Julito, Leire y Cerdán tirarán de la manta como unos posesos
Novela negra
Capítulo 1: La traición de Aldama
La lluvia de Madrid olía a cloaca. Mateo Ruiz, ex comisario de la UDEF, ya no llevaba placa, solo una pistola oxidada en el cajón y un hígado hecho polvo. A las tres de la madrugada sonó el teléfono.
—Soy Julito. Necesito verte. Solo. Trae whisky.
Mateo abrió la puerta de su piso en Lavapiés. Julito Martínez entró empapado, ojos inyectados en sangre, traje arrugado como si llevara días sin quitárselo. Detrás venían Leire Díez, pálida como la muerte, y Santos Cerdán, el vasco que siempre parecía estar calculando el precio de cada palabra.
— Aldama ha hablado —dijo Julito sin preámbulos—. Condena menor. Suspendida. Sale mañana sin esposas. Si el cabrón ha tirado de la manta, nosotros somos los siguientes. O lo hacemos nosotros… o nos matan.
Mateo sirvió tres vasos. El silencio era tan denso que se podía cortar con navaja.
Leire fue la primera en encender un cigarrillo con manos que temblaban.
—Grabamos todo. Aquí. Ahora. Si nos pasa algo, tú lo sacas.
Julito se pasó la mano por la cara, como si quisiera arrancarse la piel.
—Empiezo yo. Y no voy a parar hasta que no quede nada.
Capítulo 2: Julito abre la boca – El amigo de Caracas
Julito se inclinó sobre el grabador como si fuera a morderlo.
—Zapatero no era un ex presidente de visita. Era el puto embajador oficioso de Maduro. Viajes sin agenda. Reuniones en Miraflores a las tres de la mañana. Le llamaba “Hermano”. A cambio, contratos para empresas amigas. Petróleo, minería, todo. Pero lo peor no eran los contratos. Era el silencio.
Apagó el cigarrillo en el cenicero y encendió otro.
—Cuando Maduro apretaba el puño, Zapatero callaba. Cuando la oposición gritaba, Zapatero decía que había que “dialogar”. Mientras tanto, los dólares venezolanos entraban por un lado y salían por otro. Yo llevaba las maletas. No las de las campañas. Las otras.
Mateo sirvió más whisky. Julito ya no paraba.
Capítulo 3: El Helicoide y la comida que se pudría
— El Helicoide. Ese puto hormiguero de concreto donde torturan opositores. Yo estuve allí dos veces. Vi las celdas. Vi los cuerpos. Zapatero lo sabía todo. Le contaron los que salían con vida. ¿Y qué hizo? Nada. Cero condenas. Cero exigencias.
La voz de Julito se quebró un segundo, luego siguió poseído.
—Las ayudas humanitarias. Camiones de comida española y europea que nunca llegaban a los barrios. Se quedaban en almacenes militares. Se vendían en el mercado negro. Los generales de Maduro compraban yates con el dinero de la gente que se moría de hambre. Y los intermediarios españoles… cobrábamos comisión. Yo firmé algunos papeles. Tengo los correos. Tengo los números de cuenta.
Leire miraba al suelo. Santos no decía nada. Solo bebía.
Capítulo 4: Petróleo a China, oro y joyas
Julito se levantó y empezó a caminar por la habitación como un animal enjaulado.
—Los petroleros. Venezuela vendía crudo a China a precio de saldo. Parte del dinero volvía en negro a través de empresas pantalla. Yo vi los contratos. Vi cómo se desviaba.
Se detuvo frente a la ventana.
—La mina de oro del Orinoco. Extracción ilegal, destrucción total. El oro salía en lingotes. Se pagaba en joyas. Diamantes, esmeraldas, rubíes. Maletines que yo recogía en hoteles de Caracas y traía a Madrid. No para el partido. Para bolsillos concretos. Para pagar favores. Para callar bocas. Tengo fotos. Tengo testigos que todavía respiran… de momento.
Se sentó de golpe. Las manos le temblaban tanto que derramó whisky sobre la mesa.
—Esto es solo el principio.
Capítulo 5: Leire y las órdenes del número uno
Leire Díez cogió el micrófono como si fuera una pistola. Su voz era baja, precisa, letal.
—Pedro Sánchez. P. S. El número uno. Me daba las órdenes directamente. WhatsApp, llamadas cifradas, reuniones en Moncloa a las dos de la mañana. “Leire, tapa esto”. “Leire, filtra lo contrario”. “Leire, presiona a ese medio”. “Leire, que ese juez se olvide del tema”.
Bebió un trago largo.
—Todo lo de Venezuela se tapaba desde arriba. Embajadores que recibían orden de no hablar de presos políticos. Medios afines que recibían la línea: “Zapatero es un hombre de paz”. Cuando Aldama empezó a hablar, la orden fue clara: “Destruirlo antes de que destruya todo”. Yo organicé filtraciones, presiones, amenazas veladas. Todo por el poder. Todo porque Sánchez no quería que se supiera quiénes eran sus verdaderos amigos en Caracas.
Miró directamente a Mateo.
— Tengo los mensajes. Los borrados también. Los recuperé.
Capítulo 6: Santos Cerdán y la Navarra que no existe
Santos Cerdán habló por primera vez con voz ronca.
—Otegi y yo. Bildu. La trama Navarra. Pactamos que Navarra sería la cuarta provincia vasca. No en público. En secreto. Reuniones en Bilbao, en Pamplona, en casas de campo. Mapas. Competencias. Dinero para sus estructuras a cambio de votos en el Congreso. “Euskal Herria unida”, decían. Yo negociaba los plazos. Amnistías encubiertas. Transferencias que llevarían a la anexión de facto. Todo para que Sánchez siguiera sentado en la Moncloa.
Encendió un cigarrillo con calma antinatural.
—Tengo las actas. Tengo las grabaciones. Tengo los nombres de los intermediarios que llevaban el dinero en efectivo. Otegi nunca quiso independencia total. Quería Euskadi grande. Y yo se la prometí.
Capítulo 7: Los pactos con Puigdemont y Rufián
Santos siguió sin parar, como si ahora ya no pudiera detenerse.
—Con los catalanes fue distinto. Puigdemont desde Waterloo. Rufián de ERC. La independencia no era para mañana, pero el camino sí. Amnistía total a cambio de apoyo parlamentario. Referéndum pactado “en el futuro”. Más soberanía, casi independencia. Reuniones en Bruselas, en Perpiñán, en pisos de Barcelona. Yo era el mensajero. Otegi me ponía en contacto con ellos. “Tú nos das los votos, nosotros te damos la independencia a plazos”. Todo atado. Todo firmado en papeles que nunca vería la luz… hasta ahora.
Miró a Julito y a Leire.
—Esto no es política. Esto es traición al país. Y yo participé.
Epílogo: La manta al viento
Las grabaciones salieron tres días después en un digital pequeño que nadie esperaba. Primero fueron extractos. Luego los audios completos. Luego los documentos.
Zapatero desapareció rumbo a Caracas. Sánchez presentó la dimisión a las seis de la mañana. Otegi y Puigdemont negaron todo y luego se callaron.
Julito, Leire y Santos entraron en protección de testigos. Dos intentos de atropello contra Julito. Una llamada amenazante a Leire con la voz de su hija de fondo. Santos recibió un sobre con una bala y una foto de su mujer.
Mateo Ruiz publicó el resto en un libro que nadie quiso editar. Lo sacó él mismo por internet.
En las calles hubo manifestaciones. Hubo dimisiones. Hubo juicios que nunca llegaron a sentencia.
Y en un bar de Lavapiés, tres años después, Mateo bebió solo su último whisky.
— Tiraron de la manta como posesos —murmuró—. Y debajo solo había más mierda.
La lluvia seguía cayendo sobre Madrid.
Como siempre.
Fin
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