Ciudadano español, la soberanía nacional te necesita

Ceuta ya no iba a ser nunca lo que había sido hasta entonces. Eso lo entendió todo el mundo el mismo verano, aunque nadie se atreviera a decirlo en voz alta los primeros días. Las vallas seguían en pie, las banderas ondeaban y los barcos de la Armada patrullaban el Estrecho con la misma rutina de siempre. Pero algo se había roto. No era solo el número de personas que habían cruzado en aquellas horas de julio. Era la sensación, densa y pegajosa como el aire de agosto, de que el tiempo de la evidencia se había acabado. Ceuta ya no se defendía sola con la inercia de los siglos. Melilla tampoco. Las Canarias, más lejos y más grandes, empezaban a sentir el mismo temblor en la línea del horizonte.

Había quien hablaba de informes, de teléfonos con prefijo extranjero, de grupos que se organizaban en redes y luego desaparecían. Había quien prefería no hablar. En los bares del puerto de Ceuta, los camareros servían cañas con la misma profesionalidad de siempre, pero miraban al mar con una frecuencia nueva. En las terrazas de Melilla, las conversaciones bajaban de tono cuando alguien mencionaba “el otro lado”. En Las Palmas y en Santa Cruz, los pescadores comentaban que las corrientes traían ahora más que algas.

Fue entonces cuando surgió la idea. No nació en un despacho de mármol ni en un mitin. Nació en conversaciones largas, en grupos de mensajería que cambiaban de nombre cada semana, en cartas de oficiales retirados y en las quejas de padres que veían a sus hijos crecer sin saber qué significaba realmente una frontera. La mili. Recuperar la mili. Pero no cualquier mili. No la de los cuarteles de la Meseta, donde el mayor peligro era el aburrimiento y el calor de julio. Una mili concreta, dirigida, con un propósito que no se pudiera disimular.

Tres plazas. Solo tres.

Ceuta.
Melilla.
Las Islas Canarias.

Todos los jóvenes llamados a filas —todos los chicos, como en los tiempos en que la palabra “mili” aún significaba algo— serían destinados a una de esas tres posiciones. Nueve meses. Un verano, un otoño y un invierno. Tiempo suficiente para que el cuerpo aprendiera lo que la cabeza había olvidado: que España no termina donde acaba la última urbanización de la costa, sino donde un hombre con uniforme decide que no se pasa.

El lema apareció primero en un cartel improvisado, pegado en una pared de la Plaza de África. Luego se reprodujo en miles de copias. Letras negras sobre fondo blanco, sin adornos:

«Ciudadano español, la soberanía nacional te necesita».

No era una frase bonita. No pretendía serlo. Era una orden disfrazada de llamada.


Javier Moreno tenía diecinueve años y vivía en un piso de tres habitaciones en el Polígono San Pablo, en Sevilla. Había terminado el bachillerato con notas mediocres y un contrato de prácticas en un almacén de logística que le duró exactamente el tiempo que tardó la empresa en decidir que no lo necesitaba. Cuando le llegó la carta, la leyó tres veces. Destino: Ceuta. Unidad: Regimiento de Infantería “Tercio Duque de Alba” 2º de La Legión.

Su madre lloró. Su padre, que había hecho la mili en 1994 en un cuartel de Badajoz donde lo único que defendían era el horario de la cantina, se quedó callado un rato largo.

—Al menos vas a ver África de verdad —dijo al final—. No en la tele.

Javier no contestó. Metió la carta en el cajón de la mesilla y esa noche no durmió. Pensaba en las fotos que había visto: el monte Hacho, las murallas portuguesas, el puerto, el mar que no era el mismo mar que el de Cádiz. Pensaba también en los comentarios de sus amigos. “Te van a mandar de carne de cañón”. “Eso es para los que no tienen padrino”. “La mili ya no existe, tío, esto es otra cosa”.

Embarcó en Algeciras un martes de septiembre. El ferry olía a gasoil y a café recalentado. En cubierta había uns sesenta chicos más, la mayoría de Andalucía y Extremadura, algunos de Madrid y de Valencia. Casi ninguno había estado nunca en Ceuta. Hablaban alto, se reían de más, se hacían fotos con el móvil como si fueran de vacaciones. Hasta que el barco dobló la punta y apareció la ciudad.

Ceuta no se parece a ninguna otra ciudad española. Eso lo entiende uno en cuanto la ve de cerca. No es solo que esté en África. Es que África está tan cerca que se puede oler. Las laderas del Rif se levantan al otro lado como una amenaza o como una promesa, según el día. Las casas blancas y ocres se apiñan contra las murallas. El puerto está lleno de barcos que van y vienen con una regularidad que ya no tranquiliza a nadie.

Cuando bajaron la rampa, el calor era distinto. Más seco, más antiguo. Un sargento de la Legión, con la gorra ladeada y la voz hecha para no repetir las cosas, los alineó en el muelle.

—Bienvenidos a la primera línea —dijo—. Aquí no hay simulacros. Aquí hay frontera. El que no lo entienda en las próximas setenta y dos horas, que pida destino a otro sitio. Aunque ya os advierto que no hay otro sitio.

Los llevaron en camiones cubiertos hasta el acuartelamiento. El Tercio olía a aceite de armas, a piso fregado con lejía y a historia acumulada. En las paredes había fotografías en blanco y negro de legionarios en el Rif, en el Sahara, en Bosnia. Javier se quedó mirando una en la que un grupo de soldados posaba delante de una valla que ya no existía.

La primera noche no durmió nadie. Los colchones eran duros, los ronquidos ajenos y el silencio de Ceuta no se parecía al silencio de Sevilla. A las cinco de la mañana sonó el toque. A las cinco y diez ya estaban en el patio.


El adiestramiento no era lo que Javier había imaginado. No había películas. Había repetición. Marchas con el equipo completo por las laderas del Hacho hasta que las rodillas pedían perdón. Instrucción de tiro en el campo de San Amaro, con el viento del Estrecho empujando las balas. Clases de topografía en las que el mapa no era un dibujo, sino el terreno que tenían debajo de las botas. Y, sobre todo, guardias.

Las guardias eran el verdadero examen. De madrugada, en los puestos de observación que miraban hacia Beliones, el tiempo se estiraba. Se oían perros, motores lejanos, a veces voces. El sargento les había dicho que no dispararan a menos que recibieran orden expresa. Les había dicho también que la orden podía tardar. O no llegar.

Una noche, hacia las tres, Javier compartió puesto con un chico de Badajoz llamado Raúl. Raúl era más callado. Fumaba sin prisa, mirando el otro lado.

—¿Tú crees que esto sirve de algo? —preguntó Javier.

Raúl tardó en contestar.

—Sirve para que cuando vuelvas a tu pueblo sepas que hay un sitio que no es tu pueblo y que también es tuyo. La mayoría de la gente no lo sabe. Piensa que España es la A-4 y el Corte Inglés.

Javier no dijo nada. Miró las luces de Marruecos. Estaban tan cerca que parecía que se podían tocar.

En las semanas siguientes empezó a entender lo que Raúl quería decir. Ceuta no era un destino. Era un recordatorio permanente. Cada mañana, al salir a formación, veían el mismo paisaje: el mar, la montaña africana, la ciudad española apretada contra el agua. Los legionarios veteranos no hablaban mucho de política. Hablaban de turnos, de material, de quién se había quedado dormido en la guardia. Pero cuando lo hacían, la conversación siempre acababa en el mismo sitio.

—Esto se sostiene porque hay gente dispuesta a sostenerlo —dijo un cabo primero un domingo, mientras repasaban el armamento—. El día que deje de haberla, se acaba. No hay más misterio.

Javier empezó a escribir cartas a su madre que no enviaba. En una de ellas puso:

“Aquí se entiende mejor lo que significa una bandera. En Sevilla la vemos en los balcones los días de fiesta. Aquí la vemos todos los días y sabemos que si un día no está, algo habrá cambiado de verdad”.

No la mandó. La guardó doblada en el fondo de la taquilla.


Melilla era distinta y era la misma. Los que fueron destinados allí contaban, cuando se cruzaban en permisos o en relevos, que la ciudad tenía un carácter más cerrado, más de plaza fuerte. El acuartelamiento del Tercio Gran Capitán olía igual a lejía y a historia, pero las calles eran más estrechas y el mar estaba más presente. Desde el fuerte de Victoria Grande se veía el cabo Tres Forcas y, más allá, la línea que separaba lo que era España de lo que no lo era.

En Melilla el lema había aparecido pintado en una pared cerca del puerto:

«Ciudadano español, la soberanía nacional te necesita».

Alguien lo había escrito con spray negro, sin firmar. Nadie lo borró.

Los reclutas de Melilla hablaban de las mismas cosas: el calor, las guardias, la extraña mezcla de normalidad y tensión. Un chico de Murcia llamado Pablo contó que una tarde, mientras hacían una marcha por el perímetro, vieron a un grupo de personas esperando al otro lado de la valla. No gritaban. Solo esperaban. El teniente les hizo seguir. Nadie disparó. Nadie habló durante el resto de la marcha.

—Eso es lo peor —dijo Pablo—. Que te acostumbras a verlo y al mismo tiempo nunca te acostumbras del todo.

En las Canarias el escenario cambiaba, pero el propósito no. Los destinos se repartían entre Tenerife, Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote. Allí el enemigo no era una valla terrestre. Era la inmensidad del Atlántico y la evidencia de que las islas también eran frontera. Los jóvenes destinados a las unidades de la Brigada de Infantería Ligera Canarias o a los destacamentos de vigilancia marítima descubrían que defender la soberanía no siempre significaba mirar a África. A veces significaba mirar al horizonte y saber que detrás de esa línea también había decisiones que tomar.

En Fuerteventura, un recluta de León llamado Andrés escribió en su cuaderno:

“Aquí el viento no para nunca. Te entra en los oídos y te recuerda que esto no es el centro de nada. Esto es el borde. Y el borde hay que cuidarlo, porque si se descuida, el centro se entera demasiado tarde”.


Pasaron los meses. El otoño en Ceuta es corto y traicionero. El invierno llega con viento de levante que corta la cara y hace que las guardias duren el doble. Javier aprendió a dormir en cualquier sitio, a comer lo que hubiera, a no quejarse en voz alta. Aprendió también los nombres de las calles, la historia de las murallas reales, el significado de cada bastión. Un sargento mayor, un hombre de cincuenta años que llevaba media vida en la ciudad, los llevó un domingo a la Catedral y después a las murallas portuguesas.

—Esto lo construyeron hombres que sabían que podían perderlo todo —les dijo, señalando las piedras—. No lo hicieron por turismo. Lo hicieron porque entendían que hay sitios que no se pueden abandonar sin dejar de ser lo que se es.

Javier miró las piedras. Eran irregulares, oscuras, llenas de marcas. Pensó en su barrio de Sevilla, en las calles anchas, en los semáforos, en la gente que cruzaba sin mirar. Allí nadie pensaba en murallas.

En diciembre hubo un incidente. No fue grande. No salió en los telediarios con el énfasis que merecía, según los que estaban allí. Un grupo intentó forzar un punto del perímetro en una noche de viento. Las luces se encendieron. Hubo vociferaciones, disparos al aire, el ruido metálico de las vallas. Javier estaba de guardia a trescientos metros. Sintió el corazón en la garganta. Cuando todo terminó, el sargento pasó lista. Nadie había resultado herido. El grupo se había retirado.

Esa noche, en el rancho, nadie habló mucho. Raúl, el de Badajoz, dijo solo:

—Ahora ya lo sabes. No es teoría.

Javier asintió. Por primera vez desde que había llegado, tuvo la certeza de que aquello no era un ejercicio.


La primavera llegó tarde. En marzo, cuando los almendros de la península ya estaban en flor, en Ceuta el viento seguía siendo el protagonista. Los permisos empezaron a llegar. Algunos se fueron a casa una semana. Javier pidió el suyo para Semana Santa. Volvió a Sevilla con el pelo corto, la piel más oscura y una forma distinta de mirar las cosas.

Su madre lo abrazó en la estación como si hubiera vuelto de una guerra. Su padre le preguntó si comía bien. Los amigos lo llenaron de cervezas y de preguntas. “¿Es verdad que se ve Marruecos desde la ventana?”. “¿Disparasteis?”. “¿Da miedo?”.

Javier contestaba poco. No sabía cómo explicar que el miedo no era el de las películas. Era un miedo más lento, más administrativo, más de saber que las decisiones se tomaban lejos y que las consecuencias se vivían cerca.

Una tarde, sentado en el parque de María Luisa con su primo, que no había sido llamado a filas porque le había tocado excedente, Javier dijo:

—Allí se entiende que España no es solo un país. Es un sitio concreto. Con coordenadas. Con gente que se levanta cada mañana sabiendo que el otro lado existe.

El primo se rio.

—Tú te has vuelto raro, tío.

Javier no se ofendió. Quizá sí se había vuelto raro. O quizá, por primera vez, había dejado de serlo.

Cuando volvió a Ceuta después del permiso, el acuartelamiento le pareció más pequeño y más suyo al mismo tiempo. Los compañeros que se habían quedado le contaron las novedades: un nuevo teniente, un cambio en los turnos, un rumor de que el gobierno estaba estudiando prorrogar el servicio a doce meses. Nadie sabía si era verdad.

El sargento mayor los reunió un viernes por la tarde.

—Os quedan tres meses —dijo—. Tres meses para decidir qué vais a llevaros de aquí. Algunos os llevaréis solo el certificado y las fotos. Otros os llevaréis otra cosa. Esa otra cosa es lo que justifica que estéis aquí y no en un cuartel de la península donde el mayor enemigo es el aburrimiento.

Nadie preguntó cuál era esa otra cosa. Ya lo sabían.


En Melilla, el mismo viernes, un grupo de reclutas subió al fuerte de Rostrogordo al atardecer. Desde allí se veía toda la ciudad, el puerto, el mar y, al fondo, las luces de Nador. Uno de ellos, un chico de Zaragoza que tocaba la guitarra en las horas libres, empezó a tararear el himno. No lo cantó entero. Solo las primeras estrofas, en voz baja. Los demás no se rieron. Escucharon.

En Fuerteventura, esa misma noche, una patrulla de vigilancia costera detectó una embarcación a doce millas. No era grande. No llevaba muchas personas. El protocolo se activó. Los jóvenes que iban en el patrullero —tres de ellos en su primer destino— vieron cómo se acercaban las luces, cómo se identificaba la nave, cómo todo quedaba en un susto y un informe. Después, de vuelta a puerto, uno de ellos dijo:

—Si esto pasa aquí, en medio del Atlántico, imagínate allí.

Nadie hizo falta que explicara dónde era “allí”.


Llegó junio. El calor volvió con fuerza. En Ceuta las tardes se alargaban y el sudor se pegaba al uniforme antes de terminar la primera hora de instrucción. Javier cumplió los veinte años en el acuartelamiento. Sus compañeros le cantaron el cumpleaños en el comedor, desafinando a propósito. El cabo primero le regaló una navaja pequeña, de las que se usan para todo.

—Para que no se te olvide —dijo.

Javier no preguntó qué no debía olvidar.

Los últimos días fueron extraños. Mezcla de ganas de irse y de no querer que se acabara. Habían aprendido a vivir con la tensión de fondo, como se vive con un ruido constante al que el oído acaba acostumbrándose. Pero el oído nunca se acostumbra del todo.

El día de la despedida, el coronel los formó en el patio. No pronunció un discurso largo. Dijo solo unas frases.

—Habéis estado donde había que estar. Eso no se olvida. Cuando volváis a vuestras casas, algunos os preguntarán qué habéis hecho. Decidles la verdad. Habéis defendido algo que la mayoría da por sentado. Y lo habéis hecho sin pedir permiso a nadie para sentir que esto os importa.

Después leyó el lema, como si fuera parte del reglamento:

«Ciudadano español, la soberanía nacional te necesita».

Lo dijo sin énfasis, como quien recuerda una obligación elemental.

Javier miró a su alrededor. Raúl estaba a su lado, firme. Los demás también. Por un momento pensó en todos los que habían pasado por aquel patio en los últimos meses, en los que estaban en Melilla y en las islas, en los que vendrían después. Pensó en Ceuta vista desde el ferry, el primer día, cuando todavía no sabía nada. Pensó en las guardias, en el viento, en las luces del otro lado, en las piedras de las murallas.

Pensó que su madre tenía razón al llorar el día que se fue, y que su padre también tenía razón al quedarse callado.

El ferry de vuelta a Algeciras salió por la tarde. En cubierta, Javier se quedó mirando cómo Ceuta se iba haciendo pequeña. Las casas blancas, el monte, el puerto. No sintió alivio. Sintió otra cosa, más difícil de nombrar. Una especie de peso que no era carga, sino ancla.

Alguien a su lado, un chico de Córdoba que había compartido litera con él los últimos meses, dijo:

—¿Crees que esto va a servir?

Javier tardó en responder. El barco ya había tomado velocidad. El Estrecho se abría delante, azul y traicionero.

—No lo sé —dijo al fin—. Pero ahora sé que hay que intentarlo. Y sé dónde.

El otro asintió. No hizo falta decir más.

Cuando el ferry llegó a Algeciras, ya era de noche. Las luces de la ciudad peninsular parecían más normales, más tranquilas, más ajenas a todo lo que acababan de dejar atrás. Javier cogió su mochila, bajó la rampa y se mezcló con la gente que volvía de cualquier sitio. Nadie lo miró dos veces. Era un chico más con el pelo corto y la mochila al hombro.

Pero él ya no era exactamente el mismo.

En el tren hacia Sevilla, sacó el teléfono. Tenía varios mensajes de su madre, uno de su padre y unos cuantos de amigos preguntando cuándo quedaban. Contestó a su madre primero: “Ya estoy en camino. Todo bien”.

Después abrió una nota en blanco. Estuvo un rato mirando la pantalla. Al final escribió solo una frase, la misma que había leído tantas veces en los carteles, en las paredes, en la voz del coronel:

Ciudadano español, la soberanía nacional te necesita.

La guardó. No la envió a nadie. No hacía falta.

Fuera, el paisaje de Andalucía desfilaba en la oscuridad. Campos, pueblos, luces lejanas. España de siempre. La España que se podía permitir no mirar al sur porque había gente que sí lo hacía.

Javier apoyó la cabeza en el cristal. Cerró los ojos. Por primera vez en meses, durmió sin interrumpirse.

Cuando despertó, el tren ya entraba en Sevilla. El sol de la mañana iluminaba los mismos bloques de siempre, las mismas calles, el mismo río. Bajó en Santa Justa con la mochila y la certeza nueva de que algunas cosas no se explican. Se viven. Y una vez vividas, ya no se pueden devolver.

Ceuta seguía allí, al otro lado del agua. Melilla también. Las islas, más lejos, igual. Tres puntos en el mapa que ya no eran solo nombres. Eran destinos. Eran la prueba de que la soberanía no es un concepto de libro de texto. Es un sitio donde alguien tiene que estar, de madrugada, mirando al otro lado, sabiendo que esa mirada también es una forma de permanecer.

Y mientras hubiera jóvenes dispuestos a hacer esa guardia —aunquejándose, durmiendo mal, extrañando a su madre, contando los días—, aquellas tres plazas seguirían siendo lo que siempre habían sido: españolas. No por decreto. Por presencia.

Esa era la apuesta.

No era perfecta. No era cómoda. No iba a gustar a todo el mundo.

Pero era una apuesta. Y, por primera vez en mucho tiempo, alguien había decidido hacerla.

Este relato ha sido creado por GROK a partir de estre Prompt:

Ceuta ya no va a ser nunca fue lo que ha sido hasta ahora…

¿Cómo se puede solucionar?

Pues una apuesta por recuperar el orgullo de sentirse español a través de la mili

3 Centros para hacer la mili

  1. Ceuta
  2. Melilla
  3. Las Islas Canarias

Todos los chicos alistados para hacer la mili serán destinados a estas 3 plazas españolas para recobrar el espíritu español y la necesidad de defender nuestra soberanía nacional.
» Ciudadanos español, la Soberanía nacional te necesita» será el lema


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