia una historia.
Hacia una ciudad.
Hacia una parte de España que merece ser conocida.
El orgullo puede ser peligroso cuando se convierte en superioridad.
Pero también puede ser positivo cuando se transforma en responsabilidad.
Si estoy orgulloso de mi historia, debo conocerla.
Si estoy orgulloso de mi país, debo intentar mejorarlo.
Si estoy orgulloso de una ciudad, debo preocuparme por su futuro.
Si estoy orgulloso de una identidad, debo respetar que otros tengan las suyas.
Ese es el tipo de orgullo que quiero reivindicar.
XXXIV. CEUTA, UNA LECCIÓN PARA ESPAÑA
Ceuta puede enseñar muchas cosas a España.
Puede enseñarnos que la geografía importa.
Puede enseñarnos que las fronteras existen.
Puede enseñarnos que la convivencia requiere esfuerzo.
Puede enseñarnos que la diversidad no tiene por qué destruir la unidad.
Puede enseñarnos que la historia no desaparece porque dejemos de hablar de ella.
Puede enseñarnos que una ciudad pequeña puede tener una importancia enorme.
Y puede enseñarnos algo todavía más importante:
que España es mucho más grande y compleja que la imagen mental que muchas veces tenemos de ella.
España es peninsular.
Pero también es insular.
Es mediterránea.
Es atlántica.
Es europea.
Y tiene también una dimensión africana.
Ceuta es una de las mejores demostraciones de esa realidad.
XXXV. EL PROPÓSITO FINAL
Si después de leer este libro alguien termina pensando:
«Ahora entiendo mejor por qué Ceuta es importante»,
el libro habrá cumplido una función.
Si alguien dice:
«No estoy de acuerdo con el autor, pero ahora conozco mejor los argumentos»,
también habrá cumplido una función.
Si un ceutí dice:
«Aquí aparece parte de nuestra historia»,
habrá cumplido una función.
Y si un joven español piensa:
«Nunca me había planteado que Ceuta tuviera una historia tan extraordinaria»,
entonces habrá merecido la pena escribirlo.
Porque escribir historia, memoria o ensayo no consiste necesariamente en conseguir que todo el mundo piense igual.
Consiste también en conseguir que la gente piense.
XXXVI. Y AHORA, CEUTA
Después de todo lo anterior, volvamos al principio.
«Ceuta no es española; es españolísima y olé».
La frase continúa siendo una contradicción.
Y precisamente por eso me gusta.
Porque contiene una provocación.
Pero también una reivindicación.
Ceuta es española.
Su historia está profundamente relacionada con España.
Su realidad política forma parte de España.
Sus ciudadanos son españoles.
Pero además Ceuta posee una personalidad tan singular que merece algo más que una simple casilla en un mapa.
Merece ser conocida.
Merece ser estudiada.
Merece ser recordada.
Merece ser visitada.
Merece ser defendida dentro del marco democrático.
Y, sobre todo, merece ser incorporada al imaginario colectivo español.
No como una rareza.
No como una excepción incómoda.
No como un territorio lejano.
Sino como una ciudad con nombre propio.
Ceuta.
La ciudad del Estrecho.
La ciudad de las murallas.
La ciudad fronteriza.
La ciudad mediterránea y atlántica.
La ciudad europea en África.
La ciudad española al otro lado del mar.
La ciudad que mira hacia la Península.
La ciudad que mira hacia África.
La ciudad que recuerda que las fronteras no solamente separan.
También conectan.
XXXVII. MI MOTIVACIÓN PERSONAL
Y llegados a este punto debo explicar por qué he querido escribir este libro.
Lo hago porque creo que existen asuntos que no deben darse por supuestos.
La españolidad de Ceuta puede parecernos una cuestión evidente para muchos españoles.
Pero precisamente las cosas que consideramos evidentes son aquellas que con mayor facilidad dejamos de explicar.
Y cuando dejamos de explicar algo, dejamos un vacío.
En ese vacío aparecen las simplificaciones.
Los tópicos.
Las consignas.
Las versiones interesadas.
Las medias verdades.
Y finalmente la ignorancia.
Mi intención es llenar parte de ese vacío.
No pretendo escribir la última palabra sobre Ceuta.
Nadie puede hacerlo.
Pretendo aportar la mía.
Una mirada española.
Una mirada reivindicativa.
Una mirada crítica cuando corresponda.
Una mirada orgullosa cuando sea necesario.
Y también una mirada consciente de que la realidad es más compleja que cualquier eslogan.
Porque la historia de Ceuta merece algo más que un eslogan.
Pero, al mismo tiempo, quizá necesite un buen eslogan para conseguir que alguien abra el libro.
Y ahí aparece nuevamente:
«Ceuta no es española; es españolísima y olé».
XXXVIII. EL COMPROMISO
Este libro nace, por tanto, con un compromiso.
El compromiso de no olvidar.
De no trivializar.
De no reducir.
De no convertir la historia en una caricatura.
De no confundir patriotismo con odio.
De no confundir identidad con uniformidad.
De no confundir frontera con enemistad.
Y de no permitir que Ceuta desaparezca de la memoria colectiva española.
Porque una nación que olvida sus fronteras acaba olvidando parte de sí misma.
Una nación que desconoce su historia acaba siendo vulnerable frente a cualquier relato.
Y una nación que no conoce a sus propios ciudadanos corre el riesgo de convertirlos en desconocidos dentro de su propia casa.
XXXIX. CEUTA ES TAMBIÉN UNA HISTORIA DE PERSONAS
Al final, detrás de todas las fechas y todos los mapas hay personas.
Personas que nacieron allí.
Personas que llegaron.
Personas que se marcharon.
Personas que regresaron.
Personas que sirvieron en el Ejército.
Personas que abrieron una tienda.
Personas que trabajaron en el puerto.
Personas que cruzaron el Estrecho.
Personas que estudiaron.
Personas que se enamoraron.
Personas que tuvieron hijos.
Personas que enterraron a sus padres.
Personas que vieron cambiar la ciudad.
Personas que recuerdan una Ceuta diferente.
La historia auténtica de una ciudad está formada por esas pequeñas historias.
Por eso espero que este libro no sea solamente una reflexión sobre soberanía, fronteras o geopolítica.
Espero que sea también un homenaje a quienes han hecho posible que Ceuta sea lo que es.
XL. EL ÚLTIMO ARGUMENTO
Quizá el argumento más sencillo de todos sea este:
Ceuta existe.
Existe su ciudad.
Existe su población.
Existe su historia.
Existe su administración.
Existe su relación con España.
Existe su realidad europea.
Existe su frontera.
Existe su memoria.
Y existe una comunidad de ciudadanos que vive allí.
Por encima de cualquier discusión política, esa realidad merece respeto.
Y precisamente porque merece respeto, merece también conocimiento.
XLI. EPÍLOGO DE LA MOTIVACIÓN
Cuando terminé de imaginar el título de este libro, pensé que quizá alguien diría:
«Eso de “españolísima y olé” es demasiado provocador».
Probablemente tenga razón.
Pero decidí mantenerlo.
Porque vivimos en una época en la que demasiadas veces tenemos miedo de decir con claridad aquello que pensamos.
Y yo prefiero decirlo.
Con respeto.
Con argumentos.
Con memoria.
Con sentido del humor.
Y, cuando sea necesario, con un poco de ese carácter español que convierte una afirmación solemne en una expresión popular.
Por eso no quiero que el título sea una amenaza.
Quiero que sea una sonrisa.
Una sonrisa acompañada de una afirmación:
Ceuta forma parte de España y merece que los españoles conozcamos, valoremos y respetemos esa realidad.
Y quiero que el lector entre en las páginas siguientes con una pregunta en la cabeza:
¿Por qué Ceuta es tan importante para España?
La respuesta no cabrá en una sola frase.
Tampoco cabrá en una sola fecha.
Ni en un solo tratado.
Ni en una sola batalla.
Ni en una bandera.
La respuesta está repartida por siglos de historia.
Está en el Estrecho.
Está en las murallas.
Está en los archivos.
Está en las familias.
Está en los militares.
Está en los comerciantes.
Está en los ciudadanos.
Está en los recuerdos.
Está en el presente.
Y estará también en el futuro.
Porque Ceuta no es solamente una ciudad que España posee.
Es una ciudad que forma parte de la historia de España.
Y esa diferencia es importante.
Poseer puede ser una cuestión jurídica.
Pertenecer es también una cuestión histórica y humana.
Por eso este libro quiere hablar de pertenencia.
De memoria.
De identidad.
De convivencia.
De frontera.
De futuro.
Y de España.
Pero sobre todo quiere hablar de Ceuta.
De esa ciudad extraordinaria situada frente al Estrecho.
De esa pequeña gran ciudad que ha visto pasar civilizaciones.
De esa frontera que separa y une.
De esa tierra española al otro lado del mar.
De esa ciudad que merece ocupar un lugar mucho mayor en la conciencia colectiva de los españoles.
Y por eso, cuando alguien me pregunte por qué he escrito este libro, probablemente la respuesta más sincera sea también la más sencilla:
Porque Ceuta merece ser recordada.
Porque merece ser conocida.
Porque merece ser comprendida.
Porque merece ser discutida con argumentos.
Porque merece ser defendida democráticamente cuando sea necesario.
Y porque, después de tantos siglos de historia, me parece que ya va siendo hora de que los españoles miremos un poco más hacia el sur y descubramos que allí, al otro lado del Estrecho, tenemos una ciudad que nos recuerda algo fundamental:
España no es solamente aquello que vemos desde nuestra ventana.
España también está donde la historia quiso que estuviera.
En la Península.
En las islas.
En el Mediterráneo.
En el Atlántico.
Y también en África.
Allí está Ceuta.
Y por eso, con toda la solemnidad que requiere la historia, pero también con toda la alegría que permite el lenguaje popular, cierro esta motivación con la frase que dio origen al libro:
CEUTA NO ES ESPAÑOLA; ES ESPAÑOLÍSIMA Y OLÉ.
Y ahora sí.
Que empiece la historia.
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