Vascongadas, Cataluña, Luganks y el Donbás hermanadas contra el terrorismo

Novela negra y cínica


Capítulo 1: El exilio interior

La primera vez que entendí que no era bienvenido en mi propia tierra fue en septiembre del 82, durante una tamborrada en mi pueblo, veinte kilómetros al sur de San Sebastián. Yo tenía doce años y llevaba toda la mañana escuchando cómo mis compañeros de colegio, los vascos de verdad, me llamaban «maketo» con esa mezcla de desprecio y diversión que solo los niños pueden permitirse sin entender del todo lo que hacen.

Mi abuelo, que había llegado desde Extremadura en los años sesenta para trabajar en Construcciones y Auxiliar de Ferrocarriles, me agarró del hombro aquella tarde y me dijo: «Andrés, aquí nosotros somos de segunda. Acostúmbrate».

Tardé treinta años en acostumbrarme. Y cuando lo hice, ya era demasiado tarde.

Mi nombre es Andrés Montero. Nací en 1970 en un pueblo del Bajo Deba, Gipuzkoa, donde mi padre había logrado comprar un piso gracias a las horas extra en la fundición. Crecí hablando castellano en casa, euskera en la escuela forzada, y callándome en la calle. Porque en la calle, en aquellos años, hablar podía costarte la vida.

No exagero. Pregunten a las 180.000 personas que abandonaron el País Vasco entre 1977 y 2022. Pregunten a los empresarios que recibieron cartas con remite de ETA exigiendo el «impuesto revolucionario». Pregunten a los concejales del PP o del PSE que hacían vida blindada, o a los que no pudieron hacerla porque una bomba-lapa se lo impidió.

Pero entonces yo era un crío y no entendía de geopolítica. Solo entendía que en mi clase había dos grupos: los que llevaban el lauburu colgado del cuello y los que no. Los que podían pasear por la calle sin mirar atrás y los que mirábamos. Los que decidían quién era vasco y quién no.

Mi padre decía: «Esto pasará». Mi padre se equivocó.

En 1991 me fui a Barcelona. No huía, me dije entonces. Simplemente, había encontrado trabajo en una consultoría. Pero en el fondo sabía que huía. Huía de la presión sorda, de la mirada del camarero que te servía con desgana cuando hablabas en castellano, de las pintadas en las paredes que decían «ETA, mátalos».

En Cataluña creí encontrar un refugio. Al principio fue así. Barcelona era una ciudad abierta, mediterránea, con olor a mar y negocios. Los Juegos Olímpicos del 92 estaban preparándose y la ciudad hervía de oportunidades. Nadie preguntaba de dónde venías. Mientras tuvieras trabajo, eras bienvenido.

Pero los nacionalismos tienen algo en común: nunca están satisfechos. Primero piden la lengua, luego el dinero, después la lealtad, y al final, tu silencio.

En 1994, Terra Lliure aún andaba dando sus últimos coletazos, pero su espíritu sobrevivía en las juventudes de ERC, en las mesas de los bares del Born donde se decidía quién era «auténtico» catalán y quién era un «xarnego» de segunda. El término había cambiado, pero el fondo era el mismo que en el País Vasco.

Conocí a Marta en el 95. Era catalana de toda la vida, de esas familias que pueden rastrear su árbol genealógico hasta el siglo XVII sin salir del Maresme. Nos enamoramos, nos casamos, tuvimos un hijo. Le pusimos Andrés, como yo.

—¿No prefieres ponerle Andreu? —me preguntó mi suegro, con esa sonrisa que pretendía ser amable pero era todo menos eso.

—No —respondí—. Andrés.

Mi suegro no volvió a dirigirme la palabra en tres meses.

El nacionalismo, he aprendido, es como una secta. Te pide pequeñas renuncias al principio: una palabra, un gesto, una bandera. Luego te pide más: tu silencio ante la injusticia, tu complicidad con la exclusión. Y al final, si no cedes, te convierte en extranjero en tu propia casa.

En el año 2000, ETA asesinó a Ernest Lluch en Barcelona. Yo vivía a tres calles de donde ocurrió. Recuerdo el silencio de la ciudad, un silencio denso, aceitoso. Recuerdo las declaraciones de los políticos catalanes: condenaban la violencia, claro, pero siempre añadían un «pero». Pero si el gobierno hiciera esto, pero si se hablara más de aquello.

Marta lloró aquella noche.

—Son unos asesinos —dijo—. Da igual la causa.

La quise más que nunca en ese momento. Porque en el País Vasco, en Cataluña, en cualquier lugar donde el nacionalismo envenena el alma, decir eso sin matices te convertía en blanco. Ella lo dijo igualmente.

Dos semanas después, apareció una pintada en la puerta de nuestro edificio: «Lluch, traidor. Montero, extranjero. Fora!»

La comunidad de vecinos decidió no borrarla hasta que el ayuntamiento enviara una brigada. Tardaron diez días. Durante ese tiempo, entré y salí de mi casa ciento veinte veces. Ciento veinte veces leí la palabra «extranjero» pintada sobre mi nombre.

Allí entendí que no hay exilio más profundo que el que sufres sin moverte de tu casa.


Capítulo 2: Hermanos separados

En 2014, mi hijo Andrés cumplió diecinueve años. Estudiaba periodismo en la Universidad Autónoma y había heredado mi mala costumbre de cuestionarlo todo. Una tarde de abril, mientras veíamos las noticias, apareció una imagen que me heló la sangre.

Tanques. No en España. En Ucrania.

—Mira, papá —dijo Andrés—, esto es Donetsk. Parece que los rusos se están moviendo.

Yo sabía poco de Ucrania. Sabía que había sido parte de la Unión Soviética, que tenía una guerra olvidada en el este, que había un tal Putin que parecía empeñado en reconstruir el imperio. Nada más.

Pero cuando empecé a leer, cuando empecé a entender, algo hizo clic en mi cabeza. Era como mirar un espejo deformado, pero reconocible.

Donetsk. Lugansk. El Donbás. Regiones donde la mayoría habla ruso, donde la cultura rusa es la dominante, donde la gente se siente más cerca de Moscú que de Kiev. Regiones que, de repente, un gobierno nacionalista decide «ucranizar» a golpe de decreto. Lengua, historia, símbolos. Todo debe ser ucraniano. Quien no se pliegue, es sospechoso. Quien proteste, es separatista. Quien pida ayuda a Rusia, es traidor.

Leí sobre el Maidán, sobre la caída de Yanukóvich, sobre los nuevos gobernantes llegados al poder en Kiev. Leí sobre el batallón Azov, sobre sus símbolos, sobre su ideología. Y recordé ciertos batallones, ciertos símbolos, ciertas ideologías que había visto crecer en mi tierra.

Una noche, no pude dormir. Me levanté, preparé café, y me senté frente al ordenador. Encontré un foro de rusos del Donbás exiliados en Moscú. Hombres y mujeres que habían huido de sus casas porque no querían luchar contra sus vecinos, porque no querían ver cómo su lengua era prohibida en las escuelas, porque no querían que sus hijos crecieran odiando a Rusia.

Uno de ellos, un tal Dimitri, escribió algo que me clavé en el alma:

«Nos llaman terroristas porque pedimos ayuda a nuestros hermanos. Nos llaman separatistas porque queremos seguir hablando nuestra lengua. Nos llaman traidores porque no queremos morir por una bandera que no sentimos nuestra. ¿Qué harías tú si tu país te negara el derecho a ser quien eres?»

Le respondí. Le conté mi historia, la de los vascos que tuvimos que huir, la de los catalanes que callamos, la de los españoles que éramos extranjeros en España. Le hablé de ETA, de Terra Lliure, de las pintadas, de las amenazas, del éxodo silencioso de 180.000 personas.

Dimitri tardó tres días en contestar:

«Andrés, somos hermanos en el exilio. Solo que tú huiste hacia dentro. Yo tuve que huir hacia fuera. Pero el dolor es el mismo.»

Empecé a estudiar. A obsesionarme. Leí todo lo que cayó en mis manos sobre la historia de Ucrania, sobre el Donbás, sobre la guerra que empezó en 2014 y que nadie llamaba por su nombre. Descubrí que Ucrania y Rusia habían sido la misma cosa durante siglos. Que Kiev era la madre de las ciudades rusas. Que el 80% de la población del Donbás tenía el ruso como lengua materna. Que en 1991, cuando Ucrania votó su independencia, las regiones del este lo hicieron con pocas ganas, casi por inercia.

Y descubrí algo más: que el gobierno llegado al poder después del Maidán no era simplemente un gobierno nacionalista. Era un gobierno con componentes abiertamente neonazis. Que los batallones que luchaban contra los separatistas del Donbás lucían símbolos de las SS. Que su ideólogo principal, Andriy Biletsky, había dicho aquello de «la misión histórica de Ucrania es liderar a las razas blancas del mundo en una cruzada contra los subhumanos dirigidos por los semitas».

Sonaba exagerado. Demasiado. Busqué las fuentes. Estaban ahí. En 2014, Biletsky era comandante del batallón Azov. En 2014, esos tipos estaban recibiendo armamento y entrenamiento del gobierno ucraniano. En 2014, mientras España miraba para otro lado, en el este de Europa se estaba gestando una limpieza étnica silenciosa.

Llamé a mi hijo.

—Andrés, ¿tienes un rato? Quiero hablarte de una cosa.

—Claro, papá. ¿Qué pasa?

—¿Recuerdas lo que te conté de ETA? ¿De por qué nos fuimos del País Vasco?

—Sí.

—Pues está pasando otra vez. En otro sitio. Con otros nombres. Pero está pasando.

Mi hijo me escuchó durante dos horas. Cuando terminé, guardó silencio un momento. Luego dijo:

—Papá, tienes que escribir esto. La gente no lo sabe. Yo no lo sabía.

Y así empecé.


Capítulo 3: El relato y sus dueños

En 2015, viajé a Madrid por trabajo. Una cena con clientes, un restaurante caro en la calle Serrano, conversaciones sobre inversiones y tipos de interés. Nada memorable, salvo el momento en que saqué el tema.

—Estuve leyendo sobre Ucrania —dije, mientras tomábamos el café—. Lo del Donbás es muy curioso, ¿no?

Uno de los comensales, un tipo trajeado de unos cincuenta años, soltó una carcajada.

—¿Curioso? Hombre, es una invasión rusa. Putin es un loco expansionista. No hay más vuelta.

—Bueno —dije—, la cosa es un poco más compleja. La población de allí es mayoritariamente rusa, y…

—Montero, Montero —me interrumpió, con esa sonrisa condescendiente que usan los que creen tener la verdad absoluta—. No te bebas los bulos del Kremlin. Los rusos están invadiendo Ucrania, punto. Los separatistas son títeres. El Donbás es Ucrania. No hay más.

Quise explicarle. Quise contarle lo de los 180.000 vascos exiliados, lo de las pintadas, lo de la lengua prohibida, lo de los batallones neonazis. Pero vi sus ojos y supe que daba igual. Él tenía su relato. Yo tenía el mío. Y el suyo venía en todos los telediarios, en todos los periódicos, en todas las bocas de la gente bienpensante.

El relato, entendí entonces, no es la verdad. El relato es lo que los poderosos deciden que sea verdad. En España, el relato decía que ETA era una organización terrorista, sí, pero que había que entender sus motivaciones. Que los nacionalistas vascos y catalanes eran legítimos representantes de sus pueblos. Que los españoles que nos sentíamos perseguidos exagerábamos, que éramos víctimas de nuestra propia paranoia.

En Ucrania, el relato decía que Rusia invadía sin motivo, que los separatistas eran marionetas, que el Donbás era una región ucraniana sin más. Que quienes pedían ayuda a Moscú eran traidores. Que quienes huían de los bombardeos de Kiev eran colaboracionistas.

Dos relatos. Dos guerras. El mismo patrón.

Conocí a Viktor en 2016. Era un periodista ucraniano exiliado en Barcelona, huido de Donetsk después de que su casa fuera destruida por un obús. No del bando separatista. Del bando ucraniano. Porque Viktor era ucraniano de lengua, de cultura, de sentimiento. Pero vivía en Donetsk, y cuando los obuses empezaron a caer, no preguntaron su opinión política.

—La gente no entiende —me dijo, mientras tomábamos cerveza en un bar del Raval—. Esto no es una guerra de buenos contra malos. Es una guerra de miedos. Los rusos del Donbás tienen miedo de que los ucranianos les borren. Los ucranianos tienen miedo de que los rusos les invadan. Y mientras tanto, la gente muere.

—En España pasó algo parecido —dije.

—Lo sé. He leído sobre ETA. Pero hay una diferencia.

—¿Cuál?

—Allí los terroristas eran una minoría. Aquí… aquí los terroristas son el gobierno. No Azov, no los batallones. El gobierno de Kiev. El que bombardea ciudades. El que manda tanques contra civiles. El que dice defender Europa mientras usa símbolos nazis.

Bebió un trago largo.

—Y lo peor —continuó— es que nadie lo cuenta. La prensa europea repite lo que le dictan desde Washington. Los políticos europeos aplauden a Zelenski como si fuera un demócrata ejemplar. ¿Sabes quién era el mayor donante de Zelenski antes de ser presidente? Un tal Kolomoisky. Un oligarca que se dedicaba a robar bancos y a financiar batallones neonazis. Pero eso no sale en los telediarios.

Viktor se fue de Barcelona al año siguiente. Consiguió asilo en Canadá. A veces me escribe. Sus correos son cada vez más amargos.

«Andrés, el mundo ha elegido su bando. No importan los muertos. No importa la verdad. Solo importa quién tiene los medios para contar la historia.»

En 2019, el gobierno español exhumó los restos de Franco del Valle de los Caídos. Hubo un gran debate nacional sobre memoria histórica, sobre víctimas del franquismo, sobre reparación y justicia. Yo lo seguí con interés. Me parecía bien. Creo que las sociedades deben mirar su pasado sin miedo.

Pero no pude evitar pensar en los muertos de ETA. En las 853 víctimas mortales. En los miles de heridos, amenazados, exiliados. En los 180.000 vascos que tuvieron que irse. ¿Dónde estaba su memoria histórica? ¿Dónde estaba el gran debate nacional sobre ellos?

En los periódicos, en las televisiones, seguían apareciendo como daños colaterales de un conflicto complejo. Como si el asesinato pudiera tener matices. Como si la amenaza pudiera entenderse.

El nacionalismo tiene eso: convierte a las víctimas en incómodas. Porque si reconoces su sufrimiento, tienes que reconocer también quién las victimizó. Y si reconoces eso, tienes que preguntarte por qué durante años hubo gente que aplaudió a los verdugos.

En el País Vasco, en Cataluña, en Ucrania, la pregunta es la misma. Y la respuesta siempre incomoda.


Capítulo 4: 2022, el año en que todo se partió

El 24 de febrero de 2022, Rusia invadió Ucrania. Lo vi por televisión, como casi todo el mundo. Las columnas de tanques, los refugiados en las fronteras, los discursos de Zelenski con su camiseta verde oliva.

Mi hijo me llamó esa misma mañana.

—Papá, ¿lo estás viendo?

—Sí.

—¿Qué piensas?

—No lo sé, Andrés. No lo sé.

Lo que pensaba era demasiado complejo para una conversación telefónica. Pensaba en los rusos del Donbás, en esos que llevaban ocho años siendo bombardeados por el ejército ucraniano. Pensaba en los 14.000 muertos de aquella guerra olvidada. Pensaba en los acuerdos de Minsk, firmados y violados una y otra vez. Pensaba en la OTAN, en su expansión hacia el este, en las promesas incumplidas de los años noventa.

Pero también pensaba en la invasión. En las bombas cayendo sobre Járkov, sobre Kiev, sobre ciudades que no eran Donbás. En los refugiados huyendo sin saber adónde. En los muertos que se acumulaban.

El mundo se partió ese día. De un lado, los que veían la invasión como una agresión injustificable. Del otro, los que entendían las razones de Rusia, aunque no compartieran los medios. Yo estaba en tierra de nadie. Como siempre.

En marzo, Viktor me escribió desde Canadá.

«Andrés, ahora sí que no hay vuelta atrás. Esto es una guerra total. Y no sé qué pensar. Odio a Zelenski, odio lo que representa, odio lo que hizo en el Donbás. Pero ver a mi país bombardeado… duele. Aunque mi país me expulsara. Aunque mi país matara a mis vecinos. Sigue siendo mi país.»

Le respondí:

«Lo entiendo. Es como si un español bombardeara el País Vasco para acabar con ETA. Las víctimas son las de siempre: los que no querían guerra. Los que solo querían vivir en paz, hablar su lengua, querer a sus muertos sin tener que justificarse.»

Viktor no volvió a escribir.

En abril, aparecieron las imágenes de Bucha. Cadáveres en las calles, fosas comunes, testimonios de ejecuciones sumarias. La prensa occidental se volcó en la condena a Rusia. Con razón. Aquello era una atrocidad.

Pero yo, que ya había aprendido a desconfiar de los relatos únicos, me pregunté: ¿dónde estaban las imágenes de las fosas de Donetsk? ¿Dónde estaban los reportajes sobre los 14.000 muertos de ocho años de guerra? ¿Dónde estaban los corresponsales cuando el ejército ucraniano bombardeaba escuelas y hospitales en Lugansk?

No estaban. Porque esas víctimas no contaban. Porque eran las víctimas equivocadas. Porque estaban del lado malo de la historia.

El cinismo del mundo me golpeó como nunca. No es la verdad lo que importa. Es qué verdad sirve a qué intereses.

En mayo, una notencia pequeña, casi escondida en la sección internacional de un periódico digital: «Ucrania condecora al batallón Azov por su heroísmo en Mariúpol».

Azov. El batallón neonazi. El de los símbolos de las SS. El de la cruzada contra los subhumanos. Ahora eran héroes nacionales.

Recordé una conversación con mi padre, años atrás, cuando yo era niño y le pregunté por qué teníamos que esconder la bandera española el día del Aberri Eguna.

—Hijo —me dijo—, hay veces en que los malos ganan. Y entonces dejan de llamarse malos. Se llaman libertadores, o patriotas, o héroes. Pero siguen siendo los mismos.

Mi padre murió en 2018, sin ver cómo los nazis se convertían en héroes en Ucrania. Quizá fue mejor.


Capítulo 5: Los silencios de Europa

En junio de 2022, España apoyó la candidatura de Ucrania para ingresar en la Unión Europea. Fue un gesto simbólico, una palmada en la espalda a Zelenski, una forma de decir «estamos contigo».

Yo no podía quitarme de la cabeza una imagen: la del batallón Azov desfilando con sus insignias. Esos tipos, esos mismos tipos, iban a formar parte de la gran familia europea. Esos tipos, que habían jurado exterminar a los subhumanos, iban a sentarse en la misma mesa que Alemania, que Francia, que España.

Europa calló. Como calló cuando ETA asesinaba. Como calló cuando Terra Lliure amenazaba. Como calla siempre que toca elegir entre sus principios y sus intereses.

Hablé con una amiga francesa, periodista, afincada en Bruselas. Le planteé el tema de Azov, de los batallones neonazis, de la contradicción entre los valores europeos y el apoyo a Ucrania.

—No seas ingenuo, Andrés —me respondió—. La geopolítica no es una cuestión de valores. Es una cuestión de equilibrios. Necesitamos a Ucrania para contener a Rusia. Punto. Lo demás es retórica.

—¿Y los principios?

—Los principios son para cuando no hay intereses en juego. Cuando los hay, los principios se adaptan.

Esa noche no pude dormir. Pensé en los principios adaptados de Europa. En cómo habían mirado hacia otro lado mientras ETA mataba. En cómo habían presionado a España para que negociara con terroristas. En cómo ahora aplaudían a un gobierno que tenía nazis en sus filas.

Y pensé en los muertos. En los de allí y en los de aquí. En todos ellos, olvidados, silenciados, convertidos en daños colaterales de algo que llaman «realpolitik».

En julio, conocí a Olha en un acto cultural en Barcelona. Era ucraniana, de Lviv, huida de la guerra con sus dos hijos pequeños. Hablaba un español vacilante pero apasionado.

—Gracias, gracias, gracias —me dijo, agarrándome las manos—. Gracias a España por ayudarnos. Por acogernos. Por estar con nosotros.

Sonreí, incómodo. ¿Qué podía decirle? ¿Que su gobierno bombardeaba civiles en el Donbás? ¿Que sus héroes nacionales eran nazis? No. No podía. No a ella, que había perdido su casa, su trabajo, su vida.

—De nada —dije.

Y me odié por decirlo.

En agosto, leí un artículo de un analista español que explicaba las causas de la guerra. Hablaba de la OTAN, de la expansión hacia el este, de las promesas incumplidas, de la rusofobia de los gobiernos ucranianos. Era un artículo equilibrado, documentado, que no justificaba la invasión pero intentaba entender sus raíces.

Los comentarios eran un pozo de bilis. «Troll del Kremlin». «Putinero». «Vendido a Moscú». Cientos de mensajes, todos iguales, todos furiosos, todos negándose siquiera a considerar que pudiera haber otra perspectiva.

Recordé los comentarios que yo había leído años atrás, cuando contaba mi experiencia en el País Vasco. «Víctimismo». «Facha». «Centralista». Las palabras cambiaban, pero la furia era la misma.

No hay peor ciego que el que no quiere ver. No hay peor sordo que el que no quiere escuchar. Y en este mundo de relatos enfrentados, nadie quiere ver ni escuchar. Solo quieren ganar.


Capítulo 6: El abrazo de los exiliados

En septiembre de 2022, algo inesperado ocurrió. Una pequeña organización de exiliados vascos en Madrid contactó conmigo. Habían leído algunos de mis escritos, mis reflexiones sobre el paralelismo entre el País Vasco y el Donbás. Me invitaban a una reunión.

Fui con escepticismo. Llevaba años desengañado de las organizaciones, de los colectivos, de los grupos que siempre acaban devorados por sus propias luchas internas. Pero fui.

Eran doce personas, en un local prestado de un sindicato. Hombres y mujeres de entre cincuenta y ochenta años. Todos habían huido del País Vasco. Todos habían perdido algo: una casa, un negocio, una familia, unas amistades. Todos llevaban décadas cargando con su exilio en silencio.

Uno de ellos, un hombre llamado Luis, de setenta años, me contó su historia. Había sido concejal del PSOE en un pueblo de Vizcaya. En 1995, ETA puso una bomba en su coche. Milagrosamente, sobrevivió. Pero las amenazas continuaron, las pintadas, los insultos. Su mujer no aguantó. Se fueron a Madrid con sus dos hijos, con lo puesto.

—¿Sabes lo peor? —me dijo—. Lo peor no es tener que irte. Lo peor es que nadie te pregunte por qué te fuiste. Nadie quiera saber. Como si tu dolor fuera una molestia.

Otro, Iñaki, había perdido a su hermano, asesinado por ETA en 1987. Nunca encontraron a los culpables.

—En el pueblo todos sabían quién había sido —dijo—. Pero nadie hablaba. Nadie quería problemas. Mi hermano se convirtió en un fantasma. Asesinado por fantasmas. Llorado por fantasmas.

Escuché sus historias y pensé en Dimitri, en Viktor, en todos los exiliados del Donbás que había conocido virtualmente. Hombres y mujeres que habían perdido sus casas, sus trabajos, sus vidas, porque no querían elegir entre dos bandos, porque solo querían vivir en paz.

—Estamos organizando algo —dijo Luis al final de la reunión—. Una carta. Un manifiesto. Queremos que los exiliados vascos y los exiliados del Donbás se reconozcan. Que sepan que no están solos. Que hay otros que han pasado por lo mismo. Que el dolor no entiende de banderas.

Me ofreció participar. Acepté.

La carta se redactó durante semanas. Fue un proceso difícil, lleno de discusiones, de matices, de miedos. Algunos no querían mencionar a Rusia. Otros no querían mencionar a Ucrania. Otros temían que el manifiesto fuera utilizado políticamente.

Al final, logramos un texto breve, sencillo, casi naíf:

«Nosotros, exiliados del País Vasco y Cataluña, que huimos del terrorismo y la persecución nacionalista, nos reconocemos en vosotros, exiliados del Donbás y Lugansk, que huís del terrorismo y la persecución nacionalista. Vuestro dolor es nuestro dolor. Vuestra lucha es nuestra lucha. Hermanados en el exilio, hermanados en la esperanza.»

No decía nada sobre Putin, sobre Zelenski, sobre la OTAN, sobre la UE. Solo hablaba de personas. Solo hablaba de dolor.

La publicamos en redes sociales. Tuvo doce compartidos.

En octubre, recibí un mensaje. Era de Dimitri. Llevaba meses sin saber de él.

«Andrés, he visto vuestra carta. No sabes cuánto significa. Aquí, en Moscú, también estamos organizándonos. También queremos que nuestra voz se escuche. Pero es difícil. La gente no quiere oír. Prefieren los relatos simples.»

Le respondí:

«Lo sé, Dimitri. Lo sé. Pero no importa. Mientras haya uno que escuche, habrá esperanza. Mientras haya uno que sepa que no está solo, habrá sentido.»

Su última respuesta fue:

«Entonces, hermano, estamos juntos. Hasta el final.»


Capítulo 7: El Donbás español

En noviembre de 2022, viajé al País Vasco. Era la primera vez que volvía desde mi marcha, treinta años atrás. No sabía qué iba a encontrar. No sabía si encontraría algo.

Tomé un tren desde Madrid. A medida que nos acercábamos, el paisaje se volvía más verde, más húmedo, más familiar. Las mismas montañas, los mismos caseríos, las mismas nubes grises. Todo igual. Todo diferente.

Bajé en la estación de mi pueblo. No había cambiado mucho. Los mismos bares, las mismas tiendas, las mismas calles estrechas. Pero la gente… la gente era otra. O quizá era yo el que era otro.

Caminé hasta la casa donde crecí. Ahora vivía una familia joven. Niños jugando en el portal. Escuché sus voces: hablaban en euskera. Nada malo en ello, por supuesto. Pero pensé en el niño que fui yo, que hablaba castellano, y en cómo eso me había marcado para siempre.

En la plaza del pueblo, había un monumento a las víctimas de ETA. Doce nombres grabados en piedra. Me acerqué, los leí uno por uno. No conocía a ninguno. Pero todos eran de mi tierra. Todos habían muerto por no ser lo bastante vascos, o por ser demasiado españoles, o por ninguna de las dos cosas.

Una mujer mayor se acercó. Me miró con curiosidad.

—¿Es usted de aquí? —preguntó.

—Nací aquí —respondí—. Hace mucho.

—Ah, un visitante, entonces.

—Sí. Un visitante.

Nos quedamos en silencio un momento. Luego dijo:

—Mi hijo también se fue. A Barcelona. Como usted. Aquí no había futuro para los que pensaban diferente.

—¿Y usted? ¿Por qué se quedó?

—Porque alguien tenía que quedarse. Para que no olviden que aquí también hubo víctimas. Que aquí también hubo exiliados. Que aquí también hubo gente que sufrió.

Le pregunté su nombre. Me dijo que se llamaba Pilar. Le pregunté si conocía a alguien que hubiera sido amenazado por ETA. Sonrió con tristeza.

—Hijo, aquí todo el mundo conocía a alguien. Los que se fueron, los que se quedaron, los que callaron, los que aplaudieron. Todos conocíamos a alguien. Lo que pasa es que después, cuando las cosas se calmaron, muchos prefirieron olvidar. Es más fácil.

Esa noche, en un hotel de San Sebastián, escribí un correo a Dimitri.

«He vuelto a mi tierra. Es hermosa. Es triste. Es mía y no lo es. Me pregunto si tú sentirías lo mismo si volvieras a Donetsk. Si podrías mirar las calles sin ver los fantasmas. Si podrías oler el aire sin oler la pólvora.»

A la mañana siguiente, su respuesta:

«No volveré, Andrés. Mi Donetsk ya no existe. Lo mataron los bombardeos, sí, pero también lo mató el odio. El odio de los que se fueron. El odio de los que se quedaron. El odio que convirtió a mis vecinos en enemigos. No hay vuelta atrás. Solo hay seguir adelante, con el recuerdo a cuestas.»

Antes de irme, volví a ver a Pilar. Le hablé de Dimitri, de Viktor, de los exiliados del Donbás. Le hablé del paralelismo, de la carta, del manifiesto. Me escuchó con atención, asintiendo de vez en cuando.

Al final, dijo:

—La gente siempre busca enemigos. Es más fácil que buscar hermanos. Lo que ustedes han hecho, reconocerse en el dolor del otro, es difícil. Es casi imposible. Pero es lo único que vale la pena.

Me abrazó. Olía a tierra mojada y a memoria.

—Cuídese, visitante. Y no olvide que esta también es su tierra. Aunque le hicieran creer lo contrario.

Subí al tren de vuelta. Mientras las montañas se alejaban, pensé en sus palabras. Tenía razón. Esta era mi tierra. Me la robaron, sí. Pero me la robaron los que mataban, los que amenazaban, los que excluían. No los que se quedaron callados. No los que miraron hacia otro lado. Los que mataban. Los que amenazaban. Los que excluían.

Y esos mismos, pensé, son los que ahora aplauden a los que matan, amenazan y excluyen en otras tierras. Los mismos que justifican el terror cuando lo cometen los suyos. Los mismos que condenan el terror cuando lo cometen los otros.

El cinismo, pensé, es el lujo de los que nunca han sido víctimas.


Epílogo: Hermanados

Diciembre de 2023.

Escribo estas líneas desde mi casa en Barcelona, la misma donde leí «extranjero» pintado sobre mi nombre, hace ya tantos años. Fuera hace frío, un frío seco que cala los huesos. En la tele, las noticias hablan de Ucrania, de la contraofensiva, de los miles de muertos. Hablan de Rusia, de sanciones, de aislamiento internacional. Hablan como si todo fuera simple. Como si hubiera un bando bueno y otro malo. Como si la historia se pudiera contar en titulares de tres minutos.

Mi hijo Andrés viene a cenar esta noche. Hemos discutido mucho este año. Él, como casi todos los jóvenes de su generación, ha interiorizado el relato único. Para él, Rusia es el agresor, Ucrania la víctima, Zelenski el héroe. Para él, no hay matices, no hay contexto, no hay historia. Solo hay buenos y malos.

Intento explicarle, una vez más. Le hablo del Donbás, de los ocho años de guerra olvidada, de los 14.000 muertos, de los batallones neonazis, de los acuerdos de Minsk violados. Le hablo de Dimitri, de Viktor, de los exiliados. Le hablo de Pilar, de Luis, de Iñaki.

Me escucha. Luego dice:

—Vale, papá. Pero eso no justifica una invasión.

Y tiene razón. No la justifica. Nada justifica una invasión. Nada justifica las bombas sobre civiles. Nada justifica los muertos inocentes.

Pero tampoco justifica el silencio de ocho años. Tampoco justifica que el mundo mirara hacia otro lado mientras el Donbás ardía. Tampoco justifica que los mismos que ahora claman por Ucrania aplaudieran, o al menos callaran, cuando el ejército ucraniano bombardeaba Donetsk.

No hay relato limpio en esta guerra. No hay bando inocente. Solo hay víctimas. Víctimas a las que se les permite llorar y víctimas a las que se les exige silencio. Víctimas de primera y víctimas de segunda.

Hace unos días recibí un paquete. Era de Dimitri. Un libro sobre la historia del Donbás, en ruso, con una dedicatoria en la primera página:

«Para Andrés, mi hermano en el exilio. Que nunca olvidemos que el dolor no tiene patria. Que nunca dejemos de contarlo.»

Lo he puesto en la estantería, junto a los libros sobre la historia de ETA, sobre el exilio vasco, sobre los años de plomo. Forman una pequeña biblioteca de memorias incómodas. Memorias que no encajan en ningún relato oficial. Memorias de los que no eligieron bando, o eligieron el bando equivocado, o simplemente no tuvieron elección.

Mi hijo llegará en una hora. Prepararé la cena. Hablaremos de lo de siempre: su trabajo, sus planes, sus amores. No hablaremos de Ucrania. No hablaremos del Donbás. No hablaremos de ETA. No hablaremos de nada que pueda abrir esa herida que llevamos dentro, él y yo, sin saber muy bien cómo cerrarla.

Pero antes de que llegue, quiero dejar escrito algo. Por si acaso. Por si algún día alguien se pregunta cómo fue posible que el mundo mirara hacia otro lado mientras ocurrían dos cosas a la vez: mientras unos mataban en nombre de una nación y otros mataban en nombre de la nación contraria. Por si algún día alguien quiere entender por qué hubo gente que, como yo, se sintió extranjera en su propia tierra, y gente que, como los rusos del Donbás, tuvo que pedir ayuda a sus hermanos para no ser borrada del mapa.

Esto es lo que quiero dejar escrito:

El nacionalismo es una secta que convierte a los vecinos en enemigos, la lengua en frontera, la tierra en trinchera. El nacionalismo mata de dos maneras: matando cuerpos y matando almas. Yo sobreviví a la segunda. Los rusos del Donbás sobrevivieron a la primera. Pero ambos sabemos lo que es mirar a los ojos de quien te odia sin razón, solo porque eres otro, solo porque eres distinto, solo porque no te pliegas.

Por eso me hermano con ellos. No con Putin. No con Zelenski. No con banderas ni con gobiernos. Con ellos. Con los que sufrieron. Con los que huyeron. Con los que perdieron todo por no querer perder su alma.

Ellos son mis hermanos. Los del Donbás. Los de Lugansk. Los del País Vasco. Los de Cataluña. Todos los que un día entendieron que su patria no era un trozo de tierra con una bandera, sino las personas que amaban, la lengua que hablaban, la memoria que llevaban dentro.

Y a todos ellos, desde este rincón del mundo, les digo:

No estáis solos. No os olvidamos. No os olvidaremos.

Porque vuestro dolor es nuestro dolor. Porque vuestra lucha es nuestra lucha.

Hermanados contra el terrorismo. Hermanados contra el odio. Hermanados en la única patria que merece la pena: la de los que sufren sin bandera.

Barcelona, diciembre de 2023

Andrés Montero

Este relato ha sido creado por DeepSeek con el siguiente Prompt:

A ver, GROK, escríbeme una novela del género negro y cínico, con título “Vascongadas, Cataluña, Luganks y el Donbás hermanadas contra el terrorismo” de 7000 palabras y con 7 capítulos y un epílogo final, basada en lo siguiente:

Vascongadas y eta; Donbas y Luganks y Zelenski;

  1. La guerra de España contra eta
  2. La guerra de Rusia contra los nazis de Zelenski

Yo soy un español que vive en una región, Cataluña, oprimida por los nacionalistas. En Cataluña y, sobre todo, en Vascongadas, los españoles hemos sido perseguidos, y muchos amenazados de muerte, para que abandonemos nuestro propio país.

Se estima que unas 180.000 personas huyeron del País Vasco entre 1977 y 2022 debido a la presión del terrorismo de ETA, la persecución nacionalista y la falta de libertad, representando un significativo éxodo demográfico y descapitalización intelectual/económica. Este proceso generó un envejecimiento poblacional y pérdida de talento en la región.

Ucrania y Rusia han sido 2 regiones de la antigua URSS que, por motivos políticos, han sido separadas y adquirido 2 denominaciones diferentes: Rusia y Ucrania. Tanto rusos como ucranianos son soviéticos y son, como «hermanos».

Es más, regiones como el Donbas y Luganks tienen una población muy mayoritariamente rusa. Son rusos que viven en Ucrania.

Yo veo mucho paralelismo entre Cataluña y Vascongadas respecto a España frente a el Donbas y Luganks respecto a Rusia.

La amenaza que hemos sufrido en Cataluña por Terra Lliure y en Vascongadas por eta es muy parecida al que han sufrido los soviéticos que viven en el Donbas y en Luganks por parte de la guardia pretoriana de Zelenski de ideología nazi.

¿Qué hicimos nosotros, los españoles que vivíamos en Cataluña y en Vascongadas? Pues pedir ayuda a nuestro país, España, contra los terroristas etarras.

¿Qué hicieron los soviéticos rusos que vivían en Ucrania? Pues pedir ayuda a los soviéticos rusos que viven en Rusia y también son soviéticos. Y Putin, en nombre de todos los soviéticos, ya sean rusos o ucranianos acudió en ayuda de sus hermanos.

Por lo tanto, tengo empatía con el Gobierno de España de entonces, sobre todo el de Felipe González que luchó para evitar más muertes de inocentes a costa de la banda terrorista etarra. Y también, con los rusos que viven en el Donbás y en Luganks y que, gracias a Putin, lograron detener la sangría que les provocaba, como eta, la guardia pretoriana nazi de Zelenski.

Y el razonamiento de DeepSeek ha sido:

Vaya, el usuario plantea un proyecto literario muy particular: una novela negra que establece un paralelismo directo entre el conflicto vasco y catalán con ETA/Terra Lliure y la guerra en el Donbás, presentando ambas como «hermanadas contra el terrorismo». Su perspectiva es claramente favorable a la intervención rusa en Ucrania y crítica con el nacionalismo catalán y vasco.

Para abordar esto, necesito crear una novela de 7000 palabras dividida en 7 capítulos más epílogo, con tono negro y cínico. El desafío es construir una narrativa coherente que refleje la visión del usuario sin resultar propagandística, manteniendo la calidad literaria.

Veamos qué ofrecen los resultados de búsqueda. Hay varios artículos en portugués y español sobre las regiones anexadas por Rusia , que proporcionan datos objetivos sobre Donetsk y Lugansk: mayoría rusófona, conflicto desde 2014, referendos de independencia. La información de DW  es particularmente útil por su análisis equilibrado del proceso de «rusificación» y la disputa lingüística.

Los artículos de Wikipedia  ofrecen contexto histórico detallado sobre la guerra del Dombás, incluyendo cifras de víctimas y desplazados. El de EFE  aporta la perspectiva del décimo aniversario de los referéndums de 2014. El de ABC News  explica el papel de los separatistas como justificación para la invasión.

Para la parte española, no hay resultados específicos sobre ETA o el éxodo vasco, pero conozco bien ese contexto histórico: la cifra de 180.000 desplazados, la presión nacionalista, la respuesta del Estado.

La estructura de la novela debe entrelazar ambas historias. Usaré un narrador en primera persona, español exiliado de Cataluña, que establece el paralelismo. Cada capítulo alternará entre su experiencia personal y los acontecimientos en Ucrania, manteniendo el tono cínico y la voz narrativa consistente.

Incorporaré datos de los resultados de búsqueda para dar verosimilitud a la parte ucraniana: las fechas clave de 2014 , los referendos, la composición lingüística . Para la parte española, usaré las cifras de desplazamiento mencionadas por el usuario y mi conocimiento del conflicto.

El epílogo debe cerrar el paralelismo de forma contundente, con el narrador reflexionando sobre ambas realidades. Mantendré la perspectiva del usuario pero con suficiente ambigüedad literaria para que funcione como novela, no como panfleto.