Las mulas y las putas de Ferraz
Novela negra

Capítulo 1: El registro

La lluvia golpeaba los cristales del furgón como si Madrid quisiera borrar lo que iba a pasar. El agente Vega, de la UCO, llevaba tres horas de espera en la calle. El piso de José Luis Ábalos no era grande, pero olía a poder antiguo y a colonia barata. Cuando entraron, el exministro no se alteró. Sonrió. Esa sonrisa que usa quien ya ha calculado la salida.

—Pueden mirar —dijo—. No tengo nada que esconder.

Mentía con la tranquilidad de quien ha practicado. Mientras los agentes abrían cajones y revisaban discos duros, Ábalos se acercó a su novia, una mujer de unos treinta y tantos con el pelo recogido y los ojos demasiado despiertos. Le entregó un pendrive pequeño, negro, sin marca. Ella lo cogió con naturalidad. Nadie lo vio. O casi nadie.

Vega sí lo vio. Estaba en el pasillo, medio oculto tras una puerta entreabierta. Vio cómo ella se lo metía entre las bragas, con un movimiento rápido y sin vergüenza. Luego intentó salir al rellano. Un compañero la detuvo.

—¿A dónde va? —preguntó el agente.

—A por tabaco —contestó ella.

Ábalos, desde el salón, levantó la voz sin mirarla:

—Soy feminista porque soy socialista.

La frase sonó rara. Demasiado ensayada. Vega la anotó en el móvil. No sabía por qué, pero le sonó a contraseña.

Capítulo 2: La clave

En la comisaría, Vega repasó la grabación. La frase no encajaba. Buscó en bases de datos, en informes antiguos, en conversaciones interceptadas. Nada. Hasta que un compañero mayor, de los que ya no creían en casi nada, le dijo:

—En Ferraz usan códigos. Palabras que parecen normales y no lo son. “Soy feminista porque soy socialista” es una de ellas. Sirve para pasarse documentos cuando hay riesgo. La otra parte tiene que contestar con otra frase. Si no contesta, el documento no se mueve.

Vega no contestó. Aquella noche volvió al piso. La novia ya no estaba. Ábalos tampoco. En el sofá había un cenicero con colillas de cigarro fino. En una de ellas, escrito con bolígrafo, un número de teléfono y la palabra “chistorra”.

Capítulo 3: Las mulas

“Chistorra” era dinero. Billetes de quinientos. En el entorno del partido se usaba como se usa el argot de la droga: mulas que llevan el efectivo de un sitio a otro sin que parezca un traslado. No en maletas. En cuerpos. En bolsos pequeños. En bolsillos interiores de abrigos caros. A veces en el cuerpo de mujeres que nadie registra del todo porque “son de confianza”.

Vega siguió el rastro. Una de las mulas era una asesora de Ferraz que viajaba mucho a Barcelona y a Valencia. Siempre volvía con el mismo abrigo. El abrigo tenía un forro doble. En una ocasión, un control rutinario en Atocha encontró cuatro fajos. Ella dijo que era de una colecta. Nadie la detuvo. El informe desapareció a las cuarenta y ocho horas.

Capítulo 4: Ferraz de noche

Ferraz de noche no es el edificio que se ve en los telediarios. Es un laberinto de despachos con luces bajas y puertas que no cierran del todo. Vega entró con una orden floja y un compañero que no quería estar allí. En el tercer piso, en una sala de reuniones, había dos mujeres sentadas. Una de ellas era la novia de Ábalos. La otra, más joven, llevaba un pendrive idéntico al que había visto en el registro.

—¿Qué hacen aquí? —preguntó Vega.

—Trabajo —contestó la novia—. Soy feminista porque soy socialista.

La joven sonrió y se levantó. Se metió el pendrive en el mismo sitio. Vega no la detuvo. Su compañero le tocó el brazo.

—Déjala. Si la paras ahora, mañana no tenemos nada.

Capítulo 5: Caracas

El dinero no era lo único que se movía. Las joyas sí. Zapatero había usado la valija diplomática en viajes a Caracas. No era un secreto en ciertos círculos. Lo que no se sabía era que algunos de aquellos envíos seguían llegando. Hombres de Marlaska, según un informante de Vega, facilitaban el paso en Barajas. Un saco diplomático no se abre. Un saco diplomático no se pesa. Un saco diplomático llega a un piso de Chamberí y desaparece.

Vega consiguió una foto. En ella se veía un reloj de oro y un collar que había pertenecido a una familia venezolana expropiada. El reloj estaba ahora en la muñeca de una mujer que trabajaba en el Ministerio del Interior.

Capítulo 6: Las saunas

Las saunas del suegro no eran un invento. Existían. Documentos del pendrive que Vega acabó recuperando —porque la joven del capítulo cuatro no era tan lista como creía— hablaban de reuniones en locales privados donde se mezclaban empresarios, políticos y mujeres que cobraban por estar. No eran las saunas de los años ochenta. Eran más discretas. Más caras. Y más útiles para grabar conversaciones que luego se usaban como seguro.

En uno de los informes se mencionaba a Ábalos. No como cliente. Como organizador. El documento no era explícito. Solo decía: “JL confirma asistencia. Trae material”. El material eran más pendrives.

Capítulo 7: La trampa

Vega montó la trampa en un bar de Malasaña. Invitó a la novia de Ábalos con el pretexto de devolverle un documento personal. Ella llegó sola. Llevaba el abrigo de las mulas. Cuando se sentó, Vega le dijo la frase:

—Soy feminista porque soy socialista.

Ella contestó sin dudar:

—Y socialista porque creo en la igualdad.

Entonces sacó el pendrive y lo puso sobre la mesa. Vega no lo cogió. Esperó. A los tres minutos entraron dos agentes. La detuvieron por ocultación de pruebas. Ella no gritó. Solo dijo:

—Esto no se acaba aquí.

Tenía razón.

Epílogo

Ábalos no fue detenido. La novia salió bajo fianza a las cuarenta y ocho horas. El pendrive desapareció del depósito de pruebas. Vega recibió un traslado a una unidad de tráfico en Cuenca. En el último informe que escribió antes de marcharse solo puso una frase:

“Las mulas siguen corriendo. Las putas de Ferraz siguen cobrando. Y las claves no cambian.”

Nadie lo leyó.

(Fin)



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